De aquella manera.

Hablar del Santiago Apóstol o Apóstol Santiago es lo más difícil que me han encargado en este blog. En primer lugar, porque es un tema de una extensión inabarcable. En segundo lugar, ¿de qué hablas? ¿De la figura histórica, de la catedral, del abrazo, de la fiesta, de los pulpeiros en la Herradura, de la mítica Noria de la Alameda, de la seguridad que sentimos al vivir y estudiar en una ciudad en donde te sabes cuidado por una de los mayores figuras de la cristiandad? Muy difícil.

Podría hablar del Códice Calixtino tan bien resguardado de los ojos de los estudiosos y eruditos que buscan criticar al Camino de Santiago como Patrimonio de la Humanidad por un operario de la Catedral durante unos años. Por desgracia, un avezado juez de instrucción, encontró el libro y hasta escribió una novela que nada tiene que ver con las Diligencias Previas. Menos mal.

Podría hablar de la vinculación de los gallegos en general con el Apóstol. El Reyno Galaico, abundantemente poblado por Santiagos, Jacobos o Iagos (como mi hermano al que debo felicitar por su santo en el día de hoy).

Podría hablar de los estudiantes, de su Universidad de Santiago, de su propiedad intelectual que pertenece a Santiago, en donde su Paraninfo limita al Norte con la Plaza de la Quintana que es un espacio de transición hasta el Pórtico de la Gloria que es el mejor y más digno portal de la casa de todos los gallegos.

Podría hablar de cómo los turistas es esfuerzan esperando afanosamente la cola para subir a dar el abrazo a la imagen del Apóstol pero olvidan temerariamente no bajar a la cripta a presentar los debidos respetos, rezar un Padre Nuestro y dejar un razonable detalle para mantener esa urna en donde descansa el Patrón de España; o como van a pedir los deseos al árbol de la vida y luego no dan la vuelta para dar los “croques” en el sitio correcto.

También podría hablar de cómo pasa desapercibido una de las imágenes históricas que por eso de las alianzas de civilizaciones se quiso hurtar. ¿Qué niño gallego no aprendió de que color era el caballo de Santiago con el infantil juego de palabras que nos hacían? A ver meniño: ¿de qué color es el caballo blanco de Santiago?

Podría hablar de los famosos fuegos de las fiestas del Apóstol que han traído con las nuevas tecnologías unos juegos de luces, formas, imágenes plasmadas en el mejor lienzo posible, la fachada del Obradoiro de Casas Novoa, hoy un imposible. No me imagino a nadie diciendo: oye, fulano, vamos a hacer un proyecto para mejorar esta obra. ¿mejorar? ¿Has vuelto a beber entre semana?

Podría hablar de cómo en todas y en cada una de las numerosas visitas que hago a Galicia un día está reservado a Santiago, como ciudad y como elemento de regeneración espiritual. Podría hablar, como orgulloso padre, de como mi hijo, cuando llega a Galicia, me pregunta ¿cuándo vamos dar un abrazo al Apóstol? Y, al llegar, se sube, entrega su cariñoso abrazo y continúa el camino directo a la cripta con la naturalidad de quien visita habitualmente a un pariente querido. Pero esa es otra historia.

Podría hablar de muchos recuerdos y experiencias pero creo que es mejor que os invite a vivir las vuestras propias y pedir Su protección, que seguro os lo concederá. Luisito lo hace.

Luis Abeledo Iglesias

@luisabeledo

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25 do Santiago

Todo el mundo sabe que el 25 de julio es el día de Santiago que, como también todos conocemos -y si no, es cuestión de poner falta grave- es el Patrón de la Nación Española. Ni más ni menos. Y no desde ayer precisamente, ni siquiera desde los tiempos de cualquiera de las dictaduras que hemos sufrido, a las que los ignorantes suelen atribuir cualquier asunto que incluya los términos “Nación Española”. No. Desde 1630, concretamente, durante el Reinado de Felipe IV y por decreto del Papa Urbano VIII.

Dice la Leyenda que Santiago –uno de los apóstoles de Jesucristo– desembarcó en la Bética Romana, siguió caminando por la vía que unía la Itálica con Mérida, continuó hacia Coimbra y Braga y terminó su recorrido, el primer Camino de Santiago, en Iria-Flavia (Padrón).

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Luego, preso de la morriña post mortem, tras ser decapitado, sus restos fueron transportados por una nave, que desembarcó en la costa gallega, y se le enterró justo en el lugar donde hoy se erige la Santa Apostólica y Metropolitana Iglesia Catedral Compostelana, custodio del sello del Altar de Santiago Apóstol. Es decir: la Catedral de las Catedrales, el súmmum, la quintaesencia, el final del Camino.

Es tradición militar desde la Reconquista, trabar combate en ofensiva al grito “¡Santiago y cierra España!” que por un lado invoca al Apóstol y, por el otro, ha insuflado valor a los españoles de bien que, como ya se sabe, seamos o no militares, tenemos muy a gala no rendirnos ante nada ni ante nadie porque, ya lo dijo el capitán Alatriste, “Esto es un tercio español”.

Pero si el orgullo nacional español en torno a Santiago está claro, su profundo galleguismo es tan evidente, que tampoco hay que darle muchas vueltas.

