Buenos Días y Buena Suerte

La “libertad de expresión” está muy manida. Sobre todo, para quienes no lucharon por obtenerla y se la encontraron ahí puesta, como la sevillana de encima del piano. Tanto como “progresista”, por lo menos. Ambas parecen servir para todo, son como el bálsamo de Fierabrás, que todo lo justifica y lo tapa.

– Oye, que me has llamado gilipollas
– Ya, pero es libertad de expresión.
– ¡Ah, bueno!. ¡Haber empezado por ahí!. Entonces, nada

– Hay que ver lo idiota, sin sustancia y vacío que es ese político.
– Ya, pero es progresista.
– ¡Ah, bueno!. ¡Haber empezado por ahí!. Entonces, nada

Vivimos tiempos turbios y no, no voy a entrar caso por caso, ni en su utilización, ni en las evidentes exageraciones, ni en lo ideal que es que pasen cosas nefastas, para que todos extrememos nuestras posiciones al máximo, con lo que nos gusta eso, para echar unos ratitos en las redes sociales. O escribir columnas, los suertudos que pueden hacerlo.
No. En realidad, a lo que voy es a comentar las múltiples ocasiones en que todo se justifica en base a la palabra-comodín que encaje según el caso, sea libertad de expresión, sea en lo muy, pero que muy progresista que es el autor de la barbarie de turno. ¡Ah, bueno!. Así que, si son progresistas y utilizan la libertad de expresión, hace falta ser fascista (que es otra de esas palabras-comodín) para criticarlo. En fin …
Ahora, que es justo cuando mis compañeros de aventura en El Calzador están a punto de darme collejas pasillo arriba, pasillo abajo, porque ya saben los lectores más expertos que aquí no se habla ni de política ni de Derecho, es cuando aprovecho para comentarles que hubo otro tiempo, sin embargo, en el que la Libertad de Expresión se escribía en mayúsculas, era un logro a veces soñado y tenía otro significado, bastante diferente al de servir de parapeto para ofender, insultar, atacar gratuitamente.
Y para ilustrarlo, como ya me gustaría a mí ver a tanto abrazafarolas enfrentándose a alguien como el Senador McCarthy, se me ha ocurrido el ejemplo de Edward R. “Ed” Murrow, un periodista estadounidense que se hizo famoso como locutor de radio, ni más ni menos que durante (y en) la Segunda Guerra Mundial, retransmitiendo en onda corta desde Europa, para millones de norteamericanos, conectando en directo desde el frente.
Murrow había entrado en la CBS en 1935, dos años después fue nombrado director de la oficina europea en Londres, donde formó un equipo a su medida que, como queda dicho, el estallido de la Guerra convirtió en legendario.
Tras la Paz, volvió a los Estados Unidos y, aunque fue nombrado vicepresidente de la CBS, prefirió retornar a la radio hasta que, en 1951, tras el éxito aplastante de uno de sus programas, lo adaptó para la televisión, medio que entonces aún estaba en sus inicios, y creó el programa ‘See It Now’, que simultaneó con otro de entrevistas, ‘Person To Person’, creando en ambos casos unos nuevos formatos que rompieron moldes en la historia de la televisión.
Murrow aprovechó su enorme prestigio, ganado a pulso, para exigir plena libertad a la CBS, sin interferencias de ningún tipo.NVG9714-03
Y entonces, surgió McCarthy, ese senador republicano y matón que pretendió labrar su fama y fortuna a costa de los demás, y del odio que fue capaz de generar en base a su tristemente famosa lista negra y caza de brujas, elaborada gracias al miedo, a los chivatos, a los delatores y a los cobardes que supo crear a su alrededor, desde el “Comité de Actividades Antiamericanas”, con la excusa de la “lucha frente al Comunismo”.
Eran muy pocos quienes se atrevían contra él. Como pocos años antes había hecho el Nazismo, y como desgraciadamente seguimos viendo en nuestros días, puede cambiar el entorno, las víctimas y la dimensión, pero la teoría es siempre la misma: “O conmigo o contra mí”.250px-Joseph_McCarthy
Hay que saber utilizar el Derecho a la Libertad de Expresión y hay que tener mucho valor para enfrentarse a alguien así. Y Edward R. Murrow, que en realidad se llamaba Egbert Roscoe Murrow, lo tuvo.
Entre 1953 y 1954, pese a las presiones de los patrocinadores de su programa, y en consecuencia de la CBS, tras llegar indirectamente a él a través de la investigación de la historia de un soldado, Milo Radulovic, que había sido injustamente considerado culpable y expulsado del Ejército sin juicio alguno, Murrow dedicó una serie de programas a desacreditar a McCarthy, desenmascararle, ridiculizar todas y cada una de sus tácticas y convertirle en un clown peligroso para los seguidores del programa, que llegaron a ser muchos millones, por lo que se erigió oficialmente en enemigo del senador (in)justiciero.
A Dios gracias, calaron los discursos inmortales de Murrow: “No debemos confundir disenso con deslealtad. Debemos recordar siempre que una acusación no es una prueba y que una condena depende de la evidencia y del debido proceso de la ley. No caminaremos con miedo, el uno del otro. Este no es el tiempo para que los hombres que se oponen a los métodos del senador McCarthy se mantengan en silencio, o para aquellos que los aprueban”.
Por ello, preocupado McCarthy al fin, porque alguien osaba enfrentarse a él, llegó a aceptar el guante que le había tirado nuestro héroe, protagonizando un programa completo en el cual, al utilizar su derecho a réplica para tratar de desacreditar y acusar a Morrow, fracasó y comenzó a cavar su propia fosa, sumergido en el ridículo más absoluto.
Aquél programa marcó el punto de inflexión en la campaña del Senador contra quienes eran acusados de ser simpatizantes del comunismo y, además, lo marcó también en la historia de la televisión.
Había destrozado las vidas y las carreras de mucha gente, con especial saña dentro del mundo del cine y del espectáculo, pero Joseph McCarthy no salió vivo de su enfrentamiento con Murrow. Murió primero como líder influyente con ínfulas presidenciales, en 1954, al no superar una moción de censura … Y falleció sólo tres años más tarde, a la temprana edad de 48 años, víctima del alcoholismo.
Edward R. Murrow, en cambio, continuó impartiendo clases magistrales desde la CBS, con esa pose tan suya, reclinado y con un cigarrillo sostenido en alto, con su mano izquierda hasta que dejó la Cadena en 1961, cuando el presidente John F. Kennedy, al iniciar su ilusionante (y desgraciadamente corta) etapa como Presidente, le nombró jefe de la Agencia de Información de EEUU, un cargo que mantuvo hasta 1964. Murió meses después.
Uno de los grandes directores de cine de nuestra época, George Clooney, le ha inmortalizado con su magistral película “Buenas Noches y Buena Suerte”, aludiendo a la sempiterna fórmula de despedida de Murrow, ejemplarmente interpretado por David Strathairn, en el papel de su vida. Pudieron ganar hasta seis Oscars, de no haber sido 2005 un año especialmente brillante, en el que coincidieron con joyas como Crash, Capote o Memorias de una Geisha, y alguna otra de éxito puntual y legado corto, como Brokeback Mountain, siendo la única de todas ellas que se quedó en blanco.Oscar2016Buenasnochesybuenasuerte
Murrow ha pasado a la historia como un defensor de la libertad de expresión, entendida como un ejercicio de sinceridad, con uno mismo y con los demás, de profundidad en la investigación, de firmeza en las propias convicciones y de valor para enfrentarse a quien haga falta, con tal de que la verdad salga a la luz y las personas tengamos elementos a nuestra disposición, para abrir los ojos.
Cincuenta años después de su marcha, existe el Legado. Y el actual, tampoco es “tiempo para que los hombres se mantengan en silencio”. ¿Dónde están los legatarios?. ¿Existen? ¿Están escondidos?. ¿Es la libertad de expresión y el progresismo una cuestión ideológica o patrimonial de unos pocos, que pueden ejercitar a la ligera?. Yo opino que no. ¿Y ustedes?.
Buenos días … Y buena suerte, amigos.

Fran Estévez
@FranOmega Ω

Fin de año

Tal vez porque yo no soy gitano, a mí los malos principios me tocan bastante las narices. Y mi debut oficial en la noche de Fin de Año fue desastroso.

