Los cinco principales

Quienes tenemos una edad y vimos la luz por primera vez en los Sesenta, cuando se dieron hechos trascendentales como fue vivir el día a día de los Beatles, la primera Eurocopa ganada por España, el surgimiento de Kennedy, el del movimiento mod en Inglaterra como canon de elegancia para los restos o el primer Título europeo del Atlético de Madrid, tenemos auténtica obsesión por clasificarlo todo.

Empezamos en el patio del colegio, intercambiando cromos y desarrollando una velocidad de relámpago para ir eligiendo y descartando imágenes. Sile, sile, sile, nole, nole, sile, nole … Y hemos seguido toda la vida en el mismo plan, como si se activase un mecanismo automático, de aceptación o descarte, de entusiasmo o decepción, o de indiferencia, que además lo clasifica todo e incluso realiza balances y estadísticas, virtuales o no virtuales.

IMG-20150530-WA0000No me estoy inventando nada, conste. Y si no, probad a meteros en google y escribid simplemente “Top Five” o “Los cinco principales”. Descubriréis que hay clasificaciones para todo: desde los cinco aeropuertos mayores del mundo, entre los que por supuesto la mayoría son asiáticos, sólo hay un europeo y no entra, por poco, el de mi tocayo Franz Josef Strauss de Munich, hasta los idiomas más hablados del mundo, entre los cuales el español es el segundo y el portugués quinto; pasando por religiones, homínidos, e incluso se clasifican “Los 5 principales motivos para optar por la rumba”. Somos muy raros.

Por eso Rob Fleming es, a la vez, un personaje ficticio y alguien tan sumamente real, como que es una especie de compendio de todos nosotros. Nick Hornby tiene ese don y, quienes somos aficionados al fútbol, sobre todo si nuestro equipo es uno de esos a los que no todo les viene dado como por Gracia de Dios, tenemos su memorable Fever Pitch como libro de cabecera y bordamos eso de poner cara de póker y hacer como que atendemos una conversación, mientras pensamos si saldrá este o aquél en el partido de mañana, o teorizamos vía whatsapp sobre si será mejor jugar con uno o dos en punta, a ser posible evitando el doble pivote, que suena fatal y es aún peor.

IMG-20150530-WA0001En realidad, Hornby lo reduce todo a mujeres, fútbol, cine y música. Da igual el orden, porque de hecho no lo hay, y no es ya que dependa del día, sino del momento. Y para cada cosa hay una selección previa, Sile, sile, sile, nole, nole, sile, nole y una clasificación. Porque sí, porque somos tíos, y en el fondo somos niños, y los niños decimos siempre la verdad. Y si no la decimos da igual, porque se nos nota.

Carly Simon, Carole King, James Taylor, Cat Stevens, Elton John. ¿Alguien de mi generación ha salido alguna vez con alguna chica que no amara tiernamente al menos a dos de ese Top Five universal de cantantes preferidos de las nenas?. Rob y yo, tampoco.

Ser periodista de Rolling Stone, o en su defecto de Don Balón o Gigantes, ser productor musical, músico, director de cine o, en el caso de que todo lo demás fallase, algo serio tipo arquitecto, médico o incluso abogado. ¿Alguien no comparte esa lista de sueños de los cuales sólo se ha cumplido el último, con suerte?. Pues eso. A Rob, en cambio, sí se le cumplió al menos en parte y vende discos junto a dos tipos aún más anormales que él, pero es pobre, se siente culpable y las novias le dejan porque le consideran un irresponsable. Más de lo que es habitual, quiero decir.

Paul Ashworth siguió un sistema diferente, aunque perfectamente válido también, incluso admirable, en el manual del perfecto tarado infantiloide: estudia, sácate una carrera y échate a dormir. Así que el tipo, profesor de literatura en sus ratos libres, consagra su vida a su pasión futbolística, a tiempo completo, mientras liga casi sin querer, con esa desgana, ese sin querer queriendo, típicos de quien está acostumbrado a parar, mandar y templar porque, como todos sabemos, correr es de cobardes.

Todos tenemos una lista de las cinco rupturas más memorables, y las podemos recitar de carrerilla, preferentemente por orden cronológico, y sabemos perfectamente quienes han sido las cinco mujeres más impactantes de nuestra vida. También sabemos las cinco cosas que más amamos, en nuestra compañera de vida, un olor, un sabor, una faceta de su carácter, un gesto, una mirada, incluso Rob se pone tierno mientras recuerda “esa cosita que hace en la cama, cuando no puede dormir …”

Porque lo cortés no quita lo valiente, ni lo friki descarta lo romántico. ¿O es que el Let’s Get It On de Marvin Gaye no está entre los cinco mejores temas de la historia, en cualquier lista que se precie?. ¿O es que no hacemos todos la lista de las cinco mejores baladas o, mejor aún, las que no recuerdan momentos claves de nuestras vidas?.

