Bach, sensación y moral

Es innegable que mediante sus creaciones, los grandes del pasado se dirigen a nosotros con afecto y sensibilidad y estimo, que en cierta medida, nosotros, sus herederos, estamos obligados a contribuir humildemente para mantener viva y límpida su memoria. Por esta razón, con motivo de la inmediata celebración del dogma central de la religión cristiana, a saber, la pasión y muerte de Cristo, me gustaría expresar mi reconocimiento y admiración más sinceros hacia una de las figuras cumbres de la historia: Johann Sebastian Bach. Si se me preguntase por el elenco de hombres por mí considerados representativos -en función de sus valores, virtudes y contribuciones- Bach ocuparía indiscutiblemente una posición prominente entre todos ellos. Desde mi punto de vista, Bach nos presta un servicio tan glorioso y bello porque su música expresa con vehemencia el anhelo íntimo del espíritu de su autor. Fue un maestro indiscutible que asimiló todo el pasado musical previo e integró y unificó en sus obras todas las cualidades de la música propiamente barroca. No sólo fue capaz de reflejar la trayectoria del Barroco (en sus vertientes inglesa, francesa y alemana) sino que como todo hombre de genio demasiado vivo se adelantó a su época demostrando una perfección técnica difícilmente superable. Equilibró en sus composiciones monodia y polifonía, armonía y contrapunto, llevó a cotas inigualables la máxima barroca (definida por Manfred Buckofzer) de que la música no sólo debía servir a la palabra sino que debía sobrepasarla, “cantarla afectivamente” y desarrolló un estilo propio caracterizado por el moto configurado como uno de los elementos vitales de su música, por el uso de la disonancia y la creación de vibrantes tensiones armónicas y por una riqueza y expresividad musicales que me atrevería a calificar de contemplativas en el sentido más pleno de la palabra.

Johann Sebastian BachSin embargo, prefiero desdibujar en estos momentos la figura del Bach académico por todos conocido para tratar de delinear las circunstancias que conforman la identidad de Bach el hombre. Aquél que compartió con nosotros alguna infinitud dentro de esta Tierra gélida de las Negaciones emersoniana; aquél que sufrió en su propia persona sinsabores dolorosos, disgustos e incomprensiones y que en vida fue reconocido simplemente como un organista capaz sin mayor distinción. Me deleita pensar en Bach como ese hombre consagrado a adquirir y acrecentar conciencia que desde su más tierna infancia profesó un amor tan profuso hacia la música que lo llevó, desobedeciendo las órdenes de su hermano Johann Christoph, a pasar noches enteras transcribiendo a la luz de la luna un libro que contenía las partituras de las piezas para clave más importantes del momento. Quiero recordar al hombre que desdeñó la vanidad humana y vivió la religión con una piedad intensa y una fe profunda, al hombre que anotaba Soli Deo Gloria al final de sus composiciones religiosas (y también en algunas de sus obras seculares) para honrar con su labor exclusivamente a Dios. Es mi deseo hacer mención del hombre que abandonó sombrío la corte de Köthen en 1723 porque allí ya no había lugar para un músico, de un hombre de gran riqueza interior que se trajo paz a sí mismo mediante el triunfo de sus principios, del hombre que no podía enfadarse porque su arte no gustase a todos ya que escribía para su propio placer*. No puedo evitar imaginarme a un Bach obligado a encerrarse en sí mismo y sus composiciones, al hombre fiel que se resiste a moldear su música a los gustos cambiantes de la época, al Bach que se queda solo. No podemos llegar a imaginar el dolor que debió embargar a Anna Magdalena al contemplar a su marido, prácticamente ciego, buscando a tientas la puerta para entrar o salir, o tocando una silla antes de poder sentarse. Y al mismo tiempo, quiero sacar a la luz al Bach que no tuvo miedo de encontrarse con la muerte, que esperaba con plena lucidez y una gran paz interior el momento de reunirse con su Señor. Al hombre que en su lecho de muerte le dictó a un copista desconocido (posiblemente Johann Christoph Altnickol) el excepcional y significativo coral Vor deinem Thron tret’ich** y que con su último aliento manifestó: “donde ahora voy veré colores más hermosos y oiré la música que hasta ahora sólo hemos podido soñar”.

Mac26-Bach-PartituraPSSMPero sobre todo, me gusta pensar en Bach, el músico de iglesia. Me sumo a la opinión que tantos otros tantos han manifestado previamente de que más allá de corrientes filosóficas o teológicas nada justifica en mayor medida la existencia de Dios que la propia música de Bach. No existe enciclopedista, escolástico, ni adalid o gran sabio que pueda acercarse al púlpito de la divinidad de manera semejante. Amén de las más de 200 cantatas que escribió, Oratorios, Misas, música para órgano y demás obras religiosas, personalmente, la culminación de todo su esfuerzo creativo la representan sus magníficas Pasiones “oratóricas”, especialmente la Pasión según San Mateo, BWV244. La exclusiva composición de esta obra (como ocurre con todas las obras verdaderas) le hubiese procurado indudablemente un lugar privilegiado en la Eternidad aunque su pluma no hubiese escrito una sola nota adicional. Las sensaciones que experimento cuando escucho esta Pasión son más profundas de lo que pueda expresarse con palabras. Una música que ilumina las edades más obscuras e insensibles, capaz de unir los cielos y las tierras, sólo puede haber sido concebida para un Ente de bondad infinita que inmediatamente se muestra más cercano a los corazones de los hombres. La vida de Cristo se manifiesta más íntima por medio del profundo contenido expresivo de las partes Corales de una variedad ilimitada, armonizadas a cuatro voces. Pero por encima de todo, son las Arias da capo las que en los instantes supremos expresan los sentimientos religiosos con un lirismo inigualable. Qué prodigio de armonía compleja, rica y expresiva, de diálogo entre solistas y orquesta. La música traza imágenes de una potente fuerza evocadora que elevan a los hombres por encima de las mezquindades del trabajo y les consuelan de sus carencias al final de la jornada. Imágenes que nos siguen hablando en la obscuridad mientras nos remontamos por nuestro pasado, con el tono de sus melodías como una llamada, ante las puertas de los días, después los meses y luego los años. La paz eterna, la música que hasta ahora sólo hemos podido soñar. Así que después de todo, eso es lo que Bach representa para mí: verdad, sensación y moral.

