Toreando de salón.

¡Happy new year! Toca decir ¿No?

Pero happy, happy. Y digo esto porque dentro de mi transformación al buenismo más absoluto, he de cumplir algún que otro requisito. Al margen de dejar de ser una especie de tío atormentado cuando escribo, algo que ya he conseguido más que sobradamente en mi último relato, según siempre la gente que me quiere y que se queda en la cama mientras yo me bajo a escribir a horas, digamos raras, tengo que hacer el intento de eliminar o, al menos, reducir el número de usos que le doy a lo que parecen algunas de mis palabras icónicas. Según varias voces, parece que palabras como “dolor”, “vomitar”, “vomitona”, “escupir” y varias más de ese pelaje son a mis relatos lo que Steve Buscemi a las películas de Tarantino.

¡Ah! Y tengo que intentar no escribir tantos tacos… Creo que esto último me va a resultar más difícil… La verdad, creo que todo me va a resultar difícil. No porque tenga “un estilo” determinado, ni porque sea de verdad un atormentado. Ni siquiera creo que me vaya a costar por haberme creado un personaje y tener que ser fiel a él. En realidad pienso que es complicado para mí porque, si cuatro tarados, gente de bien por otra parte, han decidido ponerme ciertas semanas un papel en blanco para que diga lo que pienso ¡Qué coño! No voy a dejar pasar la oportunidad de intentar poner un espejo delante vuestro en estas madrugadas en las que, mientras escribo con la mente puesta en el piso de arriba, mientras me retuerzo en silencio buscando la postura que sea menos dolorosa, vosotros pergeñáis en vuestras oscuras mentes algún titular de éxito… Sea cual sea vuestra definición de éxito que, sin duda, es muy diferente a la mía.

Sé que muchos de vosotros os vais a sentir orgullosos de mí, de mi transformación al mundo correcto. Otros tantos se van a aburrir como ostras en la línea que ya seguían y que aplaudo porque, al menos, son fieles a sus gustos y, algunos otros, muchísimos, pensarán que sigo siendo el mismo gilipollas de siempre. A estos últimos, los de los mensajes vacuos en busca de la gloria que, sin duda conseguirán si no han conseguido ya (recordad lo que decía antes sobre lo que es el éxito para cada uno), os dedico mi desprecio una vez más… Pero con mucha sonrisa porque soy un buen tipo, un tipo que sonríe mucho y de forma sincera. Con mucha sonrisa porque acabamos de terminar la Navidad, hemos brindado ya en Nochevieja y seguro que habéis empezado a ir al gimnasio de nuevo, en parte porque os gusta y, por supuesto, porque tenéis esa absurda necesidad de enseñar, a lo que vosotros creéis que es el mundo, vuestros atuendos deportivos “push up” y vuestros odiosos desayunos a base de zumos, tostadas integrales y muchos, muchos buenos deseos… Estoy haciendo un repaso mental de lo que digo y tengo arcadas (palabra maldita). Sabía yo que iba a ser complicado cumplir con todos los objetivos pero no he podido resistirme.

Debe ser la naturaleza del escorpión y que, en realidad, no tengo sensación de deberme a ningún público… A diferencia de los que no leéis esto. De esos que no invertís vuestro valioso tiempo en leerlo porque hoy toca hacer algo de deporte (¿Running lo llamáis?) para que todos lo sepamos, para que nos expongáis cada puto minuto de vuestra correctísima vida, ya sea mientras nos contáis lo dura que es la profesión de abogado que atiende permanentemente el teléfono por puro amor a su profesión, esté donde esté y suene donde suene o mientras soltáis vuestras soflamas sacadas de los ratos que ensayáis delante del espejo para vuestro imaginario concurso de debate de universidad americana.