En 1919, en defensa de la cultura y el idioma gallegos y con la revista A Nosa Terra como vehículo de comunicación, se creó el Día da Patria Galega y el día señalado no podía ser otro: el 25 de julio y, desde entonces, con los vaivenes propios de la Historia de España, todo gallego sabe qué es el “25 do Santiago”, incluso cuando aún no estaba en el Estatuto de Galicia, como ahora.

Durante la última de las dictaduras, el 25 do Santiago sólo pudo celebrarse abiertamente fuera de España, especialmente en los países de Hispanoamérica.

“Si en el amanecer de este día pudiéramos volar por encima de nuestra tierra y recorrerla en todas direcciones, asistiríamos a la maravilla de una mañana única. Desde las planicies de Lugo, infestadas de abedules, hasta las rías de Pontevedra, orladas de piñerales; desde las sierras nutricias del Miño o la garganta montañosa del Sil, hasta el puente de Orense, donde se peinan las aguas de ambos ríos; o desde los cabos de la costa brava de la Coruña, donde el mar teje encajes de Camariñas, hasta la cima del monte de Santa Tecla, que vence con su sombra los montes de Portugal, por todas partes surge una alborada de gloria …”

Así empezaba “Alba de Gloria”, un legendario discurso que pronunció D. Alfonso Daniel R. Castelao en el Centro Gallego de Buenos Aires, mientras que en Santiago de Compostela, el Galleguismo encontraba una vía de escape en la tradicional misa que anualmente se celebraba cada 25 de julio, siempre en gallego, en la iglesia de Santo Domingo de Bonaval, donde está enterrada Rosalía de Castro, máximo exponente de las Letras Galegas.

Aquellos 25 do Santiago se convirtieron en actos de afirmación de galleguismo, y se siguieron celebrando, cada vez más masivamente en los inicios de la Democracia, cuando aún estaba todo por ver, y por decidir y, en 1978, el Gobierno gallego preautonómico designó el día 25 de julio como “Día Nacional de Galicia”, que perdió en parte el carácter reivindicativo que había tenido, durante la prohibición, para pasar a ser un día de afirmación de galleguidad para la mayoría, sin excluir a grupos políticos y sociales para quienes, este día, sigue siendo aquél Día da Patria Galega, que durante tantos años se había celebrado en la clandestinidad, y actualmente reúne a la vertiente más nacionalista.
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También, desde los años Ochenta, muchos gallegos desplazan la celebración a Rianxo, lugar de nacimiento de Castelao, donde realizan una ofrenda floral a Rosalía de Castro, porque pretenden “que se acabe con una celebración secuestrada por las instituciones”, a decir de sus organizadores, mientras que se mantienen los mismos actos de siempre en Santiago, en homenaje a Rosalía de Castro y Castelao, figuras ostensiblemente señeras del más profundo sentimiento gallego, ahora en su versión más oficial e institucional.

También es otra Santiago, en este caso Santiago de Rubiás, aldea ourensana de la que procedo, la capital del Couto Mixto -al que me referí en mi primer relato en este santo lugar- y donde se celebran as Festas cada año, con bastante más humildad que en la hermana de Compostela, pero con idéntico sentimiento.

Sin embargo, más allá de su utilización por los unos y por los otros, lo cierto es que el 25 de julio es tanto el día de Galicia, como del Patrón de España. Y  es también un día internacionalmente relevante, porque el Camino de Santiago reúne a miles y miles de peregrinos, llegados desde todos los lugares del Mundo, como si aún fuese una creencia popular que allí, justo al lado, estaba el Finis Terrae, donde todo acababa.

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Santiago es Galicia y es España. Lo es visto desde dentro e, indiscutiblemente, lo es también visto desde fuera. Es el destino, el símbolo, el lugar de reunión, El Santo, La Cruz que tanto representa, tantas veces el sueño y, finalmente, la realidad.

Si en aquella memorable película argentina, Kamchatka era “el lugar donde resistir”, Santiago es el lugar al que hay que llegar.

Fran Estévez

@FranOmega

Historia de Santiago y de Compostela

Santiago Apóstol, que yo te amo
Me paso el día peregrinando.
Santiago Apóstol, que yo te quiero
Me salen llagas. Y no me quejo.

Hoy es el patrón de la quinta provincia gallega, España. Lo mismo podría haber tirado de Cervantes que de Alfonso X, pero he optado por encabezar con unos versos de Novedades Carminha. Porque manda carallo que una ciudad burguesa como Compostela haya dado a los nuevos Siniestro Total.

El amor al Apóstol, quien tanta protección nos brinda a todos los santiagueses, justifica esa fe galleguista que abrazan tanto una banda de garage punk como nosotros, el galleguismo-aznarismo. Hasta a Mariano ha dado honores nuestro patrón, habiendo nacido allí un poco de casualidad, por una mala jugada de la fortuna a la capital de los gallegos.

