Fin de año

Tal vez porque yo no soy gitano, a mí los malos principios me tocan bastante las narices. Y mi debut oficial en la noche de Fin de Año fue desastroso.

IMG_1241Hay un episodio legendario, en Cómo Conocí a Vuestra Madre, en el que el personaje principal, Barney Stinson (sí, sí, Barney, no pensaría usted que era Ted Mosby  alias “el duditas”, ¿verdad?), convence a sus amigos para solucionar el conflicto que les tiene atrapados, tratando de decidir si acudir a una o dos de las cinco fiestas para las que están invitados, proponiendo ir a todas … Para lo cual alquila una limusina, con el gran Ranjit al volante.

La noche es un desastre, como no podía ser de otra manera, entre idas y venidas de los personajes, que no acaban de decidirse entre una fiesta u otra, y se corona cuando creen reconocer al cantante Moby, le invitan a subir a la limusina y, mientras se dirigen a la que suponen “la fiesta de Moby”, este saca un arma,  demuestra que nada tiene que ver con el personaje real, les roba y, cuando tratan de recuperar el tiempo perdido, acaban celebrando el Año Nuevo en medio de un atasco.

A falta de limusina, algo así me sucedió en mi debut. Había dos fiestas, a una de ellas iba una niña que me gustaba y, a la otra, todos mis amigos. Es obvio a cuál fui, teniendo en cuenta el orden de prioridades que teníamos con aquellas edades.

El amigo que nos invitaba era un artista de la negociación. Sólo así se entiende que convenciera a su padre para que celebráramos una fiesta de Fin de Año … ¡De Fin de Año, por Dios!, en su despacho. Para que luego digan que los padres lelos y permisivos somos los de ahora. Yo ni siquiera me imagino que esa posibilidad exista, hoy que tengo uno de cada. Es decir, un hijo y un despacho.

Así que, con mi bigotito incipiente, mi abrigo heredado que me sobraba por todos los lados y por supuesto traje, fiel al espíritu de Barney, aunque entonces no sabía que existiría, me dirigí a la fiesta del siglo, con esa euforia que se siente ante la novedad, esa emoción indescriptible propia de la ignorancia y, también, ese cabreo soterrado porque, a cada paso que daba, me alejaba un poco más de la otra fiesta, donde el que iba a ser el amor de mi vida, cuyo nombre injustamente no recuerdo, me esperaba con los brazos abiertos. O así.

La dirección del despacho transformado en sala de fiestas, tuvo que haber sido suficiente. Tamaña broma del destino debería de haber sido valorada por mí en su justa medida, pero yo entonces era muy joven e inocente, y me uní de modo entusiasta a la comitiva que se dirigía a la calle Santiago Bernabeu de Madrid.

Como es natural, todo fue un desastre. Había una chica por cada seis chicos, jamás vi a tantos frikis peleándose por ser ellos quienes pusieran la música. Incluso yo estuve tentado a hacerlo. La coca cola para las mezclas estaba colocada en botellas de dos litros, entre grapadoras y bolis bic, jamás podría reconocer las marcas de las botellas de alcohol –como si me hicieran falta, cuando por aquellos entonces, a mí me bastaba con pisar un par de chapas de cerveza para emborracharme- y todo en general era como cualquier cosa que se celebrara en una calle con ese nombre: triste, desolador, pretencioso, decepcionante.

Aún no se había estrenado la película en la que, su protagonista, vive la mejor noche vieja de todos los tiempos, la quintaesencia, el santo grial de las fiestas de año nuevo.

Seguro que lo recuerdan. Es Fin de Año, pero Harry no se ha vestido para la ocasión, porque está convencido de que no hay ocasión que valga. Quiere quedarse en casa, beber mil copas y ver doscientas películas, solo en la madrugada que diría Garci, pero siente el deseo de salir, y le vemos paseando por calles solitarias –quien no está ya en una fiesta, es porque se ha quedado en casa- con unos vaqueros, unas zapatillas, la primera cazadora cutre que ha encontrado y toda su tristeza. Se para ante los escaparates, cruza las calles sin tener que detenerse porque apenas circulan coches, se sienta en un banco, se levanta, vuelve a sentarse un poco más allá … Hasta que de pronto, algo en su interior explota, primero empieza a caminar muy rápido, enseguida se pone a correr al trote y, algo más tarde, ya lo hace en velocidad. Le ha costado más de una década, pero por fin se ha dado cuenta de que ese es el día-D, la hora-H, y que toda su vida se vendrá abajo si no llega antes de las doce a la fiesta en la que está ella.

