Transiciones

I

En secuencia continua

Como un time-lapse de las estaciones en Alaska en las que vemos el sol, el hielo, el deshielo y la cosecha de heno en un minuto y medio.

De esa forma, aunque no lo creamos, aunque no lo apreciemos van nuestros días… Y hasta nuestras horas.

Cuando toca juntar letras aquí en El Calzador, me siento, a las horas en las que un domingo el resto de la tribu anda aún buscando de forma inconsciente la postura en la que no dejar al aire un centímetro de piel debajo del edredón. Las horas en las que aparece Niobe como un perro de los de Guerra Mundial Z para cambiar la colchoneta por el sofá a tu lado, sabiendo que no vas a decirle nada. Es pronto ¡Para qué decirle que se baje!

Son esas horas de cafés recurrentes en las que las teclas del ordenador suenan demasiado escandalosas.

¡Coño es que es muy pronto!

Pues en estas horas es en las que me da por pensar qué ha pasado y qué viene por delante. Y el qué ha pasado me aparece en ese time-lapse que os decía antes. A velocidad infinita y atropellada como en transiciones de una ppt en las que se ha quedado atascado el cursor derecho.

Pasas de preparar comidas para ti a hacer dos cocidos en dos ollas diferentes porque tienen nueve personas a la mesa.

De despertar sin importarte el ruido a bajar la persiana como si fueras un neurocirujano que mueve las manos acariciando los milímetros que se mueven las lamas mientras van ocultando las luces de la calle. Despacio, para no despertar a los que siguen acariciando las vivencias que, en un rato, difícilmente recordarán.

Pasas de hacerte café tras café sin importarte la hora en la que dejarás de tomarlo a ir preparando esos desayunos a la carta… Uno tostadas, otra galletas, otro tostadas de pan (de pan, pan), otra zumo de naranja, otro galletas de chocolate, uno leche fría sola, otra caliente con mucho cola cao…

De ver los documentales de la Segunda Guerra Mundial y hasta el campeonato noruego de curling, de repente estás viendo un miércoles El Príncipe y a un tío que nos intenta convencer de su parentesco con Boabdil mientras le sale del alma su acento natal cubano.

Pero vamos, que son transiciones… Y no son malas.

II

Transiciones

En una época como esta en la que la palabra Transición no se la quita nadie de la boca, sigo pensando que me cuesta mucho hablar con propiedad de aquéllo que, cuando ocurrió, yo rondaba los ocho, diez o doce años. Un tiempo en el que, como decía hace poco, lo único que me preocupaba era jugar al fútbol en la puerta de la comisaría de mi barrio y ganarme un duro con las ruedas de reconocimiento que cada día se celebraban.

Cada vez debo ser menos cuñado, menos castellano y cada vez tengo menos posibilidades de triunfar porque, por mucho que haya leído de algo, cada vez me cuesta más hablar de lo que sé poco, de lo que no se mucho o incluso, de lo que tengo dudas. Jamás voy a poder ser tertuliano…

Debe ser por eso por lo que tuerzo el morro cuando oigo pontificar a algunos (y algunas) sobre “sus” cruzadas, “sus” intereses camuflados con fines y razonamientos imposibles de no alabar. Pero son “sus” fines y “sus” cruzadas. Esas personas viven “sus” transiciones como yo vivo las mías.

Pero como os he contado, las mías son bastante más prosaicas. Son las de no pensar en la hora a la que comer o tener ya, cuando aún el sol no ha salido, perfectamente estructurado en mi cabeza el múltiple menú de hoy. Más prosaicas y banales, sin duda. Mientras alguno estará ahora pensando en qué va a escribir, decir o bramar para arrancar algún aplauso, yo estoy pensando en que algunos de los macarrones los haré con salchichas y otros con carne picada. Pensando que tengo que bañar a la perra y deshacerle los nudos y que, en realidad, me apetece que mañana sea lunes.

Por eso, a veces, cargamos determinadas palabras de una grandiosidad que, en realidad, sólo se las otorgamos para aumentar nuestra pompa (no se puede decir pompa, sin decir después boato). Miramos transiciones de hace cuarenta años y no disfrutamos de transiciones que vivimos, en carne propia, cada día. Las mías, en las últimas semanas, meses… Son importantes y llamativas aunque a ojos de otros, da igual si ajenos, cercanos o lejanos, caigan en saco roto o no sean muy apreciables.

Mi transición. Mis transiciones. Las del día a día que se van viendo con el paso de las semanas. Las que cambian tus momentos de vida pero no tu esencia que sigue siendo la de un capullo inconformista que se cabrea con las cientos de memeces que se leen cada día…

Iba a decir que no bajo la guardia, que seguiré pensando que las transiciones verdaderamente importantes son las que experimentamos cada día nosotros mismos. Iba a decir que os vigilo… Pero en realidad, me acabo de dar cuenta que el pobre Winston Smith soy yo. Que vais ganando y que también voy a vivir una transición que, seguro, será incómoda para mí. Será aquélla consistente en empezar a preocuparme por sonreír a la cámara… La de la sentir satisfacción cuando se lanzan mensajes vacíos o que ocultan razones diferentes a las que queremos hacer creer. En definitiva, seguro que voy más atrasado que otros muchos y acabaré por hacerlo. Cuando llegue ese momento, por favor avisadme…

 

@SMNacho

Toreando de salón.

¡Happy new year! Toca decir ¿No?

