Plan

Me siento ante el folio. Qué contar que no se sepa, que no haya salido antes en tanta red social, tanta gaita, tanto mensaje instantáneo. Como las peores sopas. Presentación, nudo y desenlace, así se hace todo. Se debe comenzar con algo breve pero atractivo, la primera impresión es la que cuenta. Como regla general, no debe ocupar más de un quinto. Tres son para el cuerpo, el último para echar la llave.

Hecha la presentación, poco se puede arreglar. “No va usted a hacer nada, ya”, dijera Fraga al asesor que insinuaba que la chaqueta estaba torcida. Sin haber empezado la entrevista, ya no había tiempo para cambios. Pasa a menudo. Claro que estaba mal puesta, ¡pero era ya inútil!

Esa mañana que a la corbata no le cae impecable el nudo, no importa cuántas veces se intente. Y salimos a la calle empeñados en remontar, creyéndonos el Real. Lo que mal empieza, ahí debería quedar. Hay que mitigar riesgos, llamar a la oficina y hoy no voy, por el bien de todos.

Después el cuerpo. El nudo, el desarrollo, la historia. Porque para contar algo es bastante importante tener algo que contar. Y entramarlo. Y dice la gente que no basta con eso, que también se debe planear qué hacer con ello, que es poner a nivel de tierra. La gente debe ser inteligentísima, porque tiene opiniones sobre todas las cosas. En el planear intervienen las intenciones más puras y los deseos más limpios. Nada tiene más peligro que las buenas intenciones.

Para contar se parte de un germen, y sobre él se ponen cosas. Se edifica para llegar a alguna parte. Normalmente llegando a otra. “-Hola, venía por lo de… -No es aquí. -Ah, perdone usted.” Una de las partes más difíciles de todo plan es ensayar la cara que mostraremos cuando veamos que los últimos objetivos no eran los que habíamos pensado. La decepción, por dentro, como la camisa y la procesión. “Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento.” El mejor diseño llega a idéntico puerto, sólo dejando hacer al tiempo. El ordenado desconcierto.

Conviene, por tanto, soltar lastre y dejarse llevar. Fluir a la deriva, que es un rumbo como cualquier otro. Ya dijo Rajoy, pontevedrés errante, que no tomar una postura es una postura en sí. Y muy firme. Deriva que es que a uno lo desvíe, por ejemplo, el viento. No siempre de forma casual. A Kerouac le criticaron que escribía sus libros en días, sus mayores obras en apenas semanas, con su escritura beat, de perpétuo contraataque. Semanas, sí, recuperando años en el desierto, buscando un estilo. Si uno llega a estudiar los vientos, un día puede ser capaz de coger el bueno y que parezca que todo ha sido suerte. La deriva planeada.

Bebedor, deportista, pose chulesca y flequillo poderoso. Kerouac, el primer becario

Bebedor, deportista, desafiante, flequillado. Kerouac, el becario original.

Y queda un quinto, que vaya si los hay malos. Conclusión, despedida. Concluir es, poniéndonos estupendos, cerrar completamente un asunto. No hay peor cierre que aquél que no deja dudas en el aire. Hay que buscar la peonza danzando en la escena última, la intervención del morisco Cide Hamete Benengeli para despedir al Quijote.

Cuando se llega al final, nada se debe añadir. Los errores y los aciertos ya se han cometido, toca dar la mano al lector, mirarle a los ojos, ofrecerle un sorbo del mejor vino. El sabor de la última hora marcará el recuerdo, y siendo aquélla buena parecerá que han quedado grandes cosas en el camino. O que están por llegar. No importa que no se haya previsto nada más, la ilusión podrá crearlo.

Luís Teira
Plan de becario

A dos te quieros de mí

En cierta ocasión escuché que en la historia nada nos recordará lo que hicimos excepto el dedo de nuestros hijos que nos señalará acusador mostrándonos lo que no, que lo que no hacemos es la pisada jamás dejada, el camino recorrido de lo que nunca ha ocurrido. Entonces me pregunté cómo saber qué senda coger, si el rastro ioque no dejé jamás fue y el que no deje nunca será. Y es que cuántas veces nos animamos a dar un paso más pero, finalmente, nunca llegamos a darlo. Porque aunque la revolución empieza en uno mismo, lo cierto es que siempre termina en otros. Y por mucho que nos queme esta situación, el hecho es que nos conformamos con pasar la vida observando siempre el mismo paisaje a través de nuestras legañas, con esa falsa ilusión de ciudades limpias mientras ignoramos las alcantarillas y las grietas.

Hubo un tiempo en el que el laberinto que había dentro de mí parecía no tener salida. No me exigía grandes sacrificios, solo un poquito de dignidad y algún que otro principio para poder mantenerme en pie por si me alcanzaban las balas, siempre a cuestas con esa rabia que me producía el juicio aplastante de la supuesta buena gente, tan incondicional del linchamiento de quienes pocas opciones tienen de defenderse ni dónde aferrarse. Un tiempo en que nunca viajaba con más maletas de las que podía sujetar porque no sabía si al llegar a mi destino encontraría una mano dispuesta a ayudarme a subir las escaleras. Un tiempo en el que el aburrimiento y las mismas caras de siempre apuntalaban los días, haciendo que fuera imposible imaginar que pudiera pasar algo que hiciera especial siquiera un instante breve del viaje.