IMG_1242Cuando Harry encontró a Sally marca un antes y un después, el encuentro entre ambos, en una fiesta de la que ella está a punto de irse, es la escena de amor por antonomasia, y que nadie me diga que es la de aquella del Empire State Building, simplemente porque no es lo mismo ser Cary Grant que Billy Crystal y, por lo tanto, el mérito es incomparable.

Lo curioso de mi caso, es que fue en el antes. Faltaban unos cuantos años para que la película se rodara, y Billy Crystal aún era sólo –o sea, ni más ni menos- el tipo que hacía de homosexual en Enredo. Pese a todo, me di cuenta de que no pintaba nada en el simulacro de fiesta de la calle innombrable y, junto a un amigo, salí a la calle dispuesto a llegar a tiempo a la otra.

La idea era buena, pero su ejecución no tanto. A falta de la limusina de Barney, recorrer andando algo más de dos kilómetros, de madrugada y con un frío de espanto, resultó ser una de mis peores ideas y, para cuando llegamos, ya no quedaba casi nadie en el otro lugar y ella, como se llamase, me miró con una mezcla de enfado y sorpresa y, cuando como premio a mi titánico esfuerzo, traté de iniciar ese amor para siempre, que había quedado aplazado unas horas por mi mala cabeza, su respuesta, para qué negarlo, fue original. No recuerdo su nombre, pero sí lo que me dijo, qué cosas:

  – Hace cuatro horas puede que sí, gilipollas.

Ante una calabaza tan descomunal, un caballero sólo puede cerrar los ojos, darse la vuelta y seguir su camino. Yo aún no lo era, no sé siquiera si lo soy ahora, pero mi instinto funcionó por una vez, y recorrimos otros dos kilómetros a bajo cero, hasta un bar que abría muy pronto y, a falta de fiesta, amor o lo que tocase, bebida y sentido común, al menos pudimos cumplir con el rito del chocolate con churros. Algo es algo.

Desde entonces, mis fiestas de fin de año mejoraron ostensiblemente. Era complicado que empeoraran. Las hay incluso memorables. Pero no, no, no han hecho de mí lo que se dice un entusiasta del fiesteo porque toca, del fiesteo porque sí.

Escribe Fernando Schwartz en la revista Gentleman que, lo que le gusta de los comienzos de año, es lo mismo que le fascina de los principios de las cosas, porque contienen un inmenso interrogante, una emoción incierta y la belleza de lo que puede ocurrir, bueno o malo.

Así que me encanta despedir cada año y darle una alegre bienvenida al nuevo. Esto es así y además, es curioso, según voy cumpliendo años, cada vez es más navideño el día, cada vez se parece más, por lo señalado, porque lo vivo junto a mi familia y porque lo comparto también con mis amigos, a la intensidad con la que siempre he esperado cada año la Nochebuena. Cuando ordeno las fotos, tengo dificultades para distinguir las de ambas noches, como si se tratase de las mismas escenas, rodadas dos veces. Es el placer de lo felizmente repetido.

IMG_1243Tal vez, algún día, me vea en medio de una fiesta monumental, con cualquier dictador de zarzuela escapándose por la puerta de atrás, mientras la música suena agarro por el cuello a ese hermano que no tengo, le beso en la boca y le susurro, luego le grito:

 – ¡Me partiste el corazón!. ¡¡ME PARTISTE EL CORAZÓN!!.

Mientras tanto, el encanto de cada Año Nuevo es el de mirar a mi alrededor, mirar a los ojos, dar gracias a Dios y desear que nada se rompa, que dentro de un año pueda volver a estar rodeado de la misma gente, mirando los mismos ojos, dando gracias.

 Francisco José Estévez Hernández

@FranOmega   Ω

Deseos para el Fin de Año

Tengo el placer y el gran honor de escribir mi último artículo del año para todos nuestros lectores de ‘El Calzador’. Me encomiendo a esta tarea con el máximo cariño para vosotros, deseándoos los mejores deseos para el año que hoy termina y también un feliz Año Nuevo con salud para todos.

Tras haber transitado por los 364 días de este 2015 me doy cuenta de que ningún año es como el anterior, como tampoco hay dos meses o dos días iguales. Esto forma parte de la grandeza de la vida, para los que tenemos la suerte de haber vivido y seguir viviendo en ella. No imagino cosa más apasionante e imprevisible que el hecho de vivir.

