Crónicas felipinas

Ningún hombre es una isla, dijo John Donne, Filipinas son siete mil ciento siete, dice Wikipedia. Islas, que no hombres. Hombres hay muchos más, y mujeres, y otros que no son ni una cosa ni otra. Algo así como un depende, un término medio, un galleguismo sexual, dijérase, de no ser porque los gallegos somos más conservadores que la sal. Y así nos va (de bien, quiero decir).

Pronto se cumplirán cinco siglos desde que Fernão de Magalhães circunnavegase el globo, contrariando a su Rey de Portugal, y dando lustre a nuestro Imperio. Tal vez un hijo de puta, pero nuestro hijo de puta, que diría Roosevelt. El mismo viaje, tras partir de Sevilla un diez de agosto, dio al luso gloria eterna bautizando el estrecho entre Chile y Argentina, a Elcano la leyenda por haber completado el viaje y a España las Indias Orientales: Cebú, Manila y todas las islas alrededor. De Magalhães se disputan diversas villas y freguesías portuguesas su nacimiento. Sea cual sea la correcta, no cabe duda de que era gallego. ¿El primer gallego emigrante? Lo hubiera sido, de no haber nacido después de Cristobal Colón, originario de Cespón, Boiro, La Coruña, como todo el mundo sabe. De Cespón, hermoso enclave del Barbanza, península y joya de las rías bajas coruñesas, venimos también los Teira.

Tan difícil debe ser contentar a 7.107 islas, que tiramos por la calle del medio. Año 1542, Felipe II era aún Príncipe de Asturias -de cuando aquello era la cantera para ser antesala de encabezar un imperio, y no el preludio a ganarte la vida con reportajes en el Hola y soportando a políticos de medio pelo- y a un explorador que no citaré, se ve que ya había pelotas en la patria, se le dio por bautizar como “Felipinas” a dos islotes nuevos que se topó. La historia la escriben los aduladores.

Por el afán tan nuestro de generalizar, lo que fue nombre de dos islas se aplicó al archipiélago, y hasta hoy. Total, que qué mejor plaza para terminar un gran año y empezar otro mayor, que el que una vez fue sitio de nuestro recreo.

Tras una Navidad en el aire, tres aviones y un surrealista taxi cruzando de cabo a rabo la primera isla española, Cebú, empezó la aventura. Era ya la segunda del viaje, tras escalar en el aeropuerto de Manila. “Filipino hospitality”, dicen los locales. Y un huevo. Hospitalidad son los cuatro entrantes, cinco platos y tres postres que sirve mi abuela cada vez que subo a Santiago. Lo que los filipinos nos tenían guardados a los cinco colegas que conformábamos la expedición era una mezcla entre simpatía, zoco y número de los Monty Python. Tan desordenado como divertido. Vivir en un cambalache.

Primer día, en un pueblecito llamado Oslob, primer número circense para turistas. Antiguamente pueblo pescador, se percataron de que si daban de comer a los tiburones ballena, en su tránsito migratorio, se quedarían a comer en su orilla… Y con ellos atraerían a aquellos occidentales embutidos en neopreno que se dejaban un dinerillo en ir a ver mar adentro al bicho. Dicho, y hecho. Como quien tiene un oso panda en una jaula madrileña, los oslobitas -voy a inventar no sólo éste, sino todos los gentilicios del presente, siguiendo la tendencia a la improvisación tan filipina- tienen cinco o seis tiburones ballena zampando pacíficamente en su playa. Y con ella, hondonadas de turistas haciendo cola para nadar y bucear a su vera. A la verita suya.

Ferri a la tercera, Negros Oriental. Capital, Dumaguete. Mariscadas y trayectos en barca, llegamos a la cuarta, isla Apo. Si algún día dejo de contestar a la puerta, teléfono, whatsapp, correo electrónico, tuiter, instagram, telegram, facebook, linkedin o al correo profesional -por estricto orden de cariño-, estaré allí. Tortugas de todas las tallas y colores, multitud de peces -encontré a Nemo, de nada-, un jardín de corales. Cuatro horas de electricidad diaria, ciento y pocas familias del lugar, un monte en cada esquina, un puñado de playas hermosísimas. Apenas una milla de largo, que no pude resistirme a correr pese a estar claramente mermado, repleta de rincones en los que perderse durante las trece horas de luz solar que en pleno invierno, doran la ínsula.

