El silencio de después de ti

No creo en Dios tanto como en los milagros desde ese día en que me hiciste creer que yo era el tuyo. Aquel primer beso en Madrid – en un Madrid que ya sabes que para mí no ha vuelto a ser lo mismo – cuando tu amor me apretaba tanto la garganta que llegaba a asfixiarme. Tus pies descalzos que besaba con timidez, tus pequeñas manos apretando las mías, tus arrugas, tus canciones, tus labios, cada detalle insignificante. Supongo que el refugio que mis manos encontraron agarradas a las tuyas es lo que más echo de menos desde que dejé de imaginar lugares donde tú y yo existíamos y despertarse no dolía.

esquina solitariaMe llené tanto de tu callado ruido que ahora me siento vacía. Añoro los días en los que no terminaba de creerme que completabas mi mundo. Aquel no mirar a nadie más cuando te tenía delante porque solo tú equilibrabas toda mi realidad. Y cómo me gustaba sentir esa impaciencia por verte, por cogerte del brazo y susurrarte al oído las ansias de ti que callaba en cada uno de tus abrazos, por escribirte y dejar esos trocitos de mí en cada esquina en la que me besabas. Tus certezas y tus descuidos, tu serena sonrisa que siempre vestías solo para mí, consciente, quizás, de mis ganas por cerrarte la boca de todas las formas posibles, rezando para que nunca terminara ese momento, mientras cerraba mis ojos sabiendo que, después de todo, seguirías sosteniéndome como un pentagrama a sus notas, ajena a cualquier cosa que no fuera el azar de que al día siguiente me siguieras queriendo de la misma manera.

Ahora me cuesta mucho distinguir la imaginación de los sentimientos. Ya no sé si lo imagino o lo siento. Pero sé que te echo de menos. Mucho. Me duele no poderte tocar, no poder salir a la calle y presentarme allá donde estés. No saber qué hacer, cuándo ni dónde, pero saber que sin ti.

Hace frío. Siempre lo hace desde que no estoy contigo. Ni te imaginas la de bajoceros que se han instalado en mi piel desde que tú no la habitas. Nada me consuela, ni siquiera escribirte estos versos tristes que llenan de pañuelos usados mis bolsillos, mientras te beso en voz baja en el desorden de mis días y desgasto la cuenta atrás de las fechas que ya no nos separan.

Me acostumbré a vivir en tu palidez y apagué el color del resto de los vivos. Y ahora me abrazo a la nostalgia, sentada al borde de mi cama, y la acaricio mientras me cuenta que no solamente conmigo desististe de usar tus alas, que ya antes habías sufrido con otro amor al que tampoco querías arrastrar en tu caída, que siempre te costó decir te quiero, que viviste otros milagros antes que el mío, que ya alisabas otras cejas antes de tener las mías, que ya entonces se te adelantaba Neruda al hablar de amor, y que también en el amor siempre era demasiado tarde antes de conocerme.

Aún así, aquí y ahora, allí y siempre, sigo sin tener nada más hermoso que decir que tu nombre. Lo deletreo, lo grito, lo susurro, y pongo la boca de mil maneras para que suene de mil maneras. Me sorprende la noche muchas veces pensando en ti, estableciendo pactos y alianzas con tu ausencia. Porque ni te imaginas de qué forma te busco ni el precio que estoy pagando por un poco de olvido. Lo que me cuesta abandonarte en la cuneta de mi vida y seguir el camino al margen de ti. Lo que deseo que una noche el desconsuelo de tu nombre me lleve otra vez a nuestro mal camino que, sin duda, ha sido el más hermoso de todos los posibles. Y cómo alimento la hoguera de mi corazón por si una noche de fríos y de ausencias decides volver a habitarlo.

Si algún día ordeno mi cabeza, seguramente encontraré todo lo que me faltas. Lo que me falta este amor que está hecho solo de ti. Lo que me falta hasta el rastro que dejabas en las motas de polvo al extender tu mano buscando la mía, y esa forma de hablar tan tuya, un poco calma, un poco cansancio y el resto, una mezcla de resignación y desesperanza que en ti siempre mejoraba el tono del comentario menos pretencioso.

No sé si está todo perdido porque nunca nos propusimos ganarlo y porque, aunque ya no te escribo, me sigues tirando botellas con mi nombre cerrado en tu puño, mandando mensajes hasta mi playa con tus coordenadas para que sepa volver a ti, aunque cada vez te quede más llanto y menos caricias, como siempre me dices.

“Busco náufrago”.

descargaEso ponía el cartel con el que una vez llegué a ti. Entonces pensaba que no podía haber un después después de aquel ahora, y que nunca nos separaríamos porque lo nuestro no dependía de la distancia.

Hoy te escribo esto mientras la luz de la lámpara bosteza junto a mi insomnio todos esos recuerdos, ansiando nuevas oportunidades y algún sueño de más en este horizonte sin horas en el que crecen los besos que al amanecer ya no nos daremos.

He doblado la esquina de nuestra historia, como si fuera la de una página que no se quiere olvidar. No me acostumbro al silencio de después de ti.

Eva Cañizares

@evacanizares