Pero happy, happy. Y digo esto porque dentro de mi transformación al buenismo más absoluto, he de cumplir algún que otro requisito. Al margen de dejar de ser una especie de tío atormentado cuando escribo, algo que ya he conseguido más que sobradamente en mi último relato, según siempre la gente que me quiere y que se queda en la cama mientras yo me bajo a escribir a horas, digamos raras, tengo que hacer el intento de eliminar o, al menos, reducir el número de usos que le doy a lo que parecen algunas de mis palabras icónicas. Según varias voces, parece que palabras como “dolor”, “vomitar”, “vomitona”, “escupir” y varias más de ese pelaje son a mis relatos lo que Steve Buscemi a las películas de Tarantino.

¡Ah! Y tengo que intentar no escribir tantos tacos… Creo que esto último me va a resultar más difícil… La verdad, creo que todo me va a resultar difícil. No porque tenga “un estilo” determinado, ni porque sea de verdad un atormentado. Ni siquiera creo que me vaya a costar por haberme creado un personaje y tener que ser fiel a él. En realidad pienso que es complicado para mí porque, si cuatro tarados, gente de bien por otra parte, han decidido ponerme ciertas semanas un papel en blanco para que diga lo que pienso ¡Qué coño! No voy a dejar pasar la oportunidad de intentar poner un espejo delante vuestro en estas madrugadas en las que, mientras escribo con la mente puesta en el piso de arriba, mientras me retuerzo en silencio buscando la postura que sea menos dolorosa, vosotros pergeñáis en vuestras oscuras mentes algún titular de éxito… Sea cual sea vuestra definición de éxito que, sin duda, es muy diferente a la mía.

Sé que muchos de vosotros os vais a sentir orgullosos de mí, de mi transformación al mundo correcto. Otros tantos se van a aburrir como ostras en la línea que ya seguían y que aplaudo porque, al menos, son fieles a sus gustos y, algunos otros, muchísimos, pensarán que sigo siendo el mismo gilipollas de siempre. A estos últimos, los de los mensajes vacuos en busca de la gloria que, sin duda conseguirán si no han conseguido ya (recordad lo que decía antes sobre lo que es el éxito para cada uno), os dedico mi desprecio una vez más… Pero con mucha sonrisa porque soy un buen tipo, un tipo que sonríe mucho y de forma sincera. Con mucha sonrisa porque acabamos de terminar la Navidad, hemos brindado ya en Nochevieja y seguro que habéis empezado a ir al gimnasio de nuevo, en parte porque os gusta y, por supuesto, porque tenéis esa absurda necesidad de enseñar, a lo que vosotros creéis que es el mundo, vuestros atuendos deportivos “push up” y vuestros odiosos desayunos a base de zumos, tostadas integrales y muchos, muchos buenos deseos… Estoy haciendo un repaso mental de lo que digo y tengo arcadas (palabra maldita). Sabía yo que iba a ser complicado cumplir con todos los objetivos pero no he podido resistirme.

Debe ser la naturaleza del escorpión y que, en realidad, no tengo sensación de deberme a ningún público… A diferencia de los que no leéis esto. De esos que no invertís vuestro valioso tiempo en leerlo porque hoy toca hacer algo de deporte (¿Running lo llamáis?) para que todos lo sepamos, para que nos expongáis cada puto minuto de vuestra correctísima vida, ya sea mientras nos contáis lo dura que es la profesión de abogado que atiende permanentemente el teléfono por puro amor a su profesión, esté donde esté y suene donde suene o mientras soltáis vuestras soflamas sacadas de los ratos que ensayáis delante del espejo para vuestro imaginario concurso de debate de universidad americana.

Pero alguno de esa ralea de lo políticamente correcto lo leeréis. En parte porque os gusta, en parte porque necesitáis carnaza con la que daros cuenta una vez más de la cantidad de gilipollas maleducados que hay sueltos por el mundo que se ríen de vosotros y queréis comentarlo con esa voz de pito con algunos de vuestros adláteres y en parte porque, aun siendo obsceno, mal hablado, mal encarado, lenguaraz o hasta desvergonzado y desagradable, aun siendo todo eso, necesitáis que alguien deje durante un rato de doraros la píldora y deciros lo maravillosos que sois…

Me vais a tener que perdonar. Debería haber escrito “vosotros/as”, “alguno/a” o incluso mucho mejor “vosotr@s”, algún@”… Pero oye que no me sale. Que no he llegado al punto de ser tan gilipollas como para que me ofenda que me excluyan en una enumeración de género… Ni como para sentirme ofendido por determinados spots publicitarios. No os ha importado ¿Verdad? Seguro que no. Seguro que ahora estáis sonriendo. Recordad, la sonrisa, cuanto más grande mejor, es muy importante. Cuando sonreís regaláis felicidad. ¿Aunque vuestras sonrisas sean más falsas que Judas?

Voy a intentar volver al buen camino que me dejo llevar otra vez por oscuros pensamientos y hoy no toca indignarse porque haya personas que sean capaces de querer dar lecciones a tíos que saben más de lo que esas personas (recordad, si queréis en lugar de personas puedo escribir “ellos y ellas”) podrán asimilar en su vida a través de sus enormes escotes. Venga, a estas alturas seguro que lo de “enormes escotes” no os lo tomáis de forma literal ¿No? ¿O sí, quién sabe?

Hoy no toca cabrearse porque haya un infinito número de “toreros de salón” (perdón, toreros y toreras) que se refugian en la pataleta para decir que conocen a la gente por cuatro cosas que escribe o que son los dioses y diosas de la psicología humana basándose en ese mundo contrastado, empírico y científico que son…

¡Las redes sociales!

Me estoy riendo… ¿Pero tú qué sabrás niñata/o? ¿Con quién has empatado? ¿Cómo te permites criticar, sentenciar o dar lecciones a quien, como se decía cuando yo era pequeño, sólo con una mano y la otra atada a la espalda podría enseñarte durante mil vidas? ¿Cómo eres tan cobarde de expresar tu frustración (recuerda, es sólo eso, frustración) en ciento diez caracteres o en quinientos sin ni tan siquiera tener la gallardía de decir “Eh tú, esto va por ti”?