IMG_1241Hay un episodio legendario, en Cómo Conocí a Vuestra Madre, en el que el personaje principal, Barney Stinson (sí, sí, Barney, no pensaría usted que era Ted Mosby  alias “el duditas”, ¿verdad?), convence a sus amigos para solucionar el conflicto que les tiene atrapados, tratando de decidir si acudir a una o dos de las cinco fiestas para las que están invitados, proponiendo ir a todas … Para lo cual alquila una limusina, con el gran Ranjit al volante.

La noche es un desastre, como no podía ser de otra manera, entre idas y venidas de los personajes, que no acaban de decidirse entre una fiesta u otra, y se corona cuando creen reconocer al cantante Moby, le invitan a subir a la limusina y, mientras se dirigen a la que suponen “la fiesta de Moby”, este saca un arma,  demuestra que nada tiene que ver con el personaje real, les roba y, cuando tratan de recuperar el tiempo perdido, acaban celebrando el Año Nuevo en medio de un atasco.

A falta de limusina, algo así me sucedió en mi debut. Había dos fiestas, a una de ellas iba una niña que me gustaba y, a la otra, todos mis amigos. Es obvio a cuál fui, teniendo en cuenta el orden de prioridades que teníamos con aquellas edades.

El amigo que nos invitaba era un artista de la negociación. Sólo así se entiende que convenciera a su padre para que celebráramos una fiesta de Fin de Año … ¡De Fin de Año, por Dios!, en su despacho. Para que luego digan que los padres lelos y permisivos somos los de ahora. Yo ni siquiera me imagino que esa posibilidad exista, hoy que tengo uno de cada. Es decir, un hijo y un despacho.

Así que, con mi bigotito incipiente, mi abrigo heredado que me sobraba por todos los lados y por supuesto traje, fiel al espíritu de Barney, aunque entonces no sabía que existiría, me dirigí a la fiesta del siglo, con esa euforia que se siente ante la novedad, esa emoción indescriptible propia de la ignorancia y, también, ese cabreo soterrado porque, a cada paso que daba, me alejaba un poco más de la otra fiesta, donde el que iba a ser el amor de mi vida, cuyo nombre injustamente no recuerdo, me esperaba con los brazos abiertos. O así.

La dirección del despacho transformado en sala de fiestas, tuvo que haber sido suficiente. Tamaña broma del destino debería de haber sido valorada por mí en su justa medida, pero yo entonces era muy joven e inocente, y me uní de modo entusiasta a la comitiva que se dirigía a la calle Santiago Bernabeu de Madrid.

Como es natural, todo fue un desastre. Había una chica por cada seis chicos, jamás vi a tantos frikis peleándose por ser ellos quienes pusieran la música. Incluso yo estuve tentado a hacerlo. La coca cola para las mezclas estaba colocada en botellas de dos litros, entre grapadoras y bolis bic, jamás podría reconocer las marcas de las botellas de alcohol –como si me hicieran falta, cuando por aquellos entonces, a mí me bastaba con pisar un par de chapas de cerveza para emborracharme- y todo en general era como cualquier cosa que se celebrara en una calle con ese nombre: triste, desolador, pretencioso, decepcionante.

Aún no se había estrenado la película en la que, su protagonista, vive la mejor noche vieja de todos los tiempos, la quintaesencia, el santo grial de las fiestas de año nuevo.

Seguro que lo recuerdan. Es Fin de Año, pero Harry no se ha vestido para la ocasión, porque está convencido de que no hay ocasión que valga. Quiere quedarse en casa, beber mil copas y ver doscientas películas, solo en la madrugada que diría Garci, pero siente el deseo de salir, y le vemos paseando por calles solitarias –quien no está ya en una fiesta, es porque se ha quedado en casa- con unos vaqueros, unas zapatillas, la primera cazadora cutre que ha encontrado y toda su tristeza. Se para ante los escaparates, cruza las calles sin tener que detenerse porque apenas circulan coches, se sienta en un banco, se levanta, vuelve a sentarse un poco más allá … Hasta que de pronto, algo en su interior explota, primero empieza a caminar muy rápido, enseguida se pone a correr al trote y, algo más tarde, ya lo hace en velocidad. Le ha costado más de una década, pero por fin se ha dado cuenta de que ese es el día-D, la hora-H, y que toda su vida se vendrá abajo si no llega antes de las doce a la fiesta en la que está ella.

IMG_1242Cuando Harry encontró a Sally marca un antes y un después, el encuentro entre ambos, en una fiesta de la que ella está a punto de irse, es la escena de amor por antonomasia, y que nadie me diga que es la de aquella del Empire State Building, simplemente porque no es lo mismo ser Cary Grant que Billy Crystal y, por lo tanto, el mérito es incomparable.

Lo curioso de mi caso, es que fue en el antes. Faltaban unos cuantos años para que la película se rodara, y Billy Crystal aún era sólo –o sea, ni más ni menos- el tipo que hacía de homosexual en Enredo. Pese a todo, me di cuenta de que no pintaba nada en el simulacro de fiesta de la calle innombrable y, junto a un amigo, salí a la calle dispuesto a llegar a tiempo a la otra.

La idea era buena, pero su ejecución no tanto. A falta de la limusina de Barney, recorrer andando algo más de dos kilómetros, de madrugada y con un frío de espanto, resultó ser una de mis peores ideas y, para cuando llegamos, ya no quedaba casi nadie en el otro lugar y ella, como se llamase, me miró con una mezcla de enfado y sorpresa y, cuando como premio a mi titánico esfuerzo, traté de iniciar ese amor para siempre, que había quedado aplazado unas horas por mi mala cabeza, su respuesta, para qué negarlo, fue original. No recuerdo su nombre, pero sí lo que me dijo, qué cosas:

  – Hace cuatro horas puede que sí, gilipollas.

Ante una calabaza tan descomunal, un caballero sólo puede cerrar los ojos, darse la vuelta y seguir su camino. Yo aún no lo era, no sé siquiera si lo soy ahora, pero mi instinto funcionó por una vez, y recorrimos otros dos kilómetros a bajo cero, hasta un bar que abría muy pronto y, a falta de fiesta, amor o lo que tocase, bebida y sentido común, al menos pudimos cumplir con el rito del chocolate con churros. Algo es algo.

Desde entonces, mis fiestas de fin de año mejoraron ostensiblemente. Era complicado que empeoraran. Las hay incluso memorables. Pero no, no, no han hecho de mí lo que se dice un entusiasta del fiesteo porque toca, del fiesteo porque sí.

Escribe Fernando Schwartz en la revista Gentleman que, lo que le gusta de los comienzos de año, es lo mismo que le fascina de los principios de las cosas, porque contienen un inmenso interrogante, una emoción incierta y la belleza de lo que puede ocurrir, bueno o malo.

Así que me encanta despedir cada año y darle una alegre bienvenida al nuevo. Esto es así y además, es curioso, según voy cumpliendo años, cada vez es más navideño el día, cada vez se parece más, por lo señalado, porque lo vivo junto a mi familia y porque lo comparto también con mis amigos, a la intensidad con la que siempre he esperado cada año la Nochebuena. Cuando ordeno las fotos, tengo dificultades para distinguir las de ambas noches, como si se tratase de las mismas escenas, rodadas dos veces. Es el placer de lo felizmente repetido.

IMG_1243Tal vez, algún día, me vea en medio de una fiesta monumental, con cualquier dictador de zarzuela escapándose por la puerta de atrás, mientras la música suena agarro por el cuello a ese hermano que no tengo, le beso en la boca y le susurro, luego le grito:

 – ¡Me partiste el corazón!. ¡¡ME PARTISTE EL CORAZÓN!!.

Mientras tanto, el encanto de cada Año Nuevo es el de mirar a mi alrededor, mirar a los ojos, dar gracias a Dios y desear que nada se rompa, que dentro de un año pueda volver a estar rodeado de la misma gente, mirando los mismos ojos, dando gracias.

 Francisco José Estévez Hernández

@FranOmega   Ω

El Río del Olvido (O Río do Esquecemento)

A unos cincuenta kilómetros de la frontera española, en el norte de Portugal, está Viana do Castelo.

Se sitúa en el Estuario del Lima, un río que nace en Galicia como Limia -dando nombre a una de las más conocidas comarcas de la provincia de Ourense- y va a morir al Atlántico.

