Con ruido de fondo

I

Prohibida la política y el derecho…

  • A mí dame las instrucciones precisas que si no me pierdo.
  • Ni política ni derecho. Salvo de eso puedes escribir de lo que quieras.

Y dicho eso aquí me encuentro una vez más. A un “suspiro” del cierre y empezando estas líneas. Con café tras café, cigarro tras cigarro y, como dice un amigo, “con un poco de porno de fondo”. En mi caso, con una locutora de fin de semana soltando sus mamarrachadas políticamente correctísimas y vomitivamente maravillosas. Aun me sigo preguntando porqué cuando me levanto cada fin de semana y meto una cápsula milagrosa en la cafetera esperando el bálsamo que me despierte pulso el botón de la radio y escucho. Bueno, oigo sin escuchar.

La respuesta es sencilla, tengo el dial de la radio estropeado y, como lo mueva, tendré que mover el culo a comprar otra.

Han intentado por todos los medios que hoy les cuente algo bonito. Algo con lo que no escupa mala leche o te señale a ti, a vosotros, dejando desnudas determinadas actitudes vergonzantes Las mismas que ves, que veis y que creo que, a ti mismo, a vosotros mismos, os hacen retorceros de dolor. De dolor por ridículo. De dolor por buenista. De dolor por teórico sin tener ni puta idea de la realidad. De dolor por impartir lecciones que sólo tú y tus cuatro (o cuatro mil) palmeros piensan que son infalibles. Los mismos palmeros que se deshacen con los mantras matutinos en forma de cartelitos de “Vamos a comernos el día” insertado en fotos de campos con flores.

Creo que me han convencido y no voy a hablar de derecho ni de política, ni siquiera voy a acordarme de ti, aprendiz de bobo, y de tus objetivos ocultos que vas pergeñando en forma de frases profundas, tan bonitas e inspiradoras para arreglar el mundo que parecen sacadas de manual de “Conviértete en líder en diez sencillos pasos”.

Sois grandes y, en realidad, hasta importantes en mi vida para saber qué es lo que no soy, ver lo que no he sido y saber que no quiero ser. Aunque poco a poco cumpliendo años, me voy conformando, no tanto con el no ser, como con el seguir siendo.

Pero me has convencido para no decir cosas hirientes. Bueno, también me has convencido para ponerme de vez en cuando zapatos y cambiar las sudaderas por jerséis de pico. Para dejar algunos días las camisetas a un lado y ponerme algún que otro polo. Me has convencido para comprarme un par de trajes modernos y aparcar aquéllos de corbatería con olor a rancio. Me has propuesto contar nuestra primera vez, así que mientras apago la radio, me retuerzo buscando una postura aceptable con el ordenador sobre los muslos y empieza a sonar “Mi primer beso”, no hablaré de derecho ni de política… Ni de torcidas intenciones de aquéllos inspiradores de lo divino que pretenden enseñar lo humano… Y que no saben dónde tienen la mano derecha.

Si he animado a que la gente siga leyendo, igual tienes razón y hay que ser un tío simpático.

II

¿No habrás tenido un accidente?

Después de esa pregunta de hace ya tantos años me encuentro hoy mirándote mientras aun duermes. Cabreado porque tengo que levantarme para hacer cosas que, cualquier otra persona, ya habría hecho hace días. Cabreado por dejarte sola en una cama que se hace enorme cuando falta piel que rozar. Cabreado porque creo que hoy me voy a poner una camisa en lugar de una chaqueta raída de lana y unos pantalones de escalada. Cabreado porque tengo la cámara en la mano para tirarte mil fotos y no quiero que el disparador te despierte. Me has cabreado porque hoy no me dejas contar tormentos ni escupir a algún aprendiz de Gandhi.

Me has cabreado pero me gusta que lo hagas. Puede que hasta me hayas convertido en un tipo agradable.

Tengo decenas de mensajes transcritos a un papel. Mensajes que ocultan exámenes trampa que fui sorteando, parece que de forma tan brillante como para tenerte tumbada en mi cama, dormida, con el pelo alborotado y cara de estar en un mundo lejano. Tranquila. Inspiradora.

Pasé el examen del despertar del interés. Y el de la voz. Y también el del roce de la piel. El examen del primer beso, el mismo que me dejó como el de la canción… <<Más caliente que el tipo del tridente>>.

Así que si hay que hablar de la primera vez, no sé si te refieres a la primera vez que hablamos, a un mensaje que, en el momento de darle a aceptar rezaste a todos los santos para que se cayeran los servidores y no llegara a su destino. A la primera vez que nos vimos sujetando un café en un vaso térmico de Starbucks o a la primera vez que me dediqué a buscar entre tu ropa todo lo que ofrecía tu cuerpo. A la primera vez que me refugié en tu calor o a la primera vez que, mientras yo no sabía por dónde pasar mis manos, tú encontraste mi boca. Al primer viaje o a la primera cena. O a las primeras charlas eternas, jadeantes y sudorosas mientras me advertías lo peligroso que podía ser encariñarse contigo, porque claro, siempre hay anclas. La primera vez que, de forma consciente, me afanaba en encontrar la forma de borrar lugares escondidos de tu memoria. A sangre y fuego si hace falta.

