Maureen O’Hara en color, en blanco y negro

¿Cuántos cola-caos tiene que meterse entre pecho (precioso, por cierto) y espalda una mujer, para tener enfrente a John Wayne y darle una bofetada a mano abierta?.

Pues Maureen O’Hara lo consiguió. Mejor dicho, Mary Kate Danaher se lo hizo a Sean Thornton en El Hombre Tranquilo, mientras interpretaba uno de los más memorables papeles femeninos de la Historia del Cine, melena roja al viento, a las órdenes del maestro de los maestros, John Ford.

Verán … Yo nunca he sido muy de westerns. Me encantan decenas de películas del oeste, algunas las he visto en repetidas ocasiones y existen auténticas obras maestras, pero mi John Ford no está en sus fantásticas películas de ese género, ni siquiera en La Diligencia, sino en El Hombre Tranquilo y en Qué Verde era mi Valle. La cara y la cruz. La comedia y la tragedia. El color refulgente y el blanco y negro. A veces gris. La obra magistral frente a la obra magistral.
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Mary Kate Danaher le daba un tortazo a Sean Thornton, les decía, y aunque fallaba el golpe, prácticamente se caía de bruces por la fuerza del impulso. Y mientras tanto, Sean aguanta sin pestañear, como un “hombre tranquilo”, o sea un lila, porque nosotros vamos sabiendo, pero los del pueblo no, y la pedazo de mujer de su vida tampoco, que el tío ha acabado volviendo a Innisfree, la aldea irlandesa en la que nació, huyendo de su oscuro pasado en los Estados Unidos, donde se suponía que se había labrado un porvenir -de hecho, no tarda ni día y medio en comprar la que había sido su casa- y cuando nadie le esperaba de regreso.

Siempre he pensado que otro maestro, Francis Ford Coppola, le cogió prestada a Ford la escena campestre en la que Thornton conoce a Mary Kate y se queda obnubilado para los restos. Es decir, como Michael Corleone cuando pasea por los prados de Sicilia y de repente se cruza con Apollonia. Sobre el fondo verde del campo y el cielo intensamente azul, la melena pelirroja brilla en todo su esplendor y Sean, dos metros de tío cuadrado, casi se cae del carricoche en el que le lleva Michaleen Flynn (Barry Fitzgerald, en el papel de su vida). Ya no tendrá otro objetivo en su vida que Mary Kate.

Y ella le corresponde. Vaya que sí. Acostumbrada como está a su hermano Will, muy, pero que muy bruto, y a la panda de haraganes que componen el resto de su familia, la pedazo de mujer, que va para solterona (Michaleen dixit) porque no hay un hombre a su altura, ni en Innesfree ni en quinientos kilómetros a la redonda, cae rendida al tipo de dos metros. “Rendida” a la irlandesa, que se dice. Es decir, poniéndoselo de complicado a complicadísimo al “hombre tranquilo”.

Si Mary Kate es la cara, la mujer de rompe y rasga, con la que nadie se atreve, la que se planta ante el animal de su hermano o le da una bofetada a John Wayne; Angharad Morgan es la cruz.
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Como en el Hombre Tranquilo, Maureen O’Hara es, en Qué Verde era mi Valle, la única mujer en una familia de hombres, aunque aquí al menos sobrevive su madre y luego se les une una cuñada muy cursi.

En los tiempos felices, que en la alegoría de John Ford se representan por la luz y la claridad intensa que ilumina el valle galés donde viven, mientras los mineros vuelven a casa tras el durísimo trabajo, pero son felices incluso cuando se tienen que meter en un cubo de madera lleno de agua, para limpiarse el hollín, Angharad es una fiel servidora de todos, la que se queda en casa junto a su madre, con la única misión de vida de tenerlo todo dispuesto para cuando regresen su padre y sus hermanos, mientras educan a Huw, el más pequeño de ellos.

Angharad se enamora perdidamente de Mr. Gruffyd, el pastor, un Walter Pidgeon inolvidable, pero se trata de un amor imposible y ninguno de los dos se permite siquiera el lujo de luchar por él, porque su posición en el mundo la tienen muy clara y, en su defecto, ya está su entorno, los diáconos y la miserable gente del pueblo, para torpedear cualquier atisbo de alegría.