Permítanme que detenga los recuerdos de este fin de año para concentrarme tan solo en los deseos del presente, en todo aquello que me gustaría que sucediera aquí y ahora.

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Hoy, 31 de diciembre de 2015, quiero comenzar el día felicitando a mi madre, porque tal día como hoy hubiéramos apagado junto a ella las velas por su cumpleaños, una celebración que, por desgracia, dejó de repetirse hace ya 20 años, por culpa de aquel maldito ictus que se la llevó para siempre. No obstante, un año más, aquí seguimos encendiendo tus velas para que continúes cumpliendo todos tus deseos desde el cielo, que también son y seguirán siendo los míos, los nuestros. Este primer deseo, me gustaría hacerlo extensivo a todas y cada una de las personas que, como vosotros, también echáis de menos a algún familiar querido. A todos los que se fueron y, como mi madre, nos siguen velando desde el cielo, para que sus almas sigan descansando en paz.

Lo segundo que me gustaría que sucediera hoy es no ver a ninguna persona en el mundo sola ni desamparada. Hoy, es la continuación del ayer y el preludio del mañana. En este fugaz tránsito por la vida se vive de muchas maneras. Hay circunstancias que nos llenan de felicidad, otras veces nos resulta complicado avanzar. Alegrías, penas, tristeza, felicidad, todo ello forma parte del transitar. Pero, hoy, quiero concentrar todas mis fuerzas y las de todos vosotros para hacer posible que nadie se sienta solo ni desamparado, para dar a todo el mundo la oportunidad de poner a cero sus marcadores de tristeza y puedan terminar el año, si quiera con una sonrisa en sus rostros, al menos con un buen puñado de posibles sueños por cumplir para el Nuevo Año.

El tercer deseo que me gustaría se cumpliera es que todos los que estén pasando por una enfermedad, como el cáncer u otras graves dolencias físicas o psíquicas, especialmente todas las niñas y niños que están pasando por esta dura experiencia en la vida, se recuperen y terminen el año lo mejor posible, afrontando un 2016 con esperanzas, cargado de fuerzas y energías para superar muy pronto sus enfermedades.

Mi cuarto deseo para este casi agotado 2015 es que no volvamos a lamentar, en ningún rincón del mundo, un acto de terrorismo ni de violencia frente a víctimas inocentes. Pido con toda firmeza que se acabe el odio en el mundo. Grito con fuerza que ningún hombre, mujer o niño inocentes, sean oprimidos, perseguidos ni asesinados. Deseo ver un final de año y continuidad de vida, posterior a este día, limpios de cualquier gota de sangre derramada, no quiero volver a ver ni un solo acto de crueldad más.

Por último, y con el fin de no abarcar demasiados deseos que pudieran dificultar el cumplimiento de aquéllos, mi quinto deseo es para que todos los nuevos amigos que han llegado a nuestras vidas se mantengan en ellas, igual que aquellos que ya se encontraban a nuestro lado, ojalá sepamos darles lo mejor de nosotros para que así sea. Y, por supuesto, deseo que otro de los pilares fundamentales de esta vida, nuestras familias, sepamos también cuidarlas con respeto, amor y generosidad, puesto que, tal y como dijo el ensayista André Maurois: “Sin una familia, el hombre, solo en el mundo, tiembla de frío”

Estos son los cinco deseos que hoy comparto con los lectores de El Calzador, me encantaría que se cumplieran. Mientras tanto, deseo para todas las personas de bien, para todos ustedes, un muy feliz Fin de Año y un próspero 2016.

Autor: Carlos D. Lacaci
@Lacaciabogado

Probablemente

“Las musas se han ido a Las Vegas a celebrar la Nochevieja, probablemente, no volverán”

El tiempo pasa y cada uno de vosotros, queridos lectores, sabéis como hace mella en esto que llamamos vida. Dejo para más adelante, y no enredarme en los tópicos de siempre, las aspiraciones personales propias de la fecha.

Como planeta y sociedad avanzada (bendito eufemismo) cerramos un mal año. Puede que este sea un post melancólico, consciente de no presentar la mejor aproximación a la Nochevieja donde debería hablar de fiesta hasta el amanecer y la búsqueda de cuerpos extraños para entrar en el año nuevo acompañados. Será la influencia de un año gris o que ya no tengo edad para plantearme una noche larga o pasar frío en calles repletas de gente que van y vienen o entran y salen de locales donde el perderse es negocio.