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El río Limia fue uno de los más famosos de la Antigüedad bajo el nombre de río Lethes.

En la antigua Grecia, había una tradición mitológica que aseguraba que, en el Hades (es decir, en los infiernos) había cinco ríos, uno de los cuales se llamaba Lete, que significa “olvido”. Según los mitos griegos: “los espíritus de los muertos bebían en las aguas del río Lete antes de reencarnarse, para olvidar su pasado en el mundo de los vivos.”

Como los romanos habían heredado de los griegos tales creencias, y como los pobladores del lugar sabían de su incapacidad militar para hacer frente a los ejércitos de Roma, no dudaron en sacar provecho de esas asociaciones mitológicas del siniestro río Lete con el río Lethes gallego, cuando se acercaban las tropas comandadas por Décimo Junio Bruto en el año 137 a.C..

Hábilmente, hicieron circular entre los legionarios la creencia de que estaban a punto de cruzar el mítico río del Hades, un atrevimiento que les haría perder todos los recuerdos de su vida, incluida su identidad y la memoria de su familia y ancestros.

Los galaicos consiguieron su objetivo y, cuando las tropas de Décimo llegaron al borde de lo que creían que era el mítico Lete, se negaron a poner un pie en el agua. De nada sirvieron las órdenes de sus jefes. Los valientes pero influenciables y desmoralizados legionarios, curtidos en los duros combates contra los galaicos, arrojaron al suelo sus espadas, lanzas, escudos, armaduras y demás pertrechos, y no se atrevían a atravesar aquello que imaginaban un infernal curso fluvial.

Fue entonces cuando, empuñando el estandarte de las águilas de Roma, el comandante cruzó el río, llamó desde la otra margen a cada soldado por su nombre, y así les probó que ése no era el “Río do Esquecemento” (Río del Olvido).

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La Festa do Esquecemento, es actualmente un evento de recreación histórica que se celebra en Xinzo de Limia (Ourense) a finales del mes de agosto, para rememorar esa llegada, hasta la margen izquierda del río Limia, de las legiones romanas.

Irónicamente, la hazaña que más ha pasado a la historia de Décimo Junio Bruto, todo un genio militar de su tiempo, ha sido ese simple paso de un río; y no su victoria sobre los galaicos en el Duero, ni su posterior papel en la fundación … ¡de Valencia!; cuya aparición tuvo lugar, precisamente, por la cesión que Décimo Junio Bruto hizo de esas tierras a los soldados que le acompañaron en su campaña de Lusitania y Galicia, una vez licenciados.

El nombre de la ciudad procede del romano “Valentia”, o “Ciudad de los Valientes”, como reconocimiento del procónsul al coraje de sus tropas.

Es decir: que sin duda quedó olvidado el episodio del río Limia.

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Siguiendo el curso del Limia, tras atravesar la histórica y actualmente virtual frontera con Portugal, uno acaba llegando a Viana do Castelo y, cuando el viajero se asoma al mar, tiene la sensación de encontrarse ante un río, pero cuando ve los grandes barcos atracados, sabe que desde allí partieron los pescadores del bacalao y, cuando conoce su casco histórico, lleno de blasones, sabe que existieron tiempos mejores, cuando el dinero llegaba a Portugal desde las colonias y se construyeron las excelentes casas de los siglos XVII y XVIII.

Viana do Castelo tiene un clima templado marítimo, lluvioso y fresco y, antes de visitarla, es bueno subir al impresionante santuario de Santa Luzia, desde donde las vistas del litoral atlántico son fabulosas y, los vendedores que se apostan allí, te ofrecerán los dos típicos muñequitos de hilo con traje regional, O Manuel y A María.

Fran Estévez
@FranOmega Ω

Vivir como un cura

“Vivir como un cura” es una expresión que conocemos todos. O sea, no hay que darle muchas vueltas. En esta vida, si vives bien, “vives como un cura”.

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Y esto no es de ahora, no. Ya de muy antiguo se decía, de hecho se decía más, muy especialmente en los pueblos y en las aldeas. Porque sí, porque ser cura de ciudad puede tener su gracia, pero nada había comparable a aquél cura de pueblo que muchos conocimos en nuestra tierna infancia, con casa a su disposición normalmente regida por su madre, o por su hermana o, en su defecto, por alguna señora entradita en años, viuda o soltera y por supuesto, oficialmente virtuosa.

Yo les conocí en Galicia, justo antes de que su figura desapareciera, o mejor dicho cambiara y, la evolución de los tiempos y la mengua de vocaciones, les convirtiera en una suerte de Sor Citroën con sotana, siempre de pueblo en pueblo para decir misa, sin tiempo para nada. Ni siquiera para tomar unos vinos. Y encima, organizando excursiones para la tercera edad. Otra cosa.

Los curas que vivían como curas, o sea como Dios manda, eran los de antes, y ya lo decía Manuel Mandianes, que además de ser un antropólogo de postín es mi amigo:

“El señor cura no es como las otras personas. Ni tiene mujer, ni tiene hijos. Antes vivía con su madre, ahora está siempre sólo, no trabaja en el campo como los demás, dice misa cada día, va a los entierros cuando toca y después … ′non fai máis nada′. Tiene todo el tiempo que quiere para pasear y para no hacer nada. Puede levantarse a cualquier hora tanto en verano como en invierno … Sabe la vida de todo el mundo, porque todos se la cuentan, pero nadie sabe nada de la suya.”

No han existido curas mejores y más realistas en la vida, que los interpretados por Agustín González. Quizás no tanto el de La Escopeta Nacional, con su inmortal “Lo que yo he unido en la tierra, no lo separa ni Dios en el Cielo”, como aquél de Belle Epoque que, aunque acababa francamente mal, antes de eso aparecía en casas ajenas siempre a la hora de la comida, hoy tenemos cocidito ¿no?, y lo mismo aconsejaba a Gabino Diego el apóstata, básicamente a golpe de collejas, que compartía paseos y confidencias con el dueño de la casa o se escandalizaba cada vez que, el protagonista de la historia, se iba pasando por la piedra a cada mujer que se le ponía a tiro.

CURA (4)

También es inolvidable Fernandel interpretando a aquél sacerdote, Don Camilo, que se enfrentaba al cura comunista.

Torrente Ballester, en cambio, dibujó a aquellos curas de pueblo con bastante menos benevolencia. En sus Gozos y Sombras, uno era antipático, servil, cobarde, vago redomado, el otro acababa huyendo despavorido de las meapilas del pueblo y un tercero al menos tenía la pintura como tabla de salvación, pero ninguno de ellos estaba integrado en la vida del pueblo, ni osaba enfrentarse al poder establecido, ni era tampoco un aliado, ni era en suma nada reseñable.

Pero yo sí recuerdo al único cura de mi pueblo ourensano de origen que conocí, totalmente integrado. Veíamos al cura Pepe, O Pepiño, en las calles, de casa en casa charlando con la gente, aconsejando, escuchando, consolando, jugando con los niños, dejándose invitar a comer por las madres, a tomar vinos por los padres …

También era de Ourense aquél obispo que quiso “separar la fiesta religiosa de la profana”, pobre ignorante, como si no supiese que, en Fiestas, todo el mundo va a misa por las mañanas, y a bailar en la plaza por la tarde, sin separación ni distinción artificial, como también relata Mandianes, que recuerda cómo se consideraba al cura un intermediario entre este mundo y el otro, con poderes especiales para bendecir campos y casas o expulsar el mal de ojo, en su “Loureses, Antropoloxía dunha parroquia galega”.

También nos contaba Manuel Mandianes entre amigos, en aquellas comidas galegas que organizábamos en Madrid, que no acababan nunca, ni ninguno queríamos que acabasen, las historias del “Cura de Pixeiros”, mucho tiempo antes de que se convirtiese en triste figura nacional, cuando fue detenido por disparar contra los asistentes a un funeral e incluso el Dr. Vallejo –Nagera escribió un estudio psiquiátrico sobre él, en el ABC: “A este velador de la armonía con el más allá de sus feligreses, a este cuidador de almas, ¿quién le cuida la suya?”.

