Aquel patio de Sevilla

¡Vive! Es decir: ama y besa, escucha, mira, toca, embriágate y sueña…

Tengo que reconocer, mal que me pese, que hasta hace no mucho lo único que conocía de Manuel Machado es que era el hermano mayor de Antonio y que se mostró afín al bando nacional durante la Guerra Civil.

Sin embargo, aquella famosa anécdota de Borges —que a mi padre le gusta contar— me despertaba cierta curiosidad por conocerlo mejor. Curiosidad que se avivó al toparme con el poema de Luis Alberto de Cuenca “De y por Manuel Machado” y que me llevó a desenmascarar al desconocido.

Es cierto que la poesía tiene fuerza por sí misma. Pero también lo es que detrás de la poesía hay un poeta. Menuda perogrullada. Quiero decir que detrás del Yo poético casi siempre destilan ecos del autor y que, por lo tanto, conocer al autor no es un capricho, sino una de las claves para captar el tono de sus composiciones. En palabras de Machado: «Poesía es lo que los poetas quieren. Detrás de un libro hay un artista, un hombre, una personalidad, o no hay nada. Cuando lo hay, el libro interesa y no es preciso pedirle más».

La biografía de Manuel, como su obra, está dividida (simplificando, aunque no sé hasta qué punto simplificar una vida sea procedente) en dos. Y el punto divisorio lo marca su matrimonio: en 1910 se casa con su novia “de toda la vida”.

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Manuel Machado y señora, 1910.

Deja atrás, entonces, su inquieta y libertina vida para abrazar un día a día ordenado y de “hombre de bien”. A la vez, se serena su poesía; en ella va difuminándose la espontaneidad y el sarcasmo. Al final de su vida, sus publicaciones se centrarán básicamente en temas políticos y místicos.

Como Antonio, nace en Sevilla (1874) y vive desde niño en Madrid. De padre cercano al krausismo y a Giner de los Ríos, ambos asistirán a la Institución Libre de Enseñanza. Manuel se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de Sevilla.

Con veinticinco años viaja a París en busca de trabajo: trabajará como traductor para la editorial Garnier Frèdes. Instalado en la capital francesa, se introdujo en los grupos literarios y se adentró en la vida bohemia parisiense. Después de casi dos años, regresa a Madrid donde se dedicará a escribir: publica varios libros y colabora en diferentes revistas. Conoce y trata a Juan Ramón, Darío, Valle-Inclán, los hermanos Sawa, Baroja, Maeztu, Unamuno… Es un artista conocido y respetado.

Manuel era un hombre atractivo. Y además lo sabía. Bohemio y alegre. Bien vestido siempre (aún en las épocas de penuria económica), conjuntado y a la moda (en contraste con su hermano Antonio), seguro de sí mismo, muy culto, dotado de gracia natural andaluza y curtido en París. ¿Un conquistador nato? Tal vez.

Pero, al mismo tiempo, Machado crea un auto-personaje en su poesía; sin duda, con rasgos de su propia biografía y, sin duda también, exagerando ese rol de dandi desvergonzado. Tiene su poética un alto componente de narratividad, donde la vida corriente juega un papel protagonista. Por este motivo, es fácil que perdamos de vista que quién nos habla no es Manuel Machado, sino su Yo poético.

Es un poeta elegante. No sé si lo es porque todo él lo era en su conjunto o, si por el contrario, se trata simplemente de una pose que elige a la hora de escribir. Lo más lógico, por lo menos, es que lo uno le lleve a lo otro. En cualquier caso, la voz dicharachera, ágil, fina, exquisita es una constante en su poética.

Esa finura, no obstante, no puede entenderse, para nada, como una postura ñoña o que se acomoda entre asuntos banales o envueltos en algo parecido al tópico clásico del locus amoenus.

La comedia del arte, el folklore andaluz, la mala vida, los suburbios, los borrachos, las prostitutas, el alcohol… aparecen en los poemas de Manuel con naturalidad. De este modo, se hace patente que los temas que aborda están lejos de cualquier espacio del imaginario modernista más rubendariano.

Sin ser purista ni maniático, es también elegante en el estilo. No son los suyos versos demasiado revisados ni pulidos: se permite, por ejemplo, rimar inquietante con insignificante o forzar la rima de soniquete con calladete y recurre sin reparo al uso de pareados en muchos poemas. «La elegancia de Manuel Machado lo es precisamente porque no está buscada ni rebuscada […]. Su modo de vivir y de escribir es natural» (G.Diego, 1974: 20).

La crítica coincide en que El mal poema (1910) constituye el auge de su creación literaria. Ha ido tanteando en los poemarios anteriores un lenguaje poético que bebe del Romanticismo, el Modernismo, el Decadentismo, de Góngora, Lope, etc. para dar a luz ahora a una poesía original y moderna, muy suya.

Manuel Machado saca a relucir ahí su rol más canalla. Son poemas desenvueltos que evocan la travesura, el juego del chico chulo que desafía la vida, el amor y los límites de “la sociedad de bien”.

Leyendo El mal poema me acordé, inevitablemente, de de Cuenca y comprendí por qué le dedica una de sus poesías. Desde la cotidianidad, ambos poetas presentan cierta locura moral y comparten el tono antitético entre la densidad y la sencillez, el placer y la profundidad, la erudición y el juego.

