Recintos olímpicos

El cantor y compositor carioca Antonio Carlos Brasileiro de Almeida Jobim comenzó a frecuentar Estados Unidos en los sesentas gracias al éxito de algunas de sus piezas (“Garota de Ipanema”, por ejemplo). Con el tiempo, Tom Jobim llegaría incluso a vivir a caballo entre Nueva York y Río de Janeiro: “vivir en Nueva York está muy bien pero es una mierda; vivir en Río es una mierda pero está muy bien”.

São Sebastião do Rio de Janeiro, donde nada es lo que parece. O descaradamente sí. Donde lo sibilante se convierte en fricativo palatoalveolar. La maldición de la magia de ese bendito lugar, la bendición mágica de ese maldito lugar o yo qué sé. Fascinar, en cualquier acepción de la RAE.

Sostiene el reputado lusista Tiago de Sá Guntinho que el trilerismo que impregna la ciudad data al menos de cuando el portugués Gaspar de Lemos arriba a la bahía de Guanabara y la cree la desembocadura de un río. Quizá la lengua del descubridor no tuviera denominación diferenciada para cada tipología de masa de agua rodeada de tierra y de Sá Guntinho se esté columpiando. O quizá los tupinambás no tenían en ese momento un nombre mejor que ofrecer. Imagínate que le hubieran dicho a Gaspar “llámalo Itaquaquecetuba”.

Darwin visita Río en 1832, en su viaje con el Beagle, y deja en su Diario un relato impagable de su episodio fluminense, que resumidamente viene a ser que, cuando de excursión con un acompañante por los alrededores de la ciudad finalmente encuentran un a modo de posada donde se les ofrece alojamiento y comida, los anfitriones acaban por comerse la gallina de Angola sólo convertida en alimento por la propia acción de los huéspedes y, no contentos, les sablean y les birlan un cinturón (“se lo habrá comido el perro”).

Telespectadores de todo el mundo disfrutarán del trampantojo universal a partir del 5 de agosto de 2016, cuando se declaren abiertos los Juegos de la XXXI Olimpíada. Pero ojo, que hay que tener sustancia para el trampantojo. Por decir algo, no saldría igual en Asunción, Paraguay. Un canoso presentador de la televisión paulista, Tiago de Sá Guntinho, conducía un concurso las mañanas de los lunes en el que el primer premio era un fin de semana en Asunción y el segundo premio dos.

El Parque Olímpico carioca consta de cuatro áreas: Deodoro, que no te ponen tan a huevo patrocinar un evento si eres Rexona en la vida; Maracanã, el lugar de la verdadera tragedia (tragedia romántica fue Sarriá, y lo del Mineirão más bien como si Esquilo, Sófocles y Eurípides fueran los integrantes de El Tricicle); Barra, que es como Miami Beach pero no; y Copacabana, ay Copacabana, todo reminiscencia, Ronald Biggs y el Dioni.

CO91fRwWoAANyLVLa región olímpica de Copacabana acogerá las pruebas de piragüismo y remo (en la Lagoa Rodrigo de Freitas), de vela (en la Marina da Glória), de volley playa (en las arenas de la propia playa de Copacabana), y de natación en aguas abiertas y las metas del triatlón y el ciclismo en ruta (estas últimas en el entorno del Forte). Un guía turístico, Tiago de Sá Guntinho, ha desgastado las suelas de sus havaianas y consumido a partes iguales neuronas y agua de coco para idear tres maneras de ver las competiciones sin necesidad de adquirir ticket de acceso a los recintos olímpicos. Son ellas subirse a las montañas, colarse en los hoteles y, la más sorprendente de todas ellas, trabajar. No ir de voluntario, no. Trabajar.

Montañas

A lo que diríamos grosso modo que es una montaña en general en Brasil se le llama morro, que no es un falso amigo porque existe tal cual la acepción en español. “Oficina” sí es un falso amigo. En Río no hay casi nada de lo que la gente cree que hay en Río cuando la va a visitar, porque no sé si ya ha quedado claro que lo de esta ciudad es todo fascinación. Pero hay mucho morro, y hay muchos monos porque la ciudad está rodeada por un inmenso bosque tropical que llega literalmente hasta la parada del bus o hasta la ventana de tu habitación. La Floresta da Tijuca, el mayor bosque urbano del mundo.

