Encuentro de invierno

Hace unos días decidimos reunirnos unos amigos la tarde de hoy sábado. El primero en llegar a casa ha sido Mark Twain, un señor que se ha divertido como nadie a lo largo de su vida escribiendo sobre la estupidez humana. Su compañía siempre me agrada porque he aprendido tantas cosas de él que a veces me gustaría haber sido un trasunto suyo en vida. Viene con abrigo extraño y un traje blanco debajo, aspecto desaliñado, una mano en el bolsillo y otra sujetando su pipa. Nada más entrar me pregunta si estaba pensando escribir algo o alguien me lo había pedido. Me pregunto cómo se ha enterado:

– Que sepas que es cosa excelente escribir para divertimento del lector, pero lo realmente bello y noble es escribir para su instrucción y beneficio tangible.

Me retiro para traerle un vaso de agua mientras se acomoda y en el camino voy pensando al respecto, pero conocièndole, rápidamente entiendo que no se refería a grandes temas relacionados con la instrucción y que con toda seguridad estaba pensando en un remedio eficaz para curar un resfriado o algo así. Me centro entonces en atenderle, que para mí ya era suficiente.

ilsalviatino5Poco después llega Thomas Mann y viene preguntando si es más provechoso ver el mundo pequeño o, en cambio, verlo grande. No nos deja tiempo para responder y se apresura a animarnos a considerar el mundo un gran fenómeno atrayente que oculta en sí las más dulces alegrías, dignas de todos los empeños y fervores. Honoré de Balzac, que aparece justo detrás y curiosamente se acompaña de algunos productos de la boulangerie, saluda y cruza mirada con Twain, sentado ya en mi butaca:

– El mundo no es eso, el mundo no es ni grande ni pequeno, el mundo es un lodazal. La vida es una sucesión de estallidos de rabia, miedos, cobardía, envidia y, por supuesto, maledicencia. En verdad sólo le debemos algo de atención a quienes prodigan la acción. La buena acción.

Thomas Mann le mira pensativo y recuerda que, efectivamente, Aristóteles hacía depender la felicidad y la desgracia de la acción: el fin es actuar, y los hombres son lo que son por su carácter, pero son felices o no por sus acciones. Se sienta al lado de Twain, que asiente y parece compartir el hecho de que en función de las acciones se consigue la felicidad o, en cambio, sucede o se permite una tragedia.

Me pongo a preparar café y té mientras les escucho discutiendo al fondo sobre la acción y la inacción, los enfrentamientos humanos, esas situaciones en la que nadie cede y todos los implicados parecen condenados desde el principio. Justo en ese momento veo que llega Gustave Flaubert; le abre la puerta Balzac y le pregunta qué opina al respecto.

– Cuando escribí Salambó casi me obsesiono con la crueldad, el fragor de las luchas, la angustia y la miseria a la que pueden llegar las personas; también tomé conciencia de la importancia de los personajes, es decir, los protagonistas de la acción… Y sí, es muy importante la acción, tanto como realizarla a tiempo.

Me asomo desde la cocina y veo que Balzac sonríe desde la esquina en la que se había posicionado, apoyado en la pared, mirando por la ventana. Parecía expectante por la llegada del resto de invitados que habían sido convocados al encuentro, sabía que Chesterton y Chateaubriand también estaban por llegar. Alzó entonces la mirada hacia la reunión y parecía dispuesto a decir algo sobre los personajes y la acción; sabedor de su maestría para retratar personajes. De hecho, lo hace de modo tan certero y tan real, que cualquier lector puede verse reflejado e incluso atrapado en ellos, en sus personajes, con una especialísima habilidad para crear suspense a través de ellos.

Los personajes nos llevan a la acción, la acción perfila a los personajes y los personajes y sus acciones también crean el suspense – afirmó –. Y si hay un suspense que motiva y despierta el ingenio, ese es el que atrapa a la persona honrada frente a poderes ocultos.

– Esa angustia de la que habla Gustave Flaubert alcanza su máxima expresión cuando se mezclan los sentimientos humanos con los intereses espurios. Cuando emergen los trapicheos y el oportunismo político, y si aparecen líos de faldas – o pantalones – difícilmente confesables, entonces ya tenemos un episodio de la cotidianeidad humana. Listos para la acción y el divertimento.

Balzac había llevado la conversión a su terreno, porque ahí es donde mejor y más cómodo se siente.

– He aquí el momento en el cual aparecen las armas de nuestra época, los útiles necesarios para cualquiera que aspire a ser algo: la intriga y las influencias.

Entonces, John Dryden, que se había incorporado a la reunión unos minutos antes junto con el Cardenal Mazzarino, asiente entusiasmado a aquella afirmación. De hecho, apuntaba que el suspense nos lleva en ocasiones a esperar el asedio; el cerco se estrecha, el poder sagaz de los sabuesos y de la mente amenaza de hora en hora, acorralando a la gente de honra y las almas nobles. Balzac añade:

– Almas nobles y sabuesos… Interesante. De hecho, es frecuente que confluyan y hay asuntos que terminan en manos del mismísimo Napoleón, que ya sabéis que antes de Emperador fue Primer Cónsul, cargo donde seguramente aprendió bien el ejercicio del despotismo y a criar esos sabuesos de los habla Dryden.

Los napoleones de antes, como los de ahora, viven para cometer fechorías y saben disimular muy bien los manejos políticos; se apoyan en quienes sea necesario y no dudan incluso en condenar a inocentes achacándoles extrañas responsabilidades y deshonores de lo más variopinto.

Thomas Mann, que permanecia pensativo y murmurando algunas cosas desde su aposento mientras degustaba dulces y panecillos, pregunta a Julio Mazzarino si tiene algo que decir al respecto. Todos parecían esperar a que el Cardenal se pronunciase:

– Nunca he sido ajeno a la importancia de identificar a las personas honradas y desenmascarar también a las malvadas. De hecho, en mi Breviario me referí de alguna manera a ello. Es claro que el hombre honrado y piadoso siempre estará amenazado y expuesto. Se le reconoce por la armonía que hay en su vida, por su falta de ambición y por su desdén por alcanzar una posición de mayor rango. Nunca hace falta modestia ni artificio en ningùn aspecto.

