El Arte del más joven pianista

Llueve. Llueve sin cesar. Una incesante lluvia empapa de la cabeza a los pies la indómita ciudad. Y desde su ventana un viejo pianista observa el indomable repicar, un creciente y húmedo tañido que desea absorber su fiero pesar.

Él fue el más joven pianista de todos los tiempos. Con una sola nota cautivó a compañeros y extraños… Se olvidó de dormir por trabajar para ser respetado por todos, y sobre ello cuentan las peores lenguas que hizo un trato con el mismísimo diablo: ‘Serás entre todos los genios el más joven artista, pero nunca habrá tiempos mejores que aquellos’.

Y lo fueron; él fue el más intrépido pianista que pudieron nunca escuchar. Viejos y casposos músicos se rindieron a sus pies, todos querían compartir sus partituras o sus secretos encontrar…Y aquel joven adulado brilló como nadie, a sus pies los más consagrados se postraban. Él era su nuevo rey, el eterno señor de un mundo hueco y lleno de delicadas apariencias de musicalidad.

Cayeron las primaveras y aquel joven pianista continuó regalando pedacitos de su alma en cada canción, en cada letra escrita. No lo hacía por la vanidad, no por los falsos aplausos de cordialidad… Su sincera alma sólo podía ofrecer tributo al mismísimo Arte. Rehuyó ser una marioneta de los aparatosos y enraizados teatros: ‘No lo hago por el dinero.’ Abría siempre la ventana de su estudio y acompañando las primeras gotas se le podía escuchar tocar. ‘El verdadero artista sólo le rinde cuentas al Arte; Y el Arte no se esconde detrás del rojo terciopelo teatral’, solía decir aquel niño.

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Empezaron a contar las malas lenguas que no podía alejarse de la bebida, que su eterna juventud le superaba y por eso se escondía detrás de su ventana a tocar… Decían que hacía meses que no se le veía en público, que quien tocaba su piano no era ya él. Cayeron los veranos, incluso algunos otoños, y aquellos casposos y viejos pianistas le dedicaban ya con sorna un alegre réquiem. ¡Ah, pero, en ninguna de sus notas había tributo alguno al Arte, únicamente a su carcomido y podrido ego!

Bajo los palcos dorados y las aterciopeladas cortinas, aquellos ancianos arlequines celebraron que el genio no era ya más que un mito; Sonaban y sonaban melodías compuestas para enaltecerse a sí mismos, de tan aduladoras que eran que el público empezó a pensar que aquel era el verdadero Arte.

Y en una barra del teatro de aquella olvidada ciudad, había un viejo hombre bebiendo escocés toda la noche, sus ojos contaban que hacía décadas que conocía de aquellos viciados círculos. El viejo se levantó, pues no podía escuchar más aquel sacrilegio al Arte. Pero no desapareció entre el fastuoso gentío, subió al escenario y apartó con rabia al bufón que se vendía podridamente al auditorio. Miró al público e hizo estallar su copa con inmensa furia contra el suelo. Se encendió un duro Marlboro y detrás de una bocanada de humo sentenció: “El verdadero artista no vende su arte, crea Arte”.

Y con rabia palpó aquellas castigadas teclas de aquel piano mancillado y se dejó llevar ante el público. Ya no era él quien tocaba, pues creó como nunca antes imaginó, en las yemas de sus dedos ardía la furia por la mentira vendida a la ciudad de los artistas. Sus notas se elevaron hasta resonar con cada verdad oculta y ocultada, con cada imperceptible latido del público. Y entre partituras y acordes, cuentan en la ciudad de los artistas, que un joven con la mirada de un anciano se ganó su propia leyenda.

Dicen las buenas lenguas que aquella noche llovió y que su melodía resonó hasta con la mismísima lluvia. Pocos o ninguno de los arlequines se atrevieron ya a salir bajo la lluvia, pues dicen todas las lenguas que sus maquilladas caretas se deshacen y dejan entrever la podredumbre de sus almas.

Y llueve, caen pequeñas e incesantes gotas. No hubo tiempos mejores que aquellos en que un joven artista hizo de su piano un instrumento del mismísimo Arte. Y ahora suena una nueva melodía a través de la lluvia; Muerto el diablo que lo encumbró, un no tan joven artista sigue demostrando que él será siempre el indomable genio que una vez, y quizás siempre, reinó entre todos ellos.

Nicolas Brel

@NickBrel