No. Hoy no toca cabrearse.

Recordad sólo que mil cien palabras no definen a nadie…

Hoy, ahora no toca cabrearse. Ahora sólo quiero acabar pronto para subir las escaleras despacio intentando evitar los jadeos que provocan los ocho o diez cigarros que me he fumado mientras escribía estas líneas. Quiero acabar pronto para acercarme sin hacer ruido a quien ocupa más de la mitad de la cama. Susurrar algo. Apartar su pelo. Quiero acabar pronto para apretarme contra su cuerpo y vencer los cuatro grados bajo cero que se ven desde la ventana. Quiero acabar pronto…

Y he acabado.

Nota del autor:

Por favor, poned cada uno la foto que queráis. Yo no hablo de nadie. Soy un simple aficionado que no aspira a dar lecciones… Pero tampoco a recibirlas de quien no sabe.

@SMNacho

Quizás el Martini me ha hecho recordar

I

PASANDO POR TU CASA VEINTE VECES…

O MIRANDO DESDE LA COLINA

Seguro que todos conocéis un par de canciones. Simplemente si las escucháis podríamos ahorrarnos estas mil y pico palabras que vienen a continuación. Las dos resumen perfectamente de qué va este juego:

O se pasa veinte veces buscando un recuerdo o te sorprendes mirando a su barrio… O no pasas… O no lo haces. Quizá vas continuamente al Amador aunque estés harto de ese bar que tiraba las peores cañas del mundo.

Quizá cuando “te sorprendes mirando a su barrio” te das cuenta que, en lugar de acordarte de esas noches que has pasado acostado con ella, lo recuerdas por tener las mayores aberraciones arquitectónicas de la historia urbana… Todas y cada una de ellas dignas de aparecer con honores en “Satán es mi Señor” (grandes momentos satánico – arquitectónicos son para no perdérselos en el blog Vicisitud y Sordidez).

Quizá es mejor que te “sorprenda el amanecer bajo las palmeras” solo… Y por favor, no grites “Nenaaaaaaaaaaaa no estás tú” desde la colina.

A poco que hayáis estado alguna vez melancólicos sé que estáis buscando en YouTube “Qué puedo hacer” de Los Planetas y “Cadillac solitario” de Loquillo. No os apuréis, aquí os las regalo.

Pero vamos, qué alguno es capaz de haberse puesto a escuchar compulsivamente “20 de abril”…

II

ENHORABUENA… DE CORAZÓN

En este campo de la melancolía enfermiza hay dos vías claramente diferenciadas. Opuestas. Estáis los que os habéis aprendido de memoria a Los Planetas:

“¿Qué puedo hacer si después de tanto tiempo no te dejo de querer?

Y si después de todo el tiempo que ha pasado, si nos vemos no sé lo que hacer.

He pasado por tu casa 20 veces, siempre voy al Amador por si apareces,

pero nunca vas, pero nunca nunca vas.”

O los que suspiráis amargamente imaginándoos en Barcelona, en la ladera del Tibidabo, con un tumbados en un Cadillac fumando el cigarrito de después, cuando se ha marchado ya la rubia.

“Quizás el Martini me ha hecho recordar nena ¿Por qué no volviste a llamar?

Creí que podía olvidarte sin más y aún a ratos, ya ves.

Y al irse la rubia me he sentido extraño, me he quedado solo, fumando un cigarro,

quizás he pensado, nostalgia de ti.

Y desde esta curva donde estoy parado me he sorprendido mirando a tu barrio,

y me han atrapado luces de ciudad.”

Y estáis los que tienen en su memoria otras canciones.

Enhorabuena si sois de aquella ralea. Enhorabuena si sois capaces de seguir mirando atrás y os perdéis, aunque sea un minuto, la vida que tenéis delante (porque aunque lo neguéis tres veces antes del canto del gallo, lo hacéis). Enhorabuena a quienes tenéis “un ojo pipa” mirando el pasado. Enhorabuena si sois de los que os pegáis un rodeíto con el coche sólo para imaginar cruzarlamiradaconéloellaydespertaresoquecreéisreal. Enhorabuena si sois capaces de pasar por delante de algunos lugares mirando disimuladamente a vuestro alrededor. Enhorabuena si sois de los que miran las matrículas de todos los coches de un determinado modelo cuando circuláis por vuestra ciudad y os da un pequeño vuelco el estómago. Enhorabuena si sois de los que al parar en un semáforo y, sin deseo pero con tristeza, miráis a vuestro alrededor sin daros cuenta que, en realidad, estáis mirando una foto en blanco y negro de esa puta calle. Enhorabuena si no tenéis tristeza y tenéis deseo. Quizá deberíais tener arcadas. Enhorabuena si sois de los que os metéis a ver una dirección en Google Street View con la esperanza de que alguien en algún lugar de California haya olvidado difuminar una cara. Enhorabuena si sois idiotas. Enhorabuena si os veis obligados a dar explicaciones no pedidas a la gente que os quiere porque tenéis necesidad de limpiar vuestras conciencias manchadas con el recuerdo que ocultáis. Enhorabuena si invertís vuestro tiempo en mirar sus fotos de perfil de WhatsApp y os consoláis diciéndoos que ya sólo lo hacéis una vez a la semana. Enhorabuena si las fechas siguen teniendo para vosotros un significado y seguís sin daros cuenta que las hojas del calendario se arrancan cuando se acaba el mes. Enhorabuena si regaláis consejos que vosotros no sois capaces de seguir pero os parecen jodidamente correctos. Enhorabuena si os inventáis historias que vosotros mismos no creéis para justificar lo injustificable de vuestras acciones. Enhorabuena por teclear en Google su nombre. Enhorabuena porque hacéis más daño que la felicidad que repartís. Enhorabuena si sois capaces de haceros un tatuaje con la palabra “loser”. Enhorabuena cada vez que os da el ataque mal disimulado de melancolía. Enhorabuena porque en esos momentos quizá haya alguien a vuestro lado que en vuestra opinión no merezca vuestra puta atención. Enhorabuena porque quien de verdad no la merece es quien sólo vive ya en vuestra jodida cabeza. Enhorabuena porque eres capaz de modificar la Historia a tu antojo para recordar momentos bonitos que sólo existen en tu distorsionada memoria. Enhorabuena porque no te has dado cuenta que, de esa Historia, sólo deberías recordar que Rusia no puede ser invadida en invierno. Enhorabuena, torpes, por la mochila de pasado que lleváis en cada paso que dais por las mañanas cuando vais a la oficina. Enhorabuena porque tú mismo ves que no tienes cabeza y desde luego hace tiempo que perdiste el corazón.