Escribo, según la definición de Dante, en eterno peregrinar. Pues peregrino, dejó dicho en su Vita Nuova, “son cuantos van a la cabeza de Galicia, por estar la sepultura de Jacobo, que es más lejana de su patria que la de cualquier otro apóstol”. Estoy seguro de que aquellos jóvenes que vieron llegar, en Iria Flavia, una barca de piedra cargando el cuerpo de Santiago -decapitado por órdenes de Herodes- ya empezaron a temerse el destino cuasi-nómada del pueblo gallego. De ahí la mala reacción de la Reina Lupa, que así como pimientos pican y pimientos “non”, cuando son de Padrón, la mujer gallega siempre pica.

Los tripulantes de la barca pétrea, el monocasco más seguro de todos los tiempos, avisaron de que aquél era el cuerpo de Santiago el Mayor, primo de Jesús -de ahí viene la cantinela de que todos los gallegos somos primos, lo de la estulticia es un invento de quién sabe qué pobre diablo-. Se convino que habría que llevarlo tierra adentro, para darle sepultura en el corazón de la Hispania en que tanto había evangelizado. Como somos trabajadores pero pragmáticos, un día de viaje pareció suficiente. Solicitado transporte a Lupa y teniendo los problemas de infraestructuras que siempre hemos tenido por aquellos lares, ésta indicó que, hallándose ya el trazado del AVE a medias, lo máximo que iba a prestar era un par de toros bravos. Hubo un tiempo en que en España no hubo parques móviles de las Diputaciones, esto no siempre ha sido jauja.

Los toros, que antes que bravos eran galaicos, se dejaron poner los yugos -para asombro de la propia Raíña- y emprendieron el paso hasta Santiago. Una vez allí, no se sabe si habiendo utilizado la autopista o la nacional, las bestias recordaron el soniquete del Génesis y decidieron pararse. Corría el veinticinco de julio del año cuarenta y cuatro de nuestra era, comenzaban casi ocho siglos de olvido del asunto.

Entre la tercera y la cuarta década del siglo IX, no se sabe muy bien en qué orden porque se trata de una época de la cual no se conserva hemeroteca del ABC, dos hechos determinaron la importancia de Santiago para nuestro país. En la Rioja, el Apóstol apareció, a lomos de su corcel blanco, para dejar encarrilada la Batalla de Clavijo e infundir fortaleza en los hombres que emplearon los siguientes seis siglos en completar Reconquista. Nótese que su caballo, la bravura con que ganó el apelativo de Matamoros y haber dado nombre al presidente Bernabéu de Yeste unen de forma irrevocable la figura del apóstol gallego al Real Madrid.

Unos años antes, en el que llamaban monte Libredón y hasta ahora se ha venido llamando Santiago de Compostela -los nuevos vientos políticos parecen poco cómodos mencionando al Santo-, el ermitaño Paio -Pelayo, nombre de moda en la época- descubrió el lugar en que estaban enterrados los restos de Santiago, en arca marmórea.

Santiago Apóstol, matando indios en Perú

Santiago Apóstol, también mataindios. No le llamó Jesús “Hijo del trueno” por ser indeciso o calmado.

Ante tal hallazgo, el obispo de Iria Flavia, vio la oportunidad de convertir aquello en una Roma con pulpo. Una Jerusalén con ribeiro. Con la  astucia galaica con que llevamos media vida gobernando las Españas, Teodomiro convenció a Alfonso II “el Casto” de las bondades de construir un santuario al que convertir en lugar de peregrinación y encomendar el espíritu del país. El resto es de sobra conocido. Una pequeña ciudad en el centro de Galicia, coronada con la sin igual plaza del Obradoiro, lleva siglos atrayendo a toda España peregrinos, población, comercio, conocimiento. El Apóstol Santiago como unidad primera de destino en lo universal.

Al tiempo que los españoles desplazaban al moro al grito de “¡Santiago y cierra, España!”, las villas de toda Castilla aportaban ofrenda anual para la Catedral. El famoso Voto de Santiago, que pienso recuperar cuando se me ofrezca cartera ministerial, en forma de casilla del IRPF en lugar de la de Fines sociales. De este modo se terminará con honores la Cidade da Cultura, culmen del fraguismo. Los críticos de este tipo de genialidades han existido siempre, siendo una lástima no disponer de registros medievales de tuiter, para leer memeces sobre el coste o el tamaño de la Catedal que, con más de ocho siglos a sus espaldas, sigue arrastrando cada año a mas de un millón de personas a Santiago.

Arrastrando de todas las maneras, porque caminos hay muchos. El primero, el de los restos del Apóstol de Iria Flavia al que sería su sepulcro. El de aquél anciano don Gaiferos que, en sus última hora, emprendió la ruta hacia el Apóstol para morir en la paz de su indulgencia. Llevó su nombre el Seat 600 en que Álvaro Cunqueiro hizo el tramo gallego del Camino Francés en el ’62, la más famosa y transitada del casi centenar de vías que llevan al perdón de Santiago. El de Juan Pablo veinte años después, para revitalizar una tradición en sus horas más bajas, y el del Año Santo de 1993. El Xacobeo ideado por -otra vez- don Manuel Fraga Iribarne y algunos de sus conselleiros más avezados con el que, por primera vez, se superaron los cien mil peregrinos. La experiencia no ha dejado de atraer a caminantes de todos los rincones del mundo, rozando el año pasado -sin ser Año Santo- el cuarto de millón.