Pero alguno de esa ralea de lo políticamente correcto lo leeréis. En parte porque os gusta, en parte porque necesitáis carnaza con la que daros cuenta una vez más de la cantidad de gilipollas maleducados que hay sueltos por el mundo que se ríen de vosotros y queréis comentarlo con esa voz de pito con algunos de vuestros adláteres y en parte porque, aun siendo obsceno, mal hablado, mal encarado, lenguaraz o hasta desvergonzado y desagradable, aun siendo todo eso, necesitáis que alguien deje durante un rato de doraros la píldora y deciros lo maravillosos que sois…

Me vais a tener que perdonar. Debería haber escrito “vosotros/as”, “alguno/a” o incluso mucho mejor “vosotr@s”, algún@”… Pero oye que no me sale. Que no he llegado al punto de ser tan gilipollas como para que me ofenda que me excluyan en una enumeración de género… Ni como para sentirme ofendido por determinados spots publicitarios. No os ha importado ¿Verdad? Seguro que no. Seguro que ahora estáis sonriendo. Recordad, la sonrisa, cuanto más grande mejor, es muy importante. Cuando sonreís regaláis felicidad. ¿Aunque vuestras sonrisas sean más falsas que Judas?

Voy a intentar volver al buen camino que me dejo llevar otra vez por oscuros pensamientos y hoy no toca indignarse porque haya personas que sean capaces de querer dar lecciones a tíos que saben más de lo que esas personas (recordad, si queréis en lugar de personas puedo escribir “ellos y ellas”) podrán asimilar en su vida a través de sus enormes escotes. Venga, a estas alturas seguro que lo de “enormes escotes” no os lo tomáis de forma literal ¿No? ¿O sí, quién sabe?

Hoy no toca cabrearse porque haya un infinito número de “toreros de salón” (perdón, toreros y toreras) que se refugian en la pataleta para decir que conocen a la gente por cuatro cosas que escribe o que son los dioses y diosas de la psicología humana basándose en ese mundo contrastado, empírico y científico que son…

¡Las redes sociales!

Me estoy riendo… ¿Pero tú qué sabrás niñata/o? ¿Con quién has empatado? ¿Cómo te permites criticar, sentenciar o dar lecciones a quien, como se decía cuando yo era pequeño, sólo con una mano y la otra atada a la espalda podría enseñarte durante mil vidas? ¿Cómo eres tan cobarde de expresar tu frustración (recuerda, es sólo eso, frustración) en ciento diez caracteres o en quinientos sin ni tan siquiera tener la gallardía de decir “Eh tú, esto va por ti”?

No. Hoy no toca cabrearse.

Recordad sólo que mil cien palabras no definen a nadie…

Hoy, ahora no toca cabrearse. Ahora sólo quiero acabar pronto para subir las escaleras despacio intentando evitar los jadeos que provocan los ocho o diez cigarros que me he fumado mientras escribía estas líneas. Quiero acabar pronto para acercarme sin hacer ruido a quien ocupa más de la mitad de la cama. Susurrar algo. Apartar su pelo. Quiero acabar pronto para apretarme contra su cuerpo y vencer los cuatro grados bajo cero que se ven desde la ventana. Quiero acabar pronto…

Y he acabado.

Nota del autor:

Por favor, poned cada uno la foto que queráis. Yo no hablo de nadie. Soy un simple aficionado que no aspira a dar lecciones… Pero tampoco a recibirlas de quien no sabe.

@SMNacho

Olores, sabores, colores, vivencias… Y algo más

I

DE AMORES DE VERANO

Si se trata de hablar del verano esto es para mí:

Olores, sabores, colores y vivencias. Pero también amores.

jura banderaMe enamoré de Cádiz en los 90 cuando me marché a hacer la mili al CIM de San Fernando y mientras, con más de treinta grados a la una de la tarde mis compañeros de formación iban cayendo desmayados como chinches por el calor, los nervios y la deshidratación (si cualquiera de ustedes hubiera llegado a la fiesta benéfica de El Calzador el 4 de julio diez minutos antes me habría encontrado en ese estado lipotímico… Eso que se llama ahora “un golpe de calor”).

En la foto se aprecian los correajes bien hinchados… botellas salvadoras.

Me enamoré de Cádiz a pesar de eso o, quizá también por eso, porque llevaba los correajes rellenos de botellitas pequeñas de agua con limón y azúcar… Mucha azúcar. Me los preparé ante el estado lamentable que me provocó la noche anterior; esa noche en la que todos salimos a festejar la previa de la jura de bandera.

Me enamoré de Cádiz a pesar de los gestos de los chavales con los que me cruzaba vestido de paisano por las calles de San Fernando y que te hacían el gesto típico despectivo por la marca que la boina te dejaba en la frente. El moreno del marinero, del recluta. Ese pico blanco que te sobresalía hasta casi la mitad de la frente morena por el sol.