Enhorabuena, sois guerreros de terracota, guerreros de un Xian de Carabanchel, de Triana o La Rosaleda, de Orta, de Intxaurrondo o de El Mentidero que os engañáis y pensáis que miráis el futuro simplemente porque os colocaron orientados hacia adelante. Estáis equivocados, estáis inmóviles aunque vuestra vida sea una carrera continua. Enhorabuena porque si se os aprieta un poquito, sólo un poquito, os deshacéis convirtiéndoos en miserable arcilla sin valor. Sólo espero que no arrastréis a nadie con vosotros.

Enhorabuena porque como no lo veáis pronto vais a arruinar un par de vidas por el puto camino.

III

OTRAS CANCIONES

Ni malas ni buenas. Sólo otras formas de mirar, no lo vivido, sino lo que vives y vas a vivir. Elige lo que quieres. Elige si vas a seguir teniendo listones, altos o bajos y si vas a seguir comparando olores o roces de piel. Elige si quieres estar sólo o con alguien o si vas a disfrutar del mundo de la forma que se te ocurra, pero disfruta lo que tienes por delante y deja de una puta vez de acordarte de esa noche en la que cuatro polvos te volvieron loco. Déjalo ya porque van a venir miles de polvos más tan maravillosos o más que aquéllos pero tienes que tener las ganas de verlos. De verdad.

Ésta es esa otra “facción”. La de la gente de “las tres efes”, los que “no han venido aquí para hacer amigos”, la de los que se sienten orgullosos de ser “de otra época y corte moral” y que están acostumbrados “a resolver sus problemas de forma natural ¿Para qué discutir si se puede pelear?”. Recuerda que para ellos “escrito está y si te dan su palabra nunca se romperá”. Esos para los que esa palabra es sagrada en cualquier ámbito y no saben prometer amor eterno si tienen un poso en forma de recuerdos al que mirar de vez en cuando aunque sea sólo para esbozar una media sonrisa.

Es una gente a la que no voy a dar la enhorabuena cáustica de antes, así que no lo esperes, no es ni mejor ni peor que cualquier otro pero, si conoces a alguno, debes saber que son capaces de hacerte ver alguna cosa que puede no gustarte. No va a gustarte si tú, en cambio, eres de la jarca que prefiere seguir poniendo caritas cuando algo te recuerda a ese amor de hace poco o mucho tiempo. Es para que no os sorprendáis. Para que, simplemente sepáis que hay por ahí gente que os va mucho mejor porque “tiene miedo a volar”:

“Tú chica puedes vivir una vida de hogar,

búscate un marido con miedo a volar.”

Videos de YouTube

Total, que da igual si te gusta mirar al pasado con nostalgia, con melancolía o con rabia. Si sueltas una media sonrisa o consideras que hay cosas que no se deben olvidar. Sea lo que sea, hay a gente a la que no vas a encontrar allí…

Yo es que soy más de los que prefieren pelear a discutir.

Quizá sí, quizá “feo, fuerte y formal”.

Y muy cabrón.

@SMNacho

Asaltos

I

SUDOR Y ASFIXIA

Hay que saber si la asfixia te cansa o el cansancio te asfixia. Hay que saber que debes mantener arriba los brazos, ni muy altos ni muy bajos. No dejar al aire nada… O lo mínimo. Aquélla parte que aguantes más el dolor. Esas elecciones en plan ¿Qué prefieres, susto o muerte? Las manos cerradas, apretando los puños bien pegados a la cara para que no te golpees a ti mismo.

Las piernas intentando hacerte flotar, bailando sin parar. Un tango que tiene prohibido que se crucen en los movimientos laterales, cuando coges carrerilla para agarrar la espalda de la chica y dejarla caer suavemente. Abdominales y dorsales en tensión, sin relajarse ni un momento o te arriesgas a exhalar una bocanada y que no vuelva a entrar el aire en unos segundos que se te van a hacer eternos. La boca cerrada apretando la mandíbula, dura, desafiante al frente, incluso impidiendo chupar un poco de ese aire que siempre se te escapa. La boca apretada en un guiño a ese gesto tan tuyo cuando estás enfadado… Pero sin dejar que se bloquee por la tensión. Mordiéndolo con ansiedad y a veces abriendo la boca para seguir robando bocanadas de aire a la nada. Del mismo aire que antes guardabas.

sudorY todo con el sudor cayendo a mares por tus ojos. El pelo empapado en la frente. No cometas el error de secártelos con los antebrazos porque te invadirá la sensación de tener una tela de araña en los párpados durante un buen rato. No mires lo que te limpias porque quizá el color te asuste. Hazlo con los hombros, pero ten en cuenta que es como si te secaras con una toalla empapada… Incluso huele igual que esa toalla que echas a la lavadora de tanto en tanto.