El botafumeiro, cincuenta y tres kilos de incensario volando la Catedral.

El eterno botafumeiro, cincuenta y tres kilos de incensario volando la Catedral. Dios guarde esas cuerdas.

Algo tendrá el peregrino de Europa, guerrero de España y padre de Galicia para que todas las razas vayan rumbo a su sepulcro, más allá de los vinos que, en opinión de Cunqueiro, “es sabido que en Compostela mejoran porque cuando repican las campanas de la Basílica se estremecen las barricas, y este meneo casi celestial aumenta la calidad de los caldos.” En mi constante peregrinar a nuestro Patrón, no puedo sino recomendaros a todos que busquéis a Santiago, Apóstol y urbe universal.

No hay excusa, ni en los momentos de mayor debilidad dejó tirado a don Gaiferos, ni el obstáculo mayor es dificultad cuando se cuenta con nuestro patrono hispano, patriarca gallego. “Se agora non teño forzas, meu Santiago mas dará.” Al que ahora no encuentre fuerzas, Santiago se las dará.

Luís M. Teira Otero

Becario compostelano

Elogio de la frivolidad

“Para mí, la frivolidad tiene algo muy interesante que es del orden del exceso, del orden del vacío y del orden del suplemento; lo que está de más, lo que reemplaza a otra cosa.”

Estas frases son de una entrevista al estupendo escritor argentino Alan Pauls que hacía un encendido elogio sobre la frivolidad. Además de la maravillosa manera de decirlo, tenemos que resaltar la inteligente visión de la frivolidad. No habla de algo superfluo o vacío, que no obedece a una razón, que adolece de una formulación lógica. No, habla de orden del exceso, del vacío, del suplemento. Caracteriza lo que está de más, lo que reemplaza no de una manera caprichosa sino con un sentido pleno de frivolidad. Como si el efecto superficial buscado fuera la parte exterior de un propósito de ordenar el mundo.

santplpqEl más brillante ejemplo del románico que existe en el mundo tiene que ver con aquel lugar señalado al obispo Teodomiro por un campo de estrellas, como la mejor tradición nos recuerda. La catedral de Santiago, sin lugar a la duda, no es sólo la mejor representación de la arquitectura románica, ni siquiera la más brillante obra de arte de ese período, sino que, la catedral en sí misma, es la esencia del románico en su más pura expresión. Más allá de su armoniosa planta de cruz latina, de sus dimensiones enormes llamadas a albergar la gloria de Dios, de su nave central sobrevolada con una bóveda de cañón y abierta a las naves laterales mediante arcos de medio punto, esta catedral encierra una época. Descartemos para explicar la espiritualidad del momento el equivocado mito del terror del fin del mundo en el año 1.000 por la interpretación el Apocalipsis de Juan, esa obra tan inquietante como brillante. La cristiandad inicia un período de espiritualidad que se refleja en el arte por puras razones sociales, económicas y políticas, alejadas de lo esotérico. La expansión monástica, liderada por la orden de Cluny, los movimientos penitentes, las peregrinaciones y las cruzadas, conforman un mundo en el que la Iglesia se convierte en vertebradora de una Europa que empieza a tener conciencia de sí misma. El images (1)feudalismo proporcionó una unidad política, cultural y religiosa, que favoreció el crecimiento económico. En ese período, la Iglesia con papas y obispos tan fuertes como emperadores y nobles, construyen la casa de Dios sin desmerecer los palacios de los reyes no solo en belleza sino en objetos valiosos. Se busca además un efecto hasta ahora desconocido: transmitir  la fe, la doctrina, el poder de Dios, a través de la arquitectura y de la escultura. Los relieves explican el Evangelio, las columnas hablan del tetramorfos, los frisos reflejan el  Antiguo Testamento. Dios es el centro de todo y la Iglesia se constituye como un poder decisivo hasta la llegada del estado moderno. Todo se articula en torno a la cristiandad. Hay que salvar el alma y para ello la vida monástica es el mejor camino. Visitar e incluso vivir y luchar por aquellos lugares donde hay reliquias de hombres santos eran las mejores vías para alcanzar la salvación. Así se explican los grandes movimientos para visitar  Roma, Santiago de Compostela o a Tierra Santa para luchar contra los musulmanes.

La catedral de Santiago es el fiel reflejo de cuanto significa aquella época. Su rectitud, su consistencia, su enormidad, el triforio para albergar peregrinos, su carácter adusto son reflejos de un momento. El Pórtico descarga (1)de la Gloria del maestro Mateo concebido como una “ciudad celeste” toma su esencia del Apocalipsis de Juan. Santiago presidiendo en el parteluz, los evangelistas a cada lado, los ángeles que sostienen la cruz, la corona, la lanza y los clavos de Cristo, así como la columna en la que fue flagelado, la jarra de Pilato, el hisopo y el pergamino con la sentencia de Cristo. Rodeando todo, los 40 bienaventurados, los 24 ancianos, los profetas, los apóstoles, e incluso el propio maestro Mateo arrodillado con la leyenda “Architectus”.