Y aquí estoy, escribiendo sobre la primera vez sin saber qué primera vez es la que debo contar.

Y aquí estoy, escribiendo una despedida para aquéllos que me habéis enseñado que todo esto es un lugar en el que sobráis. Un lugar en el que siempre me vais a encontrar enfrente. El mismo lugar en donde vuestros desaires no son comparables a mis escupitajos de desprecio.

Porque de esos, también hay una primera vez.

@SMNacho

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Cerró los ojos… Y despertó en un reino de luz…

Las notas de “Para Elisa” de Beethoven hacía tiempo que habían dejado de sonar. La mirada, a través del amplio ventanal abierto por el que entraba la suave brisa de primavera, se perdía hacia el infinito. Fue su última visión, antes de que su mente fuera a aquél viaje …

Era el año 1894. Marcos había llegado a Cádiz con apenas catorce años de edad, tras varios meses dando tumbos por la mitad sur de la Península. El fallecimiento de su padre a finales del año anterior, le dejó huérfano sin más familia que unos abuelos excesivamente castigados por toda una vida de duro trabajo en el campo.

Marcos se encontraba en una taberna de un pequeño pueblo de Albacete cuando escuchó a un comerciante hablar de las maravillas de América:

  • ¿De dónde?
  • De América, joven.
  • ¿Dónde está eso?

La ausencia de motivaciones en España, de futuro, de certezas, de vida, en definitiva, le habían hecho caminar incontables leguas, viajar en carros de mulas, sobreviviendo de un lado a otro.

Aquel extraño comerciante le había cautivado. A su corta edad, la vida le había hecho madurar demasiado rápido para saber que ese hombre no era ningún mentiroso. Había una opción para su vida. Una ilusión.

Poco a poco se fue acercando a él, y comenzó a interrogarle. Fueron sus respuestas las que hicieron que llegase a Cádiz. No tenía dinero para comprar el billete. Tampoco tenía pasaporte, a pesar de que éste era obligatorio para ir a América desde 1835. No tenía nada material que llevar consigo mas que la poca ropa que le cubría. Pasó demasiadas noches en vela, sin más cama que el suelo y con el cielo por techo. Tenía escasos ahorros y prefería usarlos en comida, cuando ésta no la pudiese encontrar por el camino.

Cádiz en el siglo XIXLa llegada a la ciudad de Cádiz despertó en él recuerdos de su aún cercana infancia en Aranjuez, donde pasó los primeros treces años de su vida. Donde aprendió a leer y a escribir. Donde se despertó su agudo instituto para sobrevivir en cualquier circunstancia. En Cádiz consiguió varios trabajos que le permitieron tener algunos ahorros, y comer caliente. Durante unas semanas se acercó a ver la salida de varios barcos que salían hacia América. Lo observaba todo. Lo anotaba todo en su pequeña libreta.

Aquella mañana el sol salió poco a poco. Sin molestar. El ruido lo hacia el molesto viento que llevó a los trabajadores del barco a aguardar hasta última hora para hacer los preparativos del viaje. Marcos aprovechó aquella ausencia de actividad para subir al barco y esconderse dentro del mismo.

El sonido de la sirena provocó en Marcos un escalofrío que le recorrió el cuerpo. Pasaron varias horas hasta que se decidió a salir de su escondite. Lo más difícil había pasado. Durante el viaje nadie le pediría billete alguno. Al salir a cubierta la luz del sol le cegó. Cuando su vista se adaptó a la nueva situación pudo disfrutar el reflejo del sol en el bello azul del mar. Nunca había viajado en un barco como ese. De pequeño viajaba en pequeñas barcas por el Jarama, pero nada comparable a aquel inmenso vehículo que cruzaba el Atlántico.

El barco estaba repleto de emigrantes, y entre unos viajeros y otros se ayudaban para colmar el hambre. Los días que duró el trayecto le sirvieron para trabar amistad con algunas personas que tenían muy claro lo que harían al llegar al destino. La llegada de varios familiares un tiempo antes les había motivado a viajar allí donde, les dijeron, tendrían una casa más grande, trabajo y mejores condiciones de vida.

Marcos hizo amistad con uno de ellos, el señor Montalvo, al tiempo que su mirada se dirigía cada vez más hacia su hija mayor, Laura.

2009-01-malecon-de-la-habanaLa llegada al Caribe fue como ver un jardín flotante. Las aguas cristalinas le fueron acercando cada vez más al puerto de llegada. ¿La Habana? ¿O habían vuelto a Cádiz? Sin duda alguna el parecido entre ambas ciudades era demasiado grande para que no dudase si realmente no habían dado la vuelta a España.

El Sr. Montalvo le invitó a pasar los primeros días con ellos, hasta que decidiera si quería seguir por su cuenta. Los familiares le dieron trabajo en una de sus haciendas y, con el consentimiento de la familia, Laura y Marcos comenzaron su noviazgo.