*Cita del propio Bach: “Como escribo para placer mío, no puedo enfadarme porque mi arte no guste a todos”.

**Ante tu trono me presento

Raúl Sánchez Lanzas

Entre procesiones y fogones

Cuando mi madre nos daba el pan repartía amor. Joël Robuchon

Llega la Semana Santa, tiempo de oración, de recogimiento, de pasos y silencios. Llega sigilosa, unas veces en marzo y otras en abril. Y siempre que llega lo hace con olores y sabores que, de año en año, nos hacen recordar momentos de nuestra niñez.

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Para mi, la Semana Santa significaba vacaciones y la mezcla de dos pueblos: el granaíno y el mallorquín. Esa semana la solíamos pasar en Granada disponiendo mesa para unos 25 comensales. Y allí disfrutábamos del potaje de vigilia, de la tortilla de patatas, del bacalao en salsa de tomate con pimientos rojos asados, de las natillas y del arroz con leche. Era un tiempo de vigilia que mi querida madre, Mercedes, nos hacía respetar escrupulosamente y que ninguno se lo podía saltar desde el inicio de la Cuaresma hasta el Domingo de Resurrección.

Los días previos al Jueves Santo eran un ritual. Kilos de bacalao en salazón que se ponían debajo del agua del grifo y se frotaban para desprender la sal. Luego se sumergían en grandes recipientes con agua bien fría que debía cambiarse cada doce horas durante tres días. Entretanto se limpiaban los pimientos rojos, hermosos y grandes, para asarlos en el horno mientras se preparaban los tomates para hacer la salsa.

Superada la fase de desalado, cada tajada se pasaba delicadamente por harina y huevo para freírla en ese aceite virgen de la sierra de Granada. Recuerdo el chisporroteo al echar el bacalao y cómo la cocina se iba impregnando del olor a los pimientos asados mientras los tomates seguían su proceso de cocción. Y cómo olvidar a mi madre, con su delantal y su melena negra recogida en una coleta de la que siempre se desprendía un mechón que intentaba retener, con poco éxito, detrás de la oreja.

Montañas de patatas del huerto que había que pelar, lavar, cortar y freír. Y lo más divertido, ir al corral a recoger los huevos de las gallinas que luego había que batir en un gran bol.

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Y sí, la tortilla con cebolla. Aunque mi madre, que siempre pensaba en todos, hacía una sin para los que, incomprensiblemente para mi, no les gustaba la combinación. Muchas lágrimas pelándolas y muchas risas también.

Lo mejor los postres. Esas natillas y ese arroz con leche que solo se comían en Semana Santa. Esas fuentes que se preparaban con delicadeza y se metían en la nevera con canela espolvoreada. Lo confieso, más de una vez, cuando se dormía la siesta abría la nevera para robar unas cucharadas de arroz y otras de natillas. Arreglando, por supuesto, el estropicio con el bote de canela para que no hubiera huellas de la comisión del delito.

Pero lo mejor, estaba por llegar. Domingo de Resurrección. Y ese día nos resarcíamos con los salados y dulces traídos de mi otra tierra: Mallorca. Y digo que nos resarcíamos porque la base de los mismos era la manteca y como ya he dicho, mi madre respetaba la vigilia y no se podían comer hasta ese ansiado domingo.

De Mallorca se traían, colocados en esas cajas típicas para las ensaimadas, las mejores viandas que podáis imaginar: empanadas de carne con guisantes y un trocito de sobrasada, cocarrois, rubiols rellenos de cabello de ángel o mermelada y crespells con sus formas de estrellas, corazones y lunas. Y sí, confieso que los pequeños ratones que recorrían la casa durante la siesta también delinquían con aquellas cajas de las que era imposible borrar la huella del delito por mucho que intentaran reorganizar su contenido. Mi madre nos miraba, severa, preguntándonos cómo era posible que faltaran dulces y alzaba la mirada conteniendo la risa cuando le decía, en mi defensa y en la de mis hermanos, que eran los ratones porque en el cortijo, mamá, no negarás que hay ratones.

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Y así, entre procesiones y fogones vivía la Semana Santa que me doy cuenta de lo mucho que añoro y que, gracias a mis amigos del @el_calzador, he podido recordar con tanto cariño. Gracias, de verdad.

Estoy segura de que todos los que leáis este post tenéis recuerdos similares de la Semana Santa: la sopa de ajo, el pa torrat y la coca de boquerón, las patatas viudas, los pestiños, las torrijas, las monas y longanizas de Pascua, el hornazo…y por supuesto, tenéis recuerdos de las procesiones porque, al fin y al cabo, qué es la Semana Santa sino un tiempo entre procesiones y fogones.