Así se concibió esta obra maravillosa, con maestros como Bernardo el Viejo, Galperinus Roberto, Esteban o el nombrado Mateo, bajo el impulso de obispos como Peláez, Gelmírez o Dalmacio, para mayor gloria de Dios y como centro de espiritualidad para la salvación del alma.

240px-Catedral_de_Santiago_de_Compostela_10Sin embargo cuando pensamos en la catedral de Santiago de Compostela, no vemos nada de eso. Es la fachada del Obradoiro la que nos viene enseguida a la mente. La idea de la catedral de Santiago pertenece a una nueva época: el barroco.

Europa cambia. Ahora el poder eclesial está amenazado. Es la Contrarreforma la que mueve a la Iglesia y a los reyes. Esa necesidad de afianzar el catolicismo frente a los protestantes. Combatir la profunda crisis eliminando la corrupción, acercando la fe a los fieles, renovando el mensaje de tal manera que se pudiese contrarrestar el protestantismo. Y en ese contexto el arte buscó nuevas vías de expresión, más decorativas, más ingeniosas, más sorprendentes. imagesFrente a la visión lineal del Renacimiento, surge una visión pictórica. Ya no es el plano el que compone la escena, sino la profundidad. La armonía deja de ser esencial para subordinarse todo a un elemento principal. El efecto buscado se impone al objeto. Se crea una cultura de la imagen de lo monumental, de lo fastuoso, de lo recargado. Importa el dinamismo, la expresividad, la ruptura del equilibrio.

De esta manera si Uds. eliminaran la maravillosa fachada del Obradoiro, percibirían la catedral no como una obra menor pero si sin la fastuosidad que ha forjado a lo largo de la era contemporánea una de las imágenes más reconocibles de occidente. Fue el maestro Casas y Novoa, el encargado de superponer una fachada nueva a modo de telón. Esos dos cuerpos flanqueados por dos torres campanario conforman la scfachdibestructura de una fachada recubierta de elementos decorativos. Las columnas, las pilastras sobresaliendo de la fachada para crear claros oscuros que la doten de dinamismo. Ventanales de arco de medio punto se superponen hasta llegar al apóstol en lo alto. Volutas, ménsulas, balaustres, frontones curvos, una huida perfecta del “horror vacui” para lograr una imagen sobrecogedora para el peregrino.

Así, que al final, sobre la rectitud y la consistencia, sobre la sobriedad y la robustez, emerge un ejercicio de ornamento, un propósito desbordante, una idea de exceso y, retomando el principio de este texto, un elogio de la frivolidad en forma de fachada barroca que ensalza el alma románica de una catedral.

Emilio Gude

@Emiliogude

El amor del verano

Escribo sentado en un banco de piedra anclado en una tranquila plaza de pueblo, el silencio sólo queda interrumpo por el quejido de algunas gaviotas que sobrevuelan por encima de mis recuerdos…

Desde el mirador de este pequeño pueblo pesquero observo la silueta de una joven pareja, caminan de la mano, sin prisas, se funden con la bella puesta de sol y sus rostros quedan reflejados bajo un mar en calma. Se miran, sonríen, se besan.

Al llegar la noche miro al cielo y me detengo en la constelación canis maior, la canícula, la más brillante de cuantas estrellas se puedan ver durante los días de verano en el hemisferio norte.  Nuestros antepasados creían que la popular estrella sumaba su calor al procedente del sol, lo que daba lugar al período más cálido del verano.

Puestas de sol, la mar, las estrellas, la canícula,…, el amor…

Amor de verano - Carlos D. Lacaci

¿Cómo no recordar al primer amor del verano? Es cierto, nunca se olvida el sentimiento de una primera caída en la vida, mucho menos cuando nos levantamos por primera vez. No olvido mi primer encuentro con el mar, aún menos los sentimientos primerizos de aquello que creímos amor y sólo era ilusión…

Ilusión, pasión, afirmación, negación, encuentros y desencuentros aferrados en un periodo de nuestra vida que quedaron grabados primero en nuestro corazón y ya, para siempre, en nuestra memoria, aunque no los recordemos, aunque los hayamos querido olvidar.

El Amor (con la ‘a’ mayúscula), es un sentimiento tan intenso y tan lleno de sacrificios y satisfacciones que pocas veces se podrá fotografiar en una tarde o noche de verano.

El amor del estío sucede con más frecuencia.

Cada vez que escucho el quejido de las gaviotas y camino entre la blanca espuma que a mi paso dejan las olas del mar; Cada noche que, mirando al cielo, veo millones de estrellas y entre ellas aquella que brilla con más intensidad; En cada nuevo amanecer, donde el sol refleja las siluetas de jóvenes cogidos de sus manos, veo y siento mucho amor.

No hay nadie en este mundo que haya hecho posible todas estas cosas sin ser capaz de amar. Quien esto hizo, supo amar de verdad.

Cierro mi libreta, me marcho paseando tranquilo y pienso en aquellos sentimientos cuando por entonces caminaba bajo la estrella Sirio, la canícula, la que más brillaba de todas y junto a aquel mar en calma que hoy sigue devolviendo a la orilla todo lo que no es suyo, como los besos robados de aquel amor de verano.

Autor: Carlos D. Lacaci

@Lacaciabogado

Los años dorados del cine de verano.