Pocos meses después, Marcos se vio en medio de la Guerra de Independencia cubana. Los cubanos querían que luchase con ellos, pero él no podía ir contra sus compatriotas. Gracias a un contacto estadounidense, Marcos se fue dejando atrás la isla caribeña cuando sólo contaba con 16 años. Laura no pudo acompañarle, dada su juventud. Marcos consiguió eludir la guerra, pero nuevamente se encontraba sólo, aunque ahora en un país inmenso y sin contacto alguno.

Llegó a Nueva York desde Florida bordeando la Costa Este. Allí, poco a poco, empezó a interesarse en el mercado inmobiliario. Comenzó alquilando viviendas a los emigrantes y con las ganancias y contactos que iba haciendo entró como accionista en una de las principales constructoras. Su visión innata para los negocios, su instinto de supervivencia puesto a prueba atravesando España, el Atlántico y Estados Unidos, y su natural don de gentes le llevó a tener cada vez mayor poder dentro de la sociedad hasta el punto de llegar a cambiar la denominación de la sociedad por su primer apellido: Martin Inc.

Los edificios Singer, Metropolitan y Woolworth, no habrían sido construidos sin el importante papel que cumplió la sociedad de Marcos. Singer, en concreto, tuvo un papel esencial en su vida, ya que su construcción le dio la fuerza para pedir la mano de Laura. Habían estado diez años sin verse, manteniendo una secreta correspondencia postal durante los primeros años que se hizo conocida por la familia desde los primeros años del siglo XX. No obstante, el Sr. Montalvo necesitaba garantías de que la aventura en Nueva York de Marcos saldría bien para acceder al matrimonio de su hija. En Cuba habían ganado posición social, y una tranquilidad económica derivada de las relaciones económicas que tenían con estadounidenses. Singer, fue la carta de presentación de Marcos: Laura no perdería poder económico por ir con él a Nueva York, más bien todo lo contrario.

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Con 29 años recién cumplidos, Marcos era feliz. Estaba casado con la mujer que quería, tenía más dinero del que podría gastar y salud para afrontar cualquier desafío. Veinte años después su olfato para los negocios le avisó que había que vender Martin Inc. o lo perdería todo. Apenas un mes después de la mayor venta en la historia del sector se produjo el Crack del 29.

Para entonces, Marcos y Laura estaban en un barco de vuelta a España previa parada en Cuba para ver a los familiares de ella. Marcos quería hacer el viaje inverso entrando en España por Cádiz y viajar por la mitad sur de la Península hasta llegar a Aranjuez con motivo de su cincuenta cumpleaños. Esta vez no iba de polizón en el barco, sino en primera clase.

Poco a poco, un sonido cada vez mayor le llevó a abrir los ojos. Marcos pensaba que estaban llegando a Cádiz, pero miró alrededor y no vio a Laura en el camarote. Se incorporó y la cabeza le daba vueltas. Apoyó la palma de la mano contra la frente y le vinieron algunas imágenes a su cabeza: el festival homenaje a Beethoven en el centro de Bonn… Las risas y el alcohol que corría sin parar… La mirada, a través del amplio ventanal abierto por el que entraba la suave brisa de primavera, se perdía hacia el infinito…

El sol de la mañana estaba nuevamente arriba. Los golpes de su compañero de habitación haciendo el desayuno le avisaban de que la clase en el Instituto alemán de idiomas empezaría en apenas una hora…

E. Moreno.

Si Miguel Ángel tuviera Twitter

 

“La creatividad es contagiosa, pásala” (Albert Einstein).

Hoy he estado pensando en Miguel Ángel. No en Revilla, en el tipo que con poco más de treinta años se vio obligado a decorar la bóveda de la Capilla Sixtina. Y digo obligado porque lo suyo era la escultura, pero un tal Julio II le encargó tamaña agencia. Al parecer, aquello estaba pintado de azul con unas estrellitas doradas y claro, lo vio el Papa y dijo: “Miguel, a pintar”.

Corría el año 1.508 y el chaval, que no era rico precisamente, no tuvo más remedio que decir que sí. Por no hablar de a ver quién era el listo que le decía al Papa “paso palabra, Su Santidad”. Hay rumores de que hubo un poco de juego sucio por ahí, pues dicen que tenía enemigos dentro del gremio -entre ellos un tal Bramante- que, conscientes de que la pintura no era el fuerte de Miguel Ángel, embaucaron al Papa para que le eligiera a él, creyendo que fracasaría. Qué error, envidiosos colegas del genio, qué gran error.

El caso es que el hombre se puso manos a la obra. No era pintura libre, claro, el tema ya estaba decidido y todos esperaban ver lo que querían ver; lo que había encargado el Papa, vaya.

IMG_5297Él era un perfeccionista. Meticuloso y estudioso hasta el extremo, estuvo haciendo bocetos un año. Y luego a pintar frescos en las alturas, porque no vayan a pensar que lo suyo fue sentadito y con su taza de café, no. Era “modo albañil” subido a un andamio. Vamos, que incluso puede que piropease a alguna morena que otra que pasara por allí. (Esto no está confirmado ya que al parecer era homosexual y la capilla no era lugar de paso).