Pero cuando parecía que todo era imposible, aparece él y me hace ver que lo imposible es relativo, que es solo falta de ingenio, que lo mejor de la magia no es descubrir el truco sino disfrutar del espectáculo. Yo, que era tan desconfiada ante la suerte y todas esas bobadas del destino. Ahora me dedico a disfrutar del sol que él me regala y mirando hacia atrás no consigo recordar ni un instante gris entre tanto azul de ojos.

Sus ojos. Tiene los ojos cansados, inundados de nostalgia, pero tan limpios y transparentes como esos charcos con tan poca agua que hasta la lluvia hace pie en ellos. Con sus manos he aprendido a escribir, como una forma rara y dulce de drenar nuestros silencios y llenar de puentes las distancias, y en sus labios he aprendido de oídas a leer, sentada a su lado, observando esa forma tan suya de mirar el horizonte, entre ansia y resignación, como si la vida que está por venir fuera acuciante y, al mismo tiempo, prescindible. Me gusta abrazarle y evadirnos de todo y de todos, regalarle una colección de puertas donde poder resguardarnos y escondernos de las aceras tintadas de huellas, desnudarle del traje gris de la multitud que tanto le incordia y darle el aliento necesario para continuar con fuerza.

 A veces se castiga pensando que me pide demasiado porque piensa que pedir es sinónimo de fallarse a sí mismo. Y no es así. Lo que pasa es que no me puedo callar cuando tira las cartas en lugar de ponerlas sobre la mesa, y me pone muy difícil conjugar el pretérito imperfecto de sus temores con el futuro incondicional de mi aparente entereza.

oiuPero, hasta en sus derrotas, él es hermoso. Sobre todo después de escuchar su risa, esa que me convierte septiembre en primavera. Mi vicio de él es tan fuerte como quererle, como el ay de su sonrisa de después de besarle.

Vuelve a ser de noche, es tarde y, otra vez, va entrando el otoño perezoso y rebelde, como si se resistiera a llegar del todo. Y aquí estoy, escribiendo mientras la vida pasa a mi alrededor… menos él, que ahí sigue, a dos te quieros de mí. Nada ha cambiado, solo que antes mis sueños eran pequeños y él demasiado grande. Y ahora mis sueños son grandes y él… él con tanta oscuridad y yo con tantas ganas de perderme en ella. Mi corazón le tiene tan presente que, porque late, sé que siente el amor como lo siente.

Ya no he vuelto a viajar ajustando el peso de mis maletas a mis fuerzas porque sé que ahora hay alguien que me tiende su mano vacía esperando por si en algún momento necesito que me ayude a subir las escaleras. Del sudor de ayer, afortunadamente, solo permanece el recuerdo, y aún me quedan muchas ganas de mañana. Muchas ganas de él.

Eva Cañizares

@evacanizares

¿Dónde estabas cuando Iniesta marcó el gol del mundial?

¿Dónde estabas cuando Iniesta marcó el gol del mundial?

El tópico de los tópicos. El fútbol. Si los tópicos tienen una cosa es que casi siempre tienen algo de verdad. ¿No creéis que la personas con las que vimos la final de aquel mundial podrían definirnos como personas? ¿ser nuestro propio tópico?

Ese momento fue un momento especial por lo menos a quien le guste el fútbol.

Yo estaba en mi casa. Bueno, la casa de mis padres que voy teniendo una edad. No alcanzo a recordar el porqué estaba allí. No eran unas fechas normales de vacaciones. No lo puedo recordar. Pero estaba en casa de mis padres. Un momentos y un destino claudiocoelliano. Estaba con mi padre.

Recuerdo hablar con alguno de mis amigos para saber si iban a ver el partido en casa de alguien, en la suya, en un bar… Hablé con Fernando, se quedaba en casa. Otros amigos se iban a verlo a un bar (allí fuimos después del partido). A mi me apetecía, quería ver el partido con mi padre. ¿Y si ganaban? Siempre podría recordar un momento padre e hijo grandioso. Me quedé. A Luis, mi hijo, le quedaba todavía un mes y pico para nacer. Físicamente estuvo varios minutos viéndolo con nosotros. Tres generaciones de Luis Abeledo sentadas en un sofá viendo una final de un mundial de fútbol. (Luisito breves minutos a través de los ojos verdes de su madre)

Aquél día fue raro. Mi padre estaba nervioso. Es uno de los dos días que recuerdo haber notado sus nervios. El primero fue el día que lo llamé para decirle que había acabado la carrera –este día no acierto a saber qué tipo de nervios eran: por haber acabado la carrera, porque empezaba la vida real o por lo contento que estaba por la libertad que era decir: ahora, hijo mío, a trabajar que está bien de vivir de tus padres- (mi sueño de vivir del cuento y ser como un conde mediático de la época se acabó de golpe y porrazo).