Hace exactamente cien años los habitantes de Las Vegas eran treintaimage personas; el año nuevo se celebrará allí con millones de dólares gastados, otros tantos de alcohol y miles de acompañantes pagadas para hacer gala de que lo que ocurre en Las Vegas, se queda en ellas. Puede que un buen colocón fuese la mejor manera de olvidar este año horrible donde el ser humano ha sacado a relucir sus maldades.

No es necesario recordar acontecimientos que en un entorno bélico o no nos habrán hecho llorar o sufrir la rabia y el dolor de la impotencia. Así que espero que para el 2016 no caigamos en los absurdos propósitos de adelgazar, saludar a la vecina borde o ir al gym a ponernos guapos.

Este mundo extraño nos habrá llamado para actuaciones menos altruistas donde el talento puede cambiar el curso de nuestras vidas. Porque no todas las cosas, noticias y acontecimientos tienen que ser malos. Así me lo pareció cuando el otro día descubría un vídeo de esos que se convierten en virales, que se comparte la gente y que provoca un éxtasis similar a las noches de fiesta y las altas horas de la madrugada. Dos desconocidos pueden tener mucha fuerza, basta con que sus talentos fluyan y su interés sea conmover a los demás. Se me ocurrió tuitear, muy entrada la noche, lo siguiente: “Poned pianos en las estaciones, dejad que los artistas compartan locura, que las musas salgan, son tiempos grises…”

https://www.youtube.com/watch?v=4I_NYya-WWg&feature=youtu.be

Ahora pienso que probablemente no haya piano en las calles o estaciones porque los robarían, que los locos y lunáticos, entre los que me incluyo, siguen estando mal vistos a pesar de que cada vez se publiquen más fotos de la Luna. Y ya no diré nada de las musas, escasean y puede que tras la fiesta de Las Vegas decidan quedarse porque cuando están aquí se entregan a la monotonía de la oficina, los niños o contemplar a un marido que hace ya un tiempo se olvidó de ellas.

Me iba a permitir unas líneas aludiendo a lo personal , o sea, las promesas y los propósitos de nuevo año que duran poco y que ponen en evidencia nuestra capacidad de cambio. Vivimos relativamente bien y, probablemente, entendamos con el paso de los días que es mejor no cambiar, que las cosas no van tan mal y que la fortuna, salvo que aspiremos a sacar la Bonoloto, está a nuestro lado.

Podemos no obstante intentarlo, tocar el piano o disfrutar de los sonidos para entender que existe y que podemos generar belleza. Cada uno tiene sus talentos y la lucha está, precisamente, en que estos tiempos grises no los oculten. No soy pesimista y aunque no lo parezca tampoco quiero ser realista. Porque si tuviésemos un corazón de hierro, probablemente no sufriríamos. Y el miocardio y el epicardio se contraen, expanden y palpitan al ritmo que nosotros queramos.

Con el tiempo entendemos mejor las cosas y el corazón late de otra manera. Se cierran las puertas de las discotecas y se abren las del entendimiento. Una Nochevieja en compañía de amigos o tal vez serena con un libro en las manos. Preparados, con el cambio de ciclo –sea solos o acompañados- para entender los misterios de esta vida. Una vez, y para siempre, plasmó Gil De Biedma un pensamiento del que parcialmente difiero “que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde -como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante”.

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La juventud no valoramos la vida sino los días del presente, porque la dimensión del teatro es apenas inexistente. Días que en definitiva son parte de nosotros, que tornan 2016, que nos gobernarán y gobernaremos, que quedarán como algunos versos que tal vez compartía aquel poeta joven durante aquellos paseos de pueblo con su amigo, mi padre, en aquella Mallorca de los años cincuenta. Porque ser poeta es soltar al volar pájaros que nunca desfallecen: “Allò que passa és la mort/i això que queda és la vida”. Dejaba claro que los versos son un ejercicio de condensación: “Aquello que pasa es la muerte/ y esto que queda es la vida”. Traducido a un post de blog diríamos que muere un triste 2015 y vive, con el reto de ser mejor, un 2016. O vivimos nosotros, bendita osadía.

Juan Franch Fluxà

@otramallorca

Balance

Cinco minutos bastan para soñar toda una vida,

así de relativo es el tiempo.