Además, tuvo la suficiente habilidad para camelarse al Papa -le costó lo suyo-, quien al principio lo que quería era que pintara los Doce Apóstoles y alguna que otra figura más, pero que al final dejó libertad al artista -eso de la libertad no se llevaba mucho en la época, créanme- para que plasmase sus ideas, aunque siempre dentro de un orden.

Él tampoco era tonto; no iba a pintar monigotes ni un seis y un cuatro la cara de tu retrato. Lo que le propuso al Pontífice fue recubrir de pinturas toda la bóveda, que ocupaba unos 500 metros cuadrados. Así que, en una especie de estructura arquitectónica que también creó y que reforzaba su forma, pintó nueve escenas del Génesis y otras varias; todas religiosas, eso sí. Podríamos decir que dibujó toda la creación. Y lo hizo solo. Acabó en 1.512. Cuentan que el Papa se impacientaba y no dejaba de preguntarle “¿cuándo acabas?, ¿cuándo terminas?” y el genio le respondía: “Cuando termine”.

Es como si lo viera. Día tras día, dándole al fresco. Que si vaya ojos le he puesto aquí a Noé; que esto más que el Diluvio universal parece un paseo en barca por el Retiro; y que vaya tela con Eva, si parece Adán, de lo musculosa que me ha quedado.

Cuando acabó la obra no ocultó que pasó muchas penurias, e incluso hizo gala de su sentido del humor y escribió un soneto a su más que amigo Giovanni da Pistoia, que decía:

“Se me ha hecho ya buche en la fatiga, como hace el agua a los gatos en Lombardía o en cualquier otra región de que se sea, que a fuerza el vientre se junta a la barbilla.

La barba al cielo, y siento la memoria en el trasero y tengo el pecho de una arpía. Y sobre el rostro el pincel aún goteando un rico pavimento me va haciendo.

Los riñones me han llegado hasta la panza y del culo hago en contrapeso grupa y ya sin ojos doy pasos en vano.
Por delante se me estira la corteza y por plegarse atrás se me reagrupa y me extiendo como un arco de Siria.

Pero engañoso y extraño brota el juicio que la mente lleva, pues tira mal la cerbatana rota.

Este cadáver de pintura defiéndelo ahora, Juan, y también mi honor no estando yo en mi sitio ni siendo yo pintor.

Pero él ya sabía que era una obra de arte. No mientas, Miguel Ángel, tenías que saberlo. ¿En serio imaginan que alguien pueda ver en ella un fracaso? Miguel Ángel era como todos los artistas: Tan perfeccionista que asusta. Acabó su maravillosa obra, la miró y dijo “¡pero qué horror!, ¿qué os parece?, ¿es un desastre? No me engañéis…” ¡¡¡Pero no ves que es majestuosa, hombre!!! Sin embargo, él seguía afirmando que no era pintor… La humildad del grande, o la grandeza del humilde, como prefieran. Muchos años después tuvo que volver para pintar los frescos del Juicio Final, pero eso ya es otra historia.

Miguel Ángel no tenía Twitter. No pudo compartir con sus coetáneos la ilusión y la belleza de un proyecto. Hubiera sido divertido:

Miguel
@MichelangeloBuonarroti
Intentando que parezca que el Creador separa la luz de la oscuridad con mi affresco. Y yo me quejaba del torso del David.
30/07/1510 15.30

657 RETWEETS   789 ME GUSTA

  ️        🔄               ️️️

Donato Bramante @DonatoElSagaz  1 h
@MichelangeloBuonarroti Pero si no sabes pintar, imbécil #Michelangelogohome

Miguel
@MichelangeloBuonarroti
La serpiente me ha quedado más guapa que Eva. A ver cómo encaja esto Su Santidad.
15/08/1510  16.00

1.345 RETWEETS  2.345 ME GUSTA

Bueno, puede que no tuviera mi sentido del humor y que escribiese otro tipo de tuits, pero apuesto a que recibiría muchos me gusta y retuits, muchos ánimos y cariño, pero también mucho bobo pensando vaya flipado. No es fácil. Sea lo que sea, no es nada fácil. Hay que ser muy valiente para compartir con gente que conoces -y que no conoces, porque en Twitter hay personas y personas, qué les voy a contar yo a ustedes que no sepan sobre el particular- tu proyecto.

Y es que, aunque hablo de Twitter, estoy pensando en las redes sociales en general, y en si no seremos tontos. Quiero decir, ustedes, ¿qué opinan? ¿Es mejor crear y punto, o siempre tiene más gracia e incluso implica más valor, crear y compartir? No hablo de compartir lo creado, que también, sino de compartir la creación, el hecho mismo de crear, día tras día, los avances que uno va dando pasito a pasito en su gran proyecto, sea cual sea.

Yo creo, y es mi opinión, que esa forma de compartir requiere mucha valentía, y no todos la tienen. El ejemplo de Miguel Ángel quizá sea muy pretencioso, él fue un hombre virtuoso y excepcional (aunque trabajó duro, como ya he contado, no lo olvidemos) y los demás somos meros mortales que luchamos para no ser otro ladrillo en la pared, como diría ese gran grupo de música. Pero hay que perder el miedo al fracaso. Yo también lo tengo, ojo. Pero fíjense, estoy escribiendo sobre un imaginario Twitter de un genio italiano que vivió en la época renacentista y me lo van a publicar en un blog que leen cientos de personas. Y aquí estoy, sin despeinarme, oigan. Tener un instrumento a mano tan fácil, tan dinámico, y que puede llegar a tanta gente no puede ser obviado, ¡vamos!

