Fin de partida

El embarazo humano dura unas cuarenta semanas desde la última menstruación, treinta y ocho desde la fecundación. Cuarenta exactas han transcurrido desde el pequeño resbalón que me tuvo un par de meses encorsetado, una desde el último intento por retirarme de una carrera de ultra-distancia. Yendo más allá del espacio y  fracasando, con la habitual parsimonia, en tan sencillo objetivo.

Allá por los finales del año pasado, los comienzos del presente, aproveché mi temporada entre corchetes para buscar metas absurdas. Intentaba a un tiempo encontrar límites y probar si los arañazos nos hacen más frágiles o más fuertes. Sin mucha idea, guiado por la inconsciencia que hay detrás de todas las grandes gestas, diseñé un verano larguísimo. Un verano tendido, un verano de muchos kilómetros.

Cuanto mayor es el plan, menor su certeza. Así, pocas carreras tienen muchas metas. Algunas que coexisten, otras que son enemigas, incluso las hay que se hermanan. Es importante conocerlas de antemano, situar cada cual. Cuando los objetivos se transforman, nada se crea y mucho se destruye por el camino. Puede uno saborear un fracaso, por haber trazado todo demasiado perfecto, pues más fuerte es la circunstancia que la idea. No erraba Ortega y Gasset poniendo la tilde en aquélla, y no en ésta, que lo mismo crea monstruos que fantasías difícilmente realizables.

Yendo todo el camino por detrás de lo esperado, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. Y sin embargo, la guerra no ha terminado. Jódase el concepto de final feliz, diría David Gistau. Nueve meses, nueve, hace que enumeraba las semanas para, una vez sano, llegar por pelos a los ochenta y ocho kilómetros vascos de julio. Entonces, la preocupación pasó a ser cómo entrenar y descansar, al mismo tiempo, los ochenta y seis asturianos de agosto. Pasado el susto, quedaba pasar por los ciento y diez (en mano, que no volando) catalanes de septiembre. Ahí, tras muchos éxitos pequeños, pocos grandes fracasos, hemos llegado a la meta de un camino que no es uno, sino momentos en extrañas formaciones.

Malos, los que más se disfrutan; brillantes, otros. Qué bello volver a apretar, cuando la fuerza parecía haberse consumido. Volver a encender la luz, después que todo parecía apagado, para que el calor regrese. Qué bello mantener, en los tiempos felices, los miedos en la mano. Cuando vuelven, no hay sorpresa. Quien intenta ahogarlos suele ver, en cambio, cómo emergen, descontrolados en su potencia.

Anochece.

Brillante oscuridad.

Superados todos, unos y otros, vestidos con diversas formas y accesorios, llega el examen. El breve descanso, tras el que se debe asumir, de forma ordenada, que no hay obstáculo que justifique tomar asiento. Lo que ayer parecía lejano ha quedado ya superado. Lo que hoy no parezca coherente debe ser el nuevo final. Tocará prestar atención a lo más inútil, preparar lo imprevisible. No es fácil, conquistar lo inútil. Tampoco complicado.

Por saber qué es imposible, desconocemos qué hay posible. Y ahí, en este final, está el comienzo. Y sin embargo, según aviso de Beckett, continuamos.

Luís M. Teira
Becario y persona