Mario Benedetti

 

Con doce campanadas ponemos fin a 365 días de nuestras vidas. Y aunque hayamos querido hacer balance de lo que nos ha pasado a lo largo del año, es en esos segundos cuando somos realmente conscientes de que ha sido un año en el que hemos reído, llorado, añorado o esperanzado por algo, por alguien, por todo, por nada.

En esos segundos pasan por nuestras cabezas esas ausencias tempranas que nos duelen en lo más profundo de nuestros corazones, esas llegadas de nuevas risas que han hecho que nuestras caras se iluminen, esas metas alcanzadas con mucho esfuerzo o esos cambios de planes que hemos tenido que ir aceptando para recomponer nuestra agenda y modificar el rumbo de nuestros pasos.

En medio de esas doce campanadas somos conscientes de lo que queríamos haber hecho o dicho y no hemos podido, querido, sabido hacer o decir. Y ahora es tarde aunque quizás, no lo sea. Y he ahí el primer propósito del nuevo año: no dejar de hacer o de decir aquello que piensas, quieres, deseas o sueñas.

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De repente, entre uva y uva, caemos en la cuenta de esos momentos robados al disfrute, a la familia, a la amistad, al amor y nos hacemos el segundo propósito del año: voy a trabajar menos, salir, reír y pasar más tiempo con la familia, con los amigos. Voy a planificarme mejor, dedicarme más tiempo porque la vida son dos días que se pasan en un suspiro, porque fíjate fulanito o menganita que, en la flor de vida, cuando lo tenía todo y estaba en el mejor momento, se ha quedado en el camino y no puede ser, así que…, hay que vivir más y mejor, y este año lo voy a hacer.

Mientras vamos escuchando las campanadas, tragando a la carrera las uvas, miramos de reojo a los que están a nuestro lado y sentimos que nos emocionamos porque, un año más, están ahí: tus padres están mayores, los miras con ternura, con cierto miedo porque el tiempo pasa y sabes que algún año los echarás mucho de menos y ya no habrá marcha atrás. Miras a tus hijos y sientes un escalofrío recorriendo tu espalda porque sabes que, en cierto modo, su felicidad, su sonrisa, su futuro dependen de ti. Miras a tu pareja y sientes que el compañero que elegiste y que te eligió para compartir la vida sigue ahí, a tu lado y que, quizás, hay que hacer más por cuidar la relación porque en este año no siempre has estado a la altura de lo que se merecía o quizás sea él o ella quienes no han sabido estar al nivel que necesitabas. Hay que hablar más o quizás menos para escuchar más y mejor. Miras a tus amigos y sonríes porque siempre están ahí, en lo bueno, en lo malo, siempre incondicionales. Y aunque no quieres que nada enturbie ese minuto en el que estás entrando en el nuevo año sientes las ausencias que aún, a pesar del tiempo que ya ha pasado, no has asimilado.

gdfSiguen las campanadas y, si a estas alturas no nos hemos atragantado con las uvas, con las risas o con las miradas, vamos sintiendo que se cierra un año en el que quizás no hemos cumplido todo lo que nos propusimos pero ¿y todas esas cosas a las que hemos ido haciendo frente y que no estaban previstas?. ¿Esas no cuentan?. Quizás no nos hemos apuntado al gimnasio o quizás sí, aunque a los dos meses lo dejamos. Quizás no hemos dado el paso definitivo para cambiar una situación que nos producía desasosiego, amargura o insatisfacción pero la hemos sorteado con más cintura que el año anterior. Quizás, quizás, tantos quizás se te acumulan pero nadie puede negar que, al fin y al cabo, no ha sido un mal año.

Y van terminando las campanadas y en el albor del mordisco a la última uva sentimos que la ilusión, la felicidad, la esperanza nos va llenando por dentro. Y al acabar, copa en mano para brindar, nos sentimos pletóricos de energía para empezar el que, otro año más, será el año de nuestras vidas. Sí, sin duda, un gran año.

¡Feliz Año Nuevo!

Carmen Pérez Andújar

@CPEREZANDUJAR

El espíritu de la Navidad

En la noche del 24 de diciembre de 1914 los ateridos soldados alemanes entonaron Noche de Paz desde sus trincheras. Sus homólogos ingleses respondieron, como no podía ser de otra manera, con otros tantos villancicos en su lengua. Olvidando la crueldad y crudeza de aquella guerra, al cabo del tiempo varios soldados alemanes salieron desarmados de sus trincheras caminando hacia las posiciones enemigas con los brazos en alto. A su encuentro salieron unos cuantos ingleses y al poco la tierra de nadie se había convertido en un hervidero de soldados intercambiando licores, chocolates, cigarrillos y conversaciones.