La otra vez fue en el momento del partido. Coca cola y aceitunas. Muy de mi padre. Un austero refrigerio para un partido con prórroga (hubo prórroga, ¿no?). Recuerdo haber echado a mi abuela, a mi madre y a mi mujer un par de veces del salón. Eso no es raro. A medida que cumplo años mi carácter empeora por momentos y, como los gráficos de paro en plena crisis, va en una línea hacia arriba que, casi seguro, acabaré siendo un señor mayor como un Umbral cabreado. Recuerdo que mi padre también las echó. Es la única vez en mi vida que escuché a mi padre decir “dejad ya de molestar”. Un exceso. Hoy todavía estoy sorprendido de aquellas palabras. Recuerdo haber insultado al árbitro con la patada a Xabi Alonso. Recuerdo que mi padre insultó al árbitro con la patada a Xabi Alonso. Hasta aquel momento no tenía  consciencia de haber escuchado escuchar a mi padre insultar a nadie. Seguro que lo hacía cuando era entrenador de fútbol pero no está en mi acervo paterno-filial.

Gol de iniesta

Mi padre grito gol. Yo estaba allí. Pude abrazar a mi padre en aquel momento. Él me pudo abrazar.

¿Dónde y con quién estabas tú?

@luisabeledo

Maureen O’Hara en color, en blanco y negro

¿Cuántos cola-caos tiene que meterse entre pecho (precioso, por cierto) y espalda una mujer, para tener enfrente a John Wayne y darle una bofetada a mano abierta?.

Pues Maureen O’Hara lo consiguió. Mejor dicho, Mary Kate Danaher se lo hizo a Sean Thornton en El Hombre Tranquilo, mientras interpretaba uno de los más memorables papeles femeninos de la Historia del Cine, melena roja al viento, a las órdenes del maestro de los maestros, John Ford.

Verán … Yo nunca he sido muy de westerns. Me encantan decenas de películas del oeste, algunas las he visto en repetidas ocasiones y existen auténticas obras maestras, pero mi John Ford no está en sus fantásticas películas de ese género, ni siquiera en La Diligencia, sino en El Hombre Tranquilo y en Qué Verde era mi Valle. La cara y la cruz. La comedia y la tragedia. El color refulgente y el blanco y negro. A veces gris. La obra magistral frente a la obra magistral.
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Mary Kate Danaher le daba un tortazo a Sean Thornton, les decía, y aunque fallaba el golpe, prácticamente se caía de bruces por la fuerza del impulso. Y mientras tanto, Sean aguanta sin pestañear, como un “hombre tranquilo”, o sea un lila, porque nosotros vamos sabiendo, pero los del pueblo no, y la pedazo de mujer de su vida tampoco, que el tío ha acabado volviendo a Innisfree, la aldea irlandesa en la que nació, huyendo de su oscuro pasado en los Estados Unidos, donde se suponía que se había labrado un porvenir -de hecho, no tarda ni día y medio en comprar la que había sido su casa- y cuando nadie le esperaba de regreso.

Siempre he pensado que otro maestro, Francis Ford Coppola, le cogió prestada a Ford la escena campestre en la que Thornton conoce a Mary Kate y se queda obnubilado para los restos. Es decir, como Michael Corleone cuando pasea por los prados de Sicilia y de repente se cruza con Apollonia. Sobre el fondo verde del campo y el cielo intensamente azul, la melena pelirroja brilla en todo su esplendor y Sean, dos metros de tío cuadrado, casi se cae del carricoche en el que le lleva Michaleen Flynn (Barry Fitzgerald, en el papel de su vida). Ya no tendrá otro objetivo en su vida que Mary Kate.

Y ella le corresponde. Vaya que sí. Acostumbrada como está a su hermano Will, muy, pero que muy bruto, y a la panda de haraganes que componen el resto de su familia, la pedazo de mujer, que va para solterona (Michaleen dixit) porque no hay un hombre a su altura, ni en Innesfree ni en quinientos kilómetros a la redonda, cae rendida al tipo de dos metros. “Rendida” a la irlandesa, que se dice. Es decir, poniéndoselo de complicado a complicadísimo al “hombre tranquilo”.

Si Mary Kate es la cara, la mujer de rompe y rasga, con la que nadie se atreve, la que se planta ante el animal de su hermano o le da una bofetada a John Wayne; Angharad Morgan es la cruz.
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Como en el Hombre Tranquilo, Maureen O’Hara es, en Qué Verde era mi Valle, la única mujer en una familia de hombres, aunque aquí al menos sobrevive su madre y luego se les une una cuñada muy cursi.

En los tiempos felices, que en la alegoría de John Ford se representan por la luz y la claridad intensa que ilumina el valle galés donde viven, mientras los mineros vuelven a casa tras el durísimo trabajo, pero son felices incluso cuando se tienen que meter en un cubo de madera lleno de agua, para limpiarse el hollín, Angharad es una fiel servidora de todos, la que se queda en casa junto a su madre, con la única misión de vida de tenerlo todo dispuesto para cuando regresen su padre y sus hermanos, mientras educan a Huw, el más pequeño de ellos.