Me enamoré de Cádiz a pesar del olor de la camareta de marinería de la Brigada Pizarro, de los colchones con somieres rotos en los que te hundías hasta los hombros y de las duchas de los novatos separadas convenientemente de las de los instructores por una línea de respeto invisible y que poco a poco se diluía, de las miradas displicentes de los infantes de marina y de unos suboficiales ladrones que no eran dignos de vestir, no ese, sino ningún uniforme.

ARMADA_BOINA_AZUL_MARINERIAMe enamoré de Cádiz a pesar de las 95 guardias que hice con sus correlativas imaginarias y del litro de vino barato y las dos barras de pan que siempre acompañaban comida y cena, generalmente patatas fritas que, para ahorrarse esfuerzo, los marineros destinados en cocina, introducían en el aceite hirviendo junto con la bolsa de plástico hasta que éste se deshacía y las patatas caían… Que encontraras plástico fundido en las patatas daba igual.

Pero en verdad, me enamoré de Cádiz. De los paseos eternos por la playa de la Caleta y de la Cortadura cada vez que me podía escapar en el autobús hasta allí. Me enamoré de Cádiz mientras sentado en la arena sin toalla me comía un cucurucho de camarones con mi bañador azul marina del ejército… Y con mi marca en la frente. Y seguí enamorándome de Cádiz el día de permiso que me fui sólo hasta El Palmar y allí ya no me importará morir… Y allí sigo. Varias veces al año físicamente y casi toda la vida con el alma esperándome entre El Palmar, Trafalgar, Bolonia y Valdevaqueros.

Porque en verano descubres amores curiosos. De los que duran para siempre.

II

OLORES, SABORES, COLORES

Y al margen de amores eternos, la realidad es que el verano es todo esto. Es un olor, un olor a aceituna al pasar en un Renault 8 por Jaén. El sabor de las sardinas sentado con una cerveza mientras brillaban los ojos por ver aquélla mujer granaína que año tras año te volvía loco. El verano era el color de las campanillas que florecían en azul cielo en las vallas de los chalets que atravesabas hasta llegar al mar. El verano fueron y son aun, esas vivencias que sueñas cada día con que se repitieran, pero que ya sabes que es imposible y optas por repetirlas con tus hijos… Pero nunca es igual a cómo lo viviste.

El verano es y será siempre, pasar Motril, enfilar la carretera estrecha por Torrenueva, dejar Carchuna a la derecha y girar en la entrada de Calahonda, al pie de la montaña y mirando al mar por la ventanilla izquierda del R-8. Seguir circulando despacio por la calle principal hasta llegar a la plaza de las flores… pero siempre llegando solo porque antes ya habías localizado alguno de los amigos y saltabas casi en marcha del coche. Mi padre, en realidad, siempre fue comprensivo… o ciertamente resignado.

Te bajabas con la mirada inquieta buscando algo que ya sabías que no ibas a ver así de repente y te emborrachabas del lugar que, con esa edad, más maravilloso del mundo te parecía. Olores, sabores, colores y vivencias.

El verano era viajar con tu padre solos los dos en el coche y que se parara en un olivar, debajo de uno grande que diera buena sombra y que, cuando pensabas que tocaba descanso o incluso una cabezada porque lo peor, el Despeñaperros de aquellos años ya lo habíamos pasado, sólo oías:

– Hummm! Algo pasa.

– ¿El qué?

– Los platinos. Creo que son los platinos.

Y los ojos se abrían como platos cuando tu padre desmontaba un motor y no eran sólo los platinos, eran las bujías también y el filtro de la gasolina y…

– Ya está. ¿Te has ido fijando como lo he hecho?

Y sólo podías asentir porque la admiración aun te tenía extasiado. Era como una borrachera de ojos abiertos y exclamaciones sordas ahogadas en la garganta. Sólo al principio de parar el coche, cuando no sabías qué ocurría y, al rato de volver a arrancar, cuando conseguías comenzar a cerrar los ojos que hasta entonces estaban como platos por tener un padre que era capaz de hacer cosas así, te dabas cuenta del fuerte olor. Ese olor a aceite.