IMG-20150530-WA0002Nick Hornby vino al Mundo con una misión de dios, como los Blues Brothers (quienes por cierto, están al menos en tres de mis top five) y es la de legitimarnos a todos los tarados del mundo, quienes, desde que Fever Pitch y High Fidelity fueron publicados, y no digamos nada a partir de que fueron excelentemente adaptadas al cine, ni más ni menos que con Colin Firth y John Cusack poniéndoles aspecto y gestos a nuestros ídolos, paseamos por el mundo mezclados con la gente normal, pasando desapercibidos durante una cantidad de tiempo sorprendente y teniendo siempre a mano a Paul o a Rob, perfectos comodines ambos, para utilizarles como coartada.

Fútbol, mujeres, cine y música. ¿Hay algo más?. Porque el dinero es un complemento bastante ordinario, eso lo sabemos todos, y el deseo es algo que mueven las cosas verdaderamente importantes. Son cuatro, y habíamos quedado en que fuesen cinco, pero hay que dejar un espacio a la libertad de cada uno, y yo he sido siempre muy comprensivo con quienes no incluyen al Atleti en su lista de las Cinco Principales cosas de la vida.

Pero sería injusto si no dijese el momento real en que Nick Hornby, vía Rob, me conquistó realmente, y fue cuando explicó sus Cinco Principales grupos o músicos que habría que matar a tiros cuando llegue la revolución musical: Simple Minds, Michael Bolton, U2, Bryan Adams y Génesis.

Francisco José Estévez Hernández
@FranOmega

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Yo (también) confieso

Cuando me ofrecieron la posibilidad de contribuir a estos breves momentos de silencio en medio del ruido jurídico –no por mis méritos literarios, hasta ahora desconocidos, sino por pura fidelidad en el seguimiento de El Calzador-, elegí rápidamente el tema e incluso redacté unas breves líneas al respecto. Pero como el transcurso del tiempo tiene la virtud de ubicar mejor las cosas, he cambiado de temática a la vista del nuevo giro que está tomando el blog y de las confesiones públicas de hechos muy privados de los autores que están haciéndose en los últimos tiempos.

yo confiesoAunque desde el principio del blog la mayoría de los relatos son autobiográficos y han destilado trozos de los corazones de los autores –en ese sentido quiero destacar la entrada dedicada al Couto Mixto, de Fran Estevez, de 18 de febrero, pues me hizo volver a la niñez y a ese viaje anual que, en mi caso desde Sevilla, hacíamos a Galicia,  atravesando durante dos días la península de una punta a otra, y en unos vehículos y a través de unas carreteras que nada tienen que ver con los actuales-, en los últimos tiempos se ha desencadenado una auténtica catarata de confesiones: la confesión de la devoción por las películas del Oeste  (efectuada por Emilio Gude en la entrada del 5 de mayo, “She wore a yellow ribbon”),  por el deporte y el esfuerzo  (“Maratón, historia de vida”, de Luis Cazorla, de fecha 6 de marzo), por los anuncios de nuestra querida televisión de blanco y negro (la preciosa entrada de Susana Gisbert, “Porque yo lo valgo”, del 18 de abril)  o, finalmente, el doblete de Luis Abeledo no queriendo ser una estrella del Rock (entrada del 18 de abril “No quiero ser una estrella del rock”), pero confesando ser un “runner” que sale del armario (entrada del 8 de mayo, “Quiero salir del armario como runner”).

Pues después de tanta confesión, yo también confieso: yo he leído novelas del oeste y he disfrutado mucho con ellas.  Y Cuando era niño –ahora también lo soy, pero menos- eran la lectura preferida de mi padre y ya se sabe que uno intenta imitar a sus mayores hasta en las aficiones.

Algunos de los recuerdos más bonitos de mi infancia se encuentran en una casa de un pueblo cercano a Sevilla, donde pasábamos los veranos y que yo veía como un palacio a pesar de que hoy no sería más que una adosada y mucho más reducida que las que la burbuja inmobiliaria hizo crecer donde antes sólo había olivos. En aquella casa pasé los mejores veranos de mi niñez, porque significaba la libertad. Allí podía salir por la mañana con la bicicleta y, junto con mis amigos, dedicarme a no hacer nada, a jugar, a perseguir pobres lagartijas y zapateros (también conocidos como “libélulas”, que no es que le tuviéramos manía a ningún oficio), incluso a hacer guerras de piedras con los niños de la otra calle –en las que casi nunca había ningún herido- y no volver a casa hasta que teníamos hambre (ni siquiera teníamos reloj para saber a qué hora volver).

