Historia de Santiago y de Compostela

Santiago Apóstol, que yo te amo
Me paso el día peregrinando.
Santiago Apóstol, que yo te quiero
Me salen llagas. Y no me quejo.

Hoy es el patrón de la quinta provincia gallega, España. Lo mismo podría haber tirado de Cervantes que de Alfonso X, pero he optado por encabezar con unos versos de Novedades Carminha. Porque manda carallo que una ciudad burguesa como Compostela haya dado a los nuevos Siniestro Total.

El amor al Apóstol, quien tanta protección nos brinda a todos los santiagueses, justifica esa fe galleguista que abrazan tanto una banda de garage punk como nosotros, el galleguismo-aznarismo. Hasta a Mariano ha dado honores nuestro patrón, habiendo nacido allí un poco de casualidad, por una mala jugada de la fortuna a la capital de los gallegos.

Escribo, según la definición de Dante, en eterno peregrinar. Pues peregrino, dejó dicho en su Vita Nuova, “son cuantos van a la cabeza de Galicia, por estar la sepultura de Jacobo, que es más lejana de su patria que la de cualquier otro apóstol”. Estoy seguro de que aquellos jóvenes que vieron llegar, en Iria Flavia, una barca de piedra cargando el cuerpo de Santiago -decapitado por órdenes de Herodes- ya empezaron a temerse el destino cuasi-nómada del pueblo gallego. De ahí la mala reacción de la Reina Lupa, que así como pimientos pican y pimientos “non”, cuando son de Padrón, la mujer gallega siempre pica.

Los tripulantes de la barca pétrea, el monocasco más seguro de todos los tiempos, avisaron de que aquél era el cuerpo de Santiago el Mayor, primo de Jesús -de ahí viene la cantinela de que todos los gallegos somos primos, lo de la estulticia es un invento de quién sabe qué pobre diablo-. Se convino que habría que llevarlo tierra adentro, para darle sepultura en el corazón de la Hispania en que tanto había evangelizado. Como somos trabajadores pero pragmáticos, un día de viaje pareció suficiente. Solicitado transporte a Lupa y teniendo los problemas de infraestructuras que siempre hemos tenido por aquellos lares, ésta indicó que, hallándose ya el trazado del AVE a medias, lo máximo que iba a prestar era un par de toros bravos. Hubo un tiempo en que en España no hubo parques móviles de las Diputaciones, esto no siempre ha sido jauja.

Los toros, que antes que bravos eran galaicos, se dejaron poner los yugos -para asombro de la propia Raíña- y emprendieron el paso hasta Santiago. Una vez allí, no se sabe si habiendo utilizado la autopista o la nacional, las bestias recordaron el soniquete del Génesis y decidieron pararse. Corría el veinticinco de julio del año cuarenta y cuatro de nuestra era, comenzaban casi ocho siglos de olvido del asunto.

Entre la tercera y la cuarta década del siglo IX, no se sabe muy bien en qué orden porque se trata de una época de la cual no se conserva hemeroteca del ABC, dos hechos determinaron la importancia de Santiago para nuestro país. En la Rioja, el Apóstol apareció, a lomos de su corcel blanco, para dejar encarrilada la Batalla de Clavijo e infundir fortaleza en los hombres que emplearon los siguientes seis siglos en completar Reconquista. Nótese que su caballo, la bravura con que ganó el apelativo de Matamoros y haber dado nombre al presidente Bernabéu de Yeste unen de forma irrevocable la figura del apóstol gallego al Real Madrid.

Unos años antes, en el que llamaban monte Libredón y hasta ahora se ha venido llamando Santiago de Compostela -los nuevos vientos políticos parecen poco cómodos mencionando al Santo-, el ermitaño Paio -Pelayo, nombre de moda en la época- descubrió el lugar en que estaban enterrados los restos de Santiago, en arca marmórea.

Santiago Apóstol, matando indios en Perú

Santiago Apóstol, también mataindios. No le llamó Jesús “Hijo del trueno” por ser indeciso o calmado.

Ante tal hallazgo, el obispo de Iria Flavia, vio la oportunidad de convertir aquello en una Roma con pulpo. Una Jerusalén con ribeiro. Con la  astucia galaica con que llevamos media vida gobernando las Españas, Teodomiro convenció a Alfonso II “el Casto” de las bondades de construir un santuario al que convertir en lugar de peregrinación y encomendar el espíritu del país. El resto es de sobra conocido. Una pequeña ciudad en el centro de Galicia, coronada con la sin igual plaza del Obradoiro, lleva siglos atrayendo a toda España peregrinos, población, comercio, conocimiento. El Apóstol Santiago como unidad primera de destino en lo universal.

Al tiempo que los españoles desplazaban al moro al grito de “¡Santiago y cierra, España!”, las villas de toda Castilla aportaban ofrenda anual para la Catedral. El famoso Voto de Santiago, que pienso recuperar cuando se me ofrezca cartera ministerial, en forma de casilla del IRPF en lugar de la de Fines sociales. De este modo se terminará con honores la Cidade da Cultura, culmen del fraguismo. Los críticos de este tipo de genialidades han existido siempre, siendo una lástima no disponer de registros medievales de tuiter, para leer memeces sobre el coste o el tamaño de la Catedal que, con más de ocho siglos a sus espaldas, sigue arrastrando cada año a mas de un millón de personas a Santiago.

Arrastrando de todas las maneras, porque caminos hay muchos. El primero, el de los restos del Apóstol de Iria Flavia al que sería su sepulcro. El de aquél anciano don Gaiferos que, en sus última hora, emprendió la ruta hacia el Apóstol para morir en la paz de su indulgencia. Llevó su nombre el Seat 600 en que Álvaro Cunqueiro hizo el tramo gallego del Camino Francés en el ’62, la más famosa y transitada del casi centenar de vías que llevan al perdón de Santiago. El de Juan Pablo veinte años después, para revitalizar una tradición en sus horas más bajas, y el del Año Santo de 1993. El Xacobeo ideado por -otra vez- don Manuel Fraga Iribarne y algunos de sus conselleiros más avezados con el que, por primera vez, se superaron los cien mil peregrinos. La experiencia no ha dejado de atraer a caminantes de todos los rincones del mundo, rozando el año pasado -sin ser Año Santo- el cuarto de millón.

El botafumeiro, cincuenta y tres kilos de incensario volando la Catedral.

El eterno botafumeiro, cincuenta y tres kilos de incensario volando la Catedral. Dios guarde esas cuerdas.

Algo tendrá el peregrino de Europa, guerrero de España y padre de Galicia para que todas las razas vayan rumbo a su sepulcro, más allá de los vinos que, en opinión de Cunqueiro, “es sabido que en Compostela mejoran porque cuando repican las campanas de la Basílica se estremecen las barricas, y este meneo casi celestial aumenta la calidad de los caldos.” En mi constante peregrinar a nuestro Patrón, no puedo sino recomendaros a todos que busquéis a Santiago, Apóstol y urbe universal.

No hay excusa, ni en los momentos de mayor debilidad dejó tirado a don Gaiferos, ni el obstáculo mayor es dificultad cuando se cuenta con nuestro patrono hispano, patriarca gallego. “Se agora non teño forzas, meu Santiago mas dará.” Al que ahora no encuentre fuerzas, Santiago se las dará.

Luís M. Teira Otero

Becario compostelano