El papel en blanco…

In his anger and his shame, "I am leaving, I am leaving" But the fighter still remains…

In his anger and his shame,
“I am leaving, I am leaving”
But the fighter still remains…

Podría comenzar con un tradicional «me llena de orgullo y satisfacción…», pero va a ser que no. Miren, esto es un marrón colosal, un «brownie» en toda regla. Un grupo selecto de personas formales ha decidido embarcarme en este debut, sin contar con el vértigo que me produce el papel en blanco. Afortunadamente, amables lectores, estoy bien acompañado en este trance.

Hagan la prueba. Asómense a una hoja deshabitada. Se advierte la profundidad. Al otro lado está el vacío, la nada. El verbo dado a la fuga.

No me interpreten mal, mi gratitud hacia los editores es infinita, inversamente proporcional a mis posibilidades de salir airoso.

– ¿Estás seguro de que quieres hacerlo?

– Eso nunca. Vivo instalado en la duda.

– Puedes renunciar.

– ¿Renunciar? ¡Qué ordinariez!

– ¿Contamos contigo, entonces?

– Eso me temo.

Y así empezó todo. Yo soy el único defecto, pero hago constar en acta que los responsables son otros. Nunca he sabido decir que no, salvo cuando es que no. No sé agradar, para qué fingir. La sinceridad cotiza a la baja, como el perdón y la castidad. Sean indulgentes, recuerden la primera vez que se desnudaron en público.

Pero he de consumar mi compromiso. Y puestos a prestar declaración, recuerdo otro. El trato. Ya hace más de 14 años, muchos más; apenas me reconozco. He cambiado de chaqueta demasiadas veces. Ella no. Sé que me quiso. Luego se fue acostumbrando, creo. Formamos un buen equipo. Ella pone la paz y yo la nada. Acepté. Advertido por el Gabo de que la peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener, sin embargo, me resisto a naufragar sobre una cama vacía.

Hoy vuelvo la vista atrás y encuentro muchas letras sin protestar. Me lo ha dado todo. Mi prosa inacabada y las llaves de un pisito en la calle del pez, por si cunde el pánico. Pude ejercer mi derecho a marcharme, pero quise ser, aunque no sepa estar. La quiero. Por halagarla y para que se sepa.

Él es distinto, nada convencional, olvídense de cánones y quédense con lo puesto. Un día, temprano, me miró y supe que habíamos acertado. No porque tomáramos la decisión correcta, sino porque no decidimos.

No le pregunten. No les dará su versión. Si alguna vez se lo encuentran, traten de conocerlo. Ella lo hizo. Yo estoy casi siempre buscando sus gafas. No las usa para leer el pensamiento, no le hacen falta. Solo las necesita para ver el bosque. Ella se ocupa de que los árboles no lo impidan y yo hago de la necesidad virtud. Todo lo que de bueno encuentren en este servidor, es obra suya. Cuídenmelo si me ausento.

Luego vino mi pequeña demoiselle. Justo como la pedí. Me gusta recordárselo en esas malditas noches en las que no encuentra consuelo entre las ovejas que sabe contar. A veces me espeta que me quiere. Sin anestesia.

Tengo lo que necesito. Y a ustedes leyendo esta página web. Abraham Maslow y yo estamos en paz. El vértice de su pirámide no es lugar adecuado para posaderas inquietas, créanme.

Ahora que ya me conocen mejor, habrán advertido que quise ser trapecista. No lo logré por miedo a las alturas. Más dura será la caída, me dije, y aprovechando el primer escarmiento me enredé en la red, tejiendo palabras sobre un papel en blanco, que es como vivir instalado en el borde de un precipicio, con derecho a un tanto por ciento de los agravios que consigo lanzar al vacío, por la fuerza de su gravedad. Cuento con la inestimable colaboración de mi sexto sentido; el propio. Al común renuncié por causas naturales. Otro día si puedo les explico, que ahora tengo algo de prisa.

Estando in puribus el cuerpo pide poner pies en polvorosa, «soldado que huye, vale pá otra guerra», dicen. Pero no es eso, no es eso. Hay que hacerle frente al abismo, saliendo al encuentro de un poco de inspiración, a medio camino entre cielo y el suelo, justo donde ahora tengo el grito.

Además, un trato es un trato; aunque el fracaso es una opción enojosa, lo cierto es que solo llega cuando lo has intentado. El único sitio dónde el éxito está antes que el trabajo es en el diccionario. Y ni siquiera el diccionario es lo que era. La última vez que lo consulté me encontré con «despelote». Háganse una idea. No vuelvo.

Me quedan unas cien palabras para cumplir y sigo entonando en paño menor. Otro suspenso, me temo. Quizá acabe deportado al sofá; una mala noche la tiene cualquiera. Imagino que no es su caso, respetable lectora, o lector. Seguro que usted es ágil con la tecla y de expresión espontánea, capaz de alumbrar de un papirotazo la balada más hermosa. Pero este trabajito me lo han encargado a mí. Puede ponerse en contacto con la dirección y pedir mi cabeza, siempre que se quede usted con el resto, sin desglosar y con obligación de dar alimentos. No se arrepentirá. Eso sí, dese prisa, mañana ya será tarde, porque soy carne de proscripción. Sobran los motivos. Quien me proponga conversaciones como intermediario, será el traidor.

Pero basta ya de hablar de mí, que el business que tengo con los editores y mi deuda con ustedes, si han llegado hasta aquí, no merece semejante descortesía. Hablemos de cosas serias.

Leopoldo Gandarias

@leogance