Deseos para el Fin de Año

Tengo el placer y el gran honor de escribir mi último artículo del año para todos nuestros lectores de ‘El Calzador’. Me encomiendo a esta tarea con el máximo cariño para vosotros, deseándoos los mejores deseos para el año que hoy termina y también un feliz Año Nuevo con salud para todos.

Tras haber transitado por los 364 días de este 2015 me doy cuenta de que ningún año es como el anterior, como tampoco hay dos meses o dos días iguales. Esto forma parte de la grandeza de la vida, para los que tenemos la suerte de haber vivido y seguir viviendo en ella. No imagino cosa más apasionante e imprevisible que el hecho de vivir.

Permítanme que detenga los recuerdos de este fin de año para concentrarme tan solo en los deseos del presente, en todo aquello que me gustaría que sucediera aquí y ahora.

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Hoy, 31 de diciembre de 2015, quiero comenzar el día felicitando a mi madre, porque tal día como hoy hubiéramos apagado junto a ella las velas por su cumpleaños, una celebración que, por desgracia, dejó de repetirse hace ya 20 años, por culpa de aquel maldito ictus que se la llevó para siempre. No obstante, un año más, aquí seguimos encendiendo tus velas para que continúes cumpliendo todos tus deseos desde el cielo, que también son y seguirán siendo los míos, los nuestros. Este primer deseo, me gustaría hacerlo extensivo a todas y cada una de las personas que, como vosotros, también echáis de menos a algún familiar querido. A todos los que se fueron y, como mi madre, nos siguen velando desde el cielo, para que sus almas sigan descansando en paz.

Lo segundo que me gustaría que sucediera hoy es no ver a ninguna persona en el mundo sola ni desamparada. Hoy, es la continuación del ayer y el preludio del mañana. En este fugaz tránsito por la vida se vive de muchas maneras. Hay circunstancias que nos llenan de felicidad, otras veces nos resulta complicado avanzar. Alegrías, penas, tristeza, felicidad, todo ello forma parte del transitar. Pero, hoy, quiero concentrar todas mis fuerzas y las de todos vosotros para hacer posible que nadie se sienta solo ni desamparado, para dar a todo el mundo la oportunidad de poner a cero sus marcadores de tristeza y puedan terminar el año, si quiera con una sonrisa en sus rostros, al menos con un buen puñado de posibles sueños por cumplir para el Nuevo Año.

El tercer deseo que me gustaría se cumpliera es que todos los que estén pasando por una enfermedad, como el cáncer u otras graves dolencias físicas o psíquicas, especialmente todas las niñas y niños que están pasando por esta dura experiencia en la vida, se recuperen y terminen el año lo mejor posible, afrontando un 2016 con esperanzas, cargado de fuerzas y energías para superar muy pronto sus enfermedades.

Mi cuarto deseo para este casi agotado 2015 es que no volvamos a lamentar, en ningún rincón del mundo, un acto de terrorismo ni de violencia frente a víctimas inocentes. Pido con toda firmeza que se acabe el odio en el mundo. Grito con fuerza que ningún hombre, mujer o niño inocentes, sean oprimidos, perseguidos ni asesinados. Deseo ver un final de año y continuidad de vida, posterior a este día, limpios de cualquier gota de sangre derramada, no quiero volver a ver ni un solo acto de crueldad más.

Por último, y con el fin de no abarcar demasiados deseos que pudieran dificultar el cumplimiento de aquéllos, mi quinto deseo es para que todos los nuevos amigos que han llegado a nuestras vidas se mantengan en ellas, igual que aquellos que ya se encontraban a nuestro lado, ojalá sepamos darles lo mejor de nosotros para que así sea. Y, por supuesto, deseo que otro de los pilares fundamentales de esta vida, nuestras familias, sepamos también cuidarlas con respeto, amor y generosidad, puesto que, tal y como dijo el ensayista André Maurois: “Sin una familia, el hombre, solo en el mundo, tiembla de frío”

Estos son los cinco deseos que hoy comparto con los lectores de El Calzador, me encantaría que se cumplieran. Mientras tanto, deseo para todas las personas de bien, para todos ustedes, un muy feliz Fin de Año y un próspero 2016.

Autor: Carlos D. Lacaci
@Lacaciabogado

Para mayores de 18 años

Queridos lectores de El Calzador, antes de que comiencen a leer estas líneas, debo hacerles una advertencia con carácter previo. Lo que a continuación me dispongo a narrarles no es apto para menores de 18 años y, para los mayores de esta edad, tampoco será de muy agradable lectura.

Con esta salvedad y, siendo consciente de que con dicha advertencia algunos podrían desistir de la lectura de este artículo, trataré de exponer el relato de esta historia, por desgracia, muy real.

Esta historia comenzó a escribirse cuando Occidente y buena parte de las democracias de los países más desarrollados miraban únicamente hacia sus ombligos sin importarles lo que sucedía en otros lugares donde se violaban y siguen violando a miles de mujeres, donde se las azota y lapida si osan maquillarse o mirar a un hombre que no sea su esposo, donde se las esconde bajo un largo velo de humillación y vergüenza…

Esta es la historia de unos fundamentalistas que empezaron a perseguir a cientos de miles de personas que conformaban y conforman una pequeña gran minoría de cristianos que sobreviven en países como Irán, Irak, Siria, Pakistán, Corea del Norte, Sudán, Eritrea, Nigeria, etc., frente a aquellos verdugos que no están dispuestos a respetar creencias y culturas diferentes a las suyas.

Esta es la historia de cientos de miles de niños y de niñas a los que no se les permitía ni permite ir a la escuela ni recibir una educación diferente a aquellos principios basados en el mismo  fundamentalismo radical y excluyente.

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Esta es la historia donde a los hombres que no comulgaban ni comulgan con el extremismo ideológico se les corta la cabeza, antes