DSCF0711-500x333El malvado es verdad que se centra frecuentemente en el hombre bueno y piadoso, con especial inquina en el que hace uso de libertad e independencia, virtudes que el primero detesta. Por eso se les observa, se les persigue y hasta se les denigra; y en cuanto es posible, se les compromete e incluso se les empuja a hacer aquello que no desean. Ahora bien, no siempre triunfan, porque en ocasiones el hombre bueno también es valiente, actúa por convicciones y con la determinación necesaria para enfrentarse a los malvados. En la vida a veces hay que combatir lo que infunde temor – afirmó alguien – y en determinadas circunstancias sólo dos caminos son posibles: la estúpida obediencia o la rebelión.

Mientras ofrezco azúcar en sus tazas, Chesterton y Chateaubriand se incorporan a la reunión. Les estábamos esperando con impaciencia, Balzac les pone en atecedentes y el primero se dispone de inmediato a participar en la conversación.

– Hay individuos que son mercenarios desde la cuna, incapaces de hacer bien a sus allegados incluso aunque sea su deber; prefieren incluso hacer favores a desconocidos porque creen que de ello obtendrán una ganancia mayor, aunque sea de amor propio. Son una especie perversa y muy indosponente que hay que combatir, porque como consecuencia de esos comportamientos precipitan constantemente crisis, y cuando la vida les sitúa en posición de poder, algunas de esas crisis pueden ser de enorme trascendencia…

La concurrencia, incluido Mazzarino, comparte esas afirmaciones, mientras que Chateaubriand añade que la lucha y la acción contra ese tipo de personas parece entonces irrenunciable, debiéndose destacar que, con frecuencia, en esa lucha brillan los grandes hombres, precisamente cuando se vislumbra la desgracia. Son esos hombres que hasta entonces no habian asumido protagonismo e incluso pueden existir en el más absoluto anonimato, parecen extraviados en el éxito, ajenos a la fortuna, pero saben que en determinados momentos deben asumir su responsabilidad para evitar males mayores. Pareciera que se guardaban todo su talento para deslumbrar, precisamente, en la desgracia.

Juan J. Gutiérrez

Anuncios

Éxito

Queridos lectores, hoy escribo mi segundo artículo en este blog al que, como saben, tengo un cariño especial. Como miembro de su Consejo, quiero aprovechar esta ocasión para agradecer la gran acogida que está teniendo en las primeras semanas desde que echó a andar. Nos llegan críticas muy positivas, cada día sumamos nuevos lectores y excelentes articulistas dispuestos a leer o escribir en éste, su Calzador. Esto ya supone un éxito a celebrar junto a todos ustedes.

Lo anterior me sirve también para introducir el cuerpo de las líneas sobre las que enfocaré este artículo.

El éxito puede tener, como la felicidad, la pasión o el amor, dos vertientes diferentes. En su aspecto objetivo, sería el resultado positivo en la consecución de un plan previamente establecido.

image

Por ejemplo, si nos fijamos en este blog, para medir o hablar de su éxito en la vertiente más objetiva tendríamos que ponerlo bajo la lupa de los medidores y, con los datos analizados, comprobar si el resultado del número de visitas semanales, mensuales, etc., es elevado o sobrepasa los umbrales medidos en otros blogs similares.

Sin embargo, las propias experiencias en la vida nos indican que el éxito aunque pueda tener unos parámetros medibles, en muchas ocasiones, la vertiente subjetiva de aquél, tiene también una importancia notable, si no a ojos de terceros, sí en el sentir propio e individual de cada uno de nosotros.

A ojos de la sociedad están muy bien vistas y mejor valoradas las personas o empresas que triunfan, sea en el ámbito que sea. Esto no debe extrañar pues ser exitoso a nivel personal o profesional nunca estará asociado a hechos negativos, antes al contrario, ser una persona de éxito suele implicar un plus de ‘caché’, con implicaciones de ejemplaridad.

Ahora bien, si abordamos el éxito desde su aspecto subjetivo, dentro de las connotaciones que para uno mismo tiene el hecho de verse como un triunfador ante la vida más allá de cualquier proyecto o reto planteado, la realidad puede alejarse un tanto de los medidores que objetiven este concepto.

A lo largo de mi vida he compartido momentos junto a personas y empresas que han obtenido importantes logros personales y colectivos, medidos por exigentes parámetros que escrutaban y auditaban sus resultados.

Ahora bien, en alguno de estos casos he visto a esas mismas personas llegando abatidas a sus casas, caminando por la vida sin brillo ni color en el gesto de sus caras, he comprobado la tristeza y soledad de muchos de esos supuestos triunfadores…

Sin mencionar aquí los casos particulares que podría citarles y que seguro les sorprendería descubrir, sí les revelaré la carencia principal que creo haber encontrado en todos estos casos de éxitos malogrados. La clave está en una aparente contradicción: Esas personas ponen el máximo empeño en esforzarse, incluso de manera obsesiva, por cumplir con los objetivos que marcan el supuesto camino hacia el éxito profesional, sin embargo, descuidan otros objetivos del ámbito personal o familiar. Para conseguir el triunfo, algunas personas apartan de su camino cualquier otra cosa que no sirva para ese fin propuesto. Estamos ante un evidente supuesto de ‘el fin, justifica los medios’. Y, aquí, radica el principal problema: Si para alcanzar el éxito profesional se utilizan medios que puedan mermar o poner en peligro otro tipo de principios y valores de ámbito personal o familiar, el éxito, nunca será completo. Es decir, de cara al exterior se nos verá como triunfadores pero, internamente, podremos sentirnos perdedores.

imageEl éxito de cualquier proyecto se traduce en la consecución positiva del resultado obtenido. Pero para un triunfo completo también hay que aportar en ese camino la inteligencia y la prudencia necesarias para saber equilibrar entre el fin perseguido y los medios utilizados.

En mi humilde opinión, la verdadera clave del éxito, por encima del éxito profesional, consiste en que podamos ir a dormir, cada día, con el alma en paz.

Carlos D. Lacaci

@Lacaciabogado

La búsqueda

Hay veces que la vida se ve sacudida por un impacto que altera la normalidad, la tranquilidad. Golpes imprevistos que provocan un giro inesperado en el comportamiento, las relaciones o el futuro de uno. A veces son de inicio, otras de punto final. Pero tras ellos nada vuelve a ser como era antes.