Angharad se enamora perdidamente de Mr. Gruffyd, el pastor, un Walter Pidgeon inolvidable, pero se trata de un amor imposible y ninguno de los dos se permite siquiera el lujo de luchar por él, porque su posición en el mundo la tienen muy clara y, en su defecto, ya está su entorno, los diáconos y la miserable gente del pueblo, para torpedear cualquier atisbo de alegría.

Por eso, aunque su padre -¡¡qué absolutamente magistral está Donald Crisp en ese papel!!- hace lo posible por mantener la dignidad, en una de las escasas concesiones a la comedia que hay en la película cuando, pillado in fraganti con los pies en el cubo, recibe a su multimillonario y altivo jefe descalzo y con el pantalón remangado, dando vueltas alrededor de la habitación, pipa en ristre y como pensándoselo, acaba diciendo que sí a una propuesta de matrimonio a la que no puede decir que no, porque la dignidad sólo está en la puesta en escena. Porque más que “entrega en matrimonio” es venta. Aunque Angharad hubiese preferido que la colgaran. Aunque el futuro marido de su hija sea un personaje deleznable. Aunque quede demasiado claro que su intocable autoridad de padre, queda en nada frente a la del señorito, que es hijo del dueño, más que de la mina, de sus propias vidas.
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La familia es intocable y la autoridad dentro de la misma, también. No saberlo, es no haber visto jamás una película de John Ford, o no saber nada de Irlanda, ni de Gales, ni de la tradición celta, ni por lo tanto de Galicia.

Pero si en Qué Verde era mi Valle, todo es resignación y rendición ante la autoridad, de los hijos al padre, del padre al señor feudal, hasta el punto de que los hijos prefieren abandonar el pueblo, antes que desafiar al orden establecido; en El Hombre Tranquilo se lucha por vencer la resistencia, sin dejar nunca de respetar a quien decide porque, recordemos, el “¡no!” de Mary Kate a Sean es rotundo, cuando éste le propone que se escapen juntos, ignorando la rotunda oposición del hermano mayor.

Las cosas hay que hacerlas como se debe, o no se hacen. Así de claro. En la Irlanda luminosa y costumbrista, o en el Gales minero y oscuro. Pero Mary Kate tiene, ni más ni menos, el derecho a elegir, a imponerse, a demostrar que ni siquiera el más profundo amor será suficiente, si Sean no es el hombre que ella, como todos, exige que sea. Angharad, sin embargo, tiene que servir y sirve, debe resignarse y se resigna, no tiene el derecho, siquiera, a ser un poco feliz, dentro de un clima de miseria en el que el Valle ha dejado de ser verde, la claridad ha desaparecido del todo y ella tiene “la buena fortuna” que todos parecian desearle, pero que no le sirve para nada.

En El Hombre Tranquilo, Ford mezcla sin disimulo al cura católico con el pastor protestante ex boxeador, al cacique del pueblo y sus secuaces con el, al menos aparentemente, refinado recién llegado. Hay incluso un simpático y cantarín muchacho, que resulta ser del IRA, y todo gira en torno al borrachín casamentero, Mickeleen, que tiene entrenado a su caballo para que frene en secoQuietman71 a su paso por el pub, y sabe dirigir con la mirada a Sean. Todos ellos se van cruzando poco a poco, hasta que acaban juntos en la apoteósica y coral escena final, que es una de esas que no olvidas en tu vida, en la que la Gloria se la acaba llevando, más que Sean “Tornado” Thornton, la esplendorosa Mary Kate Danaher.

La escena final de Qué Verde era mi Valle también es coral. Y teatral. Pero no gloriosa. La nostalgia, y un casi imperceptible rayito de esperanza, dominan el punto final de un relato que ha tocado sin ambages la precariedad laboral, el clasismo con reminiscencias feudales, la obligada emigración y el fin de una era, la amargura … Y ha dejado claro que nada de eso puede con la Familia, los más profundos Valores, la Solidaridad, el Respeto y el Amor, sea todo dicho con mayúsculas.

En color o en blanco y negro, Maureen O’Hara, una irlandesa maravillosa nacida en 1920 y que felizmente sigue entre nosotros, domina sin discusión ambas escenas: en una con su mirada y melena de fuego puro, en otra con esos ojos intensos, tristes, y el pelo siempre recogido, porque no hay razón para dejar que se sienta libre.

Fran Estévez
@FranOmega

LA LLAMADA DE MEDIANOCHE. CASO REAL

Martes, 25 de noviembre, pijama de franela, una pierna en la cama y una gélida noche que apuntaba hacia el calor de mis sábanas, tras un duro día de trabajo. Pasaban 5 minutos de medianoche y el móvil sonó. Ese odioso tono de feria que anunciaba el marrón ¡No puede ser! Martes, doce de la noche y llamada desde un número fijo. Todo hacía presagiar que eran los compañeros de la guardia del grupo 5º de homicidios.

Escena del crimen

Era el momento de la verdad. Mi primer mes de prácticas como Inspectora pipiola y una noche que jamás olvidaré. No sería mi primer muerto, ya tenía en la memoria varios trágicos sucesos y algún trozo de carne humana desparramado por mi recuerdo.