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Encontrando a Nemo.

Por si era poco asombro dos días de buceo entre las tortugas y su eternidad, vi una mantarraya planear. No hay letras en el teclado para narrar su aleve vuelo, su elegante equilibrio, el orden de su compás. Como un partido de Karim, una canción de Julio o un poema de Rubén.

Vuelta al mundo, qué error. Otro ferri a Dumaguete, pelea de gallos, a por la quinta. Bohol. De ahí a Panglao, la sexta. La fiesta de playa Alona, nochevieja en bañador incluída, paseo en barca a diminutos lugares. Balikasag, la ansiada séptima, con su extraordinaria fosa repleta de corales, y la octava, cien metros de largo de arena blanca y absoluto reposo: isla Virgen. Virgin Island, como rezaba el tablón de bienvenida, apoyado en una estaca. Era la única construcción del lugar. Pronto tendrán una segunda, si los locales siguen tirando los cascos de cerveza y latas de refresco en la arena. La conciencia medioambiental les pilla muy lejos.

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Al contrario que el gallo de la canción de Heredeiros da Crus, éstos sí eran de pelea.

Vuelta a tierra, y viaje en el coche de un nostálgico de los españoles. Teniendo en cuenta que llevamos siglo y pico sin que Hacienda meta mano allí, supongo que el amable caballero tendría la edad de las tortugas con las que buceábamos unos párrafos antes. Motos de alquiler y atruena la razón en marcha. Cosas distintas, cada jornada. Bordeando un río turquesa, de película sobre las guerras vietnamitas, para llegar a Carmen, cabeza de las célebres colinas de chocolate. Como atestiguaban los escasos treinta grados -que en la noche descendían hasta los veinticinco-, el intenso invierno del pacífico significó que las colinas estuviesen verdes, y no marrones. La palabra chocolate no me generaba tanto desconcierto desde que aquellos tiempos en que los más descarriados del colegio lo ofrecían a “cinco pavos el gramo”. Según Bloomberg, el gramo de cacao nunca ha llegado al céntimo, alguien debiera aclarar aquélla burbuja de los patios de colegio compostelanos. Culpa de la desregulación, imagino.

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1.268 conos de chocolate. La grada joven del Bernabéu enloquecería de gusto.

Si es bonito contemplar sus más de mil conos, y de mil doscientos, más lo es recorrer sus proximidades a toda velocidad. En moto y manga corta, un dos de enero. Un bellísimo viaje, Bohol. En una tarde, que sobra para atravesarla a la carrera, pueden verse esos monos tarsier que dan mucho mejor en peluche que al natural, imponentes puentes colgantes de bambú como el de Sevilla –sic-, el cuchillo llamado Sierra Bullones, decenas de pueblos de madera, infinitos arrozales, playas de póster y una puesta de sol a la carrera.

¿Y después? Ya menos de siete mil cien islas que visitar, y la tristeza que sigue a todos los grandes momentos, que con el tiempo se convierte en alegría. Regreso en moto, último ferri, primer avión. Visita a Manila, con su desorden, su asiática polución y su pequeño legado colonial: Intramuros. Cuatro cosas, incluyendo el Fuerte de Santiago que mandó construir Legazpi, para dar inicio a nuestro paso por las Felipinas, y en que, bajo el Apóstol matamoros que lo preside, fue ejecutado el líder filipino José Rizal. Una torpeza, tan españolamente poética, que marcó el final de nuestra estancia en tan singular país.

Y ahí terminó la aventura. De ahí, una sarta de vuelos de vuelta a este invierno madrileño tan poco gélido. De vuelta a la rutina, que tras una aventura nunca vuelve a ser la misma. De un viaje no sólo se traen fotografías (tenéis, calidad y cantidad, en este instagram y su facebook correspondiente, propiedad de uno de los expedicionarios), sino momentos. Algunos, para descojonarse hasta el fin de los tiempos, otros que marcan por su inmensidad. Entre éstos, no me importaría acordarme aquel galope en moto por Bohol antes del último suspiro. Las gafas de sol contra el viento, el océano silente, el rugido de la moto, todo el camino esquivando camiones. It’s the real thing.