Y con la asfixia. Con la más absoluta falta de aire. Abres la boca para buscarlo aunque sabes que no existe y muestras tu vergüenza a quien tienes enfrente de ti. La vergüenza de querer y no poder. Deseas que todo pare y ni siquiera eres capaz de escuchar más allá de tus jadeos, el silbido al respirar y el bombeo del corazón. Silbido tras silbido en cada respiración. Bombeo tras bombeo. Las sienes te ayudan a llevar el ritmo con la vena que que quiere sallir de su lugar cuando sabes que algo no va bien.

Muestras la vergüenza de no tener aire. De no poderte mover. De no sostener los brazos. Del dolor de muñecas. De los ojos que ya no ven más que manchas blancas. De tus silbidos al respirar y del corazón martilleándote… Pero estás ahí. Y por tus cojones que vas a seguir.

Y sigues. Hace mucho que ya te ríes si se habla de rendirse o simplemente de retirada. Hace mucho que se ha olvidado eso de “El que es guerrero debe saber luchar… Y también aprender a retroceder”.

El cansancio asfixia, la asfixia cansa… Y la rabia alimenta ambos. Y estás sobrado de ella.

II

CONSEJOS… DE QUIEN NO SABE NADA

Estás ahí sintiéndote morir. Pero sigues de pie. En silencio y sin dejar que nadie adivine que apenas puedes enfocar, que si mueves rápido los ojos de un lado a otro, hay centésimas de segundo en las que sólo ves una especie de lienzo blanco sobre el que ni siquiera quieres pintar… Entre otras cosas porque no sabes.. Estás ahí de pie sonriendo pero sin hablar. ¿Para qué? Nadie entendería qué haces en ese lugar. Nadie va a entender por qué no estás tumbado en una colchoneta de espuma raída de color azul, morado o verde poniendo posturas imposibles entre tintineo de campanillas y olor a incienso.

– Es que no me va mucho, lo siento.

– Pero ¿Lo has probado?

Y miras en silencio sabiendo que no debes decir eso de “Es que hay cosas que uno no necesito probar”.

Te dices una y otra vez que no respires rápido, con calma. Deja entrar el aire poco a poco… Pero es que no entra. El sudor se ha quedado frío y empiezas a tener escalofríos. Estás pegajoso y vas perdiendo color. Es algo que todo el mundo sabe que le va pasando pero seguimos haciéndonos los sorprendidos cuando nos lo dicen.

– Estás un poco blanco ¿Te encuentras bien?

Mientes para no mostrar lo que llevas encima, pero mientes con desgana.

¡Joder, te sientes como si estuvieran desde hace un rato dándote tobas en los testículos! En los testículos… Suena tan ridículo usar una palabra así cuando apenas ves, cuando estás helado por el sudor que se ha quedado pegado al cuerpo, cuando te duele la mandíbula de apretar la boca, cuando las plantas de los pies apenas las sientes porque lo que unos llaman flotar, para ti es simplemente arrastrarse… En realidad lo que sientes es que alguien te ha roto los güevos de una patada. Eso es lo que sientes… Junto con todo lo demás. Sobre todo cuando escuchas aquello de “Quizá no deberías hacer estas cosas”.

– Ya, quizá no debería hacer nada y dedicarme a escuchar tus sabios consejos.

No lo dices pero te gustaría escupirlo. Te gustaría escupir, en general, para ver si se te quita esa mezcla de sabores que llevas encima y que se te han pegado a la garganta.

Es cierto. Quizá debería estar viendo algún aburrido programa de los que tú te sientas a devorar cada noche o cómo la gente vende su alma en cualquier esquina virtual donde le quieran escuchar escribiendo frases tan maravillosas como estúpidas, frases sacadas de lo que ellos llaman inspiración y yo llamo simplemente tibieza. Quizá debería seguir teniendo arcadas mientras estoy sentado leyendo como cientos de “salvapatrias” se postulan de forma cobarde, sin decir “Señores, aquí estoy yo y mi objetivo es cambiar el mundo… Y vivir de ello” para criticar el sistema… Desde la comodidad del sistema. Seguro que un tío inteligente es lo que haría, pero no puedo.

espalda– Me voy a olvidar de todo.

– ¿De qué?

– De todo. Solo quiero volver donde estaba ayer… De todo lo que haga falta para volver a ese lugar.

Creo que voy a vomitar. Aun no tengo aire suficiente en los pulmones y estoy deshidratado. Apenas sé elegir las palabras que quiero decir. Me voy al coche. Si me doy prisa puedo llegar a ese lugar antes de vaciarme… Aunque creo que eso es ya sólo una ilusión.

Tengo las manos hinchadas y acabo de darme cuenta que, con todo lo que he escuchado, con todos los sabios que me dicen que no haga esto, es el mayor síntoma de que estoy vivo. Sigo respirando a duras penas, pero dos nudillos amoratados y estar prácticamente sin fuerza para girar el volante me hacen ver que todo es real y que sigo andando por cada lugar que me he propuesto.

tattoosY recuerdo que anoche estaba acariciando su cuerpo inmóvil. Dibujando cada centímetro con un pincel inexistente que se humedecía con el sudor que compartíamos. Con las manos temblorosas por cada espasmo que voy descubriendo y que ella me va regalando con sólo el roce de las yemas. Aturdido por los jadeos que nos regalamos… Y me doy cuenta que ese es otro de los momentos donde todo se vuelve real.