Otras veces no somos conscientes de pequeños cambios que provocan el inicio de una cocción a fuego lento que acaba causando grandes pasiones hasta que, también, sin ser conscientes, comienza el descenso igualmente parsimonioso hasta que nada queda. Entremedias, también se habrán producido modificaciones que pueden afectar a la vida de uno. Cambios indirectos provocados por decisiones orientadas a otros fines, pequeños episodios que llevan a otros momentos, a otras circunstancias, a otras personas que no eran los previstos, que no eran los inicialmente buscados. Quién sabe si uno es más feliz por la senda que sigue que por la que persigue, quién sabe. La vida tiene un origen y un final, una línea recta marcada por un tiempo sin posibilidad de retroceso. Tal vez, en otras vidas, en otros planetas, en otras dimensiones… Pero no aquí. No ahora.

¿En qué momento empezó todo? ¿En qué momento acabó todo? Sí que recuerda un momento concreto en que sus miradas se intercambiaron con una sonrisa, no sabe si fue la primera vez, pero sí recuerda ese instante. Mascando el desamor adolescente había decidido no traspasar el umbral del instituto a primera hora de la mañana. Su presencia en el aula no era necesaria. Una pérdida de tiempo que ni le permitiría aclarar la mente, ni aprender lo que el profesor con tanta ilusión solía explicar. Sentir el fracaso del pretendiente una vez más, que la realidad era clara desde el inicio pero el enamoramiento lo había enmascarado, no le permitía mantener la cabeza con la lucidez mínima para sacar algo de provecho de la docencia que se impartiría esa mañana.

La noche había sido larga. Eterna. Como lo son cuando las penas del corazón te atrapan y te desangras por dentro. Es imposible dormir cuando la cabeza sigue en funcionamiento y miles de imágenes y momentos se convierten en recuerdos, que entonces fueron felices y aquella noche alfileres. Son noches en las que eres capaz de contar los segundos, e incluso las décimas de segundo. La luna seguía en su posición, pero camuflada tras un ejército de nubes que le recordaban que su corazón estaba a oscuras. Tampoco había rastro de las estrellas. Aunque las nubes posiblemente también las taparían, estaba seguro que habían optado por no hacer acto de presencia esa noche. No había brillos que mostrar y que le guiaran nuevamente a una senda perdida.

El sol no había terminado de salir cuando ya era la hora de salir de casa. El paseo habitual le tendría que llevar de nuevo a su pupitre. Sin embargo, cansado por la noche pasada, cansado por el revés de la vida amorosa de adolescente, decidió seguir el camino recto que le llevaría a la playa. Allí podría pensar con mayor claridad. ¿Pensar qué? ¿Acaso no era evidente que no tenía nada que hacer con aquella chica? ¿Acaso no tenía suficientes pruebas ya de que sus dedos nunca jugarían entre sus rubios cabellos? Sí, pensar. Enfocar su vida sin pensar en ella. Plantearse objetivos para él, sin valorar que fuesen del mayor o menor agrado de ella. Era una etapa acabada y tocaba levantarse. Dolido, como todo el que ama. Pero maduro y con hombría, como debía pasarse ese trago.

DSCN1376

El paseo por la playa a primera hora de la mañana le había terminado de convencer. Mirar las olas le transportaba a una sensación de libertad. Observar a las personas que entonces estaban andando, corriendo o sentados mirando al infinito, el sonido de las olas, los barcos, el frescor que se plasmaba en su cara le hacía volar la imaginación. En ese momento deseaba echar a correr, fundirse con el mar, volar hacia un futuro pleno de felicidad. Su rostro estaba más relajado, tenía una sonrisa marcada. Auténtica. No forzada. Su sonrisa. La que le había hecho popular entre sus amigos y en el lugar donde estudiaba.

Decidió seguir hacia adelante. Se encontraba con la fuerza suficiente para ir al instituto. Abandonó el paseo marítimo con intención de llegar a la siguiente clase, para la que aún quedaban cuarenta minutos. Se sentó cerca de la puerta de entrada, enfrente del jardín vallado, y se puso a escribir. Era lo que más relajaba. Era su pasión. El Sol comenzaba a mostrar perezosamente la fuerza de sus rayos. Aunque había salido hacía pocas horas, el frío de febrero le hacía resguardarse como si fuera una persona humana, y tardaba en mostrar su actividad. pájarAhí, sentado, un pájaro vino volando y se posó junto a él. Estuvo un instante que parecieron diez segundos, dando pequeños saltos para acercarse a la vez que abría y cerraba el pico. Sin duda alguna, pareció traerle un mensaje. Llegó de forma imprevista y así se fue.

Pocos minutos después, un grupo de chicas se sentaron junto a él. Era un lugar habitual donde esperar el inicio de una clase cuando la anterior se consideraba prescindible. Le saludaron, y él a ellas. Todos se conocían. Estudiaban en un mismo instituto de provincia bañada por el mar y fuera del período estival, los vecinos eran escasos comparado con el ajetreo de gente de los meses de estío. ¿Se conocían? En la vida nos cruzamos con un gran número de personas con las que no nos relacionamos, ni prestamos atención, y el tiempo puede hacer que tejamos con ellas historias bonitas de amistad o de amor.

Él seguía con su escritura, dando forma a sus poemas, cuando la pureza de una sonrisa le hizo girar la cabeza donde vio un rostro iluminado, con labios rosados y cabello recogido color miel. En ese instante, ella giró su naricita hacia él y consciente del comentario pícaro que acaba de hacer, sacó la punta de la lengua y sus pómulos comenzaron a tener un color rosado. Tras volverse hacia sus amigas, un segundo después sus miradas volvieron a coincidir. Él, a través del tono claro de sus ojos marrones pudo ver en ella lo que hacía tiempo andaba buscando: sonrisas, alegría, felicidad, y belleza.

Fue entonces cuando tomó conciencia del mensaje del pajarito que un momento antes había estado a su lado. Su alma de poeta le llevó a descifrarlo: “Mira a quién tendrás al lado en breve, pero mímala, cuídala”.