Otras veces, el recuerdo no va a la calle, al campo, sino a la escalera de la casa porque en aquellos escalones, situados enfrente de la puerta de la calle, jugaba con mis soldados, con mis caballos, con aquellos indios que tan malos nos parecían.

Y cuando estaba en aquella escalera, llegaba mi padre de trabajar. Había pasado por el quiosco de las novelas  -que no era quiosco en realidad, sino el portal de una casa de vecinos en el Arenal-, donde él “cambiaba” las novelas y a mí me compraba un tebeo del Capitán Trueno. He escrito bien: no compraba, sino que las cambiaba. En aquella época, no era necesario comprar sino que el quiosco cobraba una pequeña cantidad (dos o tres pesetas) por recibir una novela y entregar otra a cambio, que de este modo iba de mano en mano, “como la falsa monea”.

marcial lafuente estefaniaAquellas novelas llevaban consigo todo tipo de microbios, de manchas de aceite, de historias en definitiva de las personas que las habían tenido en su poder durante los dos o tres días que se tardaba en leerla. Las escribía casi siempre la misma persona: un tal Marcial Lafuente Estefanía, que a tenor del número de novelas del mismo autor, debía llevar años escribiendo una novela cada día y que un día descubrí que había fallecido muchos años atrás pero que sus hijos seguían escribiendo novelas similares con su nombre. Otras veces eran otros: Silver Kane, Clark Carrados, Keith Luger, etc.

Pero todas, absolutamente todas, contaban la misma historia: un pueblo del lejano Oeste americano, sometido al pistolero de turno al que nadie se atrevía a molestar, y al que llegaba el “bueno”, otro pistolero pero con principios, con un sentimiento de justicia por encima de todo, y un valor que le hacía enfrentarse al malvado y eliminarlo, eso sí, junto a un buen puñado de los miembros de su banda. También solía haber una muchacha con la que el bueno hacía sus migas, pero era siempre un amor imposible y, como la figura de John Wayne, acababa solo y marchándose a otro pueblo donde seguramente le esperaría una aventura similar. Como escribió un poeta, siempre el mismo río pero con distinta agua.

Y termino como empecé: yo confieso que leía novelas del Oeste y hoy, muchos años después, lo sigo haciendo. Ahora, las novelas que leo suelen ser más cortas (ocho o diez páginas, aunque a veces llegan a las cien), sus autores más variados y suelen utilizar seudónimos ( el más común es “Juzgado de Primera Instancia”, pero también a veces leo de otro llamado “Audiencia Provincial” e incluso a veces, y son las más interesantes, de un tal “Tribunal Supremo”) , pero sus historias suelen tener el mismo trasfondo, un personaje bueno y otro malo y la victoria de uno de ellos que, a veces, sólo a veces, es el bueno.

 Joaquin Noval

@Alfil Abogados

Botero y yo

Llevo desde mi visita a las Indias dándole vueltas al boterismo. Tan preocupado me hallo, que en mes y medio no he leído más que un par de papeles sobre el estilo del colombiano. No en vano, han sido semanas agitadas por estos lares, con el Real empeñado en tirar títulos, Nadal luchando con dificultad contra sí mismo, los griegos mareando a propios y extraños y toda España enzarzada en unas elecciones que han sembrado de desorden la política patria. Con lo ordenados que lucían los mapas en completo azul, salpicados con contadas manchas rojas. En esto último nos metíamos, cuando una de tantas misivas que pueblan nuestros buzones llegó a mis manos, protagonizada por Mariano en gesto confuso.

Luciendo su ya característico tinte cobrizo de solterón provinciano con mercedes de segunda mano importado de Alemania, el presidente de las Españas nos saluda a todos sus súbditos con un “querida amiga, querido amigo” que hace pensar que se encontraba eufórico en el momento de redactar el texto. Con una fórmula ambivalente, cual si todos tuviésemos las dudas que por ahí se ha oído que él pudiera tener. No insinuamos cosa alguna desde esta publicación, no quisiéramos pagar tan amargamente el campechano trato del esforzado pontevedrés. Parece, ahora que Juan Carlos está ya a otras labores e Iker empezando a recoger las tormentas sembradas, que Mariano quiera convertirse en el campeón de la cercanía de turno. Que en este país gusta mucho la llaneza, se ha llegado a llamar atractivo a Iniesta.