Isla Apo_ Tortuga retocada

Luís Teira
Becario viajero

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Ya sólo falta empezar

En pleno junio del cuarenta y seis, con un calor casi tan atroz como el que nos ocupa estos días, un gallego hasta las narices coje la mochila, se coge el tren a Guadalajara y se pega diez días vagando por la Meseta. Nota del autor: el hartazgo no era por Manuela -quien por entonces ya vivía, por esas cosas que tiene la regeneración-.

El Quijote y Rocinante, Cela y su mochila.

El Quijote y Rocinante, Cela y su mochila.

Tiene que ser jodido llamarte Marco Polo, viajar en pleno siglo XIII por todo Asia, dictar tus aventuras mientras estás en la cárcel de Génova -no confundir con Soto del Real-, alcanzar éxito internacional antes de la imprenta, marcarte el título rimbobante de Livres des marveilles du monde… para que llegue Cela y te la clave con un paseo por la Alcarria.

¿Es Viaje a la Alcarria el mejor libro de viajes jamás escrito? Quienes lo han leído encuentran la pregunta absurda, por evidente. Quienes no lo han degustado, que en su mayoría no saben qué es un libro de viajes -y, con dificultad, diferenciar un libro de un aguacate-, encuentran la pregunta también absurda, porque cómo va a ser un paseo de un desgarbado gallego por la Alcarria, en sus treinta y pocos, en la España famélica de la posguerra, vencedor sobre el veneciano y sus imitadores -los Hemingway, Kapuzcinsky, Theroux, Byron y compañía-. El propio Cela, no obstante, discutiría el honor. Por incordiar, y porque se cascó varias décadas discutiendo la naturaleza de sus libros de viajes. ¿Poesía, novela, ensayo? “Honesta narración de andar y ver”, dejó dicho el Marqués de Iria Flavia, con una de esas frases que ni abren ni cierran debates. El paraíso del jurista.

Entiendo las reticencias a plantarse ante las trescientas páginas de un gallego narrando sus peripecias por Chinchón, Sacedón o Guadalajara. No es fácil explicar, cuando alguien te pregunte que de qué va el libro que estás leyendo, que ahora mismo estás con el capítulo de Alcocer, provincia de Guadalajara. Es una obra muy recomendable para gente con la vida sentimental resuelta, porque hoy por hoy no veo muchos frutos en Tinder, o en el garito de turno, a contar anécdotas del paso de Cela por Córcoles. Mucho mejor contar un programa de pesca extrema en televisión, o un documental de viajes sobre la última esquina de Egipto, que ya me diréis qué carallo se nos pierde por esos lares.

Es una narración de un hombre que, cansado de la ciudad, se larga unos días al campo. A la deriva. Un viaje que empieza como empiezan todas las aventuras, con una planificación que se sabe que no se va a cumplir. Es fundamental estudiar los mapas, marcar etapas, definir los lugares más interesantes, para que todos estos proyectos se conviertan en papel mojado en cuanto arranca la marcha. Los planes, al final, salen por donde pueden, y a veces ni eso. Aunque suelen salir por mejores derroteros cuando se han madurado suficientemente.

Disfruta mucho Cela de su plan, antes de arrancar, sabedor de que nadie le va a marcar por dónde pasar, dónde meterse, qué monte subir. Cuando uno diseña su camino, suele llenar la bolsa de hipotecas. Cualquier sorpresa supondrá incumplir el plan. Cuando nada hay obligado, cualquier sorpresa es una nueva vía posible. Recomiendo -si se cumple con el requisito de la vida familiar ordenada- la urgente lectura a aquéllos que no hayan disfrutado de la pieza que nos ocupa. A quienes ya la conocen, sólo regalarles esta maravilla y recordar que nunca se ha leído suficiente al de Iria Flavia. Un texto que nos enseña que no hace falta irse a la India para contar historias maravillosas, ni hace falta trazar al milímetro una aventura para que sea el mayor de los viajes jamás contados.