Ahora sólo quiero volver allí. Vomitar y beber algún brebaje energético de los que, seguro, sólo me darán ganas de escupir otra vez. Quitarme el sudor pegado que no compartiría con nadie y volver a andar el camino conocido por su cuerpo. Puedo hacerlo con los ojos cerrados pero merece la pena tenerlos bien abiertos… Y dejar de escuchar consejos estúpidos de necios que se enseñorean de luchar y en realidad nunca han peleado por nada. Blandos que duermen cada noche ocho horas y reniegan días enteros porque han tenido que levantarse un par de veces a consolar a un hijo que está llorando. A los que te dan lecciones magistrales sobre la forma en la que educas a los tuyos pero que sólo saben lo que han leído en los libros… Pero eso sí, lo han aprendido de carrerilla para poder subir al púlpito y predicar.

A todos ellos les dedico mi frío, mi dolor, mi asfixia y mi cansancio. Les dedico mis vómitos y, por qué no, mi alegría por seguir de pie.

– ¿Qué tal?

– Muerto. Pero feliz.

– ¿En serio?

– Túmbate. Sólo quiero acariciarte y seguir dibujando tu mapa…

Nacho San Martín

@SMNacho

Las series finales

I

SÍNDROMES

Perdiendo kilos y con la mirada un poco perdida. Te das cuenta que has conseguido hitos, pero ¿A qué precio?

– Lo que tienes se llama Síndrome de estrés post traumático.

– ¿Eso no es lo que tenían los soldados cuando regresaban de Vietnam? ¿La fatiga de combate que llamaban en la Segunda Guerra Mundial?

– Algo así. Tus razonamientos no son siempre acertados, ni tus conceptos, pero si así lo entiendes…

Odio su condescendencia. En mis vagos recuerdos creo que es algo que siempre he rechazado e incluso puede que mis reacciones desmedidas ante este tipo de situaciones me hayan traído problemas antes.

– ¿Y cómo?

– Bueno, en realidad has salido de un buen combate…

Puede que haya habido un combate, pero lo cierto es que tenemos una imperiosa necesidad de poner nombres… Y nombres alarmantes:

Un golpe de toda la vida de Dios es una contusión y lo que habían sido siempre los gemelos, así en general, son el sóleo. La corva hace mucho que son los isquios y los tirones son distensiones musculares… Una recesióno es un crecimiento negativo y salir a correr es… Estas cosas sí son una batalla, ya perdida para siempre.

Cuando consigues volver a la vida te das cuenta que tienes algo que has escuchado o leído en los relatos de Reader’s Digest que devorabas cuando te los entregaba tu padre. Grandes volúmenes en papel fuerte que no se escurría entre los dedos.

– Menos mal que no es usted Patton…

– ¿Por qué?

– Por esa anécdota en un hospital de campaña y las bofetadas a quienes sufrían esa “fatiga de combate”.

– Tiendes a reírte de todo ¿Verdad?

– Sólo de lo que no está en mis manos solucionar.

¡Joder! Ya me ha hecho pensar… La verdad es que sí, tiendo a reírme, pero no de todo, sólo de mis cosas. Creo que es la verdadera forma de superarlas. Me he reído de las luces que salían de mi mano, de los cables que me envolvían, de los gritos y los sonidos agudos con los que jugaba a idear melodías imposibles a ritmos que jamás existían. Me he reído de no poder caminar más de cuatro metros y perder el resuello y de conseguir dar 240 pasos. Me he reído de quienes colgaban sus “runtastics” en Twitter mientras mi progresión física tendía a cero.

– Ya te dije que no volvería.

– No estás aquí, ni estuviste allí. No eran tus gritos los que sonaban.

– Claro que estoy aquí y claro que estuve allí ¿Insinúas que no existo?

¡Coño! ¿Cómo le digo yo ahora al que tengo enfrente que, al mismo tiempo que me está hablando de estrés post traumático escucho una vocecilla familiar?

Y si vuelvo la cabeza hacia donde viene la voz se va a dar cuenta… No, mejor me quedo donde estoy. Continuaré haciendo que le escucho atentamente con su malintencionado sarcasmo.

¿Por dónde iba?

II

ESCRIBIENDO

He encontrado la libreta verde; la que tenía en aquel lugar de un blanco impoluto y una luz de las que alguien muy especial llama “de cocina”.

hospitalSí, está al revés… Es que me sigue pareciendo difícil, en un golpe de mirada, saber cómo se ordena el mundo…

– ¿Por qué a todos los tíos os gustan las luces de cocina? ¿No podéis encender luces indirectas?

No sé a quiénes se refería porque me estaba hablando sólo a mí… A no ser que ella también viera a mi “compañero”…

Tengo mi libreta verde; está recuperada de algún viaje del que todavía no recuerdo bien. De momentos de angustia vividos entre borrascas difíciles de describir y multitud de drogas…

– Síndrome de estrés post traumático ¿Seguro?

– Eso dice…

– Yo creo que es más bien un síndrome de abstinencia en toda regla… Sudores, temblores, diecisiete kilos menos y todas las promesas incumplidas que se te ocurran.

– No todas están incumplidas.

– Dime alguna. No, mejor. Dime una…

– No es momento. Todo a su tiempo.

– ¿Me enseñas la libreta?

No toca. La libreta… Ni siquiera sé qué hay en ella. Ni siquiera es verde. Ni siquiera sé cuánto tiempo la he tenido o si únicamente hay garabatos o palabras sin sentido…

– No quiero barrer hojas sólo nunca más.

libretaEs lo primero que se lee al abrirla… Y ni siquiera entiendo qué significa. Sí, me parece que ha viajado conmigo a muchos lugares en los que probablemente ni tan siquiera recuerde que he estado. Ni tan siquiera recuerdo haber barrido hojas alguna vez… Habla de bajadas al infierno y litros de té que hace mucho sustituyeron al café. Agua para infusiones calentada al fuego salvaje del horror, pero sin embargo no hay una sola palabra en la que se atisbe una mínima salida de aquél.