Pero antes, como les digo, ya conocíamos algunos las locuras y extravagancias de aquél cura de aldea, que encomendaba las almas a Dios … “si es que existe”, se paseaba con la camisa y los zapatos rotos, muchas veces con una linterna en la boca y dos pistolas, como en el oeste, insultaba a los mozos y sobre todo a las mozas y un día, de repente, explotó del todo y, al detenerle, encontraron un arsenal en su casa: quince armas de fuego, entre ellas un cetme, un mauser, cuatro escopetas y varias pistolas. Duró poco en la cárcel. Le perdimos la pista en el Hospital Psiquiátrico de Ourense.

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A quien no perdimos la pista, afortunadamente, fue al cura Pepe. Apareció muchos años después en Madrid, en una parroquia muy cercana a nuestra casa, y se había convertido en profesor de literatura y de francés, al tiempo que cumplía sus deberes sacerdotales e incluso organizaba un grupo de boy-scouts. A mí me llamaba Leivinha, la gran estrella atlética de la época, y se incorporó a las comidas gallegas, que se perpetuaron mucho más allá de mi infancia pues, de hecho, todos ellos me acompañaron en mi boda.

El cura Pepe, O Pepiño, nunca vivió en Madrid, como lo había hecho en aquella aldea fronteriza gallega. Fue allí donde vivió como un cura, mientras era un referente imprescindible para las gentes del pueblo y sonaban las campanas de la iglesia parroquial, para llamar a la gente a misa, anunciar los fallecimientos o cualquier otro acontecimiento importante.

Hace muy poco, recordaba aquí mismo el magistral Qué Verde era mi Valle de John Ford, donde también existían, tanto curas pepes, como odiosas figuras sacerdotales opresoras e infelices en versión galesa, con el denominador común de la soledad, la pobreza y el deseo de ser un guía espiritual, no siempre satisfecho, ni siquiera necesariamente legítimo.

Pero en mi recuerdo, el cura del pueblo nos acompañaba, unas veces en la comida, otras en la merienda, otras paseando por la aldea, a veces incluso en el riachuelo a donde íbamos de pequeños, donde nuestros padres y abuelos habían aprendido a nadar y, como jamás tuve la capacidad de leer en su mente, para mí era un señor sonriente, alegre, con una risa contagiosa, muy diferente a otros que conocí y que, incluso cuando me advertía o regañaba, tenía sobre mí una autoridad absoluta. Tal vez porque, en aquellos tiempos, vivía realmente como un cura.

Francisco José Estévez Hernández
@FranOmega Ω

Maureen O’Hara en color, en blanco y negro

¿Cuántos cola-caos tiene que meterse entre pecho (precioso, por cierto) y espalda una mujer, para tener enfrente a John Wayne y darle una bofetada a mano abierta?.

Pues Maureen O’Hara lo consiguió. Mejor dicho, Mary Kate Danaher se lo hizo a Sean Thornton en El Hombre Tranquilo, mientras interpretaba uno de los más memorables papeles femeninos de la Historia del Cine, melena roja al viento, a las órdenes del maestro de los maestros, John Ford.

Verán … Yo nunca he sido muy de westerns. Me encantan decenas de películas del oeste, algunas las he visto en repetidas ocasiones y existen auténticas obras maestras, pero mi John Ford no está en sus fantásticas películas de ese género, ni siquiera en La Diligencia, sino en El Hombre Tranquilo y en Qué Verde era mi Valle. La cara y la cruz. La comedia y la tragedia. El color refulgente y el blanco y negro. A veces gris. La obra magistral frente a la obra magistral.
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Mary Kate Danaher le daba un tortazo a Sean Thornton, les decía, y aunque fallaba el golpe, prácticamente se caía de bruces por la fuerza del impulso. Y mientras tanto, Sean aguanta sin pestañear, como un “hombre tranquilo”, o sea un lila, porque nosotros vamos sabiendo, pero los del pueblo no, y la pedazo de mujer de su vida tampoco, que el tío ha acabado volviendo a Innisfree, la aldea irlandesa en la que nació, huyendo de su oscuro pasado en los Estados Unidos, donde se suponía que se había labrado un porvenir -de hecho, no tarda ni día y medio en comprar la que había sido su casa- y cuando nadie le esperaba de regreso.

Siempre he pensado que otro maestro, Francis Ford Coppola, le cogió prestada a Ford la escena campestre en la que Thornton conoce a Mary Kate y se queda obnubilado para los restos. Es decir, como Michael Corleone cuando pasea por los prados de Sicilia y de repente se cruza con Apollonia. Sobre el fondo verde del campo y el cielo intensamente azul, la melena pelirroja brilla en todo su esplendor y Sean, dos metros de tío cuadrado, casi se cae del carricoche en el que le lleva Michaleen Flynn (Barry Fitzgerald, en el papel de su vida). Ya no tendrá otro objetivo en su vida que Mary Kate.

Y ella le corresponde. Vaya que sí. Acostumbrada como está a su hermano Will, muy, pero que muy bruto, y a la panda de haraganes que componen el resto de su familia, la pedazo de mujer, que va para solterona (Michaleen dixit) porque no hay un hombre a su altura, ni en Innesfree ni en quinientos kilómetros a la redonda, cae rendida al tipo de dos metros. “Rendida” a la irlandesa, que se dice. Es decir, poniéndoselo de complicado a complicadísimo al “hombre tranquilo”.

Si Mary Kate es la cara, la mujer de rompe y rasga, con la que nadie se atreve, la que se planta ante el animal de su hermano o le da una bofetada a John Wayne; Angharad Morgan es la cruz.
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Como en el Hombre Tranquilo, Maureen O’Hara es, en Qué Verde era mi Valle, la única mujer en una familia de hombres, aunque aquí al menos sobrevive su madre y luego se les une una cuñada muy cursi.

En los tiempos felices, que en la alegoría de John Ford se representan por la luz y la claridad intensa que ilumina el valle galés donde viven, mientras los mineros vuelven a casa tras el durísimo trabajo, pero son felices incluso cuando se tienen que meter en un cubo de madera lleno de agua, para limpiarse el hollín, Angharad es una fiel servidora de todos, la que se queda en casa junto a su madre, con la única misión de vida de tenerlo todo dispuesto para cuando regresen su padre y sus hermanos, mientras educan a Huw, el más pequeño de ellos.

Angharad se enamora perdidamente de Mr. Gruffyd, el pastor, un Walter Pidgeon inolvidable, pero se trata de un amor imposible y ninguno de los dos se permite siquiera el lujo de luchar por él, porque su posición en el mundo la tienen muy clara y, en su defecto, ya está su entorno, los diáconos y la miserable gente del pueblo, para torpedear cualquier atisbo de alegría.

Por eso, aunque su padre -¡¡qué absolutamente magistral está Donald Crisp en ese papel!!- hace lo posible por mantener la dignidad, en una de las escasas concesiones a la comedia que hay en la película cuando, pillado in fraganti con los pies en el cubo, recibe a su multimillonario y altivo jefe descalzo y con el pantalón remangado, dando vueltas alrededor de la habitación, pipa en ristre y como pensándoselo, acaba diciendo que sí a una propuesta de matrimonio a la que no puede decir que no, porque la dignidad sólo está en la puesta en escena. Porque más que “entrega en matrimonio” es venta. Aunque Angharad hubiese preferido que la colgaran. Aunque el futuro marido de su hija sea un personaje deleznable. Aunque quede demasiado claro que su intocable autoridad de padre, queda en nada frente a la del señorito, que es hijo del dueño, más que de la mina, de sus propias vidas.
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La familia es intocable y la autoridad dentro de la misma, también. No saberlo, es no haber visto jamás una película de John Ford, o no saber nada de Irlanda, ni de Gales, ni de la tradición celta, ni por lo tanto de Galicia.

Pero si en Qué Verde era mi Valle, todo es resignación y rendición ante la autoridad, de los hijos al padre, del padre al señor feudal, hasta el punto de que los hijos prefieren abandonar el pueblo, antes que desafiar al orden establecido; en El Hombre Tranquilo se lucha por vencer la resistencia, sin dejar nunca de respetar a quien decide porque, recordemos, el “¡no!” de Mary Kate a Sean es rotundo, cuando éste le propone que se escapen juntos, ignorando la rotunda oposición del hermano mayor.