Decidió seguir el consejo y optó por conocerla poco a poco, sin prisas, sin agobios. Descubrió que eran personas muy distintas en apariencia externa, tal vez también en sus gustos, pero algo le decía que en el fondo encajaban. En efecto, él optó por seguir sus pasos. No se conocieron y se gustaron al mismo instante. No fue un encuentro imprevisto en un local de copas. Aquella cocción a fuego lento le otorgaba la seguridad de saber que estaba haciendo lo correcto para ser feliz. Pero, ¿qué es lo correcto? El paso de las semanas, de los meses, hizo que, sin nadie forzar nada, los gustos de ella y él se fueran cambiando, la apariencia estética también. Sin pensarlo, sin preverlo, sin organizarlo, ella estaba donde él estuvo antes. Él, donde ella. Esos cambios se hicieron sin hablarlos, sin compartirlos. Los pequeños pasos que ellos fueron dando para encontrarse en sus caminos no terminaron de fructificar y ambos se cruzaron sin haber sido partícipes. Sus vidas habían cambiado. Echaron la vista atrás y vieron un gran cambio desde que se conocieron. Esos pequeños pasos no habían fructificado en su unión. Eran personas distintas. Quién sabe qué les pasará en otra vida, en otro planeta, en otra dimensión. Quién sabe lo que realmente le dijo el pajarillo aquella fría mañana soleada de febrero…

Enzo

El inspector Madariaga

Atestado nº 52/1893. Real Fábrica de Tabacos y Rape

Ricardo Madariaga aprovechaba para mecerse en el traqueteo del coche de caballos. Volvía a casa con una mezcla de cansancio y frustración. La segunda víctima en menos de un mes. La investigación no resultaba concluyente pero todo parecía señalar al mismo asesino del Doctor Villalobos. Durante los sucesivos días completarían un detallado informe sobre el ritual del asesinato.

Había ascendido rápido dentro del Cuerpo de Vigilancia de la Policía. De hecho, era el inspector más joven de la Dirección General de Seguridad del Ministerio de Gobernación. Cierto es que su padre movió las influencias oportunas para dar el salto de Santiago de Compostela a la capital. Una vez aceptó que su hijo no seguiría sus pasos como notario y que tampoco tenía intención de ejercer como abogado tras terminar derecho, se cobró un par de favores de viejos amigos de la capital de cuando fue diputado de la Unión Liberal de Cánovas.

Una pareja de policías que hacía la ronda matinal por Embajadores advirtió que la puerta de la Real Fábrica de Tabacos y Rape, recién abandonada, había sido forzada.  Lo que encontraron en una de las salas principales se reveló  como una pesadilla difícil de imaginar.

itinerario5-Figura12

Sobre un rancho (*) yacía una mujer con los brazos y piernas sujetas a los extremos. La cabeza quedaba volcada hacia el lado izquierdo y, según se fueron aproximando comprobaron que tenía los ojos abiertos. De la boca le salía un colgajo que tardaron en identificar como la lengua. Se sostenía tan sólo por una pequeña parte. El lateral de la cabeza estaba abierto.  En realidad le faltaba el hueso del cráneo en todo el lado derecho. Lo mismo ocurría al lado del esternón, encima del corazón. O mejor dicho, donde debería haber estado el corazón. De las venas de las muñecas salían sendas cánulas que iban a terminar en unas garrafas llenas de líquido rojizo. Al pie de la mesa, tirados sin orden, se veían unos hábitos de las Hijas de la Caridad con la inconfundible toca alada.

Cuando el Inspector Madariaga llegó a la fábrica de tabaco experimentó la misma sensación que los dos primeros policías que habían encontrado el cadáver. A su llegada la mujer muerta ya había sido identificada. El Comisario había enviado una dotación a la calle Hortaleza, a la Misericordia de Santa Isabel, para preguntar si faltaba alguna de las hermanas. Las noticias de vuelta no pudieron ser más desoladoras. Efectivamente no había regresado Sor Ana, la monja que dirigía por nombramiento directo de la madre superiora la Obra de Visita a los pobres y enfermos. Salió esa misma mañana para visitar a una niña que estaba gravemente enferma desde hace meses; había dejado a la novicia que hacía las veces de ayudante preparando todo lo necesario para las visitas de ese día. No había querido que le acompañase para ganar tiempo. Sor Ana era una monja a la que todo Madrid quería. Llevaba años en la capital; procedía del Hospital Santo en el Convento de San Francisco en Santo Domingo de la Calzada, y se había ganado a la gente por su cariño, cercanía y entrega. La noticia corrió como la pólvora por Madrid. Desde el Nuncio a las autoridades civiles ofrecieron sus condolencias y se pusieron al servicio de la Orden para cuanto fuese necesario.

Ricardo Madariaga contempló la escena con cuidado. Pintada con lo que luego se determinó que era sangre de la víctima, se leía una frase: “El universo es corpóreo”. Examinó detenidamente el boquete en el cráneo. Faltaba un cuadrado de diez por diez centímetros limpiamente cortado. Aproximó la lupa y pudo comprobar como también faltaba masa encefálica. Con mucha precisión habían extirpado los pliegues cerebrales hasta el tálamo. Rodeó la mesa y afrontó la cara de la monja. Los ojos permanecían abiertos. Las cánulas estaban insertadas en la vena: dos ligeros cortes, y una especie de aguja que hacía las veces de transfusor canalizaban la salida casi imperceptible pero constante de la sangre. El Inspector sabía lo que tenía que haber soportado aquella pobre mujer. Se iría desangrando poco a poco. Cuando la pérdida alcanzase el litro y medio sentiría sed y muy débil. Su respiración se aceleraría irremediablemente. No sería hasta haber perdido más de dos litros cuando los mareos y la confusión hubiesen dejado paso a la pérdida de consciencia. En ese momento, la pobre monja habría tenido la suerte de desmayarse de tal manera que dejaría de padecer el dolor tan horrible que hasta ese momento, plenamente consciente, había soportado.  El inspector sabía que el estrés de la situación habría acelerado el bombeo del corazón y precipitado el proceso. Sin embargo todo en aquel escenario sugería una muerte lenta. Anotó mentalmente que debían buscar sedantes o tranquilizantes al realizar la autopsia.

13701623

Un ruido súbito le sobresaltó en el asiento del coche mientras recordaba los detalles de la escena del crimen. Asomó la cabeza por la ventana del carruaje y preguntó al cochero que iba en el pescante qué era aquel gentío y qué decía. No obtuvo respuesta: el cochero se encogió de hombros. Le indicó que continuase. Era tarde, había pasado el día inmerso en el asesinato y quería llegar a casa, cenar algo si podía y dormir. Sabía que no profundamente. Una y otra vez su mente dretrocedía  a las imágenes, a los detalles del horrendo escenario. Había que encontrar sentido a toda la escena. Y aquella frase que le sonaba familiar: “El universo es corpóreo”. Al pasar junto a la gente, escuchó nítidamente las conversaciones sobre los sucesos acaecidos mientras se preparaba para la vigilia en una pequeña capilla.

De pronto, recordó el origen de la frase. Pertenecía al libro “Leviatán”, de Thomas Hobbes: “El universo es corpóreo. Todo lo que es real es material y lo que no es material, no es real.”