Carmen Pérez Ándujar

@CPEREZANDUJAR

Mi primer viaje de vacaciones

Era marzo o abril en un año cualquiera de los ´80. Semana Santa.

Familia: me han dado vacaciones. Vamos a hacer las maletas que nos vamos al Sur de España.

Esto es lo que dije a mi mujer, María; mis dos hijos, Jorge y Juan; y a mi suegra, doña Carmen.

Si, yo fui Antonio Alcántara pero sin tanto follón sentimental. Nosotros somos del Norte y, según que cosas, no están bien vistas. Pero eso es otra historia.

Día antes del viaje. Mi mujer hace las maletas mientras los niños tocan las narices y la suegra… en fin, dejemos en que a mi suegra le gusta apuntar cosas, mejor dicho, concretar cosas: por qué haces esto, yo creo que..; ¿y vas a llevar eso? Bueno, tú sabrás.

Odio los días antes de los viajes, los nervios las cosas de última hora, no poder descansar. Mi Ford Orión estaba preparado. Era un coche precioso, blanco, con unas líneas muy modernas, incluso fue el primer coche del pueblo con elevalunas eléctricos, vamos, el no va más de la clase media española.

Inicio de vacaciones. Día gris, bochorno, típico día de bajar a la playa para no bañarse. Da igual, tenemos un destino: el levante español. ¿Qué puede haber mejor que el levante español? La TVE lleva con el apartamento de Torrevieja todo el año con el Un, Dos, Tres. ¡Cómo me gusta Mayra Gómez Kemp! Qué saber estar, cómo presenta. ¡Esa mujer vale un potosí!

5 am. Todos en pie. Mi suegra se queja.

-Vamos a ver, Señora Carmen, ya le hemos dicho que va a ser largo el trayecto, que el coche resiste, que es mejor el coche que no ir en un tren con coche cama.

– No se yo si sabes mucho lo que haces, ¡pero si no has salido nunca a Castilla la Vieja!

-Ya le hemos explicado su hija y yo que tenemos una guía que acaba de salir este año, de las gasolineras Repsol, con mapas y sitios. No tendremos problemas.

6 am. Los niños sin bajar. Dos azotes en el culo. Todo solucionado. Directos a su asiento.

El viaje fue largo. Me llamó la atención unas carreteras nuevas que estaban construyendo de dos carriles por dirección. Autovía A6 o algo así. Vamos, el año que viene haremos el viaje en menos tiempo. Con algo de suerte el año que viene tardaremos en llegar a Madrid 7 u 8 horas. Increíble, ¡qué adelanto!

El viaje tiene lo que todos los viajes: pis, caca, mareos –la tirita en el ombligo no funciona- comer a medio camino – no recomiendo la fabada en viaje, (una vez y nada más)-. Luego el calor. ¡Qué calor hace en Castilla! No entiendo como el Cid iba en caballo por aquí con armadura y todo. Voy con un coche rápido, a 100 km/h con las ventanillas abiertas y no hay manera de calmar este calor. Menos mal que mi mujer fue previsora y lleva su nevera con unos melocotones y unas manzanas frescas. Luego está lo que compramos por el camino. ¡Qué rica es la diversidad de la fruta de temporada española! Paramos y compramos unas picotas en la carretera que eran un lujo. ¡Oy, oy, oy, qué picotas!

18.30 pm Llegamos a Madrid. Tenemos una prima tercera allí. Hay que visitarla. Mi suegra dice que como vamos a pasar la noche en Madrid y no vamos a visitarla. No se puede hacer ese feo. Creo que han prometido hacer cerrar una circunvalación en Madrid. La M30, la llaman. Dicen que van a cerrar una parte de la zona norte y se va a poder rodear Madrid sin pasar por el centro. Espero que sea pronto, así evitaremos estas paradas innecesarias.

19:30 pm. Me perdí. La mierda de la M30 de las narices. Casi llegamos a El Escorial. Tanto coche, tanta salida y tanta gente. Los niños gritando, mi mujer histérica y mi suegra apuntando: ¿qué va a pensar mi prima?, ¿seguro que cree que no queremos verla?. ¿En el pueblo qué van a decir?

20:50. Llegamos a ver a la prima. No me lo creo. Lo primero que me dice es “con lo fácil que es llegar hasta aquí”. Qué si somos muy de pueblo, qué si Madrid por aquí, qué si no se que parque, que si no se qué. Y yo con ganas de decir: ¡Coño, que vives en el Puente de Vallecas! Y nosotros vamos de vacaciones a La Manga. ¡La Manga! El no va más del turismo patrio.

23:00 h. Llegamos al hotel. Calidad total. 3 estrellas. De estos no hay en el pueblo. Gracias a Dios. Descansamos y mi suegra duerme en una habitación comunicada con los niños. Jejejeje.

5 am. Otra vez en pie. La jornada de hoy es más corta. Apenas 7 horas. Eso lo hago de una tirada con mi Ford nuevo.

IMG-20150322-WA0003Cogemos la N III, espectacular, moderna, con dos carriles. Me dijo el chico de la gasolinera que le llamaban Autovía. 300 pesetas llenar el depósito de super. Un robo.

11.50 am Estoy cansado. Estuve a punto de dejar a los niños mi mujer y mi suegra en una estación de servicio cerca de Albacete. No puedo más. Este viaje de vacaciones es un infierno. ¡Qué bien que estaba yo todos los veranos sin salir del pueblo! ¡Qué paz, qué tranquilidad! ¡Mierda de progreso, de playas de Levante, Manga del Mar Menor y del Mar Mayor!