– Si no me la quieres enseñar, debes hacer el ejercicio de leerla.

– No sería la primera vez que rompo una libreta como está sin haber releído lo que he escrito.

– Eso es una cobardía… Sigues queriendo ser el “hombre atormentado”.

– ¿Cobardía? Me acaban de decir que he vuelto de una guerra… No ¿Cómo era?

– De un buen combate. Y no te lo acaban de decir. Te lo dijeron hace dos semanas.

¿Por qué lo sabe? No había nadie más que yo ese día. Estoy delante de él, lo que quiere decir que el combate lo he ganado… O sigo fuera o lo que hay en el mundo no me cuadra… Aunque el tiempo y eso que llamamos de forma rimbombante “su significado” parece que ha desaparecido y noto una punzada al preguntar cuánto ha pasado desde el comienzo de todo; No hay respuesta. Quiero saberlo pero ni siquiera he reunido fuerzas para juntar un hilo de voz. En realidad ni he podido hacer la pregunta.

Toca correr hacia lo que creo que es mi casa, ya no estoy seguro de nada. Rebusco. Tengo más libretas escritas. Están sin fechar, pero son muchas y parece mucho el tiempo invertido en garabatearlas. Las he encontrado mientras revolvía entre la ropa que me trajeron ayer en un petate militar y dentro de una bolsa de plástico con las letras borradas, quizá por el uso o quizá por ese tiempo vivido desde ese inicio que he perdido en algún agujero de una memoria que se ha vuelto frágil.

Las libretas están llenas de frasees escritas sobre papel amarillento con letra de impúber y que nunca consiguen empezar y acabar a la misma altura de la hoja. Deslabazadas… Como yo mismo:

Deslabazado.

Se lee a duras penas una esperanza en forma de razón por la que seguir intentando recordar, por la que seguir avanzando más allá del número de pasos que cada día se logren dar:

“La de seguir amaneciendo cada día enrollado a tus piernas y con tu pelo alborotado envolviéndome la cara.

La de pelear cada día con la rabia de no haber entrado en ti hace muchos años ya… Muchas veces más. La rabia de no haber roto tu cuerpo cada noche durante mil noches.

Escribo estas líneas porque sé que quizá un día olvidaré… Y no quiero.

No quiero olvidar su piel erizándose cuando las yemas de mis dedos comienzan a recorrer su nuca. Cuando andan su camino contando cada una de las vértebras y se desvían hacia los costados en suaves círculos obligándole a girar y mostrar otra cara de nuestro mundo… Mientras mis manos continúan recorriendo cada centímetro de su cuerpo en una forma de exploración que, a estas alturas, tiene algo de salvaje.

Cómo su espalda se arquea mientras el aire que suelta empieza a convertirse en un gemido lanzado al mundo para convertirse en dueña del silencio que nos envuelve. Y como se vuelve a arquear su espalda en cada acercamiento; intentando huir o buscando un roce aun más poderoso…

Escribo esto para no olvidar que he estado vivo.”

Nacho San Martín

@SMNacho

La vuelta… De vuelta

I

SOBRE LA VUELTA

Igual me equivoco y hoy no toca escribir sobre “la vuelta del verano”. O igual sí. Ando últimamente despistado entre acantilados, prados verdes intensos e interminables conversaciones telefónicas. Quien me conoce se asombra.

-¿Tú? Si normalmente ni coges el teléfono… Y lo de llamar ya…

-Así son las cosas.

cenicero

Quizá por ese motivo, cuando me he puesto a juntar palabras, bien entrada la noche, con dos paquetes de tabaco, un par de cervezas y un cenicero tan sucio que él mismo ha abandonado la idea de volver a su blanco originario, no tenía del todo claro cómo arrancar palabras de allí donde estén.

En realidad no es ni siquiera un cenicero, sólo una antigua jabonera que da tumbos por diferentes lugares desde que fue jubilada por un dispensador de color naranja con aires art déco. Lo cierto es que parece que es necesario la búsqueda de una especie de atmósfera asfixiante para creerte un escritor maldito. Uno de esos que nadie salvo los culturetas de barba poblada, pero muy arregladita, lee. Uno de esos que no vende una sola novela pero que predica como si estuviera en un púlpito con un único pecado, no suyo, sino de quienes les escuchan y jalean.

Por cierto, no me gustan esas barbas con aire descuidado y con grandes inversiones económicas para su mantenimiento. Mira no.

Como no tengo muy claro cuál es la cuestión y para cubrir todos los frentes, no voy a contarles los recuerdos que me trae la vuelta del verano. No voy a hablarles sobre cómo cambia el aire al cruzar Despeñaperros ni sobre la arena que se queda eternamente en el coche como si quitarla de los asientos significara dar un paso definitivo que no se quiere dar.

No voy a contarles un mal día al final del verano ni uno de los mejores que vives cuando, sin saber cómo, recuperas la fuerza y la ilusión y sin darte cuenta ésta se va extendiendo en el tiempo. No voy a hablarles de personas que parece que conoces de toda la vida cuando apenas llevas un rato hablando con ellas. Ni tampoco sobre cómo revivo la promesa de MacArthur en Filipinas (“Volveré”) cada vez que cruzo el puente de la Bahía de Cádiz, dejo San Fernando a la izquierda y me sorprendo mirando por el retrovisor con la esperanza de no haberme movido de El Palmar.