 CONTINUARÁ…

Emilio Gude

@EMiliogude

Rancho: mesa de labor del tabaco para seis operarios

Desde mi confortable tumba

Gracias a mis compañeros y amigos por contar conmigo para formar parte de El Calzador.

Reconozco con cierta timidez, que no me ha sido sencillo elegir una temática lo suficientemente atractiva, como para no desentonar demasiado con los fantásticos posts de mis antecesores.

Por ello, dando un “salto mortal”, fuera de mi zona de confort, me he decantado con un relato corto que, para mí, tiene mucho trasfondo, y que invita a la reflexión. Desde mi confortable tumba.

Espero de corazón, que os guste.

Un abrazo

Delia

DESDE MI CONFORTABLE TUMBA

Los muertos siempre son excelentes personas. Es una realidad innegable.

Parece ser que, una vez traspasados los infranqueables muros que nos separan del misterioso “otro lado”, todos nuestros pecados y ofensas se transforman en elogios y palabras de agradecimiento infinito. Menuda hipocresía.

buried-enterrado-006--644x362No obstante, mentiría si dijese que no fueron infinidad de veces las que fantaseé con asistir a mi propio entierro. Y es que cuando estás yaciendo sobre tu acolchada tumba, todo se ve desde otra perspectiva. No puedo negar que mi ataúd es cómodo, incluso de agradable textura. Madera maciza, acabados con todo lujo de detalles, y un barnizado de los que marcan la diferencia.

Ser un muerto en vida no era tan malo, después de todo. Aunque la soledad puede llegar a ser insoportable, sobre todo si no tienes a mano tu cajetilla de tabaco. Pero de lo que sí disponía, y de manera generosa, era de tiempo para pensar y observar. El único problema, es que cualquier pensamiento me acababa arrastrando irrefrenablemente a ELLA.

Agoté las últimas caladas de mi cigarrillo y expulsé el humo, jugando con la intensidad de mis bocanadas, mientras imaginaba aquel ansiado evento como algo simplemente grandioso. Sí, lo sé. Si la vanidad tuviera un nombre, sería el mío: Emilio Galán.

Asistirían cientos de personas. Antiguos compañeros del colegio, grandes amigos de la universidad, colegas de profesión, un par de ex novias consternadas, familiares lejanos, muy lejanos y alguna que otra cara desconocida.

F00B362B-7B4B-4D7B-BB3F133348747762

Un gran discurso de despedida, muchas flores y sollozos de fondo. Que buen amigo fue Emilio. ¡Aún mejor hijo! Cómo le echaremos de menos, dirían algunos al unísono y otros a destiempo, corroborándolo. Mintiendo, con total impunidad.

Tras las ovaciones, de los reconocimientos, de las despedidas entrañables, solamente quedaba un amargo sabor de boca por no haberla encontrado a ELLA entre todas aquellas personas. Apreté con rabia los ojos, y la busqué, desesperadamente.

¿Tanto me desprecias Carmen, como para no querer asistir ni a mi funeral, joder? Quizá no se había enterado de mi trágica muerte. O puede que haya tenido una avería con el coche, y se ha retrasado.

Pero Emilio, ¿te estás oyendo?, suenas patético. Pareces una mocosa adolescente justificando lo injustificable. Carmen no estaba allí porque simplemente me odiaba, por eso se marchó de casa. Y al echar el último vistazo, comprendí que, después de todo lo que había pasado, esa santa mujer no quería verme ni muerto.

“¡Hasta que la muerte nos separe!”, grité una y mil veces, carcajeándome para mis adentros de tamaña falacia. El eco de mi voz rota, retumbaba en mi propio féretro.

No te mientas, Emilio. Ni aún después de tu óbito eres capaz de arrancarla de tus entrañas, las cuales, dicho sea de paso, empezaban a ser devoradas por un tropel de gusanos hambrientos.

Quise escapar a mi muerte. Salir en su búsqueda, y pedirle perdón por algo que no llegaba a comprender. Estaba atrapado, nadie me escuchaba. Y aunque mi corazón no latía, sentía que me asfixiaba lentamente. Estaba vivo, y enterrado en una pesadilla, bajo metros y metros de profundidad.

Preso de la impotencia me revolví. Pataleé en las profundidades de mi nicho, mi cárcel, y desperté de aquel averno para aparecer en otro. El despertador sonó estrepitosamente. Emilio, hora de levantarse.

Aspiré un delicioso aroma a flores frescas, y apreté con fuerza los párpados, para no despertar. Deslicé delicadamente mi mano por la cama, en busca del origen de aquel maravilloso perfume, hasta toparme con ella. De la suavidad del raso, pasé a la exquisitez de su espalda, y la recorrí sin pudor dibujando círculos sobre ella.

mujer_cama

Primero con mesura, después con cierta rudeza, apretando las yemas de mis dedos, hasta marcar su tibia piel en un intento desesperado por poseerla.

Rodeé su menudo cuerpo con mis brazos para evitar su posible fuga, y la deslicé a mi lado de la cama para besarla como nunca antes lo había hecho. Aparté su cabello cobrizo para dejar desnudo y expuesto su cuello, y le susurré lo mucho que la amaba. Que estar este tiempo sin ella, había sido para mí como estar enterrado en vida. Carmen.

Busqué con codicia el encuentro con sus sonrojados labios, y la decepción se convirtió en furia, en desprecio. Agarré su fino cuello con mis manos, y la tomé salvajemente hasta la extenuación.

Cuando salí de aquel estado de enajenación, huí escopetado de la habitación para evitar tropezar con sus engorrosos gimoteos, que intentarían desenmascarar al monstruo en el que me había convertido.

Me temía que en esta ocasión, ni la repetida docena de rosas rojas que solía enviar a su trabajo, ni el más sincero de los perdones lograrían arreglar esa situación. Daniela había llegado al límite de su paciencia conmigo, y era comprensible. El fantasma de Carmen, pesaba demasiado.

Mientras rompía el agua helada sobre mi cabeza, cerré los ojos, y la busqué con desesperación entre los asistentes a mi funeral. Familiares, compañeros del hospital, vecinos  inclusive, algún antiguo paciente con el que conservaba buena relación. Pero ni rastro de Carmen.

En el centro de aquella aglomeración, mi cuerpo yacía en un elegante ataúd. Desde allí, contemplaba cómodamente mi vida transcurrir, como si fuera una soporífera película de sobremesa.