Las cosas hay que hacerlas como se debe, o no se hacen. Así de claro. En la Irlanda luminosa y costumbrista, o en el Gales minero y oscuro. Pero Mary Kate tiene, ni más ni menos, el derecho a elegir, a imponerse, a demostrar que ni siquiera el más profundo amor será suficiente, si Sean no es el hombre que ella, como todos, exige que sea. Angharad, sin embargo, tiene que servir y sirve, debe resignarse y se resigna, no tiene el derecho, siquiera, a ser un poco feliz, dentro de un clima de miseria en el que el Valle ha dejado de ser verde, la claridad ha desaparecido del todo y ella tiene “la buena fortuna” que todos parecian desearle, pero que no le sirve para nada.

En El Hombre Tranquilo, Ford mezcla sin disimulo al cura católico con el pastor protestante ex boxeador, al cacique del pueblo y sus secuaces con el, al menos aparentemente, refinado recién llegado. Hay incluso un simpático y cantarín muchacho, que resulta ser del IRA, y todo gira en torno al borrachín casamentero, Mickeleen, que tiene entrenado a su caballo para que frene en secoQuietman71 a su paso por el pub, y sabe dirigir con la mirada a Sean. Todos ellos se van cruzando poco a poco, hasta que acaban juntos en la apoteósica y coral escena final, que es una de esas que no olvidas en tu vida, en la que la Gloria se la acaba llevando, más que Sean “Tornado” Thornton, la esplendorosa Mary Kate Danaher.

La escena final de Qué Verde era mi Valle también es coral. Y teatral. Pero no gloriosa. La nostalgia, y un casi imperceptible rayito de esperanza, dominan el punto final de un relato que ha tocado sin ambages la precariedad laboral, el clasismo con reminiscencias feudales, la obligada emigración y el fin de una era, la amargura … Y ha dejado claro que nada de eso puede con la Familia, los más profundos Valores, la Solidaridad, el Respeto y el Amor, sea todo dicho con mayúsculas.

En color o en blanco y negro, Maureen O’Hara, una irlandesa maravillosa nacida en 1920 y que felizmente sigue entre nosotros, domina sin discusión ambas escenas: en una con su mirada y melena de fuego puro, en otra con esos ojos intensos, tristes, y el pelo siempre recogido, porque no hay razón para dejar que se sienta libre.

Fran Estévez
@FranOmega

El primer reloj que llegó a la Luna

Detrás de una frase tan conocida como “¡Houston, tenemos un problema!”, está la curiosa historia del reloj que lo solucionó.

El Omega Speedmaster Professional ya era el reloj oficial de la NASA desde varios años antes cuando, en abril de 1970, se convirtió en el componente que permitió a la tripulación del Apolo 13 maniobrar su nave dañada en la operación de reentrada a la atmósfera terrestre.

Fue una maniobra a vida o muerte. Fred Haise, James Lovell y John Swigert componían la tripulación cuando, una explosión en uno de los módulos hizo saltar uno de los paneles exteriores de la nave, destrozando la fuente de alimentación principal y cortando el suministro de oxígeno a la tripulación. ¡Houston, tenemos un problema!.

Dada la absoluta falta de garantía del mecanismo de control automático de posicionamiento, para volver a la atmósfera de la tierra, fue necesario que Lovell y su tripulación llevaran a cabo la maniobra  de forma manual, y, como el procedimiento tenía que ser completamente preciso y los instrumentos de la nave estaban inutilizados, utilizaron el Speedmaster Professional para controlar el tiempo de ignición del motor, mientras arrancaban los motores de manera precisa.

29.LegendarioSpeedyGracias a ese cronometraje, el Apollo 13 aterrizó a salvo en el Pacífico y su tripulación pudo ser rescatada.

Todo había comenzado años antes y, la gracia del caso, es que todo ocurrió sin que el fabricante del reloj supiera nada.

Se preparaba la legendaria llegada del hombre a la Luna y, lejos de convocar un concurso público, la NASA optó por enviar a dos ingenieros para que adquirieran en 1961, en secreto, una selección de cronógrafos en la relojería “Corrigan’s” de Houston (Texas), con el fin de someterlos a una serie de pruebas, para elegir uno de ellos y cualificarlo para los programas espaciales Géminis y Apolo, que iban a requerir actividad en el exterior de la nave, por lo que los astronautas necesitarían los relojes más fiables en la tierra y fuera de ella. Literalmente.

Entre las pruebas a que fueron sometidos los relojes, estuvo la de someterles a gravedad cero, soportar temperaturas extremas, entre -160°C y +120°C, soportar la exposición a los rayos del sol, y aguantar las fuerzas de despegue y de reentrada.

tic_tacFinalmente, el único superviviente fue el ‘Omega Speedmaster’, que fue aprobado el 1 de marzo de 1965 para todas las misiones espaciales tripuladas de la NASA.

Recuerda Stephen Urquhart, presidente de Omega, que: “Resultamos elegidos sin conocernos, lo que para la empresa fue algo particularmente gratificante”.

El Speedmaster se había lanzado al mercado en 1957 y, cuando fue concebido, no se había pensado, ni en el espacio exterior, ni en los astronautas, sino más bien en crear un nuevo tipo de cronógrafo, diseñado para la investigación, la industria y el deporte.

Bien es verdad que Omega ya tenía una trayectoria ilustre de relojes militares, deporte y aviación y, en base a su experiencia, crearon un reloj de con una caja robusta y resistente al agua; un dial y manecillas diseñados para una óptima legibilidad, y una mayor utilidad y facilidad de uso gracias a una gran corona y a unos pulsadores fáciles de usar.

Pero tal vez la clave de todo estuvo en el cristal del reloj, que se fabricó en hesalite (plexiglas), mientras que sus competidores utilizaban otros materiales que les llevaron al fracaso en las pruebas de la NASA. Sin embargo, el tipo de cristal escogido por Omega, en caso de romperse, no estallaba en pequeños fragmentos, los cuales, en un entorno de gravedad cero, hubieran flotado y supuesto un riesgo de seguridad considerable para los astronautas.

Únicamente el Omega Speedmaster superó todas y cada una de las pruebas, tal y como muestran los resultados en los archivos de la NASA: “passed with flying colours”, y los relojes se entregaron a los miembros de la tripulación del Gemini Titan III, el 25 de marzo de 1965.

Pero la decisión de la NASA de optar por el Omega fue cuestionada y, desde muchos sectores, se exigió que se utilizara un reloj de pulsera de fabricación estadounidense, lo que llevó a que los relojes fueron sometidos a pruebas similares durante los años 1964-1965, con la prueba adicional de resistencia magnética. Y de nuevo, el Speedmaster fue el único reloj que soportó las pruebas y Omega creó frases publicitarias memorables, como: “Probado en Suiza. Probado en Houston. Probado en la Luna” o “El mismo Omega que los astronautas del Apolo van a usar cuando lleguen a la Luna puede ser hoy suyo”.

tic_tac_dosY, de hecho, el 21 de julio de 1969, aunque Neil Armstrong  fue el primer hombre que pisó la Luna, como había dejado su reloj dentro del módulo de aterrizaje, fue su compañero Buzz Aldrin quien llevó su Speedmaster y proporcionó al reloj el derecho a grabar en su parte trasera la inscripción: “The First Watch Worn On The Moon, Flight Qualified By NASA For All Manned Space Missions”.

Años después cuando, como les he contado, su utilización salvó al Apolo 13 de una catástrofe, los astronautas de la NASA otorgaron al Omega Speedmaster Professional el Snoopy Award, su más alta y afectuosa distinción dedicada a personas y organizaciones que hicieran una importante contribución al programa espacial estadounidense.

Un simple reloj, un cronógrafo que incorpora el movimiento mecánico calibre 1861 de OMEGA, de carga manual, está en la Historia de la Navegación sin haberlo siquiera pretendido. ¿No es genial?.

 Francisco José Estévez Hernández

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25 do Santiago

Todo el mundo sabe que el 25 de julio es el día de Santiago que, como también todos conocemos -y si no, es cuestión de poner falta grave- es el Patrón de la Nación Española. Ni más ni menos. Y no desde ayer precisamente, ni siquiera desde los tiempos de cualquiera de las dictaduras que hemos sufrido, a las que los ignorantes suelen atribuir cualquier asunto que incluya los términos “Nación Española”. No. Desde 1630, concretamente, durante el Reinado de Felipe IV y por decreto del Papa Urbano VIII.