Así que desde aquí mi reconocimiento a los valientes que nos hacéis partícipes de vuestros proyectos día tras día, con coraje, y exponiéndoos a nuestros comentarios oportunistas y muchas veces inoportunos, y os animo a que seáis cada día más. Porque creo que la grandeza de crear ha de ser compartida, con independencia del resultado. Somos un país de emprendedores, que se note. Sí, no me pongan esa cara, lo somos, aunque se lo diga una funcionaria (el funcionariado se puede vivir de muchas formas. Pero eso es otra historia). Además, el efecto llamada, el efecto dominó o como quieran denominarlo, siempre es grande.

IMG_5286[1]Entonces, y si se me permite tutear, ¿eres creativo? Pues comparte. O como dijo Einstein (¡que lo dijo Einstein!) la creatividad es contagiosa, PÁSALA. Apuesto a que Miguel Ángel también lo haría. ¿Te atreves?

Rocío Durán

@rdbollo

Para mayores de 18 años

Queridos lectores de El Calzador, antes de que comiencen a leer estas líneas, debo hacerles una advertencia con carácter previo. Lo que a continuación me dispongo a narrarles no es apto para menores de 18 años y, para los mayores de esta edad, tampoco será de muy agradable lectura.

Con esta salvedad y, siendo consciente de que con dicha advertencia algunos podrían desistir de la lectura de este artículo, trataré de exponer el relato de esta historia, por desgracia, muy real.

Esta historia comenzó a escribirse cuando Occidente y buena parte de las democracias de los países más desarrollados miraban únicamente hacia sus ombligos sin importarles lo que sucedía en otros lugares donde se violaban y siguen violando a miles de mujeres, donde se las azota y lapida si osan maquillarse o mirar a un hombre que no sea su esposo, donde se las esconde bajo un largo velo de humillación y vergüenza…

Esta es la historia de unos fundamentalistas que empezaron a perseguir a cientos de miles de personas que conformaban y conforman una pequeña gran minoría de cristianos que sobreviven en países como Irán, Irak, Siria, Pakistán, Corea del Norte, Sudán, Eritrea, Nigeria, etc., frente a aquellos verdugos que no están dispuestos a respetar creencias y culturas diferentes a las suyas.

Esta es la historia de cientos de miles de niños y de niñas a los que no se les permitía ni permite ir a la escuela ni recibir una educación diferente a aquellos principios basados en el mismo  fundamentalismo radical y excluyente.

Niños de la guerra.jpg II

Esta es la historia donde a los hombres que no comulgaban ni comulgan con el extremismo ideológico se les corta la cabeza, antes de que puedan utilizar las palabras como arma de libre opinión. Donde se mutila a machetazos hombres y mujeres. Donde se asesina a los homosexuales, lanzándolos hasta la muerte desde cualquier precipicio improvisado.

Esta es la historia de decenas de países en los que hace tiempo vivir es, sencillamente, una misión  imposible y, por ello, millones de personas se han convertido en nómadas involuntarios, porteadores de visados con nombre de Refugiados y apellidos de perseguidos en país de origen y nada bien recibidos en países de ¿acogida?

Esta es la historia, en definitiva, de una película tan cruel como real que desborda desesperación, sangre y llanto por parte de los involuntarios e inocentes figurantes. Una película no apta para menores de dieciocho años cuyo único guión está basado en la más burda, soez y execrable brutalidad de los que pretenden seguir produciéndola, dirigiéndola e, incluso, protagonizándola.

Si me han hecho caso, los menores que ahora les acompañen en sus hogares, no se habrán visto afectados por esta historia que excede, con mucho, al género más ‘gore’ o pornografico que podamos imaginar. Pero, mucho me temo que, aunque tapemos los ojos y oídos de niños y jóvenes de esta parte del mundo que protege la Libertad, tarde o temprano, también a ellos, como a nosotros, les acabará encontrando la brutalidad de los que siguen empeñados en enterrar los valores de la Democracia, sembrando el terror a su paso.

Para seguir viviendo en paz, necesitamos abrir los ojos, todos los posibles, incluyendo a niños, mujeres y hombres. A los de aquí y, mejor aún, primero, a los de allá.

Como sucede en toda representación, siempre hay tres instantes viene marcados: Inicio, nudo y desenlace. Parece que ya no estamos a tiempo de modificar el inicio de esta macabra película basada en unos hechos tan crueles como reales.

Para ello, tendríamos que haber quitado nuestro propio velo. Si Occidente, si cada una de los países desarrollados de la vieja Europa, si otros países de Oriente no hubieran cerrado los ojos de sus teóricas Democracias, si el mundo libre no hubiera mirado para otro lado, es probable que ahora no tuviéramos que pensar cómo resolver este nudo gordiano que supone la encrucijada del chantaje y el terror.