David, subinspector, siempre risueño y con experiencia en investigaciones de este tipo, era mi protector, mi sabia voz. Aquél mes, con mucha paciencia, me estuvo enseñando las claves sobre cómo cercar a un homicida. Aquél compañero, con el que tanto me divertía, me habló con voz seria: Venga, levanta, que te vas a estrenar. Homicidio- suicidio, todo apunta a un caso de violencia de género.

Me dio la dirección del suceso en Carabanchel. Estaba cerca de mi casa y preferí ir directa hacia allí. Las indicaciones para llegar a aquél domicilio no fueron del todo correctas y llegué tarde. Me consolé pensando que, por esta vez, mi presencia era sólo circunstancial, estaba de prácticas, no tendría que decidir, no tendría que ordenar. Tan sólo tratar de ayudar en lo que me indicaran. Conduje ausente, muy nerviosa.

Llegué pidiendo disculpas por la tardanza, avergonzada por la metedura de pata y luché por alcanzar el rellano de la puerta del domicilio. La entrada al portal ya estaba acordonada y los vecinos se agolpaban curiosos tras la cinta policial. ¡Hasta la prensa había llegado antes que yo! Vaya estreno.

Por favor, le pedí a dos mujeres jóvenes que lloraban desconsoladamente en la entrada al domicilio ¿Me permiten la entrada? Policía. Me hice paso entre varios compañeros de paisano y uniformados que había en el estrecho pasillo de aquella humilde casa, tratando de obtener información, buscando desesperadamente a David. En ese momento, con su casi 1,90 y sus ojos azules, me miró seriamente. Esa no era su expresión habitual, no era momento para comentarios jocosos. Ponte las pilas reina, vaya horas. No dije nada, tan sólo agaché la cabeza; y con razón. Me dio una palmadita en la espalda invitándome a entrar en el salón.

​De repente, aquél espectáculo dantesco. En aquél momento piensas que nada es real. Miré a mi alrededor ensimismada, atónita. Una mujer de rodillas en el suelo que desplazaba un cadáver tratando de buscar las heridas y que sería la médico forense. Dos compañeros tomando fotos de todos y cada uno de los rincones de la casa. Otros dos uniformados hablando con quienes podrían ser testigos, vecinos, familiares, no lo sé. No recuerdo cuántos segundos fueron los que permanecí inmóvil sin saber qué hacer, sin poder moverme. Olía fuertemente a sangre, a espacio cerrado, a comida y sentí calor, mucho calor.

David me advirtió: cuidado, que vas a pisar la sangre. Muévete, toma información. Fue entonces cuando me atreví a mirar fijamente al suelo, con la decidida convicción de que tenía que ser fuerte. Esa es mi profesión y tengo que actuar. Había un charco enorme en mitad del salón y dos cuerpos sin vida completamente cubiertos de sangre. Ella, boca abajo con los brazos bajo el tronco y varias puñaladas en la parte cervical; él, un hombre mayor, en posición semicostado apoyado sobre el pie del sofá, abrazaba a la mujer inerte con su mano izquierda y un cuchillo jamonero aún, asido entre sus dedos. La postura de ambos cuerpos era espelúznate. Había restos de la cena encima de la mesa, sangre salpicada por las sillas y la marca de palmas de mano ensangrentadas por las paredes. La víctima o el homicida se habrían apoyado, exhaustos, antes de caer al suelo a plomo, sin fuerzas, sin aire, sin vida, pensé.

De repente volví al mundo real. Aquello no era una película, es la vida, es la tragedia y la miseria humana, es la profesión que había escogido. Disculpe señora, siento profundamente lo ocurrido. Estamos investigando este suceso ¿me puede contar que escuchó hace dos horas por favor?

Martes, 25 de noviembre. Son las 22 horas y la familia Martín cena acompañada de la televisión en el humilde salón de su hogar en Carabanchel. Es un bajo y las ventanas de la cocina dan a un patio exterior. Ramón, era un hombre separado que vivía desde hace dos años con Berta, divorciada y que tenía diagnosticada de una depresión severa. Los dos hijos de ésta, Clara con 9 años y Luis con 12, cenaban patatas fritas y salchichas cuando Berta comenzó a entablar una fuerte discusión con Ramón. Discutían mucho cada noche. Fue entonces cuando Ramón les dio 5 euros a los menores y les dijo que se fueran a la tienda de la esquina a comprar vino. Si ya hay una botella de vino, Ramón, dijo Clara. Compra una de vino blanco, que no hay. Clara y Luis no cuestionaron más los deseos del por aquel entonces su figura paterna y se marcharon.