Dice la Leyenda que Santiago –uno de los apóstoles de Jesucristo– desembarcó en la Bética Romana, siguió caminando por la vía que unía la Itálica con Mérida, continuó hacia Coimbra y Braga y terminó su recorrido, el primer Camino de Santiago, en Iria-Flavia (Padrón).

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Luego, preso de la morriña post mortem, tras ser decapitado, sus restos fueron transportados por una nave, que desembarcó en la costa gallega, y se le enterró justo en el lugar donde hoy se erige la Santa Apostólica y Metropolitana Iglesia Catedral Compostelana, custodio del sello del Altar de Santiago Apóstol. Es decir: la Catedral de las Catedrales, el súmmum, la quintaesencia, el final del Camino.

Es tradición militar desde la Reconquista, trabar combate en ofensiva al grito “¡Santiago y cierra España!” que por un lado invoca al Apóstol y, por el otro, ha insuflado valor a los españoles de bien que, como ya se sabe, seamos o no militares, tenemos muy a gala no rendirnos ante nada ni ante nadie porque, ya lo dijo el capitán Alatriste, “Esto es un tercio español”.

Pero si el orgullo nacional español en torno a Santiago está claro, su profundo galleguismo es tan evidente, que tampoco hay que darle muchas vueltas.

En 1919, en defensa de la cultura y el idioma gallegos y con la revista A Nosa Terra como vehículo de comunicación, se creó el Día da Patria Galega y el día señalado no podía ser otro: el 25 de julio y, desde entonces, con los vaivenes propios de la Historia de España, todo gallego sabe qué es el “25 do Santiago”, incluso cuando aún no estaba en el Estatuto de Galicia, como ahora.

Durante la última de las dictaduras, el 25 do Santiago sólo pudo celebrarse abiertamente fuera de España, especialmente en los países de Hispanoamérica.

“Si en el amanecer de este día pudiéramos volar por encima de nuestra tierra y recorrerla en todas direcciones, asistiríamos a la maravilla de una mañana única. Desde las planicies de Lugo, infestadas de abedules, hasta las rías de Pontevedra, orladas de piñerales; desde las sierras nutricias del Miño o la garganta montañosa del Sil, hasta el puente de Orense, donde se peinan las aguas de ambos ríos; o desde los cabos de la costa brava de la Coruña, donde el mar teje encajes de Camariñas, hasta la cima del monte de Santa Tecla, que vence con su sombra los montes de Portugal, por todas partes surge una alborada de gloria …”

Así empezaba “Alba de Gloria”, un legendario discurso que pronunció D. Alfonso Daniel R. Castelao en el Centro Gallego de Buenos Aires, mientras que en Santiago de Compostela, el Galleguismo encontraba una vía de escape en la tradicional misa que anualmente se celebraba cada 25 de julio, siempre en gallego, en la iglesia de Santo Domingo de Bonaval, donde está enterrada Rosalía de Castro, máximo exponente de las Letras Galegas.

Aquellos 25 do Santiago se convirtieron en actos de afirmación de galleguismo, y se siguieron celebrando, cada vez más masivamente en los inicios de la Democracia, cuando aún estaba todo por ver, y por decidir y, en 1978, el Gobierno gallego preautonómico designó el día 25 de julio como “Día Nacional de Galicia”, que perdió en parte el carácter reivindicativo que había tenido, durante la prohibición, para pasar a ser un día de afirmación de galleguidad para la mayoría, sin excluir a grupos políticos y sociales para quienes, este día, sigue siendo aquél Día da Patria Galega, que durante tantos años se había celebrado en la clandestinidad, y actualmente reúne a la vertiente más nacionalista.
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También, desde los años Ochenta, muchos gallegos desplazan la celebración a Rianxo, lugar de nacimiento de Castelao, donde realizan una ofrenda floral a Rosalía de Castro, porque pretenden “que se acabe con una celebración secuestrada por las instituciones”, a decir de sus organizadores, mientras que se mantienen los mismos actos de siempre en Santiago, en homenaje a Rosalía de Castro y Castelao, figuras ostensiblemente señeras del más profundo sentimiento gallego, ahora en su versión más oficial e institucional.

También es otra Santiago, en este caso Santiago de Rubiás, aldea ourensana de la que procedo, la capital del Couto Mixto -al que me referí en mi primer relato en este santo lugar- y donde se celebran as Festas cada año, con bastante más humildad que en la hermana de Compostela, pero con idéntico sentimiento.

Sin embargo, más allá de su utilización por los unos y por los otros, lo cierto es que el 25 de julio es tanto el día de Galicia, como del Patrón de España. Y  es también un día internacionalmente relevante, porque el Camino de Santiago reúne a miles y miles de peregrinos, llegados desde todos los lugares del Mundo, como si aún fuese una creencia popular que allí, justo al lado, estaba el Finis Terrae, donde todo acababa.

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Santiago es Galicia y es España. Lo es visto desde dentro e, indiscutiblemente, lo es también visto desde fuera. Es el destino, el símbolo, el lugar de reunión, El Santo, La Cruz que tanto representa, tantas veces el sueño y, finalmente, la realidad.

Si en aquella memorable película argentina, Kamchatka era “el lugar donde resistir”, Santiago es el lugar al que hay que llegar.

Fran Estévez

@FranOmega

Aquellos veranos con trofeos veraniegos

IMG-20150711-WA0000Soy el salvador de este blog. Si no fuese por mí, El Calzador sería algo así como el cuadro que costaba una morterada de dinero, y era el protagonista absoluto de la obra de teatro “Arte”: una fina, fiiiina línea blanca, sobre lienzo blanco, colgado en una pared blanca.

Los otros siete creadores, o miembros del Consejo Asesor, que queda infinitamente más elegante, son total y absolutamente madridistas. Merengues sin remedio ni cura. Blancos como la patena. “Limpia y blanca que no empaña”, dicen.

Y yo, no. Más bien todo lo contrario. Soy el del Atleti, y no concibo que algo sea blanco, salvo si se trata de una camisa. Hay que hacer algo inmediatamente cuando uno se encuentra ante algo blanco: o coger un rotulador y hacer chas, chas, chas, tres gloriosas rayas rojas; o pintar algo encima, lo que sea o, como en este preciso instante, ponerse a escribir como un demente para ganarle espacio al color en cuestión, que ni es color ni es nada, porque incluso mis –por otra parte muy queridos- compañeros de Blog, reconocerán conmigo que jamás sería publicable un folio en blanco, por mucho que jurara y perjurara que hay escrito encima un relato a lo Torrente Ballester, en tinta blanca.

Así que soy del Atleti ahora, efectivamente, pero ya lo era de pequeño, concretamente desde que mis padres, quienes por cierto eran tan ajenos al fútbol como Enrique Cerezo, por poner un ejemplo, me sacaban cuando había visitas, y me pedían que recitase la alineación del Atleti, con mi vocecilla aflautada de tierno infante, y yo decía: RodriMelo Martínez Jayo, Iglesias, CallejaAdelardo, Alberto (y aquí paraba y respiraba) IruretaLuis, Ufarte y Gáaarateee. Y todos se reían y me decían “¡Qué tío!”, me daban besos y achuchones, y yo me sentía muy listo y muy importante.

Cu ribió Nick Hornby, es como si accediese a un enorme club privado en el que puedes hablar con cualquiera, siempre y cuando sepas de lo que hablas, porque si no eres detectado al minuto y medio, y por lo tanto ni puedes perder comba, ni despistarte.

Aquellos veranos de mi infancia giraban en torno a los fichajes y a los torneos de verano.

Visto desde las perspectiva actual, se entiende bastante mejor lo primero que lo segundo. De hecho, discursear sobre el Ramón de Carranza, el Teresa Herrera, el Colombino o el Villa de Madrid, ¡ay el Villa de Madrid!, le coloca a uno directamente en el pelotón de los “muy yayos”, como diría Emilio Gude. Pero eran una gozada.

