El que tenga un Maestro que lo cuide

“Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros.”

Marco Tulio Cicerón. Siglo I A. d. C.

Será deformación profesional pero confieso al lector que trato de hacer un análisis de la realidad sociopolítica y económica que nos rodea desde la perspectiva de la educación. Muchos de los acontecimientos recientes que vivimos – sin entrar a valorarlos negativa o positivamente-, por no decir todos, guardan relación con la situación de nuestra educación escolar y universitaria; una educación que sacrificó ya hace mucho tiempo valores que no debieran ser identificados con una determinada opción política: el mérito la capacidad y el esfuerzo, para abrazarse a otros, ni mejores ni peores, pero sí muy alejados de aquéllos.

No es sin embargo el objeto de estas líneas entretenernos con el estado de nuestra educación, algo que daría para un debate mucho más profundo, pero no me resisto a detenerme, siquiera sucintamente, en una figura central en aquélla, ciertamente pasada de moda pero mollar. Me refiero al Maestro, sí, con mayúscula.

En el proceso educativo o de enseñanza – de aprendizaje en un vocabulario más “bolonio”- en el sentido más amplio posible, entendido como afirma MARINA, como aquél que persigue como fin aumentar la probabilidad de que suceda lo que queramos, ha gozado y todavía goza pese a los constantes ataques sufridos, de un papel de especial relevancia el Maestro.

Tiene sentido desde la perspectiva de la coherencia interna del discurso educativo imperante, aunque no pueda compartirlo, que, en un escenario en el que el profeso queda relegado a mero coordinador de los ritmos, materiales e información que el alumno recibe para gobernar ellos mismos su proceso de aprendizaje, autodidacta y autónomo, la figura del Maestro sea percibida como una rémora del pasado; como un incómodo obstáculo al discurso buenista de la plenitud del aprendizaje -que no enseñanza- simplemente guiado y orientado por el profesor, en una limitada, sesgada y banalizada interpretación del método socrático.

unnamedEl Maestro – pocos, pero haberlos, haylos- sobrevive a duras penas en un entorno en el que no es fácil su existencia. No lo es por su propio nombre, suena caduco, y no ayuda tampoco a ello el rechazo reinante a cualquier tipo de referencia de autoridad, aunque sea esta moral e intelectual; lo verdaderamente disruptivo y novedoso es el aprendizaje espontáneo sin guía alguna que pueda condicionar ese proceso.

Me refiero, por su puesto, al Maestro Universitario, pero no sólo a ese, sino a uno mucho más universal el Maestro en cualquier aspecto de la vida; aquél que sabe comunicar, encender entusiasmos y despertar vocaciones. El que bien sabe atraer, interesar e integrar en una sola obra común, sobre todo de espíritu y conducta (tomo la definición de RICO PÉREZ en “Los miércoles jurídicos de Don Federico de Castro”). El Maestro transmite con su ejemplo no sólo conocimientos, sino que orienta, sugiere, apoya e ilusiona, permitiendo crecer y ahondar en el desarrollo personal y profesional, todo ello generalmente a través de la conversación y su fuerza multiplicadora.

Es ésta una época de palabras y lugares comunes, de atajos; de discursos simples directos, rápidos y poco elaborados; de mensajes “virales”, de etiquetas, de ausencia de matices, de extremos, de superioridades morales, de masas y agitaciones, de lo rápido, de lo fácil, de lo apetecible, de corrupción, de “lo mío frente a lo tuyo”, de pérdida de valores, de planteamientos buenistas, de piperío, y hasta de “humor negro”. Es en esta época en la que no encaja muy bien la figura del Maestro, pero se me antoja más necesaria que nunca: el de cada uno, como categoría conceptual, sin importar en qué ámbito y el sentido u orientación de sus enseñanzas; pero que sea Maestro y que ejerza. No los perdamos, y no dejemos que marchen hastiados lejos, buscando su retiro en Stamford Bridge.

Soy un privilegiado, disfruto de inmejorables Maestros, en lo profesional, en lo académico y en la vida y a ese sentimiento responden estas líneas a modo de obras en las que se concrete el agradecimiento para que no sea “cosa muerta”, tal y como afirmaba don Miguel de Cervantes del agradecimiento que se quedaba en el simple deseo.

Lo dicho, el que tenga un Maestro, que lo cuide.

Luis Cazorla

@LuisCazorlaGS

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