Mis hijos han sacado la colchoneta de la playa y se han puesto a hincharla en el coche. Mi suegra diciéndole a mi mujer que si nadie iba a darle un correazo a los niños. Mi mujer gritando que cuándo íbamos a llegar que estaba harta de carretera. ¡Pero si había sido ella la que tuvo la idea de las vacaciones!

16:35 pm. Llegamos. ¡Qué bonito es el mMarar Mediterráneo y el Mar Menor! ¡Qué edificios modernos! ¡Qué urbanizaciones con piscina! ¡Qué grande es la modernización europea!

Ya dejé las maletas. Mi mujer, mi suegra y los niños se han ido a la playa. Yo no veo mucha diferencia entre estas playas y las de Asturias. Eso si, no hay nada verde. ¡Qué calor!

Me caigo, veo la luz. Me doy cuenta que todavía queda el viaje de vuelta y las vacaciones de verano. La madre que me…

Tardovaldanista

La procesión en la calle

La invitación de Emilio Gude para que escribiese de procesiones en El Calzador (“siéntete libre… sólo se trata de tu visión personal… etc”) me pilló, para mayor ambientación, en mi cofradía, la Esperanza, la noche del 19 de febrero, en plena faena cofrade. Y es que los cofrades llevamos una doble vida, somos una especie de Dr. Jekyll durante el día en nuestras respectivas profesiones y Mr. Hyde al caer la noche, sobre todo en estos días de cuaresma previos a la Semana Santa donde, en nuestras casas de hermandad, nos convertimos en floristas, músicos, oficinistas, limpiadores de plata, dedicándonos a cualquiera de los más dispares menesteres que son necesarios para poner en las calles esa formidable maquinaria barroca, santo y seña de la cultura vernácula y sus expresiones populares, que es una procesión en la calle.

Hablar de las procesiones de Andalucía, en este caso de Málaga, supone describir una experiencia, expresar lo que pertenece al ámbito de la vivencias propias y de la fe, donde se acumulan sedimentos de religiosidad popular, tradición, historia, cultura, junto a las emociones y los sentimientos íntimos. Algo que trasciende a la atmósfera que rodea la celebración y a la propia percepción de los sentidos. En definitiva, una fiesta que para comprender hay que vivir.

Se trata de un acontecimiento realmente difícil de explicar con palabras.  El drama de la pasión de Jesús se escenifica de forma peculiar, con endulzada crudeza y un punto de surrealismo. Esa celebración, esperada y vivida cada año, es una suma de arte, devoción, fe, cultura, tradición y, sobre todo, de inclasificables sensaciones en la que la mayoría de los malagueños, con un indisimulado sentido de pertenencia a sus respectivas hermandades, de una u otra manera participan.

Cómo explicar la ilusión del niño que, por primera vez, o no, acompañará a Jesús entrando en Jerusalén a lomos de la borriquita, con su palma en mano, en una mañana luminosa de Domingo de Ramos.

Cómo definir el orgullo de saberse heredero de una tradición cinco veces centenaria, la honra que se siente al vestir el hábito nazareno de tu cofradía, ese mismo que llevan tus padres y que llevaron tus abuelos, o cómo transmitir lo que supone hacer estación de penitencia junto a tus hermanos desde la fila de penitentes, en la soledad del capirote, desde el anonimato que proporciona el antifaz, paladeando verdaderos “instantes de silencio” en unos tiempos donde todo es comodidad, ego y exposición, inmersos en un frenético vivir que concede escasas ocasiones para dialogar con uno mismo.

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Cómo expresar lo que siento cada noche de Jueves Santo, siendo los pies de la Virgen de la Esperanza, con la honda sensación de compartir durante más de siete horas el peso de su trono con mis hermanos, esos con los que convives el resto del año y que son como tuyos, agarrados allí abajo al travesaño, apretando los dientes, empujando hacía arriba, tirando de pundonor cuando el cuerpo ya no puede más, y así atravesar la madrugada juntos meciendo el paso al compás de la música, compartiendo fatigas, dolor y sacrificio, pidiendo juntos por los nuestros, y de fondo, casi como una ensoñación, oyendo vítores, aplausos y piropos de los que participan desde las aceras o los balcones.

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Cómo explicar (ortodoxia aparte) el escalofrío ante una muchedumbre que entona El Novio de la Muerte al paso de los tercios legionarios que acompañan al Cristo de la Buena Muerte en la tarde del Jueves Santo. O, en contrapunto, el recogimiento que te envuelve al contemplar a Cristo muerto sobre la losa del catafalco avanzando a los sones de la marcha fúnebre de Chopin, o a cualquiera de las hermandades de silencio del Viernes Santo dentro de la Catedral de la ciudad bajo sus altas bóvedas.

Y es que todo lo que rodea a una procesión roza lo inefable: la emoción de escuchar una saeta cantada desde un balcón al paso de un crucificado; la belleza de las vírgenes a bordo de sus tronos, verdaderos galeones empavesados de la Flota de Indias, con sus palios calados como celosías; el olor envolvente del azahar y del incienso o el latido común de los incondicionales que avanzan de espaldas, cara a cara con sus titulares.