III

VIVENCIAS

Los bailes. Los bailes de vivencias que, en noches como ésta, uno es capaz de recuperarlas todas. Conducir, su pelo rubio, los Arenas, esos grandísimos amigos que el tiempo te aleja, partidas eternas a las palas con pelota dura de squash con quien con los años estudió medicina en Navarra. Madrugar para comprar quisquillas en el mercado y compartirlas como cebo con mi padre.

Esa imagen de la playa enorme, anchísima, mirando a la derecha El Ejido donde muchos de mis amigos se marchaban a volar en tablas de windsurf. Mirar como tu padre entraba en el agua hasta la cintura y con la camisa anudada en la generosa tripa. Lanzaba la caña y volvía renqueando por culpa de las piedras. Y sólo cuando lo había hecho varias veces y estaba seguro que tenía la mecánica cogida, me dejaba lanzarla con una cierta sonrisa de admiración.

farillo 1El verano también era conducir. Llegar hasta el faro en el asiento de al lado del conductor, ponerme sobre las rodillas de mi padre y dar vueltas rodeando la antigua torre. Y que me dejara cambiar de marcha…

– Mira siempre al frente.

– Ya lo hago…

Ahora el faro es esto, más cuidado pero con menos encanto. Como el verano. Da igual cómo sea y con quién sea. Ahora ya sólo eres transmisor de esos olores, colores, sabores y vivencias, pero ya no volverán todos aquellos momentos. Las cosas se mejoran y pierden encanto.farillo 2

Quizá el verano ya sea todo y nada más de lo que he contado porque ya ha desaparecido esa melena rubia que observaba desde la terraza unos pisos más arriba y desde el edificio de enfrente mientras ambos estudiábamos, quizá, las mismas asignaturas de carrera para los exámenes de septiembre.

Olores, sabores, vivencias y colores. Pongan ustedes el orden y, si quieren, incluyan también una melena rubia.

@SMNacho

No lo creáis todo.

I

MIRANDO ATRÁS

Cuando se tiene tiempo se piensa mucho, quizá demasiado. Es mejor la locura del día a día que tener tiempo para echar la vista atrás… Y ver el legado que vas dejando. Así de momento te encuentras con cositas interesantes. Hoy leía a un malagueño diciendo que su hija le había pedido una máscara de Darth Vader por haber aprobado todo. “Algo he debido hacer bien” se decía en voz alta.

La contestación me salió del alma:

“La mía me ha pedido unos guantes Everlast rosas. ¿Algo he debido hacer bien? O no.”

EverlastPara los que no lo sepan estos son unos Everlast de ocho onzas… rosas. A la vez esa misma niña llega a mi casa, abre mi ordenador en donde tiene una carpeta con su nombre y, cuando le apetece, cuando menos te lo esperas, escribe. Igual hoy dos párrafos y no lo toca hasta dentro de un mes. O igual no para durante dos horas.

Algo deberé estar haciendo bien. O no.

Por su parte el hermano ha pedido un chaleco táctico (esta vez las botas de fútbol dice que se las compra él con su dinero, que yo ya le he comprado muchas). Chaleco táctico, máscara, gafas, guantes tácticos, mochila, botas… Y subfusil. El airsoft y el fútbol. Está en la edad.

Están en la edad en la que la gente ha abandonado por fin el estrujón de mejillas, la caricia exagerada en el pelo, el ¡Qué guapos son! el ¡Son iguales que su madre! y todos esos lugares comunes que todos hemos padecido en primera y en tercera persona.

Ahora estamos en ese otro lugar común de ¡Por favor, qué alto! del ¡Qué guapa, es toda una mujer! del ¡Pero si eres más alto que tu padre… Y con más músculos! y, sobre todo del inefable ¿Qué queréis ser de mayores?

– Pues yo quiero entrar en la Academia Militar. Y si puedo, en el EZAPAC o en la BRILAT.

– Yo quiero entrar en la Academia de Policía. Ingresar en la escala ejecutiva y, cuando pueda, entrar en Científica, en Análisis de Comportamiento o en Investigación Tecnológica.

Y las caras se mudan. Se vuelven una mezcla de asombro, media risa y acaban girándose hacia mí.