Presidente sonriente.

La despedida, en la que Rajoy cierra el telón “deseándote lo mejor para ti y para tu familia, te mando mi saludo más cordial”, me ha inquietado. No puedo evitarlo. La mención a mi familia, después de seis párrafos tremendamente emotivos rogando el voto, me ha dejado regusto a amenaza. En mi casa no todos votamos bien, y no he podido evitar temer represalias para los zurdos del clan Teira. Tal es mi desazón, que sigo sin tener una opinión sobre el cese temporal de la convivencia entre Florentino y Carlo. Con los entrenadores de Pérez pasa como con nosotros, los becarios, que cuando les coges cariño les toca recoger sus cosas. Con Pérez, en cambio, pasa como con los jefes, que te despiertas cada día esperando que se haya ido, y terminas marchando tú antes.

Después de haber perdido apenas un par de Campeonatos nacionales, se va el gestor que nos ha dado la Décima y esa imagen de caballeros en corbata negra, de los que lo mismo te lucen un funeral que elevan el caché del garito más selecto. Profesional, muy profesional. Otros, como el mismo Pérez, ya no saben ni cuántos títulos han visto escapar y no hacen ni ademán de pedir la cuenta. Lo mismo espera que alguien lo invite, si es así urge tomar la iniciativa. Echar al segundo peor presidente de nuestra historia, tras Rodríguez Zapatero, es una tarea para la cual todos los estamentos sociales debieran aunar fuerzas. Si bajo el comando de la señora Carmena logramos desmontar a Florentino, la joven lideresa municipal se ha ganado la confianza de un servidor.

Como no me he puesto todavía a trabajar en lo botérico, hacerme boteriano ni crecer el mi boterismo, poco más puedo mencionar del artista. Me ciño a los tres verbos de la campaña de los populares, que cada día lo somos menos, como reconocimiento al gran legado que el marianismo deja a la poesía política. Tres infinitivos, que a primera vista serían vigor y sensación cinética -este domingo escuché a un locutor de Radio3 decir que una canción era cinética, me he propuesto utilizar la palabra una vez al día, fundemos el esnobismo mágico-, y presentados sin decorado, separados por puntos, han creado un eslogan que compite en lentitud con aquel individuo de nombre Xabi Alonso.

Lo aparente no siempre resulta cierto, igual que el exceso de decisiones conduce a idéntica deriva que la inacción. Que se lo pregunten a Florentino Pérez. Igual que los gordos de Botero no tienen ni un kilo de más, sino volúmenes con diferentes proporciones que engañan al ojo para que confunda a la mente. Porque una vez que tratas a un conocido sin respeto, de poco sirve enviarle cartas con tu mejores deseos y llamándolo amigo. Mucho menos “querida amiga, querido amigo”, que no están los tiempos para sembrar dudas.

Luís Teira

El becario, que no becaria

Changes

Como si de un giro de tuerca se tratase, una corazonada le señaló que era el camino a seguir a partir de ese mismo momento. Durante años se había dedicado a hacer aquello que era esperado que hiciera, al principio de forma voluntaria, para posteriormente dejarse llevar por la inercia. Fuera cual fuera el antes o después lo cierto es que siempre se había sentido incómoda vistiendo ese traje impersonal cortado de fabrica. ¿Cómo evitar liberar la voluntad de su secuestro cuando la mente es cancerbera de uno mismo? Como si un síndrome de Estocolmo le invadiera, llegaba a pensar que la realidad era esa y que gustándole, más o menos, era lo que había.

A veces rumiaba sus pensamientos intentándoles dar la vuelta cuando no le gustaban o le hacían sentirse culpable. Quizás por eso nunca llegaban a aflorar y se quedaban ahí dentro, guardados, esperando a que se pasaran, a que se volatilizaran como el que tiene un mal constipado. Estaba claro que el temor al futuro y a las consecuencias de un posible cambio en su camino le frenaban, olvidándose de que, mientras tanto, ese miedo ya le condicionaba a no ser la persona que deseaba ser.

Es cuando te explicas, y hasta resulta lógico, el típico chascarrillo del que bajó a por tabaco y no volvió. ¡Para lo que le esperaba a la vuelta! ¿Verdad? Por supuesto que es mucho más fácil abandonar y dejar todo atrás comenzando de cero en cualquier lugar que reinventarse de nuevo en el mismo escenario, con el mismo reparto y obra, pues quieras o no ya necesitas otra adaptación para el que hay que envainarse otro papel distinto al que uno se sabía de carretilla.

