Síndrome de bondad

Queridos lectores, les pido en esta ocasión una licencia para aprovechar un artículo que en su día escribí con ocasión del Día Internacional del Síndrome de Down para traerlo ahora al blog de El Calzador. La decisión que me ha llevado a reproducir y compartir con todos ustedes estas líneas responde a las siguientes razones:

Por un lado, como ya habrán podido leer los más asiduos a estos “momentos de silencio”, en la pasada publicación del 3 de junio https://elkalzador.wordpress.com/2015/06/03/fiesta-benefica-el-calzador/ los miembros del Consejo que formamos El Calzador, hemos organizado una fiesta benéfica que se llevará a cabo, D.m., el día 4 de julio, con un doble propósito: Agradecer el cariño y el apoyo de todos nuestros lectores y de los colaboradores que han aportado sus excelentes escritos en esta primera temporada. Y, en paralelo, recaudar fondos para una causa tan justa como necesaria, cual es la de ayudar a las personas con capacidades diferentes, a través de la Fundación Garrigou http://fundaciongarrigou.org , para intentar ayudarles en su formación y dotarles de medios para que consigan un presente y un futuro menos difícil.

Por otro lado, aunque cuando se conmemora el Día Internacional de la causa que sea, entendiendo aquélla como justa, se contribuye a concienciar a la sociedad y a apoyarla, no es menos cierto que este tipo de causas no deben ser flor de un día. Las personas con capacidades diferentes, merecen un apoyo, respeto y cariño, todos y cada uno de los días del año.

El artículo que aquí les traigo, fue publicado en Neupic https://neupic.com/articles/sindrome-de-bondad , se titulaba: “Síndrome de Bondad” y decía así:

“La pasada semana se celebró el Día Mundial del Síndrome de Down.

Carlos D. Lacaci

La propia Asamblea General de las Naciones Unidas quiso aumentar la conciencia sobre esta cuestión y para ello fijó la fecha del 21 de marzo en el calendario colectivo para recordar la dignidad inherente y las valiosas contribuciones de las personas con discapacidad intelectual como promotores del bienestar y de la diversidad de sus comunidades.

También se resaltó la importancia de su autonomía e independencia individual, en particular la libertad de tomar sus propias decisiones. Esta iniciativa supone no sólo un gran acierto por parte del organismo internacional sino que, además, significa un necesario y justo paso adelante para la protección de los derechos humanos.

Cualquier país en el mundo que respete los derechos fundamentales se habrá dotado de un conjunto de normas que protejan la igualdad y el derecho a no discriminar a ninguna persona por razón de su nacimiento o cualquier otra condición o circunstancia personal. En la cúspide de esa pirámide normativa, la Constitución, como norma suprema del ordenamiento jurídico, así lo prescribe.

En el caso de nuestra Carta Magna, podemos leer en su Art. 10: “La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social” y en su Art.14: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”

Pues bien, lo más importante, a mi modo de ver, no es tanto estar a lo que dice la ley, que también se debe hacer, sino entender y comprender la mirada, el corazón, los sentimientos y la inteligencia de todas las personas que tienen esta combinación cromosómica natural, denominada como trisomía del par 21 o más habitualmente como Síndrome de Down, por el nombre del científico John Langdon Down, que fue el primero en describir esta alteración genética en 1866.

Cuando observemos y comprendamos a una persona con esta alteración cromosómica nos daremos cuenta de que no son iguales. Efectivamente, son diferentes a muchos de nosotros (los que no tenemos esta combinación cromosómica alterada).

Así es, las personas que he conocido con síndrome de Down son más sensibles y trabajadoras, se esfuerzan por aprender cosas nuevas con más ilusión y entusiasmo, realizan cualquier actividad encomendada con mucho más cuidado del que yo mismo pongo en mis tareas cotidianas…

Cuando observen a un niño o adulto con síndrome de Down mírenle bien, verán como la única diferencia que ahora perciben es que son mejores que muchos de nosotros, sobre todo, por carecer de malicia, por su bondad infinita.

Sirvan estas líneas escritas para expresar mi respeto, admiración y reconocimiento para todas estas personas que me transmiten un infinito Síndrome de… Bondad”

Autor: Carlos D. Lacaci

@Lacaciabogado

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Abrígate

Estimados lectores, hoy me estreno en “El Calzador”. Antes de escribir las primeras líneas para este blog, he de hacerles una confesión: De todas las publicaciones para las que colaboro es, precisamente en este proyecto, donde comienzo a hacerlo con más emoción. No en vano, este blog fue creado por un grupo de amigos, entre los cuales tengo el honor de formar parte. Por tanto, dedico este artículo con el máximo respeto y cariño para todos ustedes y, también, de forma especial, para mis otros siete compañeros de viaje.
Hecha la anterior confesión, les revelaré para quién va dirigido, a modo de tributo, este artículo. Trataré de clarificar esa incógnita en las siguientes líneas.