– A mí no me mires. Sólo soy abogado.

Me divierte ver esas caras. Me divierte escuchar las conversaciones entre los hermanos sobre lo que “quieren ser” y sobre cómo lo van a hacer. Yo con su edad creo que seguía queriendo ser Paco Buyo.

Y entonces, como tienes tiempo, demasiado tiempo, maldito tiempo, echas la vista atrás y piensas que igual estás haciendo algo bien. O no.

II

MIENTRAS, EL TIEMPO PASA

Pasa despacio de forma relativa, pero muy rápido para poder seguir echando la vista atrás si no quieres que, lo que has hecho o lo que no has hecho te coma.

Hace meses estaba sentado y casi pego un grito:

– ¡Mamen!

– Holaaaaa, niño.

– Es increíble, no me puedo creer que seas tú. Estás guapísima.

– Calla, calla. No seas tonto. Estás igual que siempre. Hace cuánto que no nos veíamos…

– ¿Igual que siempre? No lo creo la verdad. Es increíble. ¿Sabes las veces que me he acordado de ti? ¿Sabes cuántas veces me hubiera gustado decirte todo lo que tenía que haberte dicho hace mucho?

– Jajajajaja pero qué dices… ¿Vives aquí?

– Sí, desde hace tiempo. ¡Qué ganas tenía de volver a verte!

– Ha pasado muchísimo tiempo.

– Bueno, en realidad te vi una vez. Andando por la calle Goya con tu madre y tu hermano y…

– ¿Qué? ¿Y no me dijiste nada?

– Bueno…

– Eres increíble…

Habría sido una bonita conversación y habría sido maravilloso poder acariciarle ese pelo rubio que desde que tenía dieciséis años me había vuelto loco… Pero ni siquiera di ese grito, así que nunca lo podré saber. Lo que sí era verdad era la misma melena rubia, el mismo acento y la novedad de un tatuaje en la espalda, a la altura de las lumbares, así que lo único que me pude preguntar a mí mismo fue si habrían podido ponerle la epidural cuando dio a luz a la niña que tenía sentada junto a ella.

El caso es que mientras echas la vista atrás. Mientras piensas lo que no hiciste y sueñas con lo que hacer… El tiempo se va amigo. Y en nada una andará en Ávila y otro en Alcantarilla.

III

DÍAS DE TREINTA HORAS

Si valoras el sueño eres un afortunado y, a la vez, pierdes, al menos, seis horas de tu vida al día. Hace tiempo que me he dado cuenta que una cosa es no dormir, dormir poco y otra diferente dar vueltas en la cama. Días de más de veinticuatro horas. Tenía un amigo que experimentó durante un par de meses con el sueño. Estudiaba Caminos y, para un tío de veinte años que estudiaba Derecho, un Ingeniero, per se, ya era un tío raro.

Se hizo eso que, en muchos casos tirando de pedantería, llaman hoja de ruta y que antes simplemente decíamos planning o planificación. Pero bueno, antes también se hablaba de centrismo y ahora se dice centralidad. Antes decías “todos” y ahora hay que decir de manera impenitente “todos y todas”… Y el resto de la frase, por supuesto, debe seguir por ese camino. El absurdo camino de los “os y as” o de las @.

Al lío que me pierdo. Este personaje, ahora uno de los grandes directivos del departamento inmobiliario de un gran banco, comenzó a reducir voluntariamente y de forma planificada las horas de sueño. Acabó durmiendo una hora al día durante un mes… Agotado, malhumorado, con ojeras que debían estar esperando la oportunidad de florecer porque ya no le han abandonado… E ingresado. Y con sus amigos cachondeándonos juvenilmente de él. Hizo bastantes otros experimentos curiosos…

duermo pocoDesde hace tiempo me acuerdo de él. Parece que estoy emulando sus experimentos sobre el sueño… jejeje Ya hable una vez de lo familiar que se hacen las voces de la radio. Cómo sabes la hora que es en función del programa que, entre vuelta y vuelta, se escucha de fondo. Me acuerdo también de la frase que a modo de presentación tiene uno de mis mejores amigos en su WhatsApp:

“Mientras tú duermes, yo sueño”.

Bueno, en este punto, creo que yo sueño por los dos… O por todos ustedes.