En general a la gente le fascinan los tópicos de Brasil. A mí también. Por ejemplo, que está al otro lado de la mayor frontera terrestre de Francia.

Pero volvamos a los monos. No están en la calle, no confundamos. Uno se encuentra monos cuando sube a los morros por en medio del bosque tropical. Aquí el guía ofrece tres alternativas en función del grado de dificultad deseado para la senda y de la agudeza visual o el presupuesto para prismáticos.

Si uno anda (de andar) sobrado, puede salir del Parque Lage y remontar un desnivel de unos 700 metros en un par de kilómetros para llegar a la cima del Corcovado y, desde los pies del Redentor, ver a lo lejos los recintos olímpicos de Copacabana. Es como cuando llegas al Monte do Gozo de peregrino pero viendo Maracanã en vez del Multiusos de San Lázaro.

Si anda más ligero, ese mismo uno puede salir del Sheraton y atravesar la favela de Vidigal hasta el campo de fútbol en lo alto y desde allí remontar hasta la prominencia superior de los Dois Irmãos, a 533 metros de altura, prácticamente suspendido en la playa, entre São Conrado y Leblon.

CO91fR1WUAAJ70MPero si el simple uno es un andarín urbano, cochinero, no tiene más que desviarse en el recorrido por la orla de la Lagoa a la altura del Parque Municipal de las Catacumbas y subir hasta el Mirante dos Urubús. No creo que haya un lugar mejor para ver a los émulos de Cal disputar medallas a paladas. El antropólogo Tiago de Sá Guntinho llevaba a sus alumnos a hacer la trilha de las Catacumbas sólo para enseñarles un letrero que indica el desvío hacia el mirador. Dice literalmente “10 metros, 2 minutos”.

Ese letrero enseña más de Brasil que la lectura de las obras completas de Buarque de Hollanda (Sérgio, no Chico). No hace falta ser McLuhan ni Saussure para darse cuenta de que no es ese exactamente el mensaje; que si 10 metros te toman dos minutos, dar una vuelta completa a la pista del Estadio Olímpico tomaría una hora y veinte. Nada de chistes de Alonso, por favor.

Lo que pasa es que el letrero expresa una realidad compleja bajo una formulación sintética. “Eso está ahí al lado”, podría ser una alternativa. Al antiguo Embajador de Brasil en España Tiago de Sá Guntinho le espetaron una vez en la Casa América que hacer negocios en Brasil era muy difícil porque los brasileños nunca dicen que no; el Embajador, diplomáticamente como corresponde, respondió que a él le seguía extrañando cómo los españoles seguían sin entender cuándo los brasileños estaban diciendo que no.

Hoteles

FullSizeRenderHacer cualquiera de las tres sendas, y ya no te digo encadenarlas, es una magnífica justificación para entrar sorbiendo una bebida isotónica en algún hotel de postín de la ciudad, con aire suficiente. También se puede ir primero a atizarse un buey a pedazos en el Fogo de Chão y dejar lo de los hoteles para la noche. Por ejemplo, cenar en el Praia Ipanema, tomarse una caipiroska en el Copacabana Palace, el Copa, y destrozarse los tímpanos con un DJ en el Fasano, algo por lo que incomprensiblemente han optado pudiendo poner crooners como los del Baretto del hotel homónimo en São Paulo.

La cena en el rooftop del Praia Ipanema, el 7Zero6, tiene el inconveniente de que parece que te la traigan no de las cocinas de la planta baja, no, sino del mismísimo lugar que sólo antes Verne había descrito en su viaje al centro de la Tierra. Ocurre que disfrutar de una noche clara en las alturas, o ver pasar allá abajo a los del triatlón, compensa cualquier espera. Ipanema a un lado, al otro Leblon y allá a tu frente el Lagoon.

El famoso cronista social Tiago de Sá Guntinho relató en su columna de variedades de O Globo un memorable momento del que no quedó registro gráfico, como tampoco lo hay del gol de placa de Pelé. Ese momento fue un cortés besamanos ofrecido por la Princesa Gracia de Mónaco a los Rolling Stones, culminado con un tirabuzón de Jagger tras una carrera de veinticinco metros y con Keith Richards sobando dos cocos verdes en actitud voluptuosa con la mirada puesta en el príncipe Rainiero. Se me ocurren pocos lugares en el mundo donde la escena, por falsa que es, sea verosímil, y uno es la piscina del Copa.