Hoy es un día frío del mes de febrero. Mientras escribo, pienso, no puedo dejar de pensar en toda la gente que necesita calor…

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…Cuando era pequeño recuerdo aquellas frías mañanas en las que tanto nos costaba cambiar mantas por aulas. Recuerdo que mi madre insistía en que me abrigara. Era un ritual, como una obsesión que perduraba más allá de lo que abarcaba el propio invierno…

Ha pasado el tiempo, ahora aquella sensación me llega de modo diferente. Siento el frío que sufren y padecen otros. Hay gente que tiene frío en otoño, en primavera, he visto sufrir a personas por falta de calor hasta en verano. Es entonces, cuando me dan ganas de abrigarlos, como mi madre intentaba hacer conmigo.

Echando la vista hacia atrás me doy cuenta que el calor que mi madre quería proporcionarme significaba mucho más que el hecho de combatir las bajas temperaturas, propias de los meses fríos como en el que hoy nos encontramos. El calor que una madre quiere para sus hijos, significa, más que abrigarlos, protegerlos. Una madre protege a sus hijos desde que nacen y no deja de hacerlo nunca (luego citaré un claro ejemplo de ello)

Cuando somos pequeños no nos gusta que estén encima de nosotros. Por lo general, a un niño o a un adolescente, le parece una incomodidad que su madre le repita, una y otra vez, que s imagee abrigue porque, si no lo hace, se resfriará. Eso causa rechazo y una reacción, casi automática, a modo de: “ya soy mayor para saber lo que tengo que hacer, si tengo frío, me abrigaré, no hace falta que me lo repitas todo el tiempo”

Mientras escribo estas líneas, me asomo a la ventana. Miro hacia afuera y veo a gente muy bien abrigada. Sin embargo, tienen frío. Incluso al llegar a sus casas, hay gente que sigue teniendo la sensación de frío. Si nos fijamos bien, todos podemos entender mejor a esa gente. Hay muchas personas que necesitan calor. Necesitan el abrigo de alguien que les proteja, porque se sienten solos. Y yo, les entiendo. ¿Hay alguien que no se haya sentido solo alguna vez en su vida?

Recuerdo que cuando de pequeño, en alguna ocasión, necesitaba de protección, antes de tener la sensación de soledad, siempre llegaba mi madre para evitarlo. Una madre, siempre evita que sus hijos se sientan solos y no deja de hacerlo nunca.

Hoy, por desgracia, hay muchas personas que sienten soledad, que necesitan de protección. Quizá, en estos tiempos, hayamos descuidado un poco, todos, una de las necesidades básicas de nuestra sociedad: Humanizar las relaciones entre nuestros semejantes. Veo y siento demasiada frialdad en nuestro entorno, respiramos y caminamos en ambientes contaminados por la prisa y la materialidad y dejamos de lado lo principal. Hay que volver a abrigar al que tiene frío. Tenemos que proteger a quien se siente solo. Si no lo hacemos pronto, todos, nos sentiremos desprotegidos también.

Les decía unas líneas mas arriba que una madre abriga a su hijo al nacer y que no deja de hacerlo nunca. Les dije que les ilustraría con un ejemplo: Mi madre, como todas, también me abrigaba cuando iba al colegio de pequeño. Mi madre como todas, me seguía diciendo que me abrigara cuando iba a la Universidad. Mi madre, no pudo seguir abrigándome pues, por desgracia, se fue. Sin embargo, mi madre, el mismo día, previo a decir adiós, cuando sus fuerzas se apagaban y no podía articular bien sus movimientos ni expresarse con claridad, motivado por el ictus que acababa de sufrir, ese mismo día de un frío mes de invierno, de camino al hospital me dijo: “Hijo, Abrígate”
Es cierto que durante todos estos años también yo me he sentido solo y falto de protección, pero no es menos cierto que mi madre me enseño a abrigarme bien y, sobre todo, a saber abrigar y proteger a quien más lo necesita.

Entre todos, podemos abrigarnos. No estamos solos.

Carlos D. Lacaci

@Lacaciabogado