Botero y yo

Llevo desde mi visita a las Indias dándole vueltas al boterismo. Tan preocupado me hallo, que en mes y medio no he leído más que un par de papeles sobre el estilo del colombiano. No en vano, han sido semanas agitadas por estos lares, con el Real empeñado en tirar títulos, Nadal luchando con dificultad contra sí mismo, los griegos mareando a propios y extraños y toda España enzarzada en unas elecciones que han sembrado de desorden la política patria. Con lo ordenados que lucían los mapas en completo azul, salpicados con contadas manchas rojas. En esto último nos metíamos, cuando una de tantas misivas que pueblan nuestros buzones llegó a mis manos, protagonizada por Mariano en gesto confuso.

Luciendo su ya característico tinte cobrizo de solterón provinciano con mercedes de segunda mano importado de Alemania, el presidente de las Españas nos saluda a todos sus súbditos con un “querida amiga, querido amigo” que hace pensar que se encontraba eufórico en el momento de redactar el texto. Con una fórmula ambivalente, cual si todos tuviésemos las dudas que por ahí se ha oído que él pudiera tener. No insinuamos cosa alguna desde esta publicación, no quisiéramos pagar tan amargamente el campechano trato del esforzado pontevedrés. Parece, ahora que Juan Carlos está ya a otras labores e Iker empezando a recoger las tormentas sembradas, que Mariano quiera convertirse en el campeón de la cercanía de turno. Que en este país gusta mucho la llaneza, se ha llegado a llamar atractivo a Iniesta.

Presidente sonriente.

La despedida, en la que Rajoy cierra el telón “deseándote lo mejor para ti y para tu familia, te mando mi saludo más cordial”, me ha inquietado. No puedo evitarlo. La mención a mi familia, después de seis párrafos tremendamente emotivos rogando el voto, me ha dejado regusto a amenaza. En mi casa no todos votamos bien, y no he podido evitar temer represalias para los zurdos del clan Teira. Tal es mi desazón, que sigo sin tener una opinión sobre el cese temporal de la convivencia entre Florentino y Carlo. Con los entrenadores de Pérez pasa como con nosotros, los becarios, que cuando les coges cariño les toca recoger sus cosas. Con Pérez, en cambio, pasa como con los jefes, que te despiertas cada día esperando que se haya ido, y terminas marchando tú antes.

Después de haber perdido apenas un par de Campeonatos nacionales, se va el gestor que nos ha dado la Décima y esa imagen de caballeros en corbata negra, de los que lo mismo te lucen un funeral que elevan el caché del garito más selecto. Profesional, muy profesional. Otros, como el mismo Pérez, ya no saben ni cuántos títulos han visto escapar y no hacen ni ademán de pedir la cuenta. Lo mismo espera que alguien lo invite, si es así urge tomar la iniciativa. Echar al segundo peor presidente de nuestra historia, tras Rodríguez Zapatero, es una tarea para la cual todos los estamentos sociales debieran aunar fuerzas. Si bajo el comando de la señora Carmena logramos desmontar a Florentino, la joven lideresa municipal se ha ganado la confianza de un servidor.

Como no me he puesto todavía a trabajar en lo botérico, hacerme boteriano ni crecer el mi boterismo, poco más puedo mencionar del artista. Me ciño a los tres verbos de la campaña de los populares, que cada día lo somos menos, como reconocimiento al gran legado que el marianismo deja a la poesía política. Tres infinitivos, que a primera vista serían vigor y sensación cinética -este domingo escuché a un locutor de Radio3 decir que una canción era cinética, me he propuesto utilizar la palabra una vez al día, fundemos el esnobismo mágico-, y presentados sin decorado, separados por puntos, han creado un eslogan que compite en lentitud con aquel individuo de nombre Xabi Alonso.

Lo aparente no siempre resulta cierto, igual que el exceso de decisiones conduce a idéntica deriva que la inacción. Que se lo pregunten a Florentino Pérez. Igual que los gordos de Botero no tienen ni un kilo de más, sino volúmenes con diferentes proporciones que engañan al ojo para que confunda a la mente. Porque una vez que tratas a un conocido sin respeto, de poco sirve enviarle cartas con tu mejores deseos y llamándolo amigo. Mucho menos “querida amiga, querido amigo”, que no están los tiempos para sembrar dudas.

Luís Teira

El becario, que no becaria