Cuando volví a abrir los ojos, estaba atrapado en un atasco de los que hacen historia. Me encendí un purito, e intenté tomármelo con tranquilidad mientras revisaba, con gestos de preocupación, las reuniones del día con los directivos del Laboratorio.

El cenicero albergaba al menos una cajetilla de puritos Vegafina calcinados, apurados hasta las vísceras. También flotaban dos o tres colillas en el poso del café, como cuerpos inertes, aguardando a ser rescatados.

Cuando quise reaccionar, contemplé horrorizado que me había pasado al carril contrario. Divisé a lo lejos una mancha azul que avanzaba a gran velocidad. Apreté mis manos sobre el volante y permanecí quieto. Una parte de mí quería reaccionar. Vivir.

Pero otra, aún más dominante, deseaba con todas sus fuerzas esperar aquel impacto liberador. Un gran estruendo al colisionar. Un leve dolor pasajero, que sería mitigado rápidamente por un silencio sepulcral mezclado con olor a lirios frescos. Sus flores favoritas.

¿Cómo la muerte podía tener un perfume tan embriagador? Ella era mi muerte y no me importaba. Lo único que deseaba era visualizarla por fin, entre aquella aglomeración de desconocidos que celebraban con llantos, y de común acuerdo, mi propia muerte.

Una suave melodía me arrancó de mi locura, justo a tiempo para dar un volantazo, y evitar la inminente tragedia. Aún sin aliento, y con las manos temblorosas, salí de la carretera y estacioné en el arcén para evitar un mal mayor.

Logré encenderme un purito para calmar los nervios, y rompí a llorar como un niño pequeño, aferrándome a la vida con el mismo ahínco con el que había arañado las paredes del sarcófago donde había yacido tantos meses.

Una vez repuesto del sobresalto, cogí el móvil del interior del maletín y comprobé que tenía cinco llamadas pérdidas. Daniela.

Bendita Daniela. Ella jamás llegaría a saberlo, pero me había salvado la vida, en muchos sentidos.

Delia M. Rodríguez

@derechoadelia

El Couto Mixto: la república Independiente de mi casa

Subíamos al coche muy de mañana. Es decir: se subían mis padres y a mí me llevaban como cualquier otro bulto hasta que, en la parada del desayuno, tras el preceptivo bocadillo de jamón, volvía a la vida.

Eran interminables aquellos viajes al pueblo con el MG, más tarde con el mercedes enorme que se compró mi padre, con lo bajito que era, y, normalmente, hacíamos noche en cualquier hotel de Benavente porque, las carreteras que ahora unen las aldeas de nuestra zona, no tienen mucho más de treinta años y, aunque durante los sesenta y los setenta ya no había noticia de los asaltantes de otros tiempos, que esperaban a los caminantes que venían con dinero de las ferias, seguía siendo una temeridad recorrer de noche, los no más de veinte kilómetros que separan a Xinzo o a Verín de nuestro pueblo, cuando las carreteras asfaltadas y la luz pública eran tan desconocidas, en la Galicia profunda, como la altura media de una palmera.

Lo recuerdo todo, y es como si volviese a llevar pantalón corto, me estuviese bajando del coche y me preparase para saludar uno por uno a todos mis primos, mis tíos, la abuela y los vecinos, para quienes siempre fui O fillo do Cándido.
COUTO MIXTO 1
Nací y crecí en Madrid pero, como he tenido la gran suerte de ser hijo de aldeano gallego, no he encontrado mejor forma de comenzar mi intervención en este distinguido lugar, ni de superar en lo posible mi miedo escénico, que contarles que mi padre, Cándido Estévez Coello, nació en Santiago de Rubiás.

Santiago es una aldea perdida, situada en la zona arraiana –fronteriza- entre España y Portugal, al sur de la provincia de Ourense, muy cerca de Verín y de Xinzo de Limia, en el valle del río Salas y entre las sierras del Cebreiro y de Larouco pero, lo que la hace especial, lo que la convierte en única, es que forma con las poblaciones limítrofes de Rubiás y Meaus, el Couto Mixto, integrado en Galicia y España desde 1864 pero que, hasta entonces fue, ni más ni menos, una República Independiente.

Dice la Leyenda que hace muchos, muchos años, una joven de la Nobleza, embarazada, escapaba de unos malhechores por las montañas cuando, ya desfallecida y a punto de ser apresada, fue acogida y escondida por unos vecinos de la zona, en cuya casa dio a luz a su hijo primogénito y su poderosa familia, en agradecimiento, consiguió con sus influencias que los pueblos gozaran de una serie de privilegios que les diferenciaran de los demás de su entorno.

Esa leyenda fue pasando de boca en boca para tratar de explicar el origen del Couto Mixto, en torno al siglo XII, aunque la realidad seguro que fue más parecida a la que cuentan los estudiosos: que cuando Portugal se independizó y las fronteras de jurisdicción eran poco claras, muchos pueblos y villas quedaron en una situación política indefinida, y esta pequeña República, aprovechando quizás su lejanía de los centros de poder y la ausencia de un Señor medieval en torno al cual cohesionarse, aunque sí contaron con el patrocinio de las Casas de Bragança y Monterrei, se fue constituyendo poco a poco y fue manteniendo su independencia, frente a España y Portugal, durante siete siglos.

No estamos hablando de un guión de René Goscinny y Albert Uderzo, y ni siquiera se conoce una pócima mágica que proporcionara fuerza sobrehumana a sus moradores … Aunque el auga ardens, tiene su origen precisamente en el mito druida, cual Panorámix en versión gallega, y ya era conocida antes de que los árabes descubrieran la destilación. El problema es que el aguardiente no fue patrimonio exclusivo del Couto Mixto y por tanto, si había peleas, que aseguraría con certeza que las hubo, la paridad entre pociones estuvo garantizada.

Paseando por Santiago de Rubiás, que era la capital, uno llega casi sin proponérselo a su Iglesia, que no sólo es importante en sí misma por su estilo románico, ni por su retablo barroco, ni porque se acaben de descubrir unos frescos que proceden del siglo XII, sino porque, a falta de otro edificio mejor, fue la sede del Gobierno, el centro político y administrativo y el lugar donde se guardaba el “Arca dos Documentos”, que solo podía abrirse con tres llaves.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Sus poseedores eran las altas autoridades del Couto Mixto, comandados por el Xuíz (Juez o Alcalde), elegido por votación entre los vecinos de los tres pueblos y asistido por dos representantes de cada uno de ellos, a quienes se denominaba “Homes de Acordo” (Hombres de Acuerdo) y un vigairo, que ejercía como agente ejecutor.