Abramos pues los ojos y animemos a todos los demócratas del mundo a actuar desde el origen para prevenir y frenar cualquier violación de los derechos humanos.

Hace unos meses, escribí un artículo titulado: “Gracias Malala” http://theobjective.com/elsubjetivo/gracias-malala/ para mostrar mis respetos y aplaudir la actitud y la acción de una menor de 18 años. Se llama Malala, recientemente galardonada con el Premio Nobel de La Paz, ella jamás cerró sus ojos ante la tiranía del terror y, probablemente, ella solita, haya conseguido cambiar el destino de muchos otros niños y jóvenes que estaban abocados a un nudo y a un desenlace mucho más dramático del que ahora les contempla. Malala denunció desde niña los abusos y las violaciones cometidas por los terroristas y, utilizando su única arma, la palabra, gritó al mundo entero para que respetasen los derechos civiles de su comunidad.

Unamos nuestra fuerzas y hagamos como Malala. Al fin y al cabo, aún estamos a tiempo de cambiar el guión de esta película escrita por los asesinos y volver a recodar alto y claro, que “la Democracia lleva el más bello nombre que existe…, Igualdad” y que, como aseveraba Albert Einstein: “Nuestro ideal político es el democrático. Cada uno debe ser respetado como persona y nadie debe ser divinizado”

Autor: Carlos D. Lacaci

@Lacaciabogado

Una rosa en un rosal

El vivir que es perdurable lo ganan los caballeros famosos con trabajos y afliciones contra los moros, Jorge Manrique escribió cinco siglos antes que Bush, Aznar o un servidor pensasen. No hay muchos modos, por tanto, de llevar vida de provecho. “¡Ay, pobre Yorick! Yo le conocí…”, se quejaba Hamlet. Y ni con aparición en Shakespeare, Jorge Javier de la época, serán muchos  los que sepan que Yorick fue él, alegre calavera que paseó el príncipe más triste.

Calavera, ceniza, huellas se deshacen en suavidad.
Finitas como abrazo, mangas unidas para separar,
Sin tiempo, viejo y olvidado antes de comenzar.
¿Qué recuerda un abrazo? Aparte su levedad,
El fuego de su ceniza, el humo de su frialdad.
Fuerte y frágil, fantasía, como rosa en un rosal,
No venga viento que la deshoje, el reloj bastará.
Bastará. Para dejar su huella en ningún lugar.

Puesta-de-Sol-Fisterra_Camino-de-Finisterre_Camino-de-Santiago_SantiagoWays.com_

Son muchas las ocupaciones, los intereses. Cualquiera podría, sin utilidad, entretener veinticinco horas si los días las tuviesen. Con tanta prisa, actualidad, a nadie se le da por echar el pie a tierra. Y pensar, ¿estoy yendo por donde querría ir? No conviene obsesionarse con el final. Es la ruta, disfrutado esfuerzo, la que se ha de controlar. La última estación, cualquiera que sea el lugar, pinta para todos igual:

Ceniza en la manga de un viejo
Es toda la ceniza que las rosas quemadas dejan”.

 

Luís M. Teira
Becario y persona

Alta traición

 

 

Como empollona confesa y orgullosa, siempre me encantó la vuelta al cole. Comprar la agenda, forrar los libros, estrenar los cuadernos, interrogar al nuevo compañero de pupitre… Me sale la sonrisa solamente al recordarlo. Más tarde, cuando comencé el instituto y la universidad, los veranos se hacían más cortos y vivía la vuelta a la rutina académica con menos entusiasmo, pero siempre con ilusión y con ganas de enfrentarme al nuevo curso.

Terminada la etapa académica, me sentía un poco huérfana de todo aquello. El curso laboral para los autónomos prácticamente no tiene ni comienzo ni fin, pero septiembre siempre ha sido el momento que he elegido para emprender nuevos proyectos y para los cambios. También para los buenos propósitos que otros se hacen en Año Nuevo: las dietas y las suscripciones al gimnasio siempre han sido en septiembre. Siempre.

Este año es distinto. Este año vuelve a haber agenda, libros, cuadernos y compañeros, pero no para mí, sino para mi hijo. Mi hijo empezó el cole en septiembre y seguro que si tú, lector, tienes hijos, sabes cómo me siento. Es como si hubiese cometido uno de los peores delitos del Código Penal por sus implicaciones emocionales: traición contra los que depositan su confianza en ti porque eres de los suyos. Alta traición.

descarga (14)Desde que nació en julio de 2014 nuestras vidas han sido una improvisación constante. Con una mamá autónoma ningún día es igual al siguiente: hoy nos toca salir pronto a entregar una traducción, mañana me quedo con la abuela porque mami tiene que ir a interpretar al Ministerio, ayer estuve toda la tarde jugando con papá en el parque mientras mamá estaba en clase. «Eres una privilegiada», me dicen otras madres, y es verdad.

Lo curioso es que a pesar de este sentimiento común a todos los padres, la primera frase que se nos viene a la boca es «bueno, piensa que es por su bien». ¿Seguro que es por su bien? ¿Seguro que lo mejor para un bebé es quedarse en una escuela infantil mientras su papá y su mamá están trabajando? ¿De nueve de la mañana a cuatro de la tarde? ¿Seguro? ¿Seguro que no estaríamos todos mucho más contentos pasando tiempo juntos?