Yo os invito a asistir mezclados entre la bulla por esas callejuelas de siempre, apartadas de las carreras oficiales, lejanas a las tribunas y los palcos de revistas, donde el pueblo reclama lo que es suyo y las procesiones, yendo o viniendo a sus barrios, se hacen menos envaradas. Cobra entonces protagonismo, tras la suntuosidad del oro y la seda de los guiones corporativos cargados de historia y del prestigio de los atributos pontificios, la tropa incondicional de los devotos, la fiel infantería de las promesas que alumbran, cada una con una historia a cuestas. Todo ese mundo zaragatero y enjundioso de la guapetona de mantilla y el capataz mandón de voz aguardentosa que dirige el paso.

Yo os animo a perderos en esa celebración única, a empaparos del maridaje natural y espontáneo que allí se produce entre lo culto y lo popular, entre lo sacro y lo profano, entre la liturgia que prescriben las rúbricas de los libros canónicos y la paraliturgia de la calle. Sólo en esas tardes únicas de marzo o abril, o en sus noches templadas, puede verse, junto a la púrpura cardenalicia de un prelado el botijo de un aguador; el mimbre de la humilde canasta junto a la opulenta presea de oro y esmaltes; el hábito tosco del que va de promesa junto a los elaborados encajes del roquete del acólito; el alzacable en fin, dando réplica al báculo episcopal, poniéndolo en su sitio, casi podríamos decir.

Si el cuerpo os aguanta, no olvidaréis nunca los encierros o recogidas, ya en la madrugada, donde rompen las olas de las multitudes y los tronos, sostenidos a esas horas ya mucho más por los corazones que por los cuerpos, son mecidos en medio de una trompetería gloriosa que envuelve el tiempo y el espacio en una escena de clamor y ensoñación, para verla y vivirla.

Esto que parece una invitación, efectivamente lo es a vivir con los ojos bien abiertos esa esplendorosa celebración, vibrante y única, que con pasión heredada y convencimiento adquirido, llamo en voz alta Semana Santa de Málaga.

Carlos I. Álvarez

@cazenavealvarez

* Fotos de @pepeclick

Viernes Santo en Erevan

Aquel Viernes Santo, Adam Gardarian no tenía ganas de levantarse. Eran las 7 de la mañana y, como cada festivo, sus padres le despertaron con prisa y pocas contemplaciones.

Sus padres, Bela y Elias Gardarian eran armenios y se habían establecido en Madrid en verano de 2006, cuando la burbuja coronaba la cima de aquella fiesta de ladrillo. Habían salido de Erevan, la capital de su país, con apenas una maleta de madera y dos fotos antiguas: una de los padres de Bela en abril de 1915, llorando y huyendo del genocidio a manos otomanas y otra del omnipresente monte Ararat al fondo, símbolo mágico para todos los armenios.

En el aeropuerto internacional de Zvartnots, Bela creía que la aventura no sería fácil, pero acariciaba su vientre y pensaba que cuando naciera Adam tendría, en todo caso, una vida mejor a la suya y la de sus antepasados. O, al menos, una vida en que alguna sonrisa trufara aquella maldición que ya duraba casi un siglo para su pueblo.

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Durante semanas, una vez en España, Elias sólo veía BMWs y hombres con corbata. Bela, por su parte, no veía más que mujeres bellas y niños limpios que olían a perfume mientras dejaban caer sus patucos al suelo. La alegría y el lujo, tan cerca y tan lejos.

Enseguida pudieron confirmar que su nueva vida estaría llena de obstáculos: al poco de llegar empezaron a oír la palabra crisis y, aunque querían creer al señor de las cejas picudas que sonreía y la negaba siempre por la tele,  la realidad comenzó a mostrarse tozuda.

Bela y Elias empezaron a discutir y a pelear por todo. Ninguno quería reconocer que su estancia en España estaba siendo un fracaso.

Al menos, la primavera de 2007 les regaló el nacimiento de Adam: un niño moreno y con los ojos enormes y siempre abiertos. Aunque olvidó traer su pan bajo el brazo, al menos logró unir temporalmente a sus padres, entre lágrimas y miseria.

Después de tres años de penuria madrileña, conocieron a un matrimonio chino, un poco más joven que ellos. Li Yun y Sheng también habían emigrado a España huyendo de la pobreza y la dictadura en busca del sueño europeo. Ellos sí lo lograron, después de mucho esfuerzo y humillaciones diarias: primero abrieron un pequeño ultramarinos en Lavapiés y, a partir de ahí, fueron construyendo un pequeño imperio de tiendas de todo tipo en distintos barrios de la capital. Buscaban locales que llevasen mucho tiempo cerrados, conseguían rentas bajas de los propietarios – deseosos de alquilarlos, por fín – y hacían su particular estudio de mercado de los espacios disponibles: ¡cuántas tardes de domingo – aprovechando su ratito de descanso – contemplando y apuntando todo lo que veían en la zona!: el movimiento, la pinta de la gente, la edad predominante, las razas… Sus intuiciones resultaron ser infalibles. Su capacidad de convertir percepción y observación en ideas y resultados, sencillamente envidiable.

Fue una tarde soleada cuando Sheng se sentó en un banco del Templo de Debod, en el extremo que dejaban libre Elias y Bela, aunque ella se levantaba cada poco para regañar a Adam cuando pegaba a otros niños.

Elias se lamentaba ante Bela de la vida que llevaban, de los sueños rotos y de la espiral sin ventanas en que se había convertido su vida de albergue y comedor social.