Y mientras estoy despierto sigo con la mente puesta en ese pelo rubio y ese acento granadino. Como si no haber gritado su nombre cuando hubo oportunidad me hubiera despojado de un viaje en el tiempo. Pero con cuidado, sin darte cuenta puede ser que te creas despojado de algo y, en realidad, tú no hayas dado nada. En realidad, quizá, tienes deseos de no haber dado nada o, incluso, de poder quitar lo que cualquiera se piense que has dado.

Por momentos, incluso llego a la conclusión que hay que coger impulso y ponerte al otro lado. Con un micrófono acompañando a los que viven días de treinta horas pero sin tener que decir estupidez tras estupidez. Sin ser humorista… O intentarlo. Habrá que coger un micrófono y meterte en cada casa con un lenguaje duro, sin sustituir lo que has dicho toda la vida por lo políticamente correcto y, puede ser, sólo puede ser que quien está dando vueltas en la cama sin saber si no duerme por el calor o porque tiene el cuello torcido ya de mirar tanto atrás, cierre los ojos con una media sonrisa.

IV

CUANDO TOCA… TOCA

Y queridos amigos… Hoy no toca ya. Son las…

Disfruten. Pero sólo si creen que han hecho las cosas bien.

 

Nacho San Martín

@SMNacho

De Buchones y Saetas.

Lecturas de domingo… Aunque sea miércoles o sábado.

Mis amigos de El Calzador me hacen pasar una prueba difícil. Ciertamente tengo un factor que juega a mi favor y es que, cuando ustedes lean esto, no voy a poder asistir a sus reacciones lo que, en el fondo, me da cierta tranquilidad.

Aun así, embarcado en esto de juntar letras, empiezo a comprender qué significa eso que decía el “Porteño” del miedo escénico; O aquello de “90 minuti son molto longo” que se quedó como frase lapidaria de un genio que nació en Fuengirola. En definitiva, sin ser taurino, acabo de aprender, de golpe, el significado de “abrir plaza” y por qué las grandes figuras nunca quieren hacerlo.

En cierta manera, la entradilla es un merecido halago a quien comenzó con las “Lecturas de domingo para juristas”. Relájense, piensen que es domingo aunque sea cualquier otro día de la semana porque, en realidad, no se me ocurre nada mejor que empezar a contarles algo tan trivial como un domingo…

– ¿Cómo le corto el pelo, Maestro?

– En silencio…

De Buchones y Saetas de domingo.

No se esperen grandes citas porque no las conozco, ni relatos intrépidos, ni humor a raudales. Soy bastante adusto. Sólo esperen algo así como una nueva sección, un “Conoce a”, aunque, en realidad, ni ustedes ni yo saben si lo que hay escrito aquí es verdad… Un “No easy day” o unos “Cuentos mágicos y del intramundo”. O no. No les digo más.

Si no saben ustedes qué es un Buchón o un Saeta, no se aflijan, búsquenlo o mejor aun, esperen a llegar al final. Si no tienen paciencia y se lanzan a su búsqueda, desechen los significados que se refieren a pájaros, flechas o al canto de Semana Santa. Desde luego vuelan o, al menos volaban, pero de una manera muy especial.

Esos domingos en los que, antes de poner en orden los papeles, las lecturas que has acumulado en el Pocket durante la semana o si quiera, antes de encender el portátil, te despides. Suelen ser domingos de despedidas. Días en los que, si fueran ustedes Nyobe, sabrían que les van a dejar subirse al sofá y tumbarse un rato allí. Días en los que se le permite poner las manos en el marco de la ventana y ladrárselo a los vecinos:

– Hoy es uno de esos días en los que puedo subirme al sofá.

Cuando por fin te das cuenta y vuelves a la realidad, cuando por fin se ha marchado esa cara de tonto vuelves a tu realidad. Cada domingo es un reto y así lo tomo. Y creo que voy ganando o, al menos, me vale el empate; Como en una mala eliminatoria. Toca ordenar papeles, fotografías color sepia y recuerdos de los recuerdos de los vagos recuerdos mezclados de imaginación y realidad de quienes te lo han ido contando durante años… Y navegar entre un Buchón y un Saeta. Entre años difíciles que no has vivido pero que sientes cerca mientras lees expedientes de un archivo histórico y te das cuenta que con doce años ya se era aprendiz de motorista en un pueblo de Ávila. Y que con catorce se estaba en un pueblo de León sujetando un Mauser mientras estudiabas montando y desmontando buchones y mientras tu nombre llevaba la coletilla de Soldado Obrero.