Los días y las noches eran bastante iguales entre sí los días de verano en un pueblo cualquiera de España en la segunda mitad de los ´80.

Acababa de fallecer el abuelo y, distintos hechos hicieron que los meses de julio los pasáramos acompañando a mi abuela. Era un lugar y unas gentes con unas costumbres diferentes al día a día en la ciudad. Veranos en los que el soberano sol hacía que se saliera a comprar a primera hora de la mañana o a última de la tarde. Tardes en las que se respetaba la siesta, que podría durar lo que uno quisiera, pero no se molestaba a nadie antes de las siete de la tarde.

Era a partir de esa hora aproximadamente, al caer un poco las temperaturas, cuando uno podía recibir o hacer visitas. Visitas aburridas para mí, todo hay que decirlo. Siempre eran personas mayores contando cosas del pasado, hablando de familiares lejanos, de hijos o nietos que no iban a verles, y ahí estaba yo como un niño bueno. Aburrido. Sentado en la silla sin moverme. Claro que tenía su parte positiva: mi buen comportamiento hacia que a veces, no siempre, me diesen algunas monedillas para comprarme algo. Pero no conocía a nadie y las horas se podían hacer eternas.

Durante el día teníamos una piscina espectacular, majestuosa, inmensa… bueno, hasta que empezamos a crecer y la realidad nos demostró que no era tan grande ni majestuosa como creíamos de pequeños.

20110818113203-vv Las noches eran principalmente de conversación con mayores. Por alguna razón, la casa de mi  abuela era el punto neurálgico de una de las calles principales del pueblo, y cada noche vecinos de distintos puntos de esa calle se desplazaban con sus sillas para aumentar el corrillo y hablar de unos y de otros. Cotilleos, vamos. Es decir, la típica costumbre española de “sentarse al fresco”, que no es que hiciera fresco. De hecho, cuando aparecía “el fresco”, cada uno recogía sus trastos y se iban a sus casas. Grupos de personas aglomeradas invadiendo la calzada, que no se levantaban ni aunque pasaran coches, con mi abuela en el centro como moderadora.

Cuando llegaba el fin de semana la cosa cambiaba. Una de las primeras cosas que se hacían era bajar corriendo a la plaza del pueblo a ver el cartel. ¿Qué cartel? ¿Cuál va a ser? ¡El cartel del cine de verano!

Lo ponían a un lado de la entrada al Ayuntamiento, citándonos a las 22:15 hs –aunque nunca empezaba a esa hora, ahora os explico la razón- y con grandes fotos y titulares intentando atraer a la mayor cantidad de personas posible.

Los días que se anunciaba una buena película sentía nervios durante toda la tarde, a pesar de la tranquilidad que siempre mostraba mi madre. Había que estar sentado dentro del cine antes de las 22:15 hs y eso suponía adelantar la hora de volver de darse un baño, cenar antes, prepararse antes, bajar al cine, hacer cola para comprar la entrada, y coger un buen sitio. La verdad es que siempre daba tiempo, pero para un niño al que todos los días se le hacían iguales, que hubiese un evento con hora prefijada le llenaba de emoción y nerviosismo, no sea que llegásemos tarde y hubiera que volver a pasar otra noche tomando el fresco.

A pesar de estar el cine relativamente cerca dando un paseo, el trayecto duraba lo suyo teniendo en cuenta que se pasaba por distintos corrillos y normalmente mi madre saludaba a todos: “Hola tío Fulanito, ¿cómo está usted?”, “Hola señora Tal, ¿cómo le va?”. Si no les conocía, bastaba un “buenas noches” que era correspondido con un “andad con Dios”. Tras salir del cine, íbamos por otro lado, pero las paradas también sucedían.

cine-de-veranoLlegar pronto tenía su importancia ¡ya lo creo! El cine en sí era un solar inmenso con gradas. El suelo de arena había sido regado unas horas antes para refrescar el ambiente en la medida de lo posible, y sobre todo, para que no se levantase arena con el trasiego de los espectadores.

En las primeras filas había unas mesas con sillas, luego unos sillones largos bastante cómodos que daban inicio al graderío y después estaban las sillas de madera que llegaban casi hasta el final, donde si uno se ponía de pie podía coger algunas pequeñas uvas de unas parras. El olor de otras plantas y flores también le daban un toque característico al cine, tras haber sobrevivido a la previa tala de hierbajos que habían ido creciendo desde que se cerró la temporada anterior. Enfrente, la gran pantalla encalada, y arriba las estrellas. Miles de estrellas que servían de distracción cuando la película no captaba todo el interés, o bien, mostraba alguna escena un poco subida de tono.

Además, había un bar –sí, “visite nuestro bar”- en el que poder comprar comida y bebida para ver la película, o al menos la mitad de la película ya que se hacía una parada más o menos a la mitad para poder ir al bar a comprar y, como efecto de la relajación con la que se toma la vida fuera de la gran ciudad, la película no volvía a comenzar hasta que no se había ido el último cliente. De hecho, la película tampoco empezaba puntual a las 22:15 hs si había gente en la cola esperando para sacar la entrada, o aún había personas comprando o esperando a comprar en el bar.