Sheng, que no era especialmente expresivo, le interrumpió y le entregó un papel con un número apuntado a lápiz y una frase escrita con letra de aprendiz de cuaderno de Rubio:

– Si quiere trabajar, llamar mañana (sic).

El día siguiente, al amanecer, Elias deambuló un buen rato hasta que encontró una cabina que funcionara. Depositó 50 céntimos y marcó el número de Sheng.

– Nos vemos en un hora en cruce de Ferraz y Rosales, cerca donde vimos ayer (sic)

Elias cogió el metro y sonrió, después de muchos meses. No tenía nadan que perder, ni siquiera miedo.

Sheng le explicó en qué consistiría su trabajo. Le enseñó el local vacío en la confluencia de ambas calles. Ellos no lo sabían, pero hacía 20 años ese lugar había acogido a un bar mítico llamado Muñoz, que congregaba a todos los niños bien de Madrid y que era famoso por sus medios cubatas en vaso muy fino que allí llamaban lagartos, sin que nadie acertara a explicar por qué.

Después de Muñoz, se había convertido en un Banco y, en los años depresivos había quedado definitivamente desocupado y tapado por carteles de conciertos de rock.

Sheng tenía ya las licencias necesarias para convertir aquello en un locutorio-librería. Cuando le explicó la idea a Elias, este se vino nuevamente abajo, pensando que quien necesita un locutorio no va a una librería ni viceversa. Pero Sheng estaba seguro de su éxito, también esta vez. Necesitaba una persona que estuviera presente 12 horas diarias, los siete días de la semana. Elias estaba conforme y el sueldo ofrecido le pareció casi un lujo.

De las obras de acondicionamiento se encargarían Sheng y algunos de sus empleados en otros negocios. Antes de un mes querían tenerlo todo a punto. Al despedirse, Elias le agradeció de corazón la oportunidad y le preguntó:

– ¿Por qué yo?, no me conoce de nada

– ¿Por qué no tu? Decías a tu mujer en banco que nadie te da oportunidad. Ahí tienes oportunidad, no desaproveches. No siempre hay dos (sic).

Elias quiso ver una sonrisa en los labios de su interlocutor y supuso que eso era un voto de confianza.

Antes de un mes, el local estaba en funcionamiento y mucho antes de un año, aquel local se había convertido en un nuevo éxito de Li Yun y Sheng. En gran parte, debido al trabajo de Elias y a sus ideas innovadoras. También a su carácter, que volvió a ser expansivo y sociable, como antaño; y a su café al estilo armenio, que logró hacer popular en aquella zona de Madrid.

Con el tiempo, el negocio prosperó tanto que Elias pudo comprar su primer vehículo, un BMW de segunda mano un poco destartalado que restauró con mimo hasta convertirlo en la niña de sus ojos.

Pasaron los años y aquel Viernes Santo de 2015, su hijo, Adam Gardarian no tenía ganas de levantarse. Eran las 7 de la mañana y, como cada día festivo, sus padres le despertaron con prisa y pocas contemplaciones. Bela había preparado ya los enormes termos de café armenio que su marido llevaría al negocio, donde lo repartiría gratis a sus mejores clientes.

– ¿Padre, cuándo podré dormir hasta tarde los días de fiesta, como todos mis amigos?

– Vamos, hijo, tenemos que ir al locutorio, se hace tarde. Un día, cuando puedas quedarte solo en casa. Ese día no tendrás que madrugar. Bela, ¡no olvides los termos!

– Pero ya soy mayor, ya puedo cuidar de mí.

Los tres cogieron el viejo BMW limpio y lustroso en dirección al local. En la calle olía a frío y a humedad.

En un cruce, de repente, apareció otro vehículo que se había saltado su semáforo. El impacto fue brutal. El café ardiendo se esparció por todo el habitáculo y a los pocos minutos llegó la ambulancia del Samur para tratar de rescatar a los tres heridos graves. El conductor culpable del accidente yacía muerto en el suelo.

En Erevan, a esa hora, una multitud se congregaba en la Plaza de La República y comenzaba a guardar 100 minutos de silencio, uno por cada año transcurrido desde el inicio del genocidio.

Javier Mourelo

@MoureloJavier

El corazón

La Semana Santa –o “Semana Mayor”– es la semana más importante del año para los cristianos, aunque ya no solo para ellos, sino para una tradición y una cultura –me atrevería a decir “civilización”– en la que todos los occidentales nos vemos inmersos y, cómo no, en nuestra España. Mas, celebrar la Semana Santa, es celebrar los acontecimientos centrales de la fe cristiana: la pasión, la muerte y la resurrección de Jesucristo; sin los cuales la figura de Jesús sería totalmente irrelevante para la fe e, incluso, para la historia.

patricio-alcaraz1Por otra parte, tanto creyentes como no creyentes, ven estos acontecimientos como algo irremediablemente pretérito, como una pieza de museo inmortalizada por nuestro gran barroco Salzillo. Y esta historia es tan actual… Y, sepan ustedes, no soy para nada dado a la sensiblería aprovechando el sentimiento religioso ni las circunstancias sociales de algunos. No quiero repetir el eterno cuento de que, si Jesucristo volviese a este mundo hoy, se le volvería a condenar como a tantos desfavorecidos y marginados por la sociedad. Si bien es cierto que hay que perseguir las injusticias, no me detendré en este argumento del que se ha abusado sobremanera. Jesucristo no tiene por qué volver. Y ha venido de una vez para siempre hasta que este mundo pase. ¿O no nos ha llegado? Y lo que le diferencia de los otros casos, que antes mencionaba, es que Él se ha entregado por voluntad propia, cumpliendo la voluntad del Padre. ¡Ah! Esto cambia cualquier pretendida validez y comparativa, nadie le quita la vida, sino que la da porque la entrega. Y su entrega se ha hecho de una manera tan perfecta que no necesita repetición de la jugada.