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Al día siguiente semejante situación se volvió a repetir, en otros puntos del frente occidental se produjo ese día por primera vez pero en las mismas condiciones como lo atestigua una carta del oficial británico Alfred Dougan Chater: “Creo que hoy he presenciado uno de los espectáculos más extraordinarios que nadie ha visto nunca. Hacia las 10 de la mañana, estaba asomado por encima del parapeto, cuando vi a un alemán agitando los brazos e inmediatamente a dos de ellos saliendo de su trinchera y acercándose a la nuestra. Uno de nuestros hombres fue a su encuentro y, en un par de minutos, el terreno entre las dos líneas de trincheras era un hervidero de hombres y oficiales de ambos bandos, dándose la mano y deseándose una feliz Navidad. Intercambiamos cigarrillos y autógrafos, y algunos tomaron fotos” 1. En aquel hermanamiento recogieron a sus muertos, realizaron oficios religiosos comunes e incluso les llevaría a jugar incluso partidos de fútbol.

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Exactamente treinta años más tarde, tres soldados estadounidenses vagaban por un nevado bosque, buscando a su unidad tras la arrolladora ofensiva alemana de las Ardenas. Estaban en la oscuridad, desorientados, muertos de frío, rodeados de enemigos y encima uno de ellos había sido herido. Con este panorama se toparon con una casa a la que acudieron buscando refugio. Allí vivían una madre y su hijo Fritz Vincken, que los acogieron a pesar de las terribles represalias que podrían sufrir. Mientras se calentaban, tomaban algo y atendían al combatiente herido, se presentaron allí otros tres soldados alemanes pidiendo también pasar la Nochebuena a cubierto. La madre les indico que tenía otros tres invitados que no eran amigos suyos y que si querían pasar debían dejar las armas fuera de la casa como así harían los norteamericanos. Tanto unos como otros aceptaron dichas condiciones y los alemanes entraron también en la casa. Allí se presentaron, intercambiaron cigarrillos e incluso los germanos se ocuparon de curar al herido enemigo. Se sentaron a la misma mesa para cenar, bendijeron los alimentos y pidieron juntos por todos ellos. Lloraron. “Fue un momento precioso” dijo Fritz. Así pasaron la Nochebuena, en ese ambiente de amistad, esas ocho personas durmieron bajo el mismo techo. A la mañana, día de Navidad, los soldados alemanes indicaron a los estadounidenses cómo llegar hasta las líneas aliadas 2.

Se podría decir que la festividad común o la necesidad de buscar al otro motivaron estos dos acontecimientos. Pero a mí me gusta pensar que todos los hombres poseen algo que ni la peor de las guerras puede borrarles y que, llegado el caso, emerge sin remedio: la bondad. Todos esos soldados la tenían, querían hacer el bien a aquel que tenían enfrente aunque les había intentado matar.

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Cuando se acercan estas fechas siempre pensamos en las cenas, comidas, fiestas y regalos. Injustamente la Navidad se ha llevado las etiquetas de comercial y frívola. Sin embargo a mí me gusta pensar y siento que la Navidad es una época para ser bondadoso, ser amable y hacer el bien a los demás en nuestro día a día. Nos recuerda lo que deberíamos ser siempre. Por eso sólo pensar en que seamos capaces de repetir algo así año tras año, me reconcilia y da fe en nuestra especie. Si no me creéis os he dejado dos imposibles y emocionantes ejemplos. Os deseo una muy feliz Navidad.

@goyix_salduero

Links de interés para estas fiestas:

Joyeux Noel (película)

Tregua de 1914 (documental)

Noche de paz, noche de tregua (artículo)

Silent Night (película)

Nochebuena de 1944 (documental)

Oh, laica Navidad.

¿Qué queda de la Navidad de nuestra infancia? Aunque no sea tan mayor como Gude (esto por hacerme de nuevo el lío para escribir en este especial), ni siquiera como Cazorla, soy de la generación de la EGB y estoy en el ecuador de los treinta.