A Río le han salido muchas películas. Hay que recordar la que más “Encadenados” (1946), con Cary Grant e Ingrid Bergman y Hitchcock tomándose una copita rápida en su cameo. En “Volando a Río” (1933), Fred Astaire y Ginger Rogers bailan juntos por primera vez y lo hacen en el Copa, aunque es mentira. No salieron de Hollywood. Bueno, a Malibú. Esto de Río es todo así, ya ven. Le preguntaron una vez a Tiago de Sa Guntinho, el Presidente del Mangaratibense, por Tarantino y Spielberg y los confundió con la dupla de zagueros del Barça Carioca, su rival para el descenso en la Serie B estadual.

Como dice el arquitecto Tiago de Sá Guntinho, discípulo de Costa, Niemeyer y hasta de Burle Marx, en uno de cuyos jardines hizo un agujero para plantar una palmera imperial, mira tú por dónde puede que sea Río el lugar donde una de las obras de Calatrava sobreviva a su autor. Lo dice por la nueva arquitectura en una ciudad con un cuantioso, rico y degradado patrimonio histórico y arquitectónico. El traslado de la capitalidad a Brasilia en 1960 es una referencia ineludible para interpretar la ciudad y su evolución. El hallazgo de ingentes reservas de petróleo y gas en yacimientos costeros (el pré-sal) y la adjudicación de la organización de los Juegos son otras, aún de resultado incierto.

El Fasano no es de Calatrava pero sí es modelno, y desde su terraza en el octavo piso, donde está la piscina, se pueden contemplar dos deportes tradicionales cariocas que por algún motivo no han podido incorporarse al programa olímpico. Son la Fórmula Uno de autobuses y el concurso de recortadores de coches.

Es sabido que los pilotos de F1, cuando se retiran, se dedican a conducir los autobuses que hacen la línea Santiago-Mendoza por el paso que cruza los Andes cerca del Aconcagua, pero o bien se pluriemplean o bien hay mucho jubilado del ramo y algunos compiten también aquí en Río.

El recorte de vehículos, semejante al de vaquillas o al de vacas landesas, se practica en dos modalidades: la perpendicular, típica de peatones que cruzan la calle y cuya nota característica es una arrancada que para sí la quisiera Bolt; y la paralela, que se juega sobre motocicletas zigzagueantes con piloto, paquete y baúl, que harían que Márquez pasara a los libros como futbolista mexicano.

Mejor que desde la piscina del Fasano se vería el espectáculo en el trayecto que comunica Rainha Elizabeth con Prudente de Morais por la Plaza General Osório, pero eso es como Estafeta entre Mercaderes y Telefónica, que si te descuidas te embisten: el humorista Tiago de Sá Guntinho llama a esa calle que acabo de citar “Prudente Demora Mais”. Algún día se estudiará rigurosamente el impacto de esta cosa del tráfico, rodado, en la percepción de Brasil como destino de la inversión extranjera.

Oficinas

En 2003, Tiago de Sá Guntinho, Director Financiero de la filial brasileña de una conocida multinacional española, presentó al Consejo de la matriz un ambicioso plan de inversiones en el país. Corralito en Argentina, primera victoria de Lula, dólar a cuatro y las caras largas de los consejeros apenas si permitían al Dr. de Sá articular su mensaje: Brasil es un país con muchas dificultades, sí, pero es un país con muchas oportunidades.

Unos pocos años después, el CEO de la multinacional, que a regañadientes había aprobado las adquisiciones de 2003, convocó a Madrid al CFO brasileño, que en un raro ejemplo de lealtad seguía siendo el Dr. de Sá. Oliéndose la que se venía en España, el Consejo reprochaba a los gestores brasileños su pasividad a la hora de implementar agresivas políticas de crecimiento inorgánico. La presión y las miradas afiladas apenas si permitían al Dr. de Sá articular su mensaje: es que Brasil es un país con muchas oportunidades, sí, pero es un país con muchas dificultades.

O sea, más de dos mil palabras para volver a lo de Jobim.

Hacer negocios en Brasil puede que se resuma bien en tres frases: no es para principiantes, no nos están esperando, y 10 metros dos minutos. Sobre las dos primeras ya les he contado y la tercera es literal, a veces.

