De Buchones y Saetas.

Lecturas de domingo… Aunque sea miércoles o sábado.

Mis amigos de El Calzador me hacen pasar una prueba difícil. Ciertamente tengo un factor que juega a mi favor y es que, cuando ustedes lean esto, no voy a poder asistir a sus reacciones lo que, en el fondo, me da cierta tranquilidad.

Aun así, embarcado en esto de juntar letras, empiezo a comprender qué significa eso que decía el “Porteño” del miedo escénico; O aquello de “90 minuti son molto longo” que se quedó como frase lapidaria de un genio que nació en Fuengirola. En definitiva, sin ser taurino, acabo de aprender, de golpe, el significado de “abrir plaza” y por qué las grandes figuras nunca quieren hacerlo.

En cierta manera, la entradilla es un merecido halago a quien comenzó con las “Lecturas de domingo para juristas”. Relájense, piensen que es domingo aunque sea cualquier otro día de la semana porque, en realidad, no se me ocurre nada mejor que empezar a contarles algo tan trivial como un domingo…

– ¿Cómo le corto el pelo, Maestro?

– En silencio…

De Buchones y Saetas de domingo.

No se esperen grandes citas porque no las conozco, ni relatos intrépidos, ni humor a raudales. Soy bastante adusto. Sólo esperen algo así como una nueva sección, un “Conoce a”, aunque, en realidad, ni ustedes ni yo saben si lo que hay escrito aquí es verdad… Un “No easy day” o unos “Cuentos mágicos y del intramundo”. O no. No les digo más.

Si no saben ustedes qué es un Buchón o un Saeta, no se aflijan, búsquenlo o mejor aun, esperen a llegar al final. Si no tienen paciencia y se lanzan a su búsqueda, desechen los significados que se refieren a pájaros, flechas o al canto de Semana Santa. Desde luego vuelan o, al menos volaban, pero de una manera muy especial.

Esos domingos en los que, antes de poner en orden los papeles, las lecturas que has acumulado en el Pocket durante la semana o si quiera, antes de encender el portátil, te despides. Suelen ser domingos de despedidas. Días en los que, si fueran ustedes Nyobe, sabrían que les van a dejar subirse al sofá y tumbarse un rato allí. Días en los que se le permite poner las manos en el marco de la ventana y ladrárselo a los vecinos:

– Hoy es uno de esos días en los que puedo subirme al sofá.

Cuando por fin te das cuenta y vuelves a la realidad, cuando por fin se ha marchado esa cara de tonto vuelves a tu realidad. Cada domingo es un reto y así lo tomo. Y creo que voy ganando o, al menos, me vale el empate; Como en una mala eliminatoria. Toca ordenar papeles, fotografías color sepia y recuerdos de los recuerdos de los vagos recuerdos mezclados de imaginación y realidad de quienes te lo han ido contando durante años… Y navegar entre un Buchón y un Saeta. Entre años difíciles que no has vivido pero que sientes cerca mientras lees expedientes de un archivo histórico y te das cuenta que con doce años ya se era aprendiz de motorista en un pueblo de Ávila. Y que con catorce se estaba en un pueblo de León sujetando un Mauser mientras estudiabas montando y desmontando buchones y mientras tu nombre llevaba la coletilla de Soldado Obrero.

– Pasaba tanto frío que me quitaba los guantes, disparaba al aire y agarraba el cañón muy fuerte para calentarme.

– No seas exagerado.

– ¿Exagerado? ¿Sabes lo que nos traía el retén cada hora? Un cazo de sopa de ajo.

Y después Madrid, Barcelona, Sevilla (en pleno barrio de Triana, en lo que ahora es un polideportivo)… Egipto.

Aparcas un rato el derecho. Luego hay tiempo; la tarde y la noche son muy largas ¿Por qué los mejores programas de radio son de madrugada? Las voces son ya familiares y las noticias cada hora en punto, se hacen demasiado repetitivas.

Pero esos días, mientras sigues ordenando todo, incluidas las ideas que te has fabricado sobre lejanas bases militares rodeadas de desierto, son también de risas, muecas, sonrisas, guiños y confianza. De victorias y empates.

– Empecé a darme cuenta que me tenía que ir. Eso era peligroso.

– ¿Por qué?

– Porque había cosas muy raras.

– Vamos que te acojonaste…

Y la tarde avanza y recuerdas muchas otras historias en las que se mezcla el calor del desierto con el frío en aquel pueblo de Ávila. Unas imágenes que ves en blanco y negro, con el color gastado de “Bienvenido Mr. Marshall” caminando hacia la escuela mientras metes el dedo en la faltriquera de la abuela que, como por casualidad, se ha dejado abierta una frasca con vino. Y ella sonríe distraída como si no se diera cuenta de lo que haces mientras te arrastra por la nieve que te llega por las rodillas.

Al final, como cada domingo, no has avanzado. Poca ayuda y muchas conversaciones que mezclan recuerdos construidos y realidad. Pero de repente, sí te acuerdas de las mil y una veces que has escuchado que de allí, de un lugar rodeado de desierto, hubo que salir corriendo y sin mirar atrás. Y las historias de los que se quedaron.

– Ya les dije que iba a haber jaleo. Que “venía la guerra”.

A partir de ahí ya no hay recuerdos. A partir de ese momento todo está contado en libros de historia que has devorado muchas veces conociendo los nombres que contienen. El de “El Profesor” que sólo hablaba inglés y alemán y que no se acercaba a los españoles. El de “Valiente”…

– Yo no quería volar con él. Lo pasaba mal. Lo pasaba muy mal. Me desesperaba…

– Te imagino. Un día tendrías que llevarme para conocerlo todo.

– No digas tonterías. Todo desapareció en un momento.

Domingos de estudio por afición y de lectura por devoción sobre algo que, cada uno de esos días, acaba en el mismo callejón sin salida. Y en los que, de vez en cuando, viene a la cabeza la histora de la “querida” de un americano que sacaba leche de almendra del economato de la Base Aérea de Torrejón porque, según me contaron, aquí no había. ¿Qué habrá sido de ella?

Pero contento porque, un día más, ya se te han olvidado las despedidas.

Con la satisfacción de esas horas ¿Tiradas? entre papeles cada vez más desordenados, más arrugados y cada vez más familiares, ordenador, Twitter y cigarro tras cigarro, toca que Nyobe se baje del sofá. No lo entiende pero lo acepta con desgana.

Simplemente se ha acabado otro de esos domingos de Buchón y Saeta con aromas mezclados del frío de Ávila y León, con aire a mar de Barcelona y con imágenes en sepia desgastado del barrio de Triana. Días de aroma de desierto también.

buchones y saetasBuchones en Triana y Saetas en el desierto… Pequeñas historias que, aun sin haberlas vivido, son ya parte de las vidas de los muchos que las hicieron posibles. En realidad y, a partir de hoy, sea miércoles o sábado, espero que también sean un poco de ustedes. Simplemente confiesen:

¿Tuvieron paciencia de esperar hasta el final?

Nacho San Martín

@SMNacho