Había una Navidad que empezaba allá por el sorteo de la lotería (día tmido porque daban las notas en el colegio y en el primer trimestre nunca salían bien), una fiesta que, como muy pronto, comenzaba a prepararse en los días de la Constitución y la Inmaculada, cuando se aprovechaba para poner el Nacimiento, el arbolito de Navidad y decorar la casa.

ninos_toman_calleRecuerdo navidades de villancicos en familia, con sus panderetas y zambombas. Del día que cada año se dedicaba a visitar los principales belenes de la ciudad, o del día de los santos inocentes donde con los amigos de la infancia salíamos a la calle (no había móviles, nuestros padres no sabían donde estábamos y no pasaba nada) y nos dedicábamos a hacer toda clase de travesuras y trastadas.

Ahora me da la sensación de que apenas se decoran las casas por Navidad, probablemente pocas pongan el Belén, y acaso cuando hay niños la cosa queda reducida al árbol; que los villancicos son una tradición en peligro de extinción y que los niños ya no juegan en la calle.

La Navidad de hoy ni siquiera empieza en días de diciembre sino que, fruto de ese ansia de adelantarlo todo, de unos años a esta parte, para el subconsciente colectivo la Navidad empieza el 27 de noviembre con el irremediablemente impuesto “Black Friday” que viene a coincidir con el encendido del alumbrado en pueblos y ciudades.

Y desde ahí, pistoletazo de salida, todos como locos a la calle que es vorágine, a comprar y comer, porque al final la Navidad viene quedando reducida a eso, comprar y comer. Comer con todos los grupos de amigos o conocidos que uno tenga alrededor, los del colegio, la universidad, la comida del trabajo (la oficial y la oficiosa) y los de cualquier otro entorno, como si no hubiera un mañana ni más fechas después de la Navidad.

Y es que el ritmo de vida de este primer mundo nos lleva a todo trapo, con la lengua fuera, invitando a pensar poco, en una sucesión de fechas marcadas en el calendario, la Navidad entre ellas, en una continua sensación de no haber empezado y ya haber terminado, de no haber llegado y ya habernos ido.

Llegamos a estas fechas con ganas de celebraciones y de encuentros, sin paramos demasiado a meditar qué celebramos. A menudo nos echamos las manos a la cabeza cuando desde el Ayuntamiento de turno se habla de invenciones tales como las fiestas de bautismo o comunión civil, pero, ¿acaso no se ha convertido la Navidad en una fiesta civil más, despojada de verdadero origen y significado? Qué tiene que ver todo con la esencia de la celebración de la Navidad que significa Nacimiento, fiesta cristiana que conmemora la venida al mundo de Jesucristo.

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En fin, aunque no lo parezca por el tono un tanto pesimista de hoy, más bien melancólico por aquello de ir dejando atrás aquellas Navidades del niño que fui, estoy en el lado de los que disfrutan mucho la Navidad y, ¿cómo no?, también soy de los que cae de lleno en la espiral de excesos de estos días pero, eso sí, sigo cantando villancicos aunque sea solo en el coche o en la ducha, y es que como dice el maestro Franco Battiato, “Ci vuole un altra vita”.

Carlos Álvarez Cazenave

@cazenavealvarez

A la carrera

Mierda, se ha hecho tardísimo. Bueno, no es tan tarde… ¡qué razón tiene la abuela con eso de que ya se van notando los días! (Sonríe) “Así e todo, xa se van notando os días…” ¡Desde julio lo recita la tía, cada año! (Se ríen los dos)

No vamos a llegar. Dijiste que saldrías temprano, que de las dos no pasaba, que después nos comemos el atasco de todos los años, y son más de las cinco… Otro año más a las carreras. Con este tiempo de perros. Un día vamos a tener un susto. Mejor no digo nada, por tener la fiesta en paz.

Ey, ¿qué te pasa? ¿Qué cuentas?

Nada. (Sube la radio)
No estarás enfadadada, ¿no? (Baja la radio)

Que nada, ya está.

Vale, muchas gracias. Sabes que quería arrancar pronto, joder, no he podido escaquearme antes.

No me toques las narices… Que ya está, no pasa nada.