Es tal su ejemplo de organización y cultura democrática que, a lo largo de su existencia, siempre fue gobernada del mismo modo y en base a un modelo que, sin ir más lejos, sigue vigente hoy en día en San Marino, que es gobernada por un Consejo General y por unos capitanes, elegidos en cada uno de sus castellí o divisiones administrativas.

Ir a la vecina aldea portuguesa de Tourem, era una excursión inevitable cada año. Nos llevaban en coche hasta Randín, pueblo cercano y, desde allí, íbamos andando por un camino que, aunque recorre un frondoso bosque, sigue estando perfectamente delimitado. Al llegar, los mayores compraban toallas y albornoces, cómo no, y a nosotros nos regalaban caramelos. Era siempre un día que esperábamos y que hacía que nos sintiéramos muy importantes, yendo a otro país dando un paseo, lejos a nuestra tierna infancia de saber que aquél era, ni más ni menos, el legendario Camiño Privilexiado (camino privilegiado), que unía al Couto con Portugal, y por el que los vecinos de la república diminuta, ejercieron su privilegio principal: practicar el libre comercio, sin dar cuentas a nadie. La línea que separaba la legalidad del contrabando puro y duro, era muy fina, pese a lo cual estaba establecido que nadie podía ser apresado, ni a lo largo del camiño, ni dentro de una legua de extensión respecto a la periferia del Couto, salvo por delitos de extrema gravedad.

Pero dicho privilegio, con ser probablemente el principal, distaba de ser el único.

En materia de nacionalidad, al existir libertad de elección, convivían portugueses, españoles y otros vecinos que no habían optado por ninguna de las dos; de tal forma que, en una misma casa, podían quedar sujetas a una u otra nacionalidad las distintas plantas de la misma, o incluso las habitaciones, de nuevo como si Goscinny y Uderzo se hubieran inspirado en esta historia para escribir “La Gran Zanja”, y por eso se le otorgó la calificación de “mixtos” a los naturales de esta peculiar zona.

Cuando nos hicimos algo mayores, nos empezaron a llevar a las fiestas de los pueblos cercanos. Sobre todo con lo que durante el año era el autobús de un colegio de Barcelona y que, en verano, se convertía en “el escolar”, que nos llevaba un día a Sampaio, otro a La Boullosa, a Cualedro, a Lobios … Y allí ligábamos lo que podíamos, bebíamos lo que nos dejaban, que era más bien poco, y en lo demás éramos libres.

Aquella sensación de libertad era magnífica. Acostumbrados como estábamos la mayoría a la vida de ciudad, con sus horarios estrictos, llegar al pueblo equivalía a entrar y salir de casa a nuestras anchas y, habituados a las distancias de Barcelona o de Madrid, llegar de un pueblo a otro requería el mínimo esfuerzo, lo que por ejemplo a los de nuestra familia nos venía de miedo, porque el bar del pueblo era de nuestro tío y era cuestión de encontrar otros destinos, preferentemente el de Quintá, que incluso tenía mesa de billar y nos permitía comprar tabaco del … del camiño privilexiado, ya me entienden. winston y, en su defecto, camel. Lo que hubiera.

Los vecinos del Couto Mixto no votaban fuera de su propia Asamblea, pero tampoco pagaban impuestos, ni en España ni en Portugal, incluso si ostentaban cualquiera de las dos nacionalidades. Ni qué decir tiene que aquello hacía que sus hombres y mujeres casaderas, fueran literalmente perseguidos por las mozas y los mozos de las localidades vecinas, que soñaban con casarse y afincarse allí, para evitar el pago de sus obligaciones fiscales. Por eso, entre otras cosas, se conoce a esta república, como la “Andorra galega”.
No aportaban hombres para los ejércitos de España y Portugal, ni siquiera en tiempo de guerra y tal prebenda, lejos de ser simplemente consuetudinaria, dio origen a diferentes resoluciones, siempre favorables a los vecinos del Couto, cuando se intentó alistar a sus mozos.

Su población nunca se determinó, pero pudo estar en torno a las mil personas, cuya actividad preferente era el comercio, como les he contado, junto a la agricultura –tabaco, lino, patata, centeno, maíz, trigo- y la ganadería, además de dominar el arte de la cantería, que se utilizaba sobre todo para la construcción de casas de granito, muy especialmente en Meaus, y que fue aprovechado por un vecino, muy conocido en la zona que, en los años Veinte del pasado siglo, emigró a New York y acabó haciéndose rico construyendo rascacielos.

Los comerciantes aprovecharon sus prerrogativas con el tabaco, la sal y los tejidos, enfocando sus negocios desde Portugal y hacia la provincia de Ourense, sobre todo en Xinzo, Verín, Allariz y Celanova, llegando su zona de influencia a Lugo y, además de los productos de propia factura, introdujeron las lanas de origen portugués y las de tripe rizo, de procedencia inglesa hasta que, a partir de 1840, los mercaderes del Couto recorrieron el camino inverso, desplazándose hacia Barcelona en busca de sus tejidos y vendiéndolos en Portugal.

También merece la pena citarse un oficio boyante, el de “boticario”, para el que no se exigía titulación alguna dentro del Couto, lo que dio origen a un floreciente comercio de productos farmacéuticos.

Años después, cuando algunos de nosotros ya teníamos coche, sin despreciar en absoluto las fiestas del entorno, comenzamos a ir a Xinzo, a Verín e incluso a Ourense, y yo me enamoré por el camino de Allariz, de Celanova y de Ribadavia, por las que siento auténtica pasión y de las que guardo recuerdos imborrables. Entre ellos, uno culinario tan sorprendente como el de probar mis primeros gnocchi, hasta el punto de que a mí no me recuerdan a Italia, que sería lo suyo, sino a aquél restaurante de Allariz, y a aquella noche.

Fue una especie de variante exótica de los interminables banquetes que se organizan en estos pueblos gallegos, con cualquier excusa. Nunca me han sabido como aquellas, las empanadas que probé, ni me he visto ante cabritos o lacones comparables, a los que presidían aquellas mesas tan largas.

El idioma popular del Couto Mixto era el gallego, pero los documentos se escribían en castellano, como sucedía en las escuelas y como, de hecho, ha venido sucediendo hasta finales del siglo XX.