La Semana Santa no es un ver en diferido lo que ha pasado hace 2000 años, sino un actualizar aquellos hechos en nuestra época. Otros, parece que han quedado anclados en ciertos episodios y criterios dieciochescos de los cuales no se debe ni se puede salir, ciertas formas tipificadas de conducta y pseudotradición que solo deben ser conservadas en tanto en cuanto sigan sirviendo para aquello para lo que fueron concebidas, y no en un afán de reduccionismo y arqueologismo cristiano. Pensarán ustedes que soy contrario a ellas… Nada más lejos de la realidad, porque sirven. Ciertamente, la fe crea cultura, tanto que se puede afirmar que la fe no está bien integrada y asumida en una sociedad si no es capaz de crear cultura. La Semana Santa es algo eminentemente de fe, pero también es cultura, es historia.

Permítaseme hacer la simbiosis. El ser humano no está constituido en ciertos departamentos estancos al estilo cartesiano que no tengan conexión alguna entre ellos: el raciocinio, el sentimiento… O, peor, llegando a hablar de “mi verdad” o “mis verdades”, en un fracasado intento de averroísmo posmoderno disfrazado de tolerancia, respeto y convivencia. La fe y la cultura no tienen metas distintas, aquel “sentimiento” religioso que suscita una procesión de Semana Santa, para aquel que va a su encuentro –no para aquel que se la encuentra para llegar a otro destino, ¿o sí?–, tiene una única dirección.

10013622_583708715057997_775108802_nY, sí, he puesto “sentimiento” así, entrecomillado, porque vivimos en mundo sentimentalizado. El sentimiento no es malo, al contrario, es algo inherente al ser humano sano. Sin embargo, todo aquello que se tilda de “sentimiento” es minusvalorado, es algo que se siente, pero no tiene por qué ser verdad, es “su verdad”. Es indiferente el “sentimiento” religioso, ideológico, profesional, interpersonal o erótico, es un “sentimiento”. Ora se siente, ora no se siente. Yo prefiero hablar de certezas. Aquello en lo que se cree, es una certeza; aquello que se tiene como bueno, es una certeza; aquello que gusta, es una certeza; aquello que se ama, es una certeza. No es algo etéreo, abstracto y volátil, sino realidades por las que se llega a entregar toda la vida; incluso, a dar la misma vida. No son “sentimientos”, son certezas, son realidades, son Verdad. No se permita la minusvaloración de aquello por lo que se vive. No es mudable, no está sometido a cambio, es eterno.

La Verdad es eterna. Jesucristo ha venido a darnos testimonio de la Verdad misma, que es Dios. No es solamente un testigo, sino un comunicador de aquello que posee, nos entrega la Verdad. Comienza la traditio Veritatis, la entrega de la Verdad –del latín tradere. Las tradiciones no son meras costumbres histórico-sociales, sino la entrega de unas certezas a lo largo del tiempo, a lo largo de los siglos. Y la de Jesucristo es la Traditio traditionum y la traditio Traditionis. La primera, por su importancia, es la Tradición de las tradiciones. La segunda, porque es la entrega de la Entrega, lo que hace Jesús en la Semana Santa es entregarse, y entregarse del todo hasta la muerte. Así se hace solo con las realidades y certezas.

Qué bonito es distinguir lo distinguible. Ni “sentimientos” ni “tradiciones”. El lenguaje humano es capaz de engañarnos y avocarnos a falsas certezas. La Semana Santa no es un “sentimiento”, no es una “tradición”. Es una realidad, una certeza, del corazón del Hombre y de los hombres. Y, dirán, termina con el sentimentalismo del corazón… El “corazón” del ser humano son sus certezas más profundas, sus realidades más íntimas y, por ellas, da la vida. Ex abundantia cordis os loquitur (Math. XII, 34).

Francisco Gómez-Canoura

@fcogomezcanoura

240 pasos

I

PRELUDIOS Y LECTURAS

– Pero tú ya sabías que tu obsesión por ser Holden Caufield te iba a traer a lugares de mierda como éste ¿Verdad?

– ¿Por qué? Hablas del jodido Holden Caulfield como si no fuera algo que salió de una puta máquina de escribir. Además yo no quería ser Caulfield… Quería ser Salinger.

– O Capote, Orwell o…

– O cualquier autor ruso… O Sartre…

Ni siquiera podía situar Rusia en el mapa pero había devorado todos los libros que habían caído en sus manos de Goncharov o Gogol y sólo no saber dónde situar sus aventuras le hacía soltar una carcajada cada vez que yo le nombraba alguno de esos autores. ¡Mierda! No se cómo podía leer eso.

– Tú no eres de este lugar. Tú ríes.

– ¡Comportamientos prohibidos! Silencio ya.

La voz sonó tan hueca como siempre y nunca sabían, o nunca sabrían, si se trataba de un interfono individual o de un sistema de megafonía general. Y por supuesto, como no se especificaba el comportamiento prohibido concreto, tampoco sabían si la voz hueca salpicada de ruido de interferencias electromagnéticas era por ellos o no.

– ¿Por qué sabes que son interferencias electromagnéticas? Ni siquiera sabes dónde está Rusia. ¡Vete a la mierda!