06g Cine de Verano 2007, foto mmergold

Aquellas sesiones de cine fueron alcanzando cada vez más fama dentro y fuera del pueblo. Las películas que ponían eran relativamente recientes, habían tenido éxito comercial en Madrid, las entradas eran bastante económicas y el cine en sí contribuyó a ser uno de los elementos de mayor atracción para ir al pueblo de vacaciones. De hecho, las sesiones ya no eran sólo los fines de semana, sino que llegó a haber películas durante todo el mes de julio y agosto.

Los años siguientes la compañía fue cambiando. Ya no era mi madre quien me llevaba a ver espectáculos como la primera de “Regreso al futuro”, sino que iba con los amigos a ver “Terminator 2”. También cambió la época en que iba al pueblo, ya no sólo podía ser en julio, sino que también iba en agosto. De hecho, pasadas las fiestas del 15 de agosto, el cine seguía siendo el principal incentivo para salir por las noches. Era en aquellas butacas cuando el verano empezaba a despedirse, ya que según avanzaba agosto, más fresco notábamos viendo las películas –inolvidable es el que pasamos viendo la película “¡Viven!”-, y era bastante usual bajar todas las noches de finales de mes con una chaquetita.

Poco tiempo después el cine fue quedando abandonado. No fue, como ocurrió en otros sitios, víctima de cines con aire acondicionado, intereses inmobiliarios reacios a que haya un gran solar sin actividad el resto del año, o la actual inmediatez en tener lo más actual contra la que no pueden luchar cines que no suelen emitir estrenos. Las razones fueron mucha más sencillas: para quienes no tenían el cine como actividad principal sino como un complemento de la economía familiar el precio por el alquiler del solar, el tiempo y dinero que conllevaba la búsqueda y selección de las películas, de la comida y bebida del bar, la limpieza diaria del solar y la falta de perspectiva del gobierno municipal hicieron que, al no haber nadie que tomase el testigo, el cine terminase cerrando y con él una bonita etapa de tránsito desde la niñez.

Ahora, tras unos años sin haber ningún tipo de actividad, se están poniendo películas en la plaza del pueblo. No es lo mismo: es gratis, ya que se hace por el Ayuntamiento en la plaza sin control alguno de acceso, y no se ven con la misma tranquilidad que en un recinto más cerrado, dado que coinciden los espectadores con quienes pasan por la plaza dando un paseo; las películas que emiten son pocas –por la razón anterior- y suelen estar orientadas a público más infantil; y se hacen cuando menos gente suele haber.

Sin embargo, aún se pueden ver en los más pequeños miradas de ilusión y ganas de llegar pronto para coger buen sitio, tirando de la ahora ya abuela para llegar cuanto antes. Seguramente ellos también tendrán buenos recuerdos cuando crezcan de estas actividades durante el verano.

Enzo

PD: Muchas gracias a todos los que acudisteis a la fiesta de El Calzador, a la que lamentablemente no pude acudir. Me han informado del exitazo tremendo de público que, añadido al imprevisto número de visitas que está teniendo el blog cuando decidí apuntarme a esta aventura, me llevan a plantearme varias cuestiones teniendo en cuenta la gran labor y promoción que realizan mis compañeros, e incluso personas y amigos que no están en el Consejo Asesor… reflexionaré durante el verano. Pasadlo bien.

 

Aquellos veranos con trofeos veraniegos

IMG-20150711-WA0000Soy el salvador de este blog. Si no fuese por mí, El Calzador sería algo así como el cuadro que costaba una morterada de dinero, y era el protagonista absoluto de la obra de teatro “Arte”: una fina, fiiiina línea blanca, sobre lienzo blanco, colgado en una pared blanca.

Los otros siete creadores, o miembros del Consejo Asesor, que queda infinitamente más elegante, son total y absolutamente madridistas. Merengues sin remedio ni cura. Blancos como la patena. “Limpia y blanca que no empaña”, dicen.

Y yo, no. Más bien todo lo contrario. Soy el del Atleti, y no concibo que algo sea blanco, salvo si se trata de una camisa. Hay que hacer algo inmediatamente cuando uno se encuentra ante algo blanco: o coger un rotulador y hacer chas, chas, chas, tres gloriosas rayas rojas; o pintar algo encima, lo que sea o, como en este preciso instante, ponerse a escribir como un demente para ganarle espacio al color en cuestión, que ni es color ni es nada, porque incluso mis –por otra parte muy queridos- compañeros de Blog, reconocerán conmigo que jamás sería publicable un folio en blanco, por mucho que jurara y perjurara que hay escrito encima un relato a lo Torrente Ballester, en tinta blanca.

Así que soy del Atleti ahora, efectivamente, pero ya lo era de pequeño, concretamente desde que mis padres, quienes por cierto eran tan ajenos al fútbol como Enrique Cerezo, por poner un ejemplo, me sacaban cuando había visitas, y me pedían que recitase la alineación del Atleti, con mi vocecilla aflautada de tierno infante, y yo decía: RodriMelo Martínez Jayo, Iglesias, CallejaAdelardo, Alberto (y aquí paraba y respiraba) IruretaLuis, Ufarte y Gáaarateee. Y todos se reían y me decían “¡Qué tío!”, me daban besos y achuchones, y yo me sentía muy listo y muy importante.

