Cuestión de talla

Está muy de moda el apelativo “de talla mundial”, con gran parecido a “excelente”, pero tan frecuente que pareciera que lo de world-class es, pese la grandilocuencia, menos exigente. Más barato. Es lo que pasa con las cosas que no tienen definición clara. “De talla mundial”, que queda bien y al carallo.

Excelente suena rancio, casi fascista, pues proviene del latín, donde significaba que algo sobresalía, que estaba “por encima del cielo”. Qué fácil utilizarlo, sabiendo exactamente a qué se refiere. Para los términos tibios hace falta aplicar calor, como hace por ejemplo Sir Alex Ferguson en su último libro. ¿Que qué es world-class? Pues Cristiano Ronaldo, Lionel Messi y nadie más. De entre los miles de jugadores que pueblan el planeta fútbol, sólo dos son intachables en actitud, habilidades y rendimiento. Por si queda alguna duda de lo difícil que es llegar a la cima, el propio Ferguson reduce a cuatro los jugadores excelentes que entrenó en sus veintiséis años como gestor del Manchester United: Cantona, Giggs, Scholes y el de Madeira.

Así se aclaran las dudas. Lo fácil hubiese sido mencionar sus estadios favoritos, los esquemas de juego que mejor fútbol generan, los entrenadores que más problemas le han causado… Algo vacío, que no moleste a nadie. Pero ejemplifica con los cientos de empleados que ha tenido, los tipos que le han dado decenas de títulos durante su carrera. Y destaca únicamente a cuatro. Ser justo tiene una dosis de crudeza que, a ojos del ciudadano moderno, resulta antipático.

Resulta, así, que lo de “talla mundial”, mirado con detenimiento, no anda tan lejos de lo excelente. Que sobresale, que se puede apreciar su brillo desde cualquier del rincón del planeta (sea éste plano o tirando a huevo, que es una cosa con una poesía que no se puede aguantar, dicho en meridional). De hecho, globaliza lo excelente, elevando su listón. No basta que algo destaque en su entorno, tiene que asombrar mucho más allá. Plus ultra.

Máis alá, que tituló su manifiesto vanguardista el mejor poeta gallego de la primera mitad del siglo XX, aun muriendo a los treinta con sólo un libro publicado. Ojo a lo de la talla, que se nos complica. No basta con elevarse entre contemporáneos, nos metemos en la complicada tarea de dejar huellas que perduren. Va a resultar, al final, que lo de world-class no era ninguna carallada.

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Manuel Antonio, poeta galaico (valga la redundancia)

Actitud, habilidades y rendimiento, mencionaba arriba. Querer, saber, poder. Se me hace imposible pensar, por eso, que mis cogeneracionarios -o como carallo se llame a los compañeros de época de uno- no rompamos el molde. Voluntad no puede faltar, con el panorama que nos hemos topado para empezar nuestras vidas profesionales. Una crisis que aún no ha terminado de colear, bastante menos pasta que nuestros predecesores y cierto resquemor de los mayores -que nos ven disolutos, menos disciplinados que en sus tiempos-. La generación de Seseña, Lehman Brothers y otros ingenios. Unos santos. (También la de Apple, Google y el euro, todo sea dicho.)

De saber, aunque no nos sepamos los reyes godos de memoria ni hayamos pasado por cuartel en el que aprender otras materias, nuestra élite ha gastado en aprender más que nadie antes. Nosotros no hemos invertido lo que no teníamos en ladrillos, sino en másteres, maestrías y otros posgrados. Nos hemos endeudado hasta las cejas para despuntar, ahora sólo queda hacerlo. Esos cojones, en Despeñaperros, que dijera el torero a la locomotora que bramaba en el confort de la estación.

El poder se gana echando el balón al pasto, que diría Di Stéfano, don Alfredo. Ahí estará nuestra gran batalla. Los que somos punta de lanza de la generación de la tontería podemita, la idolatría vacía al obama, la queja por la emigración obligada (hay que ser asno), nos hemos topado un mundo nuevo. No sólo la famosa crisis, también maravillas. Toca demostrar que no todos somos tontos. Un folio en blanco: aparatos por todas partes, políglotas por todas las esquinas, billetes de avión a dos duros, compañeros de todos los colores en trabajo, casa y cama.

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Nacidos con todas las comodidades, crecidos con cierta hostilidad, nos ha llegado el momento de llegar más allá. Al mundo, universalizando a Alfonso Guerra, no lo va a reconocer ni la madre que lo parió.

 

Luís Teira
Becario, madridista y millennial

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