Por ejemplo, hubo un Trofeo Ramón de Carranza en el que participó un equipo brasileño, el Palmeiras, durante aquella época en la que los brasileños eran algo así como una raza superior en esto del fútbol, y le metió un repaso estupendo al Real Madrid. Aquello causó sensación, aunque en aquellos tiempos el Mercado era otra cosa, no se fichaba a golpe de titular de prensa ni de talonario, como ahora, ni desde luego tanto cada año, porque entonces los jugadores estaban ocho, nueve, catorce temporadas en el mismo equipo, había continuidad y sólo era necesario reforzarse con uno, dos o tres jugadores. Como mucho.

IMG-20150711-WA0001Pero durante aquél verano se habló mucho del Palmeiras, que jugaba a otra cosa muy distinta a lo que estábamos acostumbrados, y al Atleti no se le ocurrió otra cosa que fichar a dos de sus figuras: Leivinha y Luiz Pereira. La leche. Uno rubio y guaperas, el otro gloriosamente negro, uno delantero y el otro defensa … o algo así, porque era complicado reducir a la categoría de “defensor” a un artista de ese calibre. Y nos tiramos todo el verano pendientes de los dimes y diretes de aquellos fichajes, que no nos acabábamos de creer y tardaron en concretarse, cuando llegaron fue como si procedieran de la Luna, cuando debutaron, aún nos estábamos quitando la arena de la playa de los pies, el Atleti le cascó cinco goles al Salamanca, con Jorge D’Alessandro de portero, y Leivinha marcó tres, en un debut legendario que aún se recuerda en los hogares de las buenas familias.

En aquellos veranos, no pestañeábamos al decirle a nuestros amigos, e incluso, sí, sí, a nuestras primeras novias, que esa noche no íbamos a salir porque televisaban un trofeo veraniego. En esa época, las idílicas escenas a lo John Travolta y Olivia Newton John, Oh Danny, Oh Sandy sobre la arena de la playa, sólo se producían si no ponían por la tele la Final del Teresa Herrera y de hecho, mi primer beso, que se lo dí a Beatriz, una niña monísima de Baiona, tuvo necesariamente que ser antes o después del Villa de Madrid, nunca durante.

Nuestro becario Luis Teira, que es muy joven, seguro que no va a entender que, durante mi niñez, si pasábamos unos días en el pueblo, los periódicos no llegaban y había que ir a por ellos al más grande de la zona, cosa que sólo sucedía de vez en cuando, o bien camelarse a algún mayor para que nos trajese el As o, mejor aún, el As Color, que salía los martes y publicaba unas fotos espectaculares que, a su vez, nos servían semanas después para tirar de tijera, recortarlas y hacernos nuestros equipos de chapas.

Y si estábamos en la playa, los periódicos no llegaban hasta bien entrada la tarde, lo cual era una agonía si la noche anterior el partido no era televisado, o hubo tanda de penaltys hasta las tantas y te habías tenido que ir a la cama, cogido de una oreja, sin enterarte si el Atleti había revalidado el Mohamed V.

Uno se pone muy romántico recordando veranos. Esto es así. A mí, por ejemplo, junio se me daba de miedo, durante todo el mes de julio no solía separarme de mi amor para toda la vida de cada año, porque además ni siquiera había fútbol y luego, en agosto, cuando nos íbamos fuera de Madrid, era cuestión de combinar el género epistolar con mi recién conquistada novia, que me había dado su dirección veraniega entre lágrimas, escríbeme todos los días, porfi, con esos otros amores para siempre que conocíamos inevitablemente en la playa, nosotros qué le íbamos a hacer.

IMG-20150711-WA0002Eso también era así y, de hecho, aún recuerdo como si fuera hoy a aquella novia de junio/julio que, cuando nos reencontramos en septiembre, se puso muy seriecita y me dijo que tenía que cortar conmigo “porque le había gustado un chico en agosto”. Se me puso una cara como al de Aterriza como Puedas, en la escena inicial del Aeropuerto.

Así que pienso en aquellos veranos infantiles y juveniles, y los recuerdos se me agolpan: Beatriz, Ayala y Heredia, el Teresa Herrera, Almudena, María, Leivinha, cómo mola el Carranza de Cádiz, que hemos fichado a Reina el del Barça, tío, Mar …

Francisco José Estévez Hernández
@FranOmega

Los cinco principales

Quienes tenemos una edad y vimos la luz por primera vez en los Sesenta, cuando se dieron hechos trascendentales como fue vivir el día a día de los Beatles, la primera Eurocopa ganada por España, el surgimiento de Kennedy, el del movimiento mod en Inglaterra como canon de elegancia para los restos o el primer Título europeo del Atlético de Madrid, tenemos auténtica obsesión por clasificarlo todo.

Empezamos en el patio del colegio, intercambiando cromos y desarrollando una velocidad de relámpago para ir eligiendo y descartando imágenes. Sile, sile, sile, nole, nole, sile, nole … Y hemos seguido toda la vida en el mismo plan, como si se activase un mecanismo automático, de aceptación o descarte, de entusiasmo o decepción, o de indiferencia, que además lo clasifica todo e incluso realiza balances y estadísticas, virtuales o no virtuales.

IMG-20150530-WA0000No me estoy inventando nada, conste. Y si no, probad a meteros en google y escribid simplemente “Top Five” o “Los cinco principales”. Descubriréis que hay clasificaciones para todo: desde los cinco aeropuertos mayores del mundo, entre los que por supuesto la mayoría son asiáticos, sólo hay un europeo y no entra, por poco, el de mi tocayo Franz Josef Strauss de Munich, hasta los idiomas más hablados del mundo, entre los cuales el español es el segundo y el portugués quinto; pasando por religiones, homínidos, e incluso se clasifican “Los 5 principales motivos para optar por la rumba”. Somos muy raros.

Por eso Rob Fleming es, a la vez, un personaje ficticio y alguien tan sumamente real, como que es una especie de compendio de todos nosotros. Nick Hornby tiene ese don y, quienes somos aficionados al fútbol, sobre todo si nuestro equipo es uno de esos a los que no todo les viene dado como por Gracia de Dios, tenemos su memorable Fever Pitch como libro de cabecera y bordamos eso de poner cara de póker y hacer como que atendemos una conversación, mientras pensamos si saldrá este o aquél en el partido de mañana, o teorizamos vía whatsapp sobre si será mejor jugar con uno o dos en punta, a ser posible evitando el doble pivote, que suena fatal y es aún peor.

IMG-20150530-WA0001En realidad, Hornby lo reduce todo a mujeres, fútbol, cine y música. Da igual el orden, porque de hecho no lo hay, y no es ya que dependa del día, sino del momento. Y para cada cosa hay una selección previa, Sile, sile, sile, nole, nole, sile, nole y una clasificación. Porque sí, porque somos tíos, y en el fondo somos niños, y los niños decimos siempre la verdad. Y si no la decimos da igual, porque se nos nota.

Carly Simon, Carole King, James Taylor, Cat Stevens, Elton John. ¿Alguien de mi generación ha salido alguna vez con alguna chica que no amara tiernamente al menos a dos de ese Top Five universal de cantantes preferidos de las nenas?. Rob y yo, tampoco.

Ser periodista de Rolling Stone, o en su defecto de Don Balón o Gigantes, ser productor musical, músico, director de cine o, en el caso de que todo lo demás fallase, algo serio tipo arquitecto, médico o incluso abogado. ¿Alguien no comparte esa lista de sueños de los cuales sólo se ha cumplido el último, con suerte?. Pues eso. A Rob, en cambio, sí se le cumplió al menos en parte y vende discos junto a dos tipos aún más anormales que él, pero es pobre, se siente culpable y las novias le dejan porque le consideran un irresponsable. Más de lo que es habitual, quiero decir.

Paul Ashworth siguió un sistema diferente, aunque perfectamente válido también, incluso admirable, en el manual del perfecto tarado infantiloide: estudia, sácate una carrera y échate a dormir. Así que el tipo, profesor de literatura en sus ratos libres, consagra su vida a su pasión futbolística, a tiempo completo, mientras liga casi sin querer, con esa desgana, ese sin querer queriendo, típicos de quien está acostumbrado a parar, mandar y templar porque, como todos sabemos, correr es de cobardes.