Se trata de una poesía urbana, de la calle, frívola, cargada de referencias nocturnas, provocadora. Sin embargo, Machado no es en ningún caso grotesco: sabe guardar el decoro en todo momento. Y he aquí donde la ironía adquiere un papel todavía más relevante.

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Manuel Machado, 1932

Bien. Junto a la imagen del hombre cínico y despreocupado, hay también un poeta que se queja (de la crítica, de la condición de los artistas, de la vida) y que aparece harto e incluso, en ocasiones, afligido.

Una de las composiciones clave de esta obra es “¡Paz!” en la que se encierra el tono continuo que acompaña todo el libro: una mezcla de hastío y de alabanza a la mala vida. Ridiculiza el vivir de quienes se someten a “ser buenos” y son incapaces de salir de los moldes establecidos por las convenciones sociales y morales. ¿Puede haber “paz” en experiencias esperables y aburridas? El Yo lírico se encuentra harto de ser un día bueno, bueno, bueno y de amar el agua clara sin sabor ni color; lo ha intentado pero esa constante lucha le produce rechazo.

La noche es otro de los temas estrella de los poetas decadentes. Machado explora, sobre todo, las sensaciones que producen la madrugada y el alba. Lejos de lo que ocurre en la poesía clásica, el alba es un elemento negativo: supone el final de la diversión nocturna. La luz hace evidentes los rostros feos y la resaca comienza a asomar.

Empezaba citando unos versos de su Ars moriendi (1921, ya casado) y termino recurriendo a los que le siguen:

Y ahora suspiro: <¡Muérete!>
Es decir: calla, ciega,
abstente, para, olvida,
resígnate… y espera.

Clara definición del morirse en vida. Me quedo, sin dudar, con el Manuel anterior. Cínico y divertido, fuerte su carácter y ligera su poesía, irónico y elegante. Andaluz, poeta, bohemio, crápula.

Beatriz Jiménez C.

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Hoy han encendido las luces

A los quince años había leído un libro que teorizaba sobre el desapego. Mejor tener poco —dinero, amigos, amor— que perder, afirmaba. Demasiado inmadura todavía para comprenderlo a fondo, interiorizó mal esa teoría y decidió que no se iba a entregar del todo en ninguna relación, por si acaso.

Así, se había acostumbrado a conocer gente a menudo sin estrechar apenas ningún lazo. Muchos conocidos, pocos amigos. Le costaba demasiado esfuerzo el cuidado que requiere una amistad como para que le valiera la pena.

El trabajo le había llevado, hacía unos meses, a otro país. Le encantaba. Notaba que estaba en el mejor momento de su vida. Fascinada por la nueva ciudad, el trabajo y la gente, ese nuevo día a día tan maravilloso acrecentaba su tendencia a no echar nunca de menos nada ni a nadie.

Sin embargo, hoy han encendido las luces de las calles, los escaparates cargados de nieve felicitan las fiestas, suenan villancicos y ya se empiezan a llenar demasiado las tiendas. No va a ir a casa hasta mediados de enero. De golpe, le invade una nostalgia que no esperaba.

En el colegio, la profesora de religión les aconsejaba que se metieran en la piel de alguna de las figuras del belén con tal de acercarse un poco más al misterio. No le gustaba. En su cabecita de niña, lo lógico era imaginarse ella misma en el portal, haciendo reír al Niño directamente, sin intermediarios.

Y el portal, la Sagrada Familia, los pastorcillos, los Reyes Magos que se imaginaba eran siempre los del pesebre de casa. Sencillo, no muy grande. Las figurillas de barro mutiladas, mal pegadas. Ella y sus hermanos se negaban a sustituirlas frente a la insistencia de su madre que quería comprar otras. —No queremos nuevas, queremos las nuestras.

Le encantaba llenar de besos al niño Jesús sintiendo la mirada tierna de María, el rostro sereno de José, el aliento del buey y la mula.

Canta i balla amb el Nen Jesús
que és un nen petit com tu
Canta i balla amb el Fill de Déu
I es possarà content

Desde que se independizó, ya no pone el belén; ni siquiera tiene tiempo de pensar en esas cosas. No obstante, durante la cena de Nochebuena en casa de sus padres, cada año, cuando ya ha corrido el vino y está atiborrada de polvorón y turrones, se le escapa inevitablemente una mirada a la casita vieja y ve al Pequeño y se le dibuja una media sonrisa.

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El día 25 se vació hace tiempo de contenido. Poco a poco, había ido dejando de rezar las oraciones aprendidas de boca de sus padres. Ya no iba a misa ni se le ocurría pedir o agradecer nada a ese Dios, ahora lejano, con el que había llegado a intimar tanto.

Pero maldita sea. Navidad sigue siendo su época preferida del año. Quizá, el consumismo exacerbado ha ganado un poco el terreno. No del todo: el cariño, la alegría, los detalles, el calor se cuelan concentrados durante unos días en las familias. Es una tradición bonita.

Un bocinazo la devuelve a la realidad. Sonríe. Va a echar de menos a los suyos estos días. Como remedio para acortar la distancia, siente ganas de comprar algunas figuritas y montar su propio pesebre. Tal vez, haya llegado el momento de sentarse de nuevo a contemplarlo con calma  y meterse en la escena, poco a poco, como un personaje más.

Beatriz Jiménez