Nuestros hijos nos irritan porque apenas los conocemos. Llegan a casa e interrumpen nuestra rutina de adultos con su rutina de niños —gritos, carreras y golpes— y no lo soportamos, porque ya no sabemos cómo jugar con ellos ni cómo comunicarnos. Así que volvemos a aparcarlos delante de la tele o con la tableta, porque los dibujos animados en inglés son muy educativos y los juegos de destreza contribuyen a su desarrollo cognitivo. ¿Seguro?

Nos quejamos del mundo frenético y competitivo en el que vivimos, pero ¿seguro que los adultos que un día serán nuestros hijos no serían más estables psicológicamente de lo que lo son los estresados, deprimidos y ansiosos profesionales de hoy si pasasen más tiempo de calidad con sus padres? ¿Seguro que no conseguirían una base más sólida de valores éticos que evitasen todas las tropelías que vemos en política y en la empresa en el siglo XXI? ¿Seguro?

Pensarás, lector, que soy una mal pensada, pero ¿seguro que el capitalismo en el que vivimos no nos exige tener dos sueldos por hogar para que consumamos más y alimentemos el sistema? ¿Seguro que el sector inmobiliario no necesita compradores con mayor poder adquisitivo para dar salida al brutal excedente de viviendas que se niega a bajar de precio desde que explotó la burbuja?

descarga (15)Quizás mi razonamiento roce la paranoia pero, ¿seguro que no somos más vulnerables y manipulables si no tenemos figuras fuertes de referencia como nuestra madre o nuestro padre? ¿Seguro que a las altas esferas de poder no les interesa que aparquemos a nuestros hijos y al resto de nuestras familias para convertirnos en individuos desprotegidos? ¿Seguro?

Vivimos en el mundo de lo uniforme y de lo políticamente correcto —yo misma he evitado utilizar la palabra guardería en el texto para no herir sensibilidades— y la sociedad y los medios de comunicación apedrean a todo el que se levanta en defensa de lo sensato, del sentido común y del pararse a pensar. Párate a pensar: Somos mamíferos y nuestras crías, igual que los terneritos o los cervatillos, están programadas para que sus madres los cuiden y los protejan hasta que puedan valerse por sí mismos.

Muchos abogan por bajas más largas y dicen que dieciséis semanas no son suficientes. No nos engañemos, tampoco lo serían dos años. El centro de una sociedad no puede ser el económico, porque no es sostenible y se ha demostrado. Claramente, el modelo tiene que cambiar.

Yo soy una privilegiada que puede gestionar su horario y su carga de trabajo, y aún así traiciono a mi hijo de lunes a viernes para entrar en la rueda de la que tanto me quejo. Alta traición a pequeña escala. La traición de verdad, de la que somos perfectamente conscientes pero que tapamos con eufemismos, es a gran escala. Toda una generación de niños aparcados en beneficio de un modelo económico. ¿Seguro que ése es el legado que quieres dejar a tus hijos?

Lola Guindal

@lapiedrarosetta

 

Vivir como un cura

“Vivir como un cura” es una expresión que conocemos todos. O sea, no hay que darle muchas vueltas. En esta vida, si vives bien, “vives como un cura”.

CURA (1)

Y esto no es de ahora, no. Ya de muy antiguo se decía, de hecho se decía más, muy especialmente en los pueblos y en las aldeas. Porque sí, porque ser cura de ciudad puede tener su gracia, pero nada había comparable a aquél cura de pueblo que muchos conocimos en nuestra tierna infancia, con casa a su disposición normalmente regida por su madre, o por su hermana o, en su defecto, por alguna señora entradita en años, viuda o soltera y por supuesto, oficialmente virtuosa.

Yo les conocí en Galicia, justo antes de que su figura desapareciera, o mejor dicho cambiara y, la evolución de los tiempos y la mengua de vocaciones, les convirtiera en una suerte de Sor Citroën con sotana, siempre de pueblo en pueblo para decir misa, sin tiempo para nada. Ni siquiera para tomar unos vinos. Y encima, organizando excursiones para la tercera edad. Otra cosa.

Los curas que vivían como curas, o sea como Dios manda, eran los de antes, y ya lo decía Manuel Mandianes, que además de ser un antropólogo de postín es mi amigo:

“El señor cura no es como las otras personas. Ni tiene mujer, ni tiene hijos. Antes vivía con su madre, ahora está siempre sólo, no trabaja en el campo como los demás, dice misa cada día, va a los entierros cuando toca y después … ′non fai máis nada′. Tiene todo el tiempo que quiere para pasear y para no hacer nada. Puede levantarse a cualquier hora tanto en verano como en invierno … Sabe la vida de todo el mundo, porque todos se la cuentan, pero nadie sabe nada de la suya.”