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Y de pronto, como si de repente cayera una “levantera” de órdago de esas que clava la arena como alfileres, todo se arremolina, se agita, se agolpa, desplazando todo para dar paso a la calma, a un ambiente claro y nítido, dejando los restos de la tormenta en aquel rincón del alma donde quedan grabados los recuerdos como una película de superocho, ya un poco amarilleadas que, al verlas, te hacen sentir esa extraña sensación de parecer contemplar una historia de otros.

Y ¡qué narices! Hay que seguir intentándolo, y continuar adaptándose, entrando, cambiando, saliendo y ¡desnudarse del todo!, desear, tocar, acariciar lo que antes era de una manera y descubrirlo como algo nuevo. Buscar dónde sentarse a mirar el cielo en una noche estrellada para sentirse pequeño e insignificante pensando que esto no es más que una muesca más y que al fin y al cabo es una nimiedad. Me acuerdo de la película donde Schwarzenegger y aquella rubia cachas se enfrentaba al exterminio mundial ¡si no somos nadie!! Mientras tanto, pensamos que nuestra vida, nuestros amigos, nuestro trabajo y preocupaciones son nuestro motor, pero cualquier día sonará un clic, se apagarán las luces y fin de la función, bien sea porque alguien apague los focos como en el show de Truman, bien sea porque nos toque la china.

El otro día me enteré (desconozco si la fuente de la noticia es o no fidedigna), que una cantante muy controvertida por sus eclécticos atuendos quiere casarse en el espacio. No sé si será por hacerse la rarita, que también, pero al menos eleva a otro plano la idea del matrimonio. Y me pregunto, cuándo llegue ese momento, en esa nave especial con su vestido de filetes empanados ¿se sentirá ridícula, no? porque se puede querer ser diferente para llamar la atención pero hay cosas en esta vida que es mejor no darle más bombo que el que se merece. Lo que si es cierto es que hay que tomar distancia de las cosas para darte cuenta de la importancia que tienen, y si para ello hay que subir al Apolo y darte un baño de estrellas para casarte igual una vez allí te arrepientes.

Nos deberíamos permitir el lujo de hacer alguna excentricidad de vez en cuando para ver nuestra reacción y ver de paso cómo se lo toman los demás. Es sorprendente. A veces estudiar las reacciones de los otros tiene su interés, es cómo un estudio sociológico, aunque haya siempre algún sieso que quiera estropearle a uno el invento rebotándose porque uno no puede salirse de lo maduro y lo lógico…¡Venga ya! O como dirían por ahí abajo ¡No, ni ná! Que no somos el perro de Paulov y a veces es bueno salirse de la senda para encontrarla de nuevo.

Carmen González Tovar

@mamentrix

“En un lugar de la Mancha…”

Están Uds. de suerte. Hoy vamos a hacer desfilar por El Calzador a grandes genios de la literatura. Las razones de este ejercicio de excelencia son dos. La primera que el becario de El Calzador, como buen becario de hoy en día, en vez de ser el más entregado, de repente te pide que le cambies el día de publicación porque se va a Londres. Ni siquiera intenta disculparse. Está claro que entre Londres y El Calzador, la elección es obvia pero por lo menos guardar algo de disimulo. Así que Teira está en Londres y yo escribiendo esto apresuradamente.

La segunda de las razones es que hacía tiempo que me apetecía hacerlo, que créanme es la más poderosa de las razones. Algún intento en otros formatos ya he tenido pero justificándome en la premura de tiempo, voy a intentar regalarles algunos de los mejores inicios de novela de la historia de la literatura.

Y es que lo más complicado de escribir son esas primeras líneas. Ponerse delante de un folio en blanco y comenzar una historia es no sólo un ejercicio de heroicidad homérica sino que exige una precisión de cirujano. Como elijas mal esas primeras palabras, la historia no podrá ser buena. Veamos algunos de los mejores. Encontrarán por internet páginas y páginas con inicios de novelas. Busquen y elijan las suyas, yo empezaré con mis dos novelas preferidas.

Sin duda, la primera de ellas, y no sólo porque Dickens sea uno de mis autores predilectos, es el comienzo de “Historia de dos ciudades”. Si Uds. van a la presentación de El Calzador verán que son las palabras que utilizo como presentación.

resize_imageHistoria de dos ciudades, de Charles Dickens

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.”

Este comienzo es absolutamente brillante y a mi juicio refleja aquella época, pero refleja también esta, así como las venideras, porque con  un juego de opuestos de lo que nos habla verdaderamente, es de la cambiante, y por lo tanto maravillosa, condición humana.

