Nací para ser salvaje

La imagen es icónica: Montados sobre las motocicletas Harley Davidson recién compradas, un vistazo a la muñeca muestra que algo sobra, el reloj ¿quién necesita saber qué hora es? Se trata de vivir. Por tanto, el reloj acaba tirado en el suelo. Ponen las motos en marcha y suenan los acordes de una de las canciones más míticas de la historia del rock, cuyo estribillo es conocido por millones de personas: “¡¡Born to be wild!!”

Así comienza el viaje de Peter Fonda y Dennis Hopper en Easy Rider. Peter Fonda, cuyo nombre en la película es Wyatt, pero apodado “Capitán América”, con su casco, moto y cazadora llenos de barras y estrellas; y Dennis Hopper, apodado Billy, como referencia a “Buffalo Bill”, a lo que remite su sombrero y chaqueta de flecos, junto a su pelo largo y collar indio, ponen rumbo desde California a Nueva Orleans para celebrar el Mardi Gras. Para ello, se hacen con dos motocicletas adquiridas con parte del dinero conseguido en un negocio de drogas al sur de la frontera norteamericana.

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La película se convirtió en uno de los grandes éxitos inesperados en la historia del cine, y es considerada una de las precursoras del cine independiente. Escaso presupuesto, actores que no eran entonces grandes estrellas, historia relativamente mínima… Sin embargo, el sello de Easy Rider se ha extendido durante generaciones y muestra como pocas la contracultura norteamericana.

Para entenderlo, debemos situarnos en el contexto histórico. Nos encontramos en 1969, cuando la juventud americana ya es abiertamente contraria a la Guerra de Vietnam, cuando el movimiento hippie se encuentra en su pleno esplendor con comunas a lo largo y ancho del país, con el rock como música catalizadora del descontento juvenil y que llevó a que festivales como Woodstock en 1969 fueran eventos absolutamente históricos, como plasmación de una juventud que quería paz y amor, no guerra. Woodstock, en concreto, tiene una historia curiosa por cuanto fue organizado por unos abogados que tenían en común su amor al rock y decidieron organizar un festival para que tocasen sus grupos favoritos. El evento tuvo tal poder de convocatoria que acudieron cerca de medio millón de personas cuando se esperaba aproximadamente sólo cincuenta o sesenta mil personas.

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Precisamente, el rock tuvo una gran incidencia en el éxito de Easy Rider. En efecto, la película contiene una banda sonora de auténtico lujo, que nadie que se precie de tener sensibilidad auditiva puede decir que hay una sola mala canción. Pero sobre todas ellas, y ojo que estamos hablando de canciones de Jimi Hendrix o Bob Dylan, destaca el tema de Steppenwolf “Born to be wild”, canción que se ha considerado en ocasiones  precursora del Heavy Metal, no porque fuera en sí una novedad en lo que al estilo musical respecta, por cuanto era un tema lleno de guitarrazos de puro hard rock, sino por la inclusión en su letra de la frase “I like smoke and lightnin’, Heavy metal thunder…”

Junto a ellos, el uso abierto y declarado de las drogas: cocaína, con la que que negocian para poder poner rumbo al Mardi Gras; marihuana, presente durante todo el film; o ácidos, con los que tienen un viaje psicodélico en un cementerio acompañados de dos señoritas.

Si hay algo que queda expresamente mostrado es la sensación de libertad. En efecto, se trata de dos –a veces, tres- tipos cruzando la América sureña profunda en sus Harley Davidson, a poca velocidad, disfrutando del paisaje, de la Naturaleza, sin prisas, sin agobios, sin posiblemente saber pero seguramente sin importar qué día de la semana era. No había teléfonos móviles, ni siquiera utilizan cabinas de teléfono. Sólo ellos saben donde están en cada momento, o eso se supone. Ni prácticamente se cruzan con un solo coche o moto en todo el camino. Sólo sol, llanura, carretera y, en ocasiones, montañas a lo lejos y vacas y caballos a los dos lados de la carretera.

Junto a ello aparece el amor libre, las comunas hippies, el vivir fuera de lo establecido. Son encerrados por “desfilar sin permiso”, léase por seguir con sus motos el ritmo de las majorettes, donde se encontrarán con un abogado, George (Jack Nicholson) que se apuntará al viaje con su casco dorado de fútbol americano y con quien tienen curiosas conversaciones, como cuando George habla sobre la existencia de OVNIS, y el uso de la información que los líderes de nuestra sociedad hacían de los OVNIS para que no cundiese el pánico.

La película puede haber envejecido mal, o hacerse lenta a pesar de que su metraje dura alrededor de noventa minutos, pero es un buen reflejo de una época concreta, y sobre todo de algo que aún sigue siendo intemporal. En efecto, los protagonistas entran en el restaurante de un pueblo y, mientras las chicas quieren conocerles, los hombres de la América profunda sureña están deseando que den un paso en falso para ponerles de patitas en la calle, y acabarán provocando que se vayan por sus comentarios sobre su presunta homosexualidad por el pelo largo y la ropa que llevan. Sin embargo, esa noche, en la hoguera bajo las estrellas se produce la conversación más interesante de la película: George les dice que no dan miedo a los del pueblo por su estética, sino por lo que representan para ellos, es decir, la libertad. Porque todos quieren ser libres, pero ellos lo representan y lo muestran, mientras que los otros sólo hablan de la libertad del individuo, y cuando ven a un individuo libre les hace tener miedo. Y ese miedo, a su vez, les hace peligrosos para, precisamente, quienes son libres.

¿Acaso no sigue siendo arriesgado hoy en día pregonar la libertad?

@EnriqueMS_

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