“-No. Éstas son las cuentas de la lechera; lo mejor será coger el macuto y echarse a andar.”

No hay afán

En Galicia se admite el que uno sea original, pero no hasta el punto de irse a Madrid para no volver de ministro” dice Jabois que dijo Camba, que vaya usted a saber, de la sana costumbre gallega de plantarse al norte de la capital a poner orden. Antaño El Pardo, hoy La Moncloa, cualquier palacio es bueno para hacer y deshacer en los destinos de la patria. En simpar ataque de originalidad, yo no he aprovechado mi paseo bogotano para hacer lo que los gallegos solemos hacer en Colombia. Era mi primera vez en las Indias, y en mi casa siempre se ha dicho que la primera cita es para comportarse. Para dar disgustos sobra el tiempo.

Bogotá y sus cerros tutelares

Bogotá y sus cerros tutelares, Monserrate y Guadalupe.

Aquí no hay nada, sólo arena, decíamos ayer de Arabia. En lo que algún día fue nuestro -la emancipación es siempre tan dura como inevitable- nada les falta. Pocos lugares se pueden conocer en un par semanas, y Colombia claramente no es uno de ellos. El doble de amplia que España, igual de variopinta, incluso más parsimoniosa. De entre los muchos encantos de la fusión de lo lugareño y lo español, nada como la parsimonia con que se afronta el día a día.

“No hay afán”, nada urge. Particular pachorra que esconde que, al final, todo sale bien. La planificación es buena, saltársela es mejor. Nuestra vida es desfile, la de allí callejeo. No es necesario seguir el guión para disfrutar el camino, cuyo mayor peligro es la incertidumbre, más importante es estar libre para las oportunidades que constantemente se cruzan en nuestras rutas.

Como entonces aprovechamos aquellos lares para traernos oro, hoy hay que ir a contagiarse del optimismo. Son bastantes los problemas en los que vive el país, empezando por la falta de infraestructuras y terminando en los bandazos de la política antiterrorista. Zapatero y Santos, dos caras de la misma moneda.

Igual que el replicante Roy Batty -si alguien no ha visto Blade Runner, por favor que abandone el edificio- vio naves incendiarse más allá del hombro de Orión, yo he visto peajes en vías de un carril a las que los nativos denominan autopista. Sin pudor alguno. Sin apenas lugar para el adelantamiento, con largos tramos de apenas un carril compartido por ambos sentidos por un corrimiento de tierras que, a juzgar por la naturalidad de los conductores, podría lo mismo llevar dos días que un año. Y qué decir de Bogotá, el tráfico de Bogotá. Sus turnos de circulación en función de la matrícula par o impar, en determinadas franjas horarias. Los motoristas sin casco. Los conductores al teléfono. Los atascos infinitos. “Estamos en un trancón, llegamos ahorita“. Porque ahorita no es diminutivo de ahora. Significa que algo sucederá cuando tenga que suceder. La gran calma.

Así como los contratiempos no merecen lamentarse, todo lo demás se celebra. En muchos casos regado con aguardiente antioqueño, destilado de melaza con un sabor a anís que se conserva semanas en el paladar -todavía no se ha borrado-, para asegurar que la fiesta sea dura. El famoso guaro. Probablemente sea el único plan al que no se aceptan desvíos. Otro asunto en el que la mezcla ha dado grandes frutos, con el inconveniente de que los españoles debemos estar atentos y no prestarnos a bailar como los lugareños.

Se trata de una disciplina en la que, al lado de los nativos, quedamos tan en entredicho como puede quedar nuestra pronunciación del inglés frente a la suya. Colón, como marino, no importó las prácticas más amaneradas. No caigamos, por tanto, en el error de querer librar batallas innecesarias. Estamos mucho mejor preparados para batirnos en lo relativo a los tragos, y siempre es inteligente crear a partir de las fortalezas. Puestos a sufrir resaca, por cierto, tome nota el lector de dos recomendaciones. El que les escribe ha leído sobre el asunto.

