Brindar sobre las cicatrices

Me parece que es la primera vez que lo veo antes que él a mí. O puede que no. A veces le gusta simular que no ha detectado mi presencia, quizá para no hacerme sentir mal. El caso es que camino entre los setos que delimitan la urbanización en la que vive y allí está él, sobre la silla, con un pantalón de chándal y camiseta sin mangas, recortada su cabeza afeitada sobre el perfil de la Harley que aguarda a su espalda, en el garaje. Observa a su hijo jugar en la plaza, junto a otros niños; su postura es característica: manos descansando sobre las rodillas, expresión tranquila. Me basta un segundo para comprender que está bien. Esperaba encontrarle peor cuando le llamé esta mañana para decirle que me gustaría verle antes de marchar a casa por Navidad. Para ti siempre tengo tiempo, me miente con su voz grave y canalla. Y luego sonríe, tras el auricular.

ooPor fin estamos sentados, a las puertas de su casa. Dos tipos que, como Quijote y Sancho, con los años se han ido intercambiando los roles. Ahora, cuando estamos juntos, él habla algo más y yo prefiero escuchar. Pone dos vasos sobre una mesita y saca su mejor whisky. No recuerdo la marca, pero por el octanaje intuyo que bastarían tres dedos para tumbarme, así que me lo tomo con calma. Entretanto, cada pocos minutos algún vecino se acerca, haciéndose el encontradizo. No falla. Dos o tres frases de cortesía antes de entrar a matar. Pero no quiere hablar del tema, así que murmura alguna excusa y despide al intruso como mejor sabe hacerlo: agarrando su whisky y mirándome sostener el mío, como si todo lo que apreciara cupiese en la distancia que media entre vaso y vaso.

Sin ánimo de ponerme moñas, con el tiempo he aprendido que es un deber no escatimar ciertos abrazos. Por lo que pueda pasar. Como el que nos dimos hace varias semanas, cuando nos citamos en una cafetería de Valencia, yo camino de Almería para una presentación, él a punto de partir otra vez a Kabul para seguir prestando servicio en la embajada española, sin saber que en pocas semanas su destino sería el que fue. Se presentó como siempre: vestido con ese estilo de montañero huraño cuya mirada marca distancias con el mundo que le rodea. Con su rictus severo y esa forma de ser tan auténtica, a los que me acostumbré durante los años que compartimos destino y furgoneta uipera, y que me inspiraron el personaje del oficial de policía Hugo Bográn en mi novela Hadas con tacones afilados, de la cual, por cierto, trajo dos ejemplares para que se los firmara. Y como dos putas, cuando se juntan, terminan por hablar de putadas, los quince minutos prometidos de café se convirtieron en una hora de anécdotas, recuerdos del pasado y comentarios acerca de lo que es aquello y de lo que nunca llegará a ser.

Luego pasaron los días y, tras una tensa noche, llegó la mañana, que no fue sino la triste resaca de unas horas podridas por la incertidumbre y los peores presagios; donde los mensajes de whatsapp pulverizaban las versiones edulcoradas ofrecidas por los organismos oficiales que a los que conocemos el percal nos costaba tragar. Algo más tarde se derramaron las cifras. Dos muertos en el atentado. O lo que es lo mismo: volvieron a caer los de siempre. Esos cuyo oficio consiste en asumir que un día recibirán la bala o la puñalada que iban destinadas a cualquier ciudadano, esto es, a toda la sociedad, ya sea dentro o fuera de nuestras fronteras. Esos que deciden vivir conforme a un credo que va mucho más allá de las condiciones laborales. Porque ninguna nómina, medalla o punto en el baremo pueden compensar jamás la pérdida de la propia vida.

olPero que nadie se engañe. En esta profesión, el que va a un sitio así sabe a lo que se expone, aunque acabe llegando el momento de tener que prestar su rostro y su nombre a una siniestra lista que para otros no pasará de ser más que una cifra oficial más. Y ahí radica el deber de la corporación, de los sindicatos, de los ciudadanos mismos, de exigir mejores condiciones para que la muerte, si llega, sea algo inevitable, y no una azarosa balanza en la que la desidia, los complejos o la falta de presupuesto pesen más que el valor y la abnegación por el servicio.

En ello pienso cuando vuelvo a caer en la cuenta de que, por suerte, tengo delante a mi amigo. Un tipo que siempre ha estado en la sombra por todos nosotros. Que es alguien precisamente porque su vida es un continuo esfuerzo por aparentar ser nadie. El mismo que, junto a los demás supervivientes, está herido en el alma por la pérdida de los dos compañeros. Triste portador de una cicatriz que solo le aportará dolor cuantas veces intente llenar el hueco de su ausencia. Por delante le queda la difícil tarea de asumir la tristeza salpicada de rabia por haberlos visto morir mientras respira aliviado por poder seguir junto a su familia. Me pregunto cómo demonios se digiere eso.

Los colores de los jardines y las fachadas han ido disminuyendo a la misma velocidad que lo ha hecho el sol tras las montañas. Hora de despedirse, le digo. Al hacer el amago de levantarse le detengo con un gesto y se me queda mirando fijamente. ¿No vas a preguntarme qué pasó?, me suelta. No. Solo vine a ver cómo estabas. Entonces dirige un último vistazo a su hijo, que ahora anda enfrascado en una pelota, luego a su vaso y por fin lo levanta, dudoso. Cuando lo choca con el mío, el gesto parece dolerle. Como solo le duele a quien sabe que desde aquel día siempre faltarán los vasos de dos compañeros con los que nunca podremos volver a brindar.

Rubén Sánchez Fernández

@RudoSafer

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