Vivir riendo

Porque tengo muchos motivos para hacerlo

…y porque si no los tengo los busco.

Porque lo he convertido en mi lema de vida

…y porque ya mi vida sin risa no es vida.

Hace tiempo que en redes sociales (Instagram, Twitter, Facebook) utilizo el hashtag #VivirRiendo (también en Instagram tengo el perfil @VivircoRiendo). Y como con la felicidad, cuanto más se comparte más se tiene, cuanto más se trabaja y se lucha por ella más se logra. Y cada día me siento mejor.

Con ello no digo que no tenga “momentos” de dolor o lágrimas, son inevitables cuando vives con intensidad. Forman parte del ciclo de la vida, de sus fases de éxito y fracaso, de sus puntos álgidos y de baja energía. Como dice Eckhart Tolle en su libro “El Poder del Ahora”, son parte de la ”naturaleza cíclica en relación con la impermanencia de las cosas (…) la prosperidad de hoy se convierte en el consumismo vacío de mañana, la boda feliz y la luna de miel se convierten en un doloroso divorcio o convivencia infeliz”. Y entonces suele sonar la canción “Semilla en la Tierra”, de Carlos Chaouen:

“Duele, la vida como un puñal hay veces que duele,

y nada tiene que ver con tu boca,

que hecha para besar hay veces que muerde

que anuncia cordura y a veces se vuelve loca

Y duele porque la piel no es materia inerte

Y duele porque el querer es dolerse a veces”

 Sí, son muchos los “momentos” en que sufro por la pérdida de un ser querido, un mal amor, una situación de impotencia o un mal resultado profesional. Pero estoy aprendiendo a “soltar”, a volar superando turbulencias, a aceptar que la felicidad en la que quiero vivir es inseparable también de su opuesto y que la alegría depende de mí, de cómo decida enfocar o asumir las cosas, no de cómo sean. A vivir aquí y ahora. Y me siento más libre.

Así, sentimientos como la nostalgia, melancolía, soledad o fracaso, pueden ser nuestro mejor maestro y traer en cada lágrima vertida o instante de dolor una lección, a priori oculta, que cuando sabes identificar te permite entender las cosas sin polaridades positivas o negativas, desde un estado de paz interior y profunda serenidad. Aquí, mi gran ejemplo es mi madre, con un alma a la que, como una ventana de luz, siempre apetece asomarse. Durante la época que mi padre sufrió el cáncer linfático que terminó llevándoselo, nos enseñó a entender la muerte como parte de la vida, a verla de una forma más sencilla y esperanzadora de la que acostumbramos. El libro de “Viajeros en Tránsito”, de María Isabel Heraso, estuvo en nuestra mesilla de noche, y recuerdo como si lo leyese en este instante su mensaje de que “la persona que se va siente los sollozos y las lágrimas derramadas junto a su cabecera como si fueran trueno y granizo” y que “para soltarse mejor del plano de la tierra necesita saber de los suyos que le otorgan permiso para morir y que saldrán adelante para poder irse sin preocupación”. Fue muy intenso todo, pero una lección de vida.

Cierto que la madurez o los años te van enseñando a relativizar y a enfocar las cosas con mayor serenidad y bajo el prisma comentado. Pero, por suerte, no sólo las canas o patas de gallo me van sosegando y haciendo ver el color en un día gris, sino que Su muerte, junto a la lección de mi madre, me dejó en positivo Su alma y Su lema. Mi padre siempre decía: “Polilla, que a reír no te gane nadie”. Y cuando me duele el alma miro al cielo y su recuerdo me llena de fuerza dibujando una inmensa sonrisa. Sí, papá, hago mía tu filosofía de vida y voy a hacer lo imposible por #VivirRiendo. Te lo debo. Me lo debo. Y os lo debo a todos los que me llenáis de vida y hacéis sentir tan inmensamente afortunada.

oIntento entender la vida como un puzle o mosaico de hilos que tejen un todo. Como un equilibrio de contrastes, con sus subidas y bajadas, sus luces y sombras. Pero siempre vivida desde la alegría, con mi #VivirRiendo por bandera y con actitud. Así lo voy haciendo en el trabajo, en mis hobbies, en cada reto que me fijo u obstáculo que me encuentro. Este verano eché un pulso al mal de altura que podía provocarme el Kilimanjaro, al cansancio y frío de su ruta, y con una mochila cargada de ilusión, esfuerzo y, sobre todo, actitud, conseguí hacer cumbre. Cuando llegué a sus 5.895 metros de altura se me caían las lágrimas de emoción pensando lo duro que había sido y que lo había conseguido, recordándoos a todos los que me apoyáis y dais fuerza cada día. Y me vino a la cabeza la cita de Zig Ziglar escrita en la primera página del diario que una persona muy especial me regaló para este viaje:

 Es la actitud, no la aptitud, la que determinará tu altitud

Tengo muchos sueños que cumplir, mares y montañas que recorrer, objetivos profesionales que alcanzar, metas que cruzar, personas a las que conocer y con quienes disfrutar….pero, ante todo, lo que tengo y no quiero dejar de tener nunca es ilusión. Es la que marca la edad y no los años, la que te empuja a vivir o te retira a un insondable y oscuro abismo si te abandona. La que te hace pensar sonriendo en un día más cada amanecer o te condena a tachar con una triste cruz la fecha en el calendario. Y sé que me caeré muchas veces y me haré daño. Pero sé que es parte del camino, del ciclo de la vida, que si no arriesgo no gano, que quiero vivir aprendiendo. Y reír con la experiencia, con los años, con el dolor y la alegría de intensas emociones. Reírme con todo y hacer todo por reírme.

Porque en eso consiste la vida o, al menos, la mía: en Vivir Riendo.

Paula Fernández-Ochoa

@paulafdezochoa