Saltemos de continente y vayamosnos al realismo mágico que tanto ha barnizado para bien a los autores hispanos del último cuarto del siglo XX. Soslayemos la infinita retahíla de malos escritores amparados en esta corriente. Sin duda, es el tributo que debemos pagar por obras como “Cien años de soledad” cuyo inicio es magnífico.

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Ese “había de recordar” ha dado para discusiones y discusiones acerca de su corrección, significado, etc. En mi modesto entender precisamente esa expresión es la que le da especial brillantez y valor al comienzo. Cierto es que se repite más adelante: “Años después, en su lecho de agonía, Aureliano Segundo había de recordar la lluviosa tarde de junio en que entró en el dormitorio a conocer a su primer hijo.” En el fondo, lo que creo que subyace en esta formulación es la intención de Gabo de decirnos que recordar no era algo que Aureliano Buendía haría o querría hacer, sino que debía de hacer y con ello marcar que el destino de Aureliano, de toda la familia Buendía y de Macondo está determinado. Fatalmente determinado.

No todos los inicios son tan largos, algunos son muy breves pero que en su concisión encierran ya la promesa de una historia apasionante o un misterio por resolver. Pongo dos maravillosos ejemplos

Moby Dick, de Herman Melville

“Llamadme Ismael”

El narrador en tan solo dos palabras se presenta y nos hace partícipe de lo que va a ocurrir. Y no es baladí su nombre, Ismael que en hebreo significa Dios me escucha, en la lucha del capitán Ahab contra su demonio o demonios en forma de ballena blanca.

Rebeca, de Daphne de Maurier

 “Anoche soñé que volvía a Manderley”

¿Qué es Manderley? ¿Qué recuerda? ¿Por qué lo recuerda? ¿Por qué ese tono de miedo sostenido? No puede intrigarnos más ese comienzo que hace que queramos leer más y más hasta que todo se desentrañe.

Hay otros inicios que son devastadores por lo que de apatía y soledad conllevan. Recordar a Camus, en El extranjero y palpar la indiferencia y la pasividad de Mersault ante la pérdida de su madre nos anuncia como será el resto de la obra.

El extranjero, de Albert Camus

“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.”

Y tenemos justo lo contrario. Ese libro que hoy en día sería censurado por una cantidad ingente de meapilas que no entienden que la ficción puede sobrepasar límites que la realidad no admite. Lolita, con ese comienzo carnal, que se paladea en la boca, tal y como el autor escribe y describe al pronunciar las sílabas de su nombre.

Lolita, de Vladimir Nabokov

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-Li-Ta.”

Admítanme un consejo, lean ese comienzo en inglés y jueguen con su musicalidad.

111124-Memorias-de-AdrianoLlega el turno, y debemos ir acabando, de otra de mis novelas preferidas: Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. E igual que les acabo de decir que lean el comienzo de Lolita en inglés, ahora les digo que pueden leer este libro en español. Si Marguerite Yourcenar escribió una maravillosa obra maestra, la traducción del francés que hizo Julio Cortázar, aún lo mejora, aunque pueda parecer una aberración. No es prosa es pura poesía.

Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar

Querido Marco:

He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas, habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y la túnica. Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mi mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre

¡Qué manera tan soberbia de comenzar igualando al gran emperador Adriano en un hombre más! Sabido es que la parca iguala a todos y que en ese momento no hay título, condición, honor o privilegio que nos exima de ese final y la Yourcenar lo cuenta con frases perfectas, redondas, bellas para describir lo feo y lo débil. Para anticiparnos que al final de la vida, cuando más débiles somos, más que en la niñez porque en la infancia escondemos un potencial latente y tenemos quien nos proteja, mantener la condición de hombre es un esfuerzo titánico.

Terminaremos con dos brillantes inicios más, uno que en realidad es el comienzo de una pesadilla, la metamorfosis de Gregorio Samsa y el otro un consejo del padre de Nick Carraway, antes de narrarnos como conoció a Gastby.

La metamorfosis, de Frank Kafka

Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama  transformado en insecto monstruoso.

El gran Gastby, de F. Scott Fitzgerlad

En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas. Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien -me dijo- ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas. No añadió más, pero ambos no hemos sido nunca muy comunicativos dentro de nuestra habitual reserva, por lo cual comprendí que, con sus palabras, quería decir mucho más. 

Hay muchas más. Muchísimas más, pero por razones obvias debemos terminar aquí, sin dejar de animarles a que busquen en internet muchos de ellos que, sin duda, tras leerlos, les animen a abordar la lectura de estas joyas de la literatura.