Por eso, aunque su padre -¡¡qué absolutamente magistral está Donald Crisp en ese papel!!- hace lo posible por mantener la dignidad, en una de las escasas concesiones a la comedia que hay en la película cuando, pillado in fraganti con los pies en el cubo, recibe a su multimillonario y altivo jefe descalzo y con el pantalón remangado, dando vueltas alrededor de la habitación, pipa en ristre y como pensándoselo, acaba diciendo que sí a una propuesta de matrimonio a la que no puede decir que no, porque la dignidad sólo está en la puesta en escena. Porque más que “entrega en matrimonio” es venta. Aunque Angharad hubiese preferido que la colgaran. Aunque el futuro marido de su hija sea un personaje deleznable. Aunque quede demasiado claro que su intocable autoridad de padre, queda en nada frente a la del señorito, que es hijo del dueño, más que de la mina, de sus propias vidas.
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La familia es intocable y la autoridad dentro de la misma, también. No saberlo, es no haber visto jamás una película de John Ford, o no saber nada de Irlanda, ni de Gales, ni de la tradición celta, ni por lo tanto de Galicia.

Pero si en Qué Verde era mi Valle, todo es resignación y rendición ante la autoridad, de los hijos al padre, del padre al señor feudal, hasta el punto de que los hijos prefieren abandonar el pueblo, antes que desafiar al orden establecido; en El Hombre Tranquilo se lucha por vencer la resistencia, sin dejar nunca de respetar a quien decide porque, recordemos, el “¡no!” de Mary Kate a Sean es rotundo, cuando éste le propone que se escapen juntos, ignorando la rotunda oposición del hermano mayor.

Las cosas hay que hacerlas como se debe, o no se hacen. Así de claro. En la Irlanda luminosa y costumbrista, o en el Gales minero y oscuro. Pero Mary Kate tiene, ni más ni menos, el derecho a elegir, a imponerse, a demostrar que ni siquiera el más profundo amor será suficiente, si Sean no es el hombre que ella, como todos, exige que sea. Angharad, sin embargo, tiene que servir y sirve, debe resignarse y se resigna, no tiene el derecho, siquiera, a ser un poco feliz, dentro de un clima de miseria en el que el Valle ha dejado de ser verde, la claridad ha desaparecido del todo y ella tiene “la buena fortuna” que todos parecian desearle, pero que no le sirve para nada.

En El Hombre Tranquilo, Ford mezcla sin disimulo al cura católico con el pastor protestante ex boxeador, al cacique del pueblo y sus secuaces con el, al menos aparentemente, refinado recién llegado. Hay incluso un simpático y cantarín muchacho, que resulta ser del IRA, y todo gira en torno al borrachín casamentero, Mickeleen, que tiene entrenado a su caballo para que frene en secoQuietman71 a su paso por el pub, y sabe dirigir con la mirada a Sean. Todos ellos se van cruzando poco a poco, hasta que acaban juntos en la apoteósica y coral escena final, que es una de esas que no olvidas en tu vida, en la que la Gloria se la acaba llevando, más que Sean “Tornado” Thornton, la esplendorosa Mary Kate Danaher.

La escena final de Qué Verde era mi Valle también es coral. Y teatral. Pero no gloriosa. La nostalgia, y un casi imperceptible rayito de esperanza, dominan el punto final de un relato que ha tocado sin ambages la precariedad laboral, el clasismo con reminiscencias feudales, la obligada emigración y el fin de una era, la amargura … Y ha dejado claro que nada de eso puede con la Familia, los más profundos Valores, la Solidaridad, el Respeto y el Amor, sea todo dicho con mayúsculas.

En color o en blanco y negro, Maureen O’Hara, una irlandesa maravillosa nacida en 1920 y que felizmente sigue entre nosotros, domina sin discusión ambas escenas: en una con su mirada y melena de fuego puro, en otra con esos ojos intensos, tristes, y el pelo siempre recogido, porque no hay razón para dejar que se sienta libre.

Fran Estévez
@FranOmega

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