Pero llegó 1856 y, en el Couto se personaron Frederico Leão y Fidencio Bourman, respectivamente presidentes de las secciones portuguesa y española de la Comisión Mixta de Límites, encargados de redactar un primer Informe, dentro de los trabajos que los Estados ya desarrollaban, para establecer definitivamente las fronteras entre ambos.

Fue el primer paso, de lo que acabó siendo la firma del Tratado de Lisboa, por representantes de la reina Isabel II de España y el rey Luis I de Portugal el 29 de septiembre de 1864, por el que Santiago, Meaus y Rubiás fueron incorporados definitivamente a España … Aunque con la impresión de que podrían haber acabado en Portugal perfectamente, en todo o en parte. Tal vez los vecinos del Couto, y sus descendientes, seamos españoles por el resultado de una partida de cartas, o por cómo cayeron los dados.

No hubo oposición, con todo. Los expertos, entre ellos amigos de mi familia como García Mañá o Feijóo, coinciden en reseñar que los privilegios habían ido decreciendo con los años, y la prosperidad de antaño había desaparecido casi por completo, de tal forma que se impuso el carácter arraiano de la zona, en la que tan referentes y tan cercanos han sido siempre Verín o Xinzo, como Tourem, Chaves y Montalegre, y abrazaron la bandera española con la misma pasión, o la misma falta de ella según los casos, con la que hubieran rendido honores a la portuguesa.

En la actualidad, la población de las tres aldeas es muy escasa. Desde los años sesenta del pasado siglo, los jóvenes fueron buscando fortuna en Alemania, Suiza, Barcelona o Madrid, donde se quedaron, aunque una minoría sí ha acabado regresando, e incluso ha invertido el dinero ganado en negocios. Y en Verano, aunque algunos no volvemos todo lo que desearíamos, son muchos quienes disfrutan allí las vacaciones, en casas de nueva planta o en la familiar modernizada.

Y sus hijos, reproducen nuestros recuerdos de juventud.

Fran Estévez, fillo do Cándido, de Galicia y do Couto Mixto.

@FranOmega

Cocina Gallega

Llamadme Luís.

Es importante empezar las cosas por el principio, pero sin emocionarse. Sin venirse arriba, como esos prologuistas -la de prologuista, si no una raza, es una ocupación de altísima complejidad- que te desvelan en el tercer párrafo el desenlace del libro que acabas de pagar, el resto de la obra de su autor y su muerte a manos de la cirrosis a los cuarenta y siete años de edad, en el quirófano, a las cinco y cuarto de la madrugada (hora local). Ojalá ser prologuista algún día: “Luís M. Teira, persona física y prologuista“, rezarían mis tarjetas de visita.

Es una pena no dedicar el día de San Valentín a comentar la matanza del ídem, ideada por Al Capone -presuntamente- en el 29. Matanza que era para acabar con un tío y acabó con siete mafiosos recibiendo sepultura. Un poco como esos partidos en que el Madrid sólo sale a ganar una Copa de Europa y acaba metiendo cuatro, tres, siete goles, para completar el trámite. Cuando un papeleo se complica, todos nos ponemos un poco violentos. De todos modos, aprovecho estas páginas para condenar los hechos acaecidos en Chicago el catorce de febrero de 1929. No hay excusa, por urgente que fuera la venganza, para perpetrar ningún acto susceptible de entrar en la Historia un día de San Valentín. Todos los demócratas debemos sumarnos a una causa: llevar con total disimulo esta fecha, hasta que acabe desapareciendo del calendario. En un mes con sólo veintiocho días, uno menos no se nota.

Tampoco estaría mal dedicar estas líneas a contar por qué merezco estar aquí. Pero uno, que de joven fue mourinhista, no es de palabras. Tampoco de muchos hechos, pero ése es otro cantar. Por hoy será suficiente -incluso demasiado- presentar este humilde flequillo y habituar al lector -sufrido, paciente lector- a este ritmo desgarbado, forjado en mis constantes idas y venidas por la A-6. Empiezo a sospechar que tanto trajín no traerá nada bueno, porque cada vez me olvido algo en alguna de sus dos esquinas. Si fuese catalán, pensaría que la A-6 me roba.

El próximo día que venga, si me dejan los dueños del local, contaré mis cosas. Intentaré no referirme a mis problemas con la justicia o a mi historial médico, y dejarlo en las aventuras (o desventuras, o cuitas, en función de quién traduzca) del joven becario de El Calzador en la sexta -puede incluso que séptima- provincia gallega. No enunciaré ideas elevadas, no soy tan importante. En esas cuestiones hay que remitirse a los mejores. Como la Reina Isabel II, que en su completísimo mensaje navideño -parece que era ayer, y no soy ni Fray ni Luis ni de León- se marcó una frase digna de dos Santos Mourinho Félix, José Mário: “Jesucristo es inspiración y ancla en mi vida.” Mensaje de gran enjundia, aunque no resulte nuevo. Lleva diciéndolo Kaka’ desde que empezó a jugar al fútbol.

No obstante, la jefa de Estado de la Commonwealth y cabeza suprema de los anglicanos no ha estafado al madridismo, por lo que sus palabras merecen mayor respeto.

Podría seguir abriendo temas hasta el infinito (me resisto a poner una locución temporal, unoUna Reina. nunca sabe cuándo están leyéndolo, ni decidir qué copa es la última). Pero esta gente tiene una casa y se está haciendo tarde, seguro que estamos molestando a estos señores, y además podemos comentarlo en cualquier otro momento. Tampoco se trata de la invención de la rueda, dejémoslo aprovechando que queda poco para el partido del Real -afirmación categórica, siempre queda poco para el próximo partido del Real-. Las quejas, en un apartado de correos que tenemos alquilado a tal efecto, más información en la tapa.

La Reina se pone al lío y cuela en siete minutos menciones a Jesús, a la tregua de Navidad en la Gran Guerra, al ébola, a la reconciliación de los pueblos, a Juego de Tronos, a las Olimpiadas y a la vida eterna. No se me queje el gentío de que voy demasiado rápido, que no da tiempo a copiarlo todo o que se habla de mucho y no se cuenta nada en estas columnatas que periódicamente regalaré. Más callejero era Valle-Inclán, y aún hay pardillos yendo, siete días a la semana, a buscar los espejos del callejón del Gato. Éstos se encuentran con un plástico curvo, así que no se engañen los lectores de El Calzador. Que no os embauquen, que no estamos tan mal.

Luís M. Teira
Persona física @luisteira