Emilio Gude

@Emiliogude

Añorando los pasos

I

VIVE DEPRISA. MUERE JOVEN

El pitido seguía sonando. Cada vez más agudo. O al menos a mí me lo parecía. Pensé que me tapaba los oídos pero no podía sacarlo de mi cabeza. Me pinchaba tanto que quería compartirlo. Compartir el pitido agudo. Compartir el dolor.

– Aaaaaaaaahhhhhhhh

Ese alarido no era mío. Y no era tampoco el pitido que seguía sonando. No, sonando no. Gritando. El pitido se había convertido ya en un grito.

Volvieron las mismas caras. Sin lentitud ya. Con rapidez desesperada. Demasiada rapidez y demasiado desesperada. Atropellada rapidez. Atropellados movimientos. Atropellos en general. Ruidos metálicos y de cristales. Metálicos finos. Como alambres chocando entre sí. Y tirones en los brazos. Sentía como me movían los brazos con pequeños tirones. Una y otra y otra persona más. De forma constante y rítmica. Como en una perfecta coreografía.

– Aaaaaaaaahhhhhhhh

– Sacadlo de aquí. Sacadlo de una vez. Por favor…

– ¿A mí? ¿Por qué? Yo no he hecho nada. ¿Dónde me queréis sacar?

Sin respuesta. Como antaño. Como si no hubiera dicho nada. O como si no tuviera voz porque la realidad es que yo me oía… Pero sin voz. ¿Cómo puedes escucharte y a la vez saber que no tienes voz?

– Mírame. Mírame a mí. Aprende de mí.

– ¡Sacadlo ya o que se calle!

– Me llevan… No me dejan estar aquí… Hazme caso ¡Vive deprisa y muere joven! ¡Vive deprisa y muere joven!

arcoNo entiendo nada. ¿Por qué me dice eso? Creo que estoy intentando comprender qué pasa y es en ese momento, es en ese preciso instante cuando el cuerpo se retuerce. La cabeza en vertical hacia abajo y formando un arco el tronco sobre los pies como si hubiera esculpido un arco de medio punto sobre una columna y un capitel que sólo pueden ser románicos. Sólo quiero que sean románicos. Una y otra vez. Cayendo y volviendo a arquear el cuerpo.

Ahora te entiendo. ¡Vive deprisa y muere joven! Pero de momento sólo puedo apretar los puños.

II

LUZ Y TÚNEL

Me estoy clavando las uñas en las palmas de las manos.

– ¿Sabéis una regla para recordar siempre la diferencia entre cóncavo y convexo? Acordaos de esta frase:

Me acerqué a la fuente y bebí agua en la concavidad de la mano.

O sea, me estoy clavando las uñas en la concavidad de la mano. ¿Por qué me acuerdo ahora de algo que me enseñó un profesor hace treinta años en el colegio? Los pensamientos son algo curioso. Demasiado curioso.

– No hay caballos en Vietnam. Hay algo intrínsecamente malo en ello.

¿Y esto? ¿Ahora se me inunda la cabeza de frases de películas. De las más variadas.

– Abogado. Abogaaaaado. Ven ratita, enséñame la colita…

Quiero pensar en algo que me agrade. En ese paraíso al que me llevó, sólo con mirarla, Esperanza, mi ángel. Pero no da tiempo. Todo se llena de luz blanca. Exceso de blanco. Demasiada palidez… Y demasiada placidez.

Sólo me ha dado tiempo a desear que todo vuelva a moverse despacio. Creo que tengo una media sonrisa, una media sonrisa estúpida. Y por fin las gotas vuelven a caer. Ya no tengo luces rojas saliendo de mis manos y noto que el cuerpo deja de arquearse. Y empiezo a notar la dulzura de meterme en ese túnel de sueño.

Pero antes, para recordarme que sigo allí, vuelvo a apretar los puños, a clavarme las uñas en la concavidad de la mano. No se cómo se siente un cuchillo en el cuerpo, sólo recuerdo un navajazo en la mano y la sensación es totalmente distinta:

KURTZEn aquel momento fue un corte limpio. Como cuando se te abre un dedo con una página del libro que estás devorando. Ahora es distinto. Es más como los machetazos al búfalo del gentío que rodea a un Marlon Brando convertido en Coronel Kurtz. Seguro que el animal sintió lo mismo.

Dura demasiado tiempo. Aunque sean sólo unos segundos parece demasiado tiempo. Gracias por ese elixir que va entrando. De repente me he preocupado por dónde se han llevado a mi compañero, pero noto que me da igual. Sigo teniendo media sonrisa y ya sólo puedo mirar hacia arriba. Sólo falta el ventilador en el techo y el ruido de helicópteros y al Cornel Kurtz con su frase:

– El horror.