Todos tenemos una lista de las cinco rupturas más memorables, y las podemos recitar de carrerilla, preferentemente por orden cronológico, y sabemos perfectamente quienes han sido las cinco mujeres más impactantes de nuestra vida. También sabemos las cinco cosas que más amamos, en nuestra compañera de vida, un olor, un sabor, una faceta de su carácter, un gesto, una mirada, incluso Rob se pone tierno mientras recuerda “esa cosita que hace en la cama, cuando no puede dormir …”

Porque lo cortés no quita lo valiente, ni lo friki descarta lo romántico. ¿O es que el Let’s Get It On de Marvin Gaye no está entre los cinco mejores temas de la historia, en cualquier lista que se precie?. ¿O es que no hacemos todos la lista de las cinco mejores baladas o, mejor aún, las que no recuerdan momentos claves de nuestras vidas?.

IMG-20150530-WA0002Nick Hornby vino al Mundo con una misión de dios, como los Blues Brothers (quienes por cierto, están al menos en tres de mis top five) y es la de legitimarnos a todos los tarados del mundo, quienes, desde que Fever Pitch y High Fidelity fueron publicados, y no digamos nada a partir de que fueron excelentemente adaptadas al cine, ni más ni menos que con Colin Firth y John Cusack poniéndoles aspecto y gestos a nuestros ídolos, paseamos por el mundo mezclados con la gente normal, pasando desapercibidos durante una cantidad de tiempo sorprendente y teniendo siempre a mano a Paul o a Rob, perfectos comodines ambos, para utilizarles como coartada.

Fútbol, mujeres, cine y música. ¿Hay algo más?. Porque el dinero es un complemento bastante ordinario, eso lo sabemos todos, y el deseo es algo que mueven las cosas verdaderamente importantes. Son cuatro, y habíamos quedado en que fuesen cinco, pero hay que dejar un espacio a la libertad de cada uno, y yo he sido siempre muy comprensivo con quienes no incluyen al Atleti en su lista de las Cinco Principales cosas de la vida.

Pero sería injusto si no dijese el momento real en que Nick Hornby, vía Rob, me conquistó realmente, y fue cuando explicó sus Cinco Principales grupos o músicos que habría que matar a tiros cuando llegue la revolución musical: Simple Minds, Michael Bolton, U2, Bryan Adams y Génesis.

Francisco José Estévez Hernández
@FranOmega

Anatomía de un instante

Era invierno y hacía frío, mucho frío. Ambos salieron a la calle con sus abrigos abotonados, los cuellos subidos, las manos metidas en los bolsillos y, tras bajar varios peldaños, se detuvieron en mitad de la escalera, donde se quedaron juntos, parados, mirando al frente.

Los adornos navideños, unas luces tintineantes de colores rojo, azul y amarillo, contrastaban con la tristeza del momento, con el aspecto desolador del edificio y con la soledad de la noche.

Un coche negro se detuvo frente a ellos, pero enseguida reanudó su marcha y pasó de largo.

Entonces, cuando se giró para decirle “bien, muy bien”, Michael observó como Enzo, el pastelero, sacaba de su bolsillo un paquete de tabaco y, con manos temblorosas, trataba de encender un cigarrillo sin éxito, pues apenas logró abrir su zippo plateado y no era capaz de girar la rueda.

Con gesto resuelto, Michael se lo arrebató y, de forma mecánica, prendió el pitillo de Enzo y fue entonces, y sólo entonces, cuando fue tEl padrino fuegootalmente consciente de todo: miró hacia su mano, que aún tenía cogido el encendedor, y estaba quieta. Ni el más mínimo temblor, ni una señal de estremecimiento, como si aquella no hubiera sido la primera vez que había estado cara a cara frente a la muerte, como si llevara toda la vida haciéndolo, como si él no fuese el hijo diferente.

Sólo unos pocos días antes, había dado el gran paso de presentar a su novia, a toda su familia. Él lo quería, pero ella aún más. La curiosidad, mezclada con el amor, juega a veces malas pasadas, y te lleva a creer que deseas que sucedan cosas que, en realidad, no quieres que ocurran nunca.

Así que, cuando aún estaban abrazados en la cama, en el hotel de Nueva York en el que estaban pasando unos días, él lo intentó por última vez:

– No quiero que vayamos.
– Tenemos que ir, y lo sabes.
– No, no quiero.
– Bien, casémonos entonces y vayamos después, dentro de unos días, o de unos meses.
– No … No puedo hacer eso.

Durante ese día, iba a celebrarse la boda de su hermana y él, que acababa de finalizar su brillante servicio en el Ejército y aún llevaba orgulloso el uniforme, lleno de condecoraciones, sabía que nada de eso impresionaría a su familia. Todo lo contrario.

Meses antes, durante un permiso, su poderoso padre se había plantado frente a él y, al ver las medallas y emblemas de varios colores que brillaban en la pechera de su guerrera, le había dicho:

– ¿Qué son todas esas cositas de colores? ¿Adornos de Navidad?.

No. Su familia era diferente. Diferente a todo y a todos. Él lo sabía, y se había acostumbrado a desdoblarse, empeñado en ser diferente a sus hermanos, en no estar de acuerdo jamás con su padre y en hacer, casi milimétricamente, lo contrario a lo que se esperaba de él. Como por ejemplo, alistarse en el Ejército.

– ¿Qué son todas esas cositas de colores? ¿Adornos de Navidad?.

Por eso no titubeó ni un solo instante cuando, tras las presentarle uno por uno a sus padres, hermanos y amigos más íntimos, y de ir introduciéndoles con diversas historias, a cual más increíble, trató de cortar la creciente estupefacción de Kay, con un tajante:

– “Así es mi familia. Pero no yo”.

Pero ahora, en la soledad de aquella fría noche, cuando era perfectamente consciente de que la muerte acababa de pasar de largo, frente a él, su mano, que aún tenía cogido el encendedor, estaba quieta.

Enzo era un emigrante que había entrado, unos meses antes, a trabajar en la panadería de un viejo muy amable que, como sólo tenía hijas, buscaba algo más que un simple empleado o ayudante, pues el tiempo pasaba inexorablemente y temía por el futuro de su negocio.

Desde el principio, vio en Enzo ese heredero varón que la Naturaleza no le había dado y, en efecto, apenas unas semanas bastaron para que se ganara su puesto de trabajo con honradez y dedicación y, además, comenzara a salir con su hija mayor, hasta que ambos le anunciaron su noviazgo.

Por eso, cuando los de Inmigración acudieron un día a la panadería, y apercibieron de expulsión a Enzo, su anciano patrón supo inmediatamente que sólo una persona podía salvarle y, aprovechando que iba a celebrarse la boda de su única hija, y que la tradición de su país obligaba al padre a acceder a los favores que le solicitaran durante ese día, acudió a él cuando llevó a la ceremonia el pastel nupcial.

Así que Enzo no lo pensó dos veces. Su benefactor estaba en el hospital y él tenía que ir a verle y presentarle sus respetos. Envolvió torpemente un ramo de flores naranjas y recorrió los solitarios pasillos buscando su habitación. Sus pasos sonaban desde lejos, en medio del silencio y Michael, que aguardaba escondido, se abalanzó sobre él y, tras un breve instante de titubeo, al ver el ramo de flores, suspiró aliviado al verle.

– Ven, Enzo. Tira esPasillo_El_Padrinoe ramo. Abróchate los botones del abrigo, súbete el cuello y métete las manos en los bolsillos. Como si tuvieras un arma.

Y así, después de salir a la calle, en la noche gélida, se quedaron ambos. En mitad de la escalera, juntos, parados, mirando al frente. Con las manos en los bolsillos. Como si tuvieran un arma. Como si fuese suficiente, que lo fue, para que aquél coche negro sólo se detuviese un momento, y pasara de largo.

Fue entonces cuando Michael miró detenidamente su mano, y vio que no temblaba. Fue sólo un instante, pero lo que había sido su vida, esa rebeldía persistente, ese empeño en no tener nada que ver con el resto de su familia, pasó frente a sus ojos y se evaporó. Lo sintió claramente, mientras miraba al vacío y su mirada se transformaba en cada décima de segundo.

Kay lo supo cuando, a solas en la habitación del hotel, frente a una cena que ninguno de los dos había querido probar apenas, buscaba en silencio a Michael, pero se desesperaba al encontrar tan sólo ese vacío en sus ojos, esa inesperada frialdad, mientras le decía que tendría que irse por un tiempo, no sabía hasta cuándo, que ya la llamaría, que tal vez aquello fuese una despedida.

(…)

Fran Estévez

@FranOmega