En la intimidad del salón y esta vez sin la presencia de los pequeños, Ramón agarró el cuchillo jamonero que estaba encima de la mesa con la mano izquierda y comenzó a apuñalar a Berta. Le asestó varias puñaladas, en el pecho y en la espalda mientras ella trataba de arrebatar el cuchillo a su agresor, lo que le produjo cortes en las manos. Se defendió como pudo pero las puñaladas le iban restando fuerza mientras trataba de mantenerse en pie apoyándose en la pared. De repente, Berta cayó al suelo a plomo, boca abajo, se asestó un fuerte golpe en la cara y quedó inmóvil. Ramón pensó que había dado muerte a Berta y se clavó el mismo cuchillo en el pecho en varias ocasiones, tratando de acabar con su propia vida, pero las puñaladas no eran lo suficientemente profundas como para encontrar la muerte. Fue cuando apoyó el filo de su hoja en el corazón, cerró los ojos y acercó el cuchillo hacia su cuerpo con todas sus fuerzas. De repente, sintió que no podía respirar, que sus piernas perdían la fuerza para sustentarle y se tumbó en el suelo, cubriendo el cuerpo de su mujer con el brazo izquierdo, cuchillo en mano. Esperó hasta que la muerte vino a llevárselo.

Sus hijos, al ver que no abrían la puerta del domicilio, asustados, accedieron al interior del piso por las ventanas del patio. Fue entonces cuando descubrieron, tan pequeños, lo que yo nunca seré capaz de olvidar con tan lujo de detalle. En aquella ocasión, aquellas víctimas, eran sus propios padres.

Al día siguiente, yo estaba en la oficina, consternada. Apenas pude conciliar el sueño, tratando de buscar una explicación al por qué de tanta desgracia. Sin entender todavía cómo el ser humano puede llegar a cometer semejantes atrocidades, qué motivos, qué sinrazones, te llevan a ejecutar un acto de extrema crueldad, premeditadamente o no.

David apareció por la oficina a las dos de la tarde. Venía de la autopsia con el jefe. Nada fuera de lo que ya previmos anoche a excepción de que Berta, la mujer, no murió a consecuencia de las puñaladas, sino ahogada en su propia sangre. Una de las puñaladas de la región cervical le seccionó la médula y provocó que cayera a plomo, sin movilidad de cuello para abajo. Eso impidió que pudiera darse la vuelta para respirar.

Autora: Silvia Barrera

@sbarrera0

Y decidieron llamarle magia

Porque la magia es eso que todos sabemos que tiene truco y, sin embargo, seguimos deseando creer que es un poder sobrenatural. Porque la magia hace aparecer cosas de forma inesperada, sorprendente. Porque aunque lo veas con tus propios ojos, cuesta creerlo. Porque lo impregna todo y consigue ese momento en el que todo se paraliza y ya nada más parece importar. Porque deja siempre una sombra de duda, de irrealidad.

Esta es la historia de una amistad. Bueno… en realidad, quizás sea una historia de amor; o mejor, aún podría ser la historia más bonita sin etiquetas que, por no tener continuidad, nunca termine.

“Dicen que de la amistad se pasa al amor, del amor al cariño, del cariño a la monotonía y después… nada. Así que mejor la historia más bonita sin etiquetas. Con el final que sea pero la más bonita. Intensa… divertida… ardiente… dulce”.

Cada verano, desde que eran niños sus casas se acercaban durante unos días en que compartían momentos deliciosos, muy cargados de diversión, admiración y atracción. Y se convirtió en algo mítico, idílico, platónico.

Crecieron esperando año tras año la llegada del verano. Bastaba acercarse al destino para empezar a sentir el cosquilleo agridulce de esa búsqueda incansable, por simplemente encontrarse. Propiciar verse, compartir, reír y volver a comprobar que, un año más, saltaban chispas de sus miradas. Algo que debía producirse materialmente, hasta con ruido, porque se notaba, se rumoreaba…

Nueva regresión. Disimular, bajar el ritmo, año tras año sin que ninguno de los dos supiera que eso mismo le sucedía al otro, sin que ninguno diera ni un solo paso más allá que disfrutar de compartir con el otro esos momentos de complicidad. Cada año comprobando que la diferencia de edad entre ambos seguía constantemente siendo la misma. Algo que por aquel entonces parecía tener importancia.

Justo cuando la edad dejó de ser importante, aparecieron las circunstancias. ¿Es posible que esto les haya llevado a ser personas camaleónicas capaces de adaptarse manteniendo algún tipo de base sólida que haga de esa complicidad algo permanente?. No importaba que alguno de ambos tuviera pareja. Complicidad y respeto máximo. Jamás la más mínima muestra de dolor, de posesión o pérdida. No importaba que alguno de ambos algún año no apareciera por ahí ese verano.

Bueno, sí importaban ambas cosas…. un par de días mirando al mar con nostalgia hasta situarse en la tesitura de “la vida sigue para disfrutarla conforme se presenta”. ¿Es posible vivir con el constante recuerdo de sensaciones? Sólo sensaciones de las que nunca jamás llegaron a hablar. ¿Es posible que pasen los años y permanezcan?. Es posible.

De pronto… años en los que un profundo silencio pareció alejarles.

“¿Dónde estabas?” Se dijeron en algún momento como pidiéndole al otro que le cantara muy despacito la canción de todos esos años.

Creciendo. Emprendiendo. Invirtiendo tiempo buscando quien les hiciera reír, descubriendo el éxito y, en ocasiones, también sintiendo el frío calando los huesos, viviendo algunas realidades, algunos sueños, ilusiones, alguna que otra mentira, alguna que otra traición, alguna que otra noche en la que todo parece acabarse.