Creo que ahora ya sonrío abiertamente. Bendito elixir de la felicidad.

Cuando abra los ojos quiero encontrarme otra vez con su cara aunque él me haya dicho que no la volveré a ver jamás. Y quiero seguir sintiendo las gotas meterse en mi cuerpo.

@SMNacho

A mi tía Marisol

“La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo.”

(Isabel Allende)

Querida tía, me ha costado mucho lanzarme a escribirte esta carta. Me conoces bien y sabes lo torpe que soy en estas lides, pero, escuchando las preciosas palabras que Consuelo Madrigal te dedicaba el pasado martes en tu despedida, repleta de gente queriendo darte el último adiós, hago acopio de fuerzas, y dejo a un lado vergüenzas y limitaciones. Puedo así contarte cosas que tu repentina marcha me ha privado de hacerlo; cosas que llevo guardadas dentro a modo de tesoro; cosas que a muchos de los que no te conocían y me preguntan por ti estos días sorprendidos por la reacción unánime de cariño y dolor puedan servir para entenderlo.

Escribo estas líneas sin terminar de creerme que nos has dejado, sin previo aviso, de forma tan dolorosamente repentina, tan desgarradoramente inesperada. De alguna forma espero todavía que en un rato me llegue un mensaje de whatsapp tuyo a media noche preguntándome por los niños, enviándome un vídeo o sacando punta a algún acontecimiento reciente. Pero nuestra conversación por mensaje no avanza y nunca lo hará más.

Te vas sin avisar y no te he podido dar las gracias por tanto, por todo. Culpa mía y de mi incapacidad de manifestar esos sentimientos a tiempo. El pobre y único consuelo es la esperanza de que esa misma complicidad que para muchas cosas teníamos sea la que te permitiera ser consciente de mi admiración y agradecimiento.

Muchas gracias tía.

Muchas gracias por ser una parte esencial de una infancia muy feliz.

Muchas gracias por haber sabido custodiar y transmitir durante estos años los valores y la presencia de los abuelos Cazorla, Luis y Soledad.

Muchas gracias por estar siempre en los momentos malos, en esos en los que miras a derecha e izquierda y no hay gente, en los de soledad, en los de fracaso. Muchas gracias por saber encontrar entonces la palabra adecuada y el aliento necesario.

Muchas gracias por confiar en mí tras la derrota, en la dificultad, y cuando poca gente lo hacía.

Muchas gracias por tu abrazo siempre oportuno, por tu comprensión, por tu cercanía y generosidad.

Muchas gracias por tu presencia siempre arrolladora, por tu fuerza y pasión desbordada y desbordante en todo lo que hacías.

Muchas gracias esos ratos de conversación, de debate, por los enfados, por esos ratos de risa y por tu humor e ironía; por arrancar siempre en los momentos difíciles una sonrisa y una carcajada.

Muchas gracias también por tu ejemplo constante en el trabajo, en el Derecho, por tu arrolladora presencia.

Muchas gracias, finalmente, entre otras muchas que me dejo olvidadas con seguridad, por tu última lección el martes pasado en tu funeral. Una despedida con tanta gente de toda condición y tan sentida, no es sino es el resultado de una vida intensa, desprendida, arrolladoramente exprimida y compartida. Las personas sólo desaparecen si lo hace su recuerdo, permanecen con sus obras, permanecen en el corazón de aquéllos con quienes ha compartido su vida. Y, si lo del martes, o lo leído a lo largo de estos días es reflejo de tu obra, es que es, sin lugar a dudas, muy grande.

Cierro los ojos y no puedo dejar de verte regando las flores y plantas de la casa de Novelda, recuerdo imborrable de infancia, o dándome un abrazo tras algún batacazo vivido conmigo en primera persona, o sonriendo orgullosa y cómplice en algún éxito posterior. Ya dejaré de ser “Luisito”, o “tu abogado”, todo eso pasa, y el vacío es enorme, angustioso e irremplazable.

Termino ya tía; estate tranquila, quiénes aprendimos a tu lado (Joaquín, Eduardo y Santiago, seguro, -qué orgullosa estarías de verles estos días-) conservamos tus enseñanzas a buen recaudo y en nosotros recae el deber de hacer uso de ellas y de lucirlas orgullosos.

Poco más puedo decirte, poco más puedo añadir. Sé que tampoco me dejarías, con una mirada y sonrisa socarrona que puedo imaginarte dedicarme ahora.

Hasta siempre tía.

Tu sobrino que te admira y quiere.

Luis Cazorla

@LuisCazorlaGS