La primera, echar la culpa al mal de altura, el soroche. Casi tres mil metros de altura, no hay ningún riesgo en intentar jugar esa carta. La segunda, vivir al menos una fiesta en el célebre Andrés Carne de Res. No hay en toda España lugar tan singular. Llegado este momento celebro la fortuna de haber regresado a la madre patria sin teléfono móvil. No conservo ninguna foto de mi paso por el lugar, lo cual me ahorra el difícil trago de intentar encontrar alguna imagen de apariencia digna.

Podría pasar páginas y páginas contando lugares imprescindibles de Bogotá y alrededores, porque hoy dan lluvia y no juega el Real, pero no creo que pueda hacer honor a todos los sabores que desprende cada rincón de la pujante capital colombiana. Hay que subir a Monserrate, por su teleférico. Hay que visitar el Museo Botero, por Terremoto en Popayán. Hay que adentrarse en la Catedral de Sal, por el trampantojo de su cruz central. Hay que pasear la Candelaria, por su sabor tan español y tan extraño. Hay que paladear el Museo del Oro, por la balsa muisca. Sobre todo la balsa. Una pequeña figura en la que se adivina la esencia del país. Fina tarea artesana, excepcional materia prima, devoción a lo ancestral. Lo bello impera sobre lo racional.

La leyenda de El Dorado hecha balsa.

La leyenda de El Dorado hecha balsa.

Me conformo con que quede al lector el regusto de que tenemos mucho que aprender de nuestra querida hispanoamérica. Allí  se conserva la capacidad de improvisación que un día nos hizo Imperio y al siguiente nos ha hecho perder el norte. Nunca es tarde para regresar a la deriva controlada en la que tan bien nos manejamos. Que se queden los alemanes con la agenda y el protocolo. Volvamos a ser amos de nuestro rumbo. A jugar, que dijera García Márquez, “a que el reloj de la torre no diera las doce a las doce sino a las dos para que la vida pareciera más larga.”

Las mil y una torres

Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Aun lo malo, si breve, no tan malo. Urge traducción arábiga de don Baltasar, aquellas gentes no entienden de mesura. No es malo detenerse, desmontar las grúas, dejar de echar asfalto. Que nos miren a nosotros. Hace seis años abandonamos estos trabajos tan sucios y ruidosos, y es plena nuestra felicidad.

La torre más alta del mundo, y nada más.

La torre más alta del mundo, y nada más.

A Dubai a una reunión entre petroleras llega uno crecido, como quien se planta un miércoles cualquiera en Chamartín para jugar Copa de Europa. Fase de grupos o vuelta de una semifinal, Europa en el Bernabéu es quedar a solas en la barra con la mejor señorita del garito. Llega uno en taxi, no entiendo no llegar en autobús a las grandes citas. Ojalá ser Benzema por un día. El neceser en mano, estampado de iniciales, los cascos ladeados, del tamaño de dos cabezas, el chicle, con desprecio, en bucle infinito. Pero traje cruzado, y tupé magnífico.

Sentarse en la mesa, tras los protocolos de la plaza, y tomar el pulso, entre legañas. Coge las tarjetas con las dos manos, y léelas ante el titular, como muestra de respeto. Interrumpe la presentación para agradecer la invitación, nunca digas no, reformula las frases del interlocutor para acercarlas a tu postura, si discute sin interrumpirte estás ganando, debes volver a reformular sus palabras, estás ganando. Cómo saben los goles en Champions, quien lo probó lo sabe.

¿Este café es de aquí? Aquí no hay nada, sólo arena. Gran lugar para la melancolía. Decía Borja Sémper, en presentando un poemario al desamor que es lo más interesante que ha parido la política española en diez años, que nada como la angustia para escribir. Cualquier persona que quiera al Partido -los gallegos no lo llamamos PP, lo llamamos “el Partido”, porque no conocemos otro- debiera estar obsesionado con el desamor. A veces recuerdo que tenemos a Mariano al timón del país y busco una pistola, una soga, una dosis mortal de algo, y no los encuentro. Sí suelen aparecer botellas de whiskey, alegría, consuelo y bálsamo de mi corazón. Nada como el vacío para llenar hojas. Unos días más en esa ciudad surcada por autopistas urbanas, rascacielos semivacíos, centenares de grúas, millares de obreros, apenas dos millones de habitantes, y dejo a Neruda sin el honor de los versos más tristes. Difícil entender aquél ingenio, imposible amarlo.