No han existido curas mejores y más realistas en la vida, que los interpretados por Agustín González. Quizás no tanto el de La Escopeta Nacional, con su inmortal “Lo que yo he unido en la tierra, no lo separa ni Dios en el Cielo”, como aquél de Belle Epoque que, aunque acababa francamente mal, antes de eso aparecía en casas ajenas siempre a la hora de la comida, hoy tenemos cocidito ¿no?, y lo mismo aconsejaba a Gabino Diego el apóstata, básicamente a golpe de collejas, que compartía paseos y confidencias con el dueño de la casa o se escandalizaba cada vez que, el protagonista de la historia, se iba pasando por la piedra a cada mujer que se le ponía a tiro.

CURA (4)

También es inolvidable Fernandel interpretando a aquél sacerdote, Don Camilo, que se enfrentaba al cura comunista.

Torrente Ballester, en cambio, dibujó a aquellos curas de pueblo con bastante menos benevolencia. En sus Gozos y Sombras, uno era antipático, servil, cobarde, vago redomado, el otro acababa huyendo despavorido de las meapilas del pueblo y un tercero al menos tenía la pintura como tabla de salvación, pero ninguno de ellos estaba integrado en la vida del pueblo, ni osaba enfrentarse al poder establecido, ni era tampoco un aliado, ni era en suma nada reseñable.

Pero yo sí recuerdo al único cura de mi pueblo ourensano de origen que conocí, totalmente integrado. Veíamos al cura Pepe, O Pepiño, en las calles, de casa en casa charlando con la gente, aconsejando, escuchando, consolando, jugando con los niños, dejándose invitar a comer por las madres, a tomar vinos por los padres …

También era de Ourense aquél obispo que quiso “separar la fiesta religiosa de la profana”, pobre ignorante, como si no supiese que, en Fiestas, todo el mundo va a misa por las mañanas, y a bailar en la plaza por la tarde, sin separación ni distinción artificial, como también relata Mandianes, que recuerda cómo se consideraba al cura un intermediario entre este mundo y el otro, con poderes especiales para bendecir campos y casas o expulsar el mal de ojo, en su “Loureses, Antropoloxía dunha parroquia galega”.

También nos contaba Manuel Mandianes entre amigos, en aquellas comidas galegas que organizábamos en Madrid, que no acababan nunca, ni ninguno queríamos que acabasen, las historias del “Cura de Pixeiros”, mucho tiempo antes de que se convirtiese en triste figura nacional, cuando fue detenido por disparar contra los asistentes a un funeral e incluso el Dr. Vallejo –Nagera escribió un estudio psiquiátrico sobre él, en el ABC: “A este velador de la armonía con el más allá de sus feligreses, a este cuidador de almas, ¿quién le cuida la suya?”.

Pero antes, como les digo, ya conocíamos algunos las locuras y extravagancias de aquél cura de aldea, que encomendaba las almas a Dios … “si es que existe”, se paseaba con la camisa y los zapatos rotos, muchas veces con una linterna en la boca y dos pistolas, como en el oeste, insultaba a los mozos y sobre todo a las mozas y un día, de repente, explotó del todo y, al detenerle, encontraron un arsenal en su casa: quince armas de fuego, entre ellas un cetme, un mauser, cuatro escopetas y varias pistolas. Duró poco en la cárcel. Le perdimos la pista en el Hospital Psiquiátrico de Ourense.

CURA (2)

A quien no perdimos la pista, afortunadamente, fue al cura Pepe. Apareció muchos años después en Madrid, en una parroquia muy cercana a nuestra casa, y se había convertido en profesor de literatura y de francés, al tiempo que cumplía sus deberes sacerdotales e incluso organizaba un grupo de boy-scouts. A mí me llamaba Leivinha, la gran estrella atlética de la época, y se incorporó a las comidas gallegas, que se perpetuaron mucho más allá de mi infancia pues, de hecho, todos ellos me acompañaron en mi boda.

El cura Pepe, O Pepiño, nunca vivió en Madrid, como lo había hecho en aquella aldea fronteriza gallega. Fue allí donde vivió como un cura, mientras era un referente imprescindible para las gentes del pueblo y sonaban las campanas de la iglesia parroquial, para llamar a la gente a misa, anunciar los fallecimientos o cualquier otro acontecimiento importante.

Hace muy poco, recordaba aquí mismo el magistral Qué Verde era mi Valle de John Ford, donde también existían, tanto curas pepes, como odiosas figuras sacerdotales opresoras e infelices en versión galesa, con el denominador común de la soledad, la pobreza y el deseo de ser un guía espiritual, no siempre satisfecho, ni siquiera necesariamente legítimo.

Pero en mi recuerdo, el cura del pueblo nos acompañaba, unas veces en la comida, otras en la merienda, otras paseando por la aldea, a veces incluso en el riachuelo a donde íbamos de pequeños, donde nuestros padres y abuelos habían aprendido a nadar y, como jamás tuve la capacidad de leer en su mente, para mí era un señor sonriente, alegre, con una risa contagiosa, muy diferente a otros que conocí y que, incluso cuando me advertía o regañaba, tenía sobre mí una autoridad absoluta. Tal vez porque, en aquellos tiempos, vivía realmente como un cura.

Francisco José Estévez Hernández
@FranOmega Ω