Cu ribió Nick Hornby, es como si accediese a un enorme club privado en el que puedes hablar con cualquiera, siempre y cuando sepas de lo que hablas, porque si no eres detectado al minuto y medio, y por lo tanto ni puedes perder comba, ni despistarte.

Aquellos veranos de mi infancia giraban en torno a los fichajes y a los torneos de verano.

Visto desde las perspectiva actual, se entiende bastante mejor lo primero que lo segundo. De hecho, discursear sobre el Ramón de Carranza, el Teresa Herrera, el Colombino o el Villa de Madrid, ¡ay el Villa de Madrid!, le coloca a uno directamente en el pelotón de los “muy yayos”, como diría Emilio Gude. Pero eran una gozada.

Por ejemplo, hubo un Trofeo Ramón de Carranza en el que participó un equipo brasileño, el Palmeiras, durante aquella época en la que los brasileños eran algo así como una raza superior en esto del fútbol, y le metió un repaso estupendo al Real Madrid. Aquello causó sensación, aunque en aquellos tiempos el Mercado era otra cosa, no se fichaba a golpe de titular de prensa ni de talonario, como ahora, ni desde luego tanto cada año, porque entonces los jugadores estaban ocho, nueve, catorce temporadas en el mismo equipo, había continuidad y sólo era necesario reforzarse con uno, dos o tres jugadores. Como mucho.

IMG-20150711-WA0001Pero durante aquél verano se habló mucho del Palmeiras, que jugaba a otra cosa muy distinta a lo que estábamos acostumbrados, y al Atleti no se le ocurrió otra cosa que fichar a dos de sus figuras: Leivinha y Luiz Pereira. La leche. Uno rubio y guaperas, el otro gloriosamente negro, uno delantero y el otro defensa … o algo así, porque era complicado reducir a la categoría de “defensor” a un artista de ese calibre. Y nos tiramos todo el verano pendientes de los dimes y diretes de aquellos fichajes, que no nos acabábamos de creer y tardaron en concretarse, cuando llegaron fue como si procedieran de la Luna, cuando debutaron, aún nos estábamos quitando la arena de la playa de los pies, el Atleti le cascó cinco goles al Salamanca, con Jorge D’Alessandro de portero, y Leivinha marcó tres, en un debut legendario que aún se recuerda en los hogares de las buenas familias.

En aquellos veranos, no pestañeábamos al decirle a nuestros amigos, e incluso, sí, sí, a nuestras primeras novias, que esa noche no íbamos a salir porque televisaban un trofeo veraniego. En esa época, las idílicas escenas a lo John Travolta y Olivia Newton John, Oh Danny, Oh Sandy sobre la arena de la playa, sólo se producían si no ponían por la tele la Final del Teresa Herrera y de hecho, mi primer beso, que se lo dí a Beatriz, una niña monísima de Baiona, tuvo necesariamente que ser antes o después del Villa de Madrid, nunca durante.

Nuestro becario Luis Teira, que es muy joven, seguro que no va a entender que, durante mi niñez, si pasábamos unos días en el pueblo, los periódicos no llegaban y había que ir a por ellos al más grande de la zona, cosa que sólo sucedía de vez en cuando, o bien camelarse a algún mayor para que nos trajese el As o, mejor aún, el As Color, que salía los martes y publicaba unas fotos espectaculares que, a su vez, nos servían semanas después para tirar de tijera, recortarlas y hacernos nuestros equipos de chapas.

Y si estábamos en la playa, los periódicos no llegaban hasta bien entrada la tarde, lo cual era una agonía si la noche anterior el partido no era televisado, o hubo tanda de penaltys hasta las tantas y te habías tenido que ir a la cama, cogido de una oreja, sin enterarte si el Atleti había revalidado el Mohamed V.

Uno se pone muy romántico recordando veranos. Esto es así. A mí, por ejemplo, junio se me daba de miedo, durante todo el mes de julio no solía separarme de mi amor para toda la vida de cada año, porque además ni siquiera había fútbol y luego, en agosto, cuando nos íbamos fuera de Madrid, era cuestión de combinar el género epistolar con mi recién conquistada novia, que me había dado su dirección veraniega entre lágrimas, escríbeme todos los días, porfi, con esos otros amores para siempre que conocíamos inevitablemente en la playa, nosotros qué le íbamos a hacer.

IMG-20150711-WA0002Eso también era así y, de hecho, aún recuerdo como si fuera hoy a aquella novia de junio/julio que, cuando nos reencontramos en septiembre, se puso muy seriecita y me dijo que tenía que cortar conmigo “porque le había gustado un chico en agosto”. Se me puso una cara como al de Aterriza como Puedas, en la escena inicial del Aeropuerto.

Así que pienso en aquellos veranos infantiles y juveniles, y los recuerdos se me agolpan: Beatriz, Ayala y Heredia, el Teresa Herrera, Almudena, María, Leivinha, cómo mola el Carranza de Cádiz, que hemos fichado a Reina el del Barça, tío, Mar …

Francisco José Estévez Hernández
@FranOmega