II

VUELTA A…

Cuando MacArthur efectivamente volvió lo hizo con una maravillosa puesta en escena y con su eterna pipa de mazorca en la boca. Pero los “mortales”, cuando se trata de volver, nunca tienen esa cuidada parafernalia. Generalmente las vueltas son sucias, hoscas y, por lo general, bastante miserables.

Los elementos que te rodean suelen ser sólo los más íntimos, únicamente los que lleva cada uno dentro. Aquéllo que se convierte en gestos que significan algo para cada uno, con independencia de a qué lugar vuelvas. Y por supuesto todo ese conjunto de tics, manías, colores y posturas que conforman a cada persona; algunos que no sabes, otros que arrastras desde zonas escondidas de tu cerebro y otras muchas que rescatas cada vez que te ves en una igual… Y que en algunos casos sabes que se van a repetir periódicamente.

-Es mejor que te mentalices cuanto antes. Eso sí, eres un tío admirable ¡Qué fuerza de voluntad! ¡Qué capacidad de trabajo!

-¿Sirve para algo?

-No, pero es admirable.

Acabo de sustituir la cerveza por un Jack Daniels. Creo que Hemingway o Dos Passos me dejarían entrar en su Lost Generation.

Aunque no te des cuenta vuelves periódicamente. Y no sólo al trabajo.

-¡Qué horror! Debo tener depresión post vacacional.

¡Amos anda! ¡Ya está bien!

Vuelves por necesidad y hasta sin desearlo a un infinito número de lugares de los que, ni tan siquiera, sabes si saldrás.

Repites esas mismas manías, esos mismos gestos y rituales que hablábamos antes y que, para ti, sin duda son los que te han sacado del infierno en anteriores ocasiones. Miras al suelo y crees ver hasta las mismas pelusas y los mismos zapatos gastados que la primera vez. Y la segunda y la tercera y la cuarta y todas aquellas veces que, son tantas que has perdido la cuenta… Y empiezas a explicarte muchas cosas.

A otros vuelves también, aunque añorando encontrar los matices que llevas en tu cabeza. Te enseñan el dibujo y la confianza ya te permite decir si es lo que tenías dentro de ti o no. Si las texturas son tal y como las imaginaste y si las líneas rectas que tiene el dibujo no van a torcerse por efecto de la gravedad… O de la mano de quien sostiene la tinta.

Me he puesto otro Jack. Creo que estoy logrando el punto exacto de atmósfera necesaria para seguir escribiendo. Quizá el mismo Robert Capa se sentiría orgulloso, aunque creo que dejó el listón bastante alto entre foto y foto mientras se bebía todo Cherbourg y luego ya, junto a Hemingway, parte de Mont-Saint-Michel.

robert capa“Me engancharon al cuerpo una máscara antigás, un salvavidas hinchable, una pala y algunos otros artilugios, y yo añadí mi muy caro Burberrys, que llevaba doblado sobre el brazo. Era el invasor más elegante de todos.”

No me digan que si algún día tienen que volver a ese sitio no desearían hacerlo después de haber escrito algo como esto que decía Capa… Aunque vuestra foto mental de ese lugar estuviera movida como las suyas (las pocas que se salvaron).

III

Y LA VUELTA ES PURO HUMO

Vuelvan allá donde vuelvan lo cierto es que lo que verán es, en muchas ocasiones, humo. Generalmente el de los demás porque el propio no somos conscientes ni siquiera de exhalarlo…

Si vuelven de vacaciones se les saltarán las lágrimas no por la vuelta, que a algunos también con esa ridícula manía de ponerle nombre a todo que tenemos ahora, sino, a poco que se parezcan a mí, por los incendios.

No, no. No los incendios que les vienen a la cabeza, sino los incendios de egos que alimentamos a base de aplausos sociales a distancia de un click y unas cuantas palabras de adulación. Esos son los que realmente dan miedo. Y vuelven. Vuelven periódicamente. No cada septiembre, sino cada mañana. Unos en forma de “grandes y maravillosos” abrazos que te pretenden envolver a base de melaza y miel; un estallido digno de tener que recurrir a una inyección de insulina. Otros que buscan el impulso a no se sabe bien qué carrera y por fin los que te inundan “vendiendo su cuerpo” para lograr algo oculto que sólo ellos saben. Una venta obscena que, aunque no quieras, te obliga a pensar si de verdad merece la pena ofrecerse al público a tan bajo precio.

Y todo ello en pos de diferentes motivaciones que, en muchos casos, soy consciente que gran parte de sus acólitos compartirán. Soy consciente que soy el raro. Soy consciente que soy el que gruñe. Soy consciente de ser el díscolo a quien le molesta ver que, quienes hablan de arreglar algo sólo repiten los mismos errores de aquéllos a quienes critican. Pero no. Ni quiero cambiar a nadie ni que ninguno de los que se compadecen ruidosamente por lo que ellos piensan que es un mal día, aplaudan a rabiar con las concatenaciones de frases mezcla de Sun Tzu y una versión edulcorada del Arte Oriental del Amor Consciente.

A pesar de todo voy a daros un empujón (o un empellón que suena mejor) a aquellos que creéis que tenéis un mal día (o una mala vida) por volver a algún sitio.

A pesar de todo voy a daros un empujón (o un empellón que suena mejor) a aquellos que creéis que tenéis un mal día (o una mala vida) por volver a algún sitio.

Mientras tanto, con su permiso, voy a volver mentalmente a aquellos lugares que me arrancan siempre una sonrisa; a enredos de piernas infinitas, a acantilados o a arena fina. Y también voy a volver a esos que me han estremecido y que pensaban que me quitaban la vida. Pero tranquilos. Ustedes no lo sabrán.

Nacho San Martín

@SMNacho