Joder… Empezamos bien, y lo peor es que tiene razón. Todo el mundo ha dejado el curro colgado y yo, otro año que me caen los marrones.
Vale, lo que tú digas, empezamos bien el viaje.
“Hola mamá, estamos saliendo ahora (…) Sí… Ya… Tuvimos un par de imprevistos y no pudimos salir antes, xa sabes… (…) ¿Me oyes bien? Ah, nada, es que estábamos pasando un túnel. ¿Qué decías? (…) No sé, de tráfico pinta bien pero está un día de perros… Llegaremos tarde eh (…) No, no, empezad sin nosotros, de verdad, llegaremos tardísimo. ¿Mamá?” Joder, se ha cortado… ¿Puedes escribirle a mi madre y decirle eso, que no nos esperen, que avisamos cuando estemos a una hora o así?

¿Cómo no nos van a esperar hoy? (Escribe en el móvil) Ya se lo he dicho.

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Madre mía, aún no nos hemos puesto del todo en ruta y ya está durmiendo. Bueno, mejor. (Apaga la radio) Menudo año, y menudas semanas. Entre unas cosas y otras… Llevo semanas sin dormir hasta que me apetezca, sin pegarme una mañana de sábado en la bañera, sin… Joder, sin hacer nada. Menudo ritmo, normal que estemos siempre de uñas. (Sonríe) Qué manera de sobar, qué pena no poder sacarle una foto.
A ver si mañana está buen tiempo para ir a correr con papá. Ostras, creo que no he metido el chubasquero… No sé si ésta se habrá acordado. A ver si no qué hacemos allá estos días, que seguro que no hay nada abierto hasta el lunes. Qué coñazo…
Qué paliza de viaje, cada vez apetece menos, y a éstas horas vaya…
¡Buenos días! (Se ríe) Vaya siesta te has pegado, estamos a… ¡a setenta kilómetros!

¿Ya? Joder… ¿A qué velocidad has ido?

Qué va, si he ido súper tranquilo. No ha habido tanta nieve como esperaba, pero aún así es tardísimo.

Bueno, no pasa nada. ¿Escribo ya? ¿Qué tardamos? ¿Media hora? 

Sí, más o menos. ¿Qué tal has descansado?
Bueno, bien. ¿Cómo vas? ¿No has parado?

Una vez, pero poquito. ¿Ni te has enterado?

¿En serio has parado? (Estalla en carcajadas) Tus padres se van a pensar que soy una empanada…

No mujer, ya lo pensaban de antes.

(Ríen los dos. Él enciende la radio, pone a Lennon)

Menuda roña, pon la radio anda. (Pone la radio) Ha escrito tu madre, que no aceleres que han aprovechado para echar siesta, todavía acaban de llegar tus abuelos. Madre mía, vamos a acabar a las mil… No veo a mis padres hasta mañana. Voy a llamarlos para felicitarlos al menos. (Baja la radio) “¡Hola mamá! (…) ¿Estabas en cama? ¿¡¿Pero no habéis cenado?!? (…) Jo… Lo siento, es que hemos salido tardísimo, no imaginaba que os acostariais tan temprano hoy. (…) Bueno, entonces nos vemos ya mañana… (…) Vale, igualmente mami, un bico.” Joder, mis padres ya se habían acostado. Estoy flipando… Han cenado solos. ¿Qué? Hombre, ¡me da rabia que hayan cenado sólos hoy!

Vale, vale. No he dicho nada.

Mañana tenemos que ir temprano a dar una vuelta con ellos, no podemos ir directos a comer.

Joder, adiós plan de salir a trotar, llueva o no.

Ahora ya han cenado solos… Joder. (Un par de lágrimas)
(Él le posa la mano derecha en su muslo derecho, intentando calmarla)
(Llegan)
Joder. Qué pocas ganas de cenar, lo siento… Menuda está cayendo, coge tu chaqueta en el maletero que te vas a poner fino.

Vaya plan… ¿Qué chaqueta?

El chubasquero de correr, que te lo habías dejado en casa.

(Sonríe) Está en todo.
(Timbra) ¡Feliz Navidad, familia!
(Suena la llave, se abre la puerta y estalla en carcajadas) ¿¡¿Y ustedes?!?

(Rompe a llorar) ¡¡¡Mamá!!! ¡¡¡Papá!!! (Los abraza) ¡Sois imbéciles! (Sonríe) ¿Tú lo sabías?



Sabes de sobra que lo he montado todo… (Sonríe) ¡Qué va! Son impredecibles ustedes, eh… Bueno, vayamos adentro. Vamos, ¡que a este ritmo en vez de cenar desayunamos!

Entran al calor de la cocina, charlando. Es tarde pero están, un año más, todos alrededor de la mesa. Feliz Navidad.

Luís Teira
Becario navideño.