Magia. Un reencuentro alegre, fortuito, en el que basta un segundo para comprobar que todo sigue ahí, desmedida confianza para dos individuales desconfiados. Un encuentro desconcertante…

Se desata una irremediable necesidad de hablar sin parar. Al detalle, esculpiendo las palabras con gestos. Queda poco tiempo para que acabe el verano, para ponerse al corriente. Buena dosis de distancia y respeto fruto del bagaje vital, de la mutua admiración, o del temor a otro largo silencio. Y una dosis todavía mayor e irresistible a sonreír, al cruce de miradas abrasivas de las que no se es capaz de encontrar ni una sola explicación si se apela a la lógica.

Magia para El CalzadorTodo se convierte en un tono afirmativo, de esos que colocan en posición de descubrir que se es incapaz de decir a nada que no, de los que a la vez enmudecen y limitan dar ningún paso. De esos que hasta hacen dudar. De los más afirmativos, magia sin etiquetas.

De pronto, y trasladados a la más tierna adolescencia se ven en el último día. Son adultos, tienen opciones y más vida tras el verano. Pero allí está la magia, es allí donde siempre se ha situado como si de un paraíso particular se tratara. Y se acaba… Los minutos cuentan…

Un paseo por el mar de madrugada. ¿Qué tendrá el mar y su brisa en la quietud de la noche? Es el más perfecto ladrón de los mejores abrazos posibles, de esos que te hacen “no hacer pie”, porque literalmente, flotas, vuelas…

Y es entonces cuando descubren que la edad ya no importa. Ella es ahora físicamente la pequeña. Él un hombre fuerte, maduro, sensible, infinitamente educado y con millas de recorrido vital. Crecieron. ¿Acaso no merece la pena lo que sea por tanta intensidad?.

El tiempo corre y ellos desayunarían mil veces. Confesiones a corazón abierto sobre sus alegrías y penurias, sobre sus experiencias con sus parejas, descubriendo la cara oculta quizás de lo que han vivido y lo que no quieren volver a vivir. Están dibujando afinidades.

Existe un estado físico y mental en el que dos personas no sabrían decir lo que les sucede exactamente. No es falta de palabras, de lo que han estado sobrados hasta entonces, es que no las hay hasta el punto de que da miedo. Un estado en el que no parecen encontrarse preparados para nada. Prevén un mínimo ante un máximo que, sin más, sucede. Sucede perfecto. Sucede con calma.

Sensaciones. Respiración. Escalofríos. Risas. Inseguridades. Muchas seguridades. Fuerza para creer, para sonreír, para seguir adelante con sus vidas.

Y de pronto … la felicidad llena el momento por completo deseando detener el tiempo… Y también de pronto golpea el dolor porque existe la realidad y surge el miedo. Ningún miedo a no saber avanzar, no hay miedo a la distancia, no hay miedo a la no perfección, no hay miedo a perder la confianza ni la amistad, ni siquiera a una larga temporada de silencio. Muchos años avalan que eso no es posible que suceda por encima de lo que sea.

Todo está ahí, donde quieren que siga estando. Sólo y todo es miedo a que desaparezca la magia, como si avanzar pudiera romper el hechizo. Convertir en normal lo sobrenatural y encontrar un final que nunca pretendieron si quiera iniciar por miedo a que acabara.

Sea como sea, pase lo que pase, un regalo vital de esos que se quedan tatuados en la piel para siempre. Merecido regalo de magia sin etiquetas y sin final. Magia de una canción titulada “Nada que temer”.

Susana González

@SusanaCyZ

La generación de Espinete

(Comienzo este post haciendo públicas mis disculpas por mi prolongada ausencia en el blog. No al sufrido lector, que habrá respirado aliviado, disfrutando de las habilidades literarias de mis compañeros de aventura, sino a quiénes con su esfuerzo impulsan el blog y permiten que otros disfrutemos de los halagos colectivos que no nos corresponden. Sirvan estas palabras de agradecimiento por su generosidad y comprensión.)

Resulta verdaderamente sorprendente como, a medida que cumples años, la sensación inconsciente y no buscada de pertenencia a un colectivo con el que te unen una serie de factores identitarios que han marcado tu infancia, crecimiento y desarrollo personal se hace más perceptible, y cuando aparece, más satisfactoria. Acertaba, sin duda, ORTEGA y GASSET en sus reflexiones sobre el concepto de generación (en su En torno a Galileo) cuando apuntaba que el descubrimiento de que estamos fatalmente adscritos a un cierto grupo de edad y a un estilo de vida es una de las experiencias melancólicas que, antes o después, todo hombre sensible llega a hacer.”

En el marco de estas reflexiones definía ORTEGA el concepto de generación como una caravana dentro de la cual va el hombre prisionero, pero a la vez secretamente voluntario y satisfecho. Va en ella fiel a los poetas de su edad, a las ideas políticas de su tiempo, al tipo de mujer triunfante en su mocedad y hasta al modo de andar usado a los veinticinco años. (…). Cada individuo reconoce misteriosamente a los demás de su colectividad, como las hormigas de cada hormiguero se distinguen por una peculiar adoración.