El abogado Tiago de Sá Guntinho escribió una mediocre entrada en el blog de su firma, Sá Guntinho y de Passeio, sobre esa criatura mitológica, dos años pensando en él y el resto de tu vida en su madre, que se llama “socio local”. El socio local suele presentarse acompañado de otra entrañable criatura, el abogado del socio local, reconocible por ser jurista criado en la pureza de la Pandectística alemana, es decir, que no hacen falta grandes conocimientos de las corrientes doctrinales jurídicas alemanas del XIX para identificarle como un auténtico hijo de Puchta.

Sin embargo, lo que le da verdadera carta de naturaleza al socio local es otro ente mitológico de primera magnitud, el socio extranjero. Las empresas españolas son inversor o socio extranjero en empresas brasileñas al punto de que acumulan el segundo mayor stock de inversión extranjera en el país, sólo detrás de las empresas norteamericanas. Hay que darle al dato la importancia que merece.

El privilegiado status de la inversión española en la que aspira a ser a medio plazo la segunda mayor economía de Occidente se debe a que son muchos los inversores españoles que no se dedican a hacer el Gálvez.

El Acre, un territorio mayoritariamente amazónico, transitó por diferentes soberanías durante el XVIII y el XIX, predominantemente adscrito a Bolivia. Casi en el siglo XX, su riqueza natural en caucho despertó los intereses de particulares y gobiernos y, como suele ocurrir, la cosa acabó en escaramuzas bélicas. Aprovechando el río revuelto, D. Luis Gálvez Rodríguez de Arias (1864-1935), español, diplomático, periodista y hombre de aventura, que andaba por Manaos escribiendo en un periódico local, arrejuntó unos cuantos veteranos de la Guerra de Cuba y otros tantos siringueros y acabó, ni más ni menos, que proclamando la República independiente del Acre en julio de 1899 y, por añadidura, presidiéndola. Un español, “El Emperador del Acre”. El mérito de Gálvez, que no aprendió de Pizarro o de Cortés, fue no sólo enemistarse con quienes eran enemigos entre sí sino conseguir que se aliaran contra él, de modo que Brasil no tardó en mandar cuatro navíos de guerra y una tropa de infantería para destituirle y devolver el Acre a Bolivia. Rendido en marzo de 1900, Gálvez regresó a Europa pero, como un expatriado cualquiera, acabó buscando de nuevo su destino en Brasil, adonde volvió a caer preso antes de huir y dejarse morir en Madrid en plena II República.

Es una suerte que muchas empresas españolas no estén organizadas según el modelo del Título VIII de la Constitución ni dirigidas por Gálveces, como uno puede comprobar si vive en Río de Janeiro cuando consume electricidad, gas, telecomunicaciones, seguros o servicios financieros. El centro de Río, y más concretamente las inmediaciones del aeropuerto doméstico Santos Dumont (Santos Dumont es como Isaac Peral o Juan de la Cierva, o sea, alguien que inventó algo realmente extraordinario y extraordinariamente sólo se le reconoce en su país), concentra una buena cantidad de sedes corporativas de filiales de compañías españolas, muchas de ellas con buenas vistas sobre la bahía y el campo de regatas olímpico, ahí dejo el dato.

Keep calm and olha que coisa mais linda

La frase más repetida en Brasil en 2014 fue “Imagínate en el Mundial” (“Imagina na Copa”). Cualquier atasco, avería, incidente o deficiencia que ocurriera antes de junio de ese año se vivía como una nadería al compararla con los desastres de proporciones bíblicas que se profetizaban para cuando empezara el evento.

Luego no ocurrió nada, o sea, básicamente no ganó Argentina. Aparte lo de los estadios. Y “é gol da Alemanha”.

CO91fRwWsAAhe62Algo similar pasará con Río y los Juegos, así que, si se animan a visitar la ciudad en agosto de 2016 y quieren una recomendación alternativa de recinto olímpico, suban al Mirante dos Urubús un día de finales de kayak o piragüismo y extásiense viendo la tierra girar en la Lagoa. Si quieren otra, utilicen toda su persuasión para que un garçon del bar de la piscina del Copa les consiga servir un gin tonic decente y, si les ha sobrado algo de dinero (mucho, mejor), atraviesen a los triatletas para arrimarse una capiroska en el Fasano. Y si nos las quieren, al menos imagínense al humilde oficinista Tiago de Sá Guntinho, sentadito en su despacho, la mirada perdida en las velas flameantes de los 420 femeninos que zarpan de la Marina buscando la gloria.

Tiago de Sá Guntinho

Septiembre de 2015

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