– Pasaba tanto frío que me quitaba los guantes, disparaba al aire y agarraba el cañón muy fuerte para calentarme.

– No seas exagerado.

– ¿Exagerado? ¿Sabes lo que nos traía el retén cada hora? Un cazo de sopa de ajo.

Y después Madrid, Barcelona, Sevilla (en pleno barrio de Triana, en lo que ahora es un polideportivo)… Egipto.

Aparcas un rato el derecho. Luego hay tiempo; la tarde y la noche son muy largas ¿Por qué los mejores programas de radio son de madrugada? Las voces son ya familiares y las noticias cada hora en punto, se hacen demasiado repetitivas.

Pero esos días, mientras sigues ordenando todo, incluidas las ideas que te has fabricado sobre lejanas bases militares rodeadas de desierto, son también de risas, muecas, sonrisas, guiños y confianza. De victorias y empates.

– Empecé a darme cuenta que me tenía que ir. Eso era peligroso.

– ¿Por qué?

– Porque había cosas muy raras.

– Vamos que te acojonaste…

Y la tarde avanza y recuerdas muchas otras historias en las que se mezcla el calor del desierto con el frío en aquel pueblo de Ávila. Unas imágenes que ves en blanco y negro, con el color gastado de “Bienvenido Mr. Marshall” caminando hacia la escuela mientras metes el dedo en la faltriquera de la abuela que, como por casualidad, se ha dejado abierta una frasca con vino. Y ella sonríe distraída como si no se diera cuenta de lo que haces mientras te arrastra por la nieve que te llega por las rodillas.

Al final, como cada domingo, no has avanzado. Poca ayuda y muchas conversaciones que mezclan recuerdos construidos y realidad. Pero de repente, sí te acuerdas de las mil y una veces que has escuchado que de allí, de un lugar rodeado de desierto, hubo que salir corriendo y sin mirar atrás. Y las historias de los que se quedaron.

– Ya les dije que iba a haber jaleo. Que “venía la guerra”.

A partir de ahí ya no hay recuerdos. A partir de ese momento todo está contado en libros de historia que has devorado muchas veces conociendo los nombres que contienen. El de “El Profesor” que sólo hablaba inglés y alemán y que no se acercaba a los españoles. El de “Valiente”…

– Yo no quería volar con él. Lo pasaba mal. Lo pasaba muy mal. Me desesperaba…

– Te imagino. Un día tendrías que llevarme para conocerlo todo.

– No digas tonterías. Todo desapareció en un momento.

Domingos de estudio por afición y de lectura por devoción sobre algo que, cada uno de esos días, acaba en el mismo callejón sin salida. Y en los que, de vez en cuando, viene a la cabeza la histora de la “querida” de un americano que sacaba leche de almendra del economato de la Base Aérea de Torrejón porque, según me contaron, aquí no había. ¿Qué habrá sido de ella?

Pero contento porque, un día más, ya se te han olvidado las despedidas.

Con la satisfacción de esas horas ¿Tiradas? entre papeles cada vez más desordenados, más arrugados y cada vez más familiares, ordenador, Twitter y cigarro tras cigarro, toca que Nyobe se baje del sofá. No lo entiende pero lo acepta con desgana.

Simplemente se ha acabado otro de esos domingos de Buchón y Saeta con aromas mezclados del frío de Ávila y León, con aire a mar de Barcelona y con imágenes en sepia desgastado del barrio de Triana. Días de aroma de desierto también.

buchones y saetasBuchones en Triana y Saetas en el desierto… Pequeñas historias que, aun sin haberlas vivido, son ya parte de las vidas de los muchos que las hicieron posibles. En realidad y, a partir de hoy, sea miércoles o sábado, espero que también sean un poco de ustedes. Simplemente confiesen:

¿Tuvieron paciencia de esperar hasta el final?

Nacho San Martín

@SMNacho