– Me gusta esa palabra… e-lec-tro-mag-né-ti-cas.

Se giró media vuelta con el ruido metálico acostumbrado del somier y durmió mientras se mecía lentamente, como en una chalupa sin son. Aunque en realidad no se mecía.

II

FRASES

A base de frases. He alcanzado un punto tan absurdo que vivo de putas frases. Frases de odio a veces, de motivación diariamente pero de frases siempre. Y así es una vida de mentira. Muy parecida a un guión de película barata en el que se está inmerso desde hace años. A veces me viene a la cabeza Lombardi, otras Bielsa, otras la arenga de Aimè Jacquet a sus guerreros antes de saltar al campo en 1998 que una vez me pusieron en una de esas sesiones de adoctrinamiento.

Intentando vivir esos guiones de película se Serie B; hoy estás en un rancho con un caballo negro zaíno sobre el que cuidas el ganado. Mañana una aventura por algún lugar cuya ubicación ni conoces. Al siguiente… El caso es escapar. Y ahora también adormilado sobre un folletín de 240 pasos y de ver el cielo sólo mientras te asomas a la ventana por el hueco de un patio; Amplio, pero un patio. Son 240 pasos. Ni uno más. Pero este es real. Sales hacia la derecha; recto y giras a la derecha de nuevo; recto y giras a la izquierda; recta un buen tramo y giro de nuevo a la izquierda. Recto, todo recto y llegas al origen. 240 pasos.

III

CUARENTA Y OCHO HORAS

– ¿No te acuerdas? Ya te dije que te pasaría factura. Conmigo ocurrió.

– Contigo sigue ocurriendo… ¡48 putas horas! ¡Vete a la mierda ya!

– ¿Insinúas algo? ¿Eh? ¿Insinúas algo? ¡Dímelo!

– ¡Cállate de una puta vez loco de mierda!

– ¿Loco? ¿Yo estoy loco? Perdona por no estar a tu altura…

Me di cuenta de mi error. Su tono y su cara habían cambiado. Habían mudado completamente. Era tiempo de dejar que su ira se fuera igual que había venido, antes de convertir lo que él consideraba como una ofensa en el ataque de rabia y saña que ya había visto en otras ocasiones.

– ¡Comportamientos prohibidos! Silencio ya.

La voz volvió a sonar hueca pero más enérgica de lo habitual.

– Comportamientos prohibidos, comportamientos prohibidos, comportamientos prohibidos…

– Cállate idiota. ¡Nos vas a meter en un lío!

– Comportamientos prohibidos, comportamientos prohibidos, comportamientos prohibidos…

Su tono era cada vez más burlón y había entrado en un bucle de obcecación.

– Te pasaría factura, te pasaría factura, te pasaría factura… ¡48 horas! ¡48 horas!

– ¡Comportamientos prohibidos! Silencio o será sometido a tratamiento.

Inmediatamente su cara volvió a relajarse. Es como si hubiera tintineado la campana que daba paso a la salivación previa a la comida. Se tumbó en posición fetal y esperó el tratamiento mientras yo miraba desde el otro extremo. ¿Y yo era el culpable de todo eso?

– ¡Mierda! Estoy harto de esto…

No se lo dije a nadie, Lo solté al aire. Como se suelta muchas veces ese ¡A tomar por culo! Es verdad, me lo dijo, hace demasiado tiempo, pero me lo dijo. Me dijo que las cuarenta y ocho horas me pasarían factura pero en aquel momento yo era demasiado fuerte como para fiarme de un tipo que apenas conocía. Además alguien que te lo describía como una sombra negra no inspiraba demasiada confianza. Lo presentaba como algo que un día vendría a visitarme y no me soltaría. Lo cierto es que mi educación, quizá menos espartana de lo que yo mismo pensaba, me decía que, si venía, conseguiría huir… Pero 240 pasos no son suficientes para alejarse. Ni cuarenta y ocho horas.

Aunque quizá no fue mi educación, realmente no recuerdo cómo fue, quizá sólo fuera lo que yo quería ver de mí…

Seguía esperando el tratamiento, pero parece que la adrenalina del peor momento había desaparecido y estaba quedándose dormido. Aproveché para trasladarme a algún otro lugar.

pasillo-hospital-vacioEl ejercicio que me sirve es viajar. Viajar mentalmente a esos lugares en los que soy otro en un escenario diferente o ir mentalmente a aquellos lugares que eran comunes quizá, casi con toda seguridad, a buscar su sombra. Allí me llevó y allí vuelvo sin saber si lo hago por mí o porqué. Bueno sí, en realidad lo hago por mí; cada día es un reto y creo que voy ganando… Aunque sea mentira; porque sólo hay 240 pasos que dar… Cada rato que se intenta acortar pero no se puede. En realidad nunca ganas. En cada partido, cada día, cada momento dentro de otros momentos la verdad es que vas perdiendo algo… Y aquí hay que ser feliz el día que acaba en empate.

– No sé si podré aguantar las próximas cuarenta y ocho horas.

– A mí me dijeron lo mismo. Todo acaba siendo mentira menos este lugar y que somos unos mierdas.

Sí, realmente acaba pasando factura pero a unos más que a otros. Sólo lo pensé sin decir nada ni responder a su balbuceo. No hubo tratamiento y dejé que siguiera soñando. Abrí el libro y empecé a recitar de memoria en voz baja “Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar dónde van, yo salgo de donde estoy y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.”

@SMNacho