Es esa percepción subjetiva de pertenencia inconsciente a una colectividad y no una regla objetiva es la que verdaderamente delimita el concepto de generación, al abrigo de unas vivencias especialmente intensas y por qué no cariñosamente recordadas de infancia y juventud. Es difícil explicarlo pero estoy convencido que alguno leyendo estás líneas tendrá la sensación de pertenencia al hormiguero al que me voy a detener y a la que con poca originalidad y siguiendo al afamado monólogo me refiero como la generación de Espinete.

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No se vosotros pero siempre esbozo una sonrisa melancólica y cómplice cuando recuerdo a Mazinger Z, Comando G, Barrio Sésamo, Dartacan, o la Abeja Maya o cuando alguien reconoce en un ataque de sinceridad que lloró Marco y su madre.

En mi equipo están quiénes se acuerdan del gol a Arconada, de los cromos Panini, de los teléfonos fijos, de las chaquetas bomber, de Teresa Rabal, de Fofito y Miliki, de los plumas Ron Neige, de la Atari, de los videojuegis de cartucho, de las pesetas, del Amstrad CPC (del de casette) o del comando “Run Disc”, de las máquinas de marcianos, de las chapas, de las air jordan o las reebok pump, de las Paredes, de las J’hayber, las Stan Smith, del balón de fútbol sala Mikasa, de la Quinta del Buitre, de los dibujos después del Telediario los fines de semana, de EGB, de COU, de las cartas de motos y de coches, de las carpetas forradas, del Gigantes del Basket, de los comics del Jabato, de los cines en la ciudad, del bonobús, de los 5 canales de televisión, de viajar toda la familia en un solo coche el mes de agosto con equipaje incluido y sobrar espacio, de las bicis california o BMX, de la Guerra de las Galaxias, de Querétaro, de estudiar la carrera sin internet, del wordreference, de la conexión a internet vía modem y sus interminable ruidos y sonidos, de hacer trabajos con la enciclopedia Espasa, de estudiar ciencias sociales y ciencias naturales, de repetir un curso llegado el caso, de ser castigados, de cuando el profesor y el maestro mandaban en clase, de las ruedas de prensa de Gil y Gil o del mamporro de éste a Caneda, de cuando las películas o series empezaban justo después del telediario y acababan antes de las 12, del teletexto, de rebobinar cintas con el boli bic, del Cococrash, el Blandiblu o las manos locas, y de tantas y tantas otras cosas…

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Estoy convencido de que las vivencias anteriores y otras muchas que me dejo en el tintero o no he sabido recordar o recoger por mi torpeza son suficientes para poder delimitar una generación, los nacidos a mediados o finales de los años 70, generación post transición, pero pre Logse, pre Bolonia y Pre Redes Sociales. Una generación (perdonadme la 1º persona), que hemos crecido en democracia, pero con la ilusión de quién la estrena, con la presencia cercana y el relato detallado de quiénes lucharon por ella y sin los vicios propios de un sistema que parece haber olvidado de dónde venimos y cuanto cuesta lo logrado.

Me gusta pensar que son los míos los que han tenido que llamar al teléfono fijo –si existían- que nos lo coja el padre y preguntar temblorosos por su hija (no puedo utilizar sino el ejemplo de lo que yo he vivido). Creo que algo tan simple como eso, puede definir alguno de los factores identitarios como colectivo. No sé si es mejor o peor que la interactuación vía mensajes instantáneos o RRSS, pero había que pasar por eso, no quedaba otra. Las cosas costaban más, se conseguían menos veces que ahora, y cuando se conseguía se disfrutaba mucho más.

No es la generación de la que más se hable, ni “Ni-NIS”, “JASP”, ni “Millenials”, tampoco la que más oportunidades ha tenido o la que más títulos acumula, pero sí la que ha tenido una educación más próxima al mérito, a la capacidad y al esfuerzo. Hemos repetido curso si era preciso, e incluso “sufrido” lecciones magistrales, ahora perseguidas en la Universidad (lean la ironía) o vivido en primera línea la dureza de la crisis en pleno crecimiento profesional; pero, sobre todo, hemos tenido muy cerca el ejemplo de quiénes en una época mucho más complicada pelearon por lo que ahora tan poco valoramos. Esa mezcla entre presencia cercana de aquello de dónde venimos, y el disfrute de los derechos y oportunidades de un marco recién estrenado es un equilibro razonable y moderado, alejado de los excesos actuales.

Son los motivos anteriores, muchos de ellos simples vaguedades, o meras sensaciones, los que me empujan a creer que es el momento de esta generación, en todos los ámbitos de la vida profesional y pública. Se trata de continuar el trabajo de nuestros mayores, de reconstruir y reforzar todo lo bueno que nos ha permitido disfrutar hasta fechas no muy lejanas de una de las épocas más prósperas en los últimos siglos. En un mismo hormiguero –siguiendo con el símil orteguiano- hay hormigas de todos los tipos, colores y condición, pero siempre será más fácil entenderse entres quiénes han jugado con un Spectrum que quiénes no lo han hecho, toca dar el paso adelante, y que nos dejen, atisbos de ello hay en los últimos tiempos, pero queda que se confirme.

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