Nómadas creando gigantes de cristal en los que no pueden vivir. Necesitan el calor -y el frío- de la arena. Como algunos en Madrid sentimos, a veces, un pitido que sólo cesa si cogemos el coche rumbo a la mar. La morriña no es echar de menos tu tierra, es notar la falta de tu medio. De lo que se come, se cría.

Luces muertas, antes que anochezca. Los obreros están sólos en la carrera por alcanzar todas las cumbres. La torre mayor, la silueta de rascacielos más larga, el aeropuerto mejor. A las cumbres no se corre, se camina. Falta el aire. Si va uno demasiado rápido, puede superarla sin percatarse. O peor, alcanzarla sin disfrutar. Las cumbres, como los objetivos reales, se miden, se ven, se tocan, se evalúan. Las obsesiones, como los powerpoints, se esperan, se persiguen, se desconocen, se temen en el fondo. Como Moby Dick desveló Ahab, Arabia anhela ser Europa. Igual que la ballena, disfrutamos viéndolos arrojarse al precipicio, en frenética generación de la nada más absoluta. No se pueden suplir siglos de errores, genios, rupturas, con dos años de dinero. Poderoso caballero, pero no tanto. Igual que la ballena, observamos aquél desenfreno con la tranquilidad del que sabe que cuándo ellos llegaron, nosotros ya estábamos. Cuando ellos desaparezcan, nosotros seguiremos.

Gigantes con pies de arena.

Gigantes con pies de arena.

No es casual mi obsesión por la mayor obra de Melville, para mí la más grande de la literatura estadounidense. Cuando uno vive en el petróleo, tiene que saber por qué el mundo lleva girando más de siglo y medio al compás del oro negro, saber si éticamente puede vivir de esto, saber si otros mundos son posibles más allá del megáfono de algunos. Porque nadie puede vivir en un dilema. Uno, que si por algo se caracteriza es por la escritura deslavazada y por un pragmatismo a la gallega -pragmatismo á feira, podría decirse-, se ha cuestionado lo del aceite de las rocas más allá de Orión, que diría aquél. Drake, Edwin, salvó a las ballenas gracias a su primer pozo en Pensilvania, 1859. Innumerables las flotas balleneras de japoneses, americanos -llenas de portugueses y gallegos-, ingleses, holandeses y franceses. La revolución industrial avanzaba conforme los arponeros alcanzaban al animal, del cual se extraían barriles y barriles de grasa, con toda la eficiencia que permiten las operaciones en alta mar, con un bicho de toneladas atado al costado de una embarcación de madera. Es probable que los cachalotes hayan cazado muchos más humanos que lo contrario. El precio del progreso.

En lugar de nutrir nuestras industrias, nuestras casas, con los aceites y ceras de las grasas balleneras, el ser humano fue capaz de entender cómo extraer y procesar el líquido negro que llevaba miles de años bajo tierra. Y algo sabemos los españoles. En nuestra Al-Andalus ya se utilizaban rudimentarios refinos del petróleo – del Magreb, de Arabia… y dizque de Doñana- para usos médicos y militares. Hoy no hay que matar ningún animal, ni poner sistemáticamente en peligro cientos de vidas humanas, para calefactar un hogar, dar energía a un motor o iluminar una plaza. Entiendo, no obstante, los reparos de mucha gente a lo petrolero. No es sencillo informarse sobre una cuestión tan compleja. En su lugar, prefieren la comodidad ética de inventos como los biocombustibles. Bio a costa de afectar los mercados alimentarios mundiales, a costa de detraer inmensos terrenos de los cultivos o usos habituales del lugar para dejar paso la soja, la palma y tantos otros mejunjes con que se mezcla el petróleo para contaminar más, para dormir tranquilos.

Algún día encontraremos un sustituto de verdad. Y caerán los gigantes de cristal, y nosotros lo veremos. Después todo se derrumbó, y la gran mortaja del mar ondeó al igual que ondeaba cinco mil años atrás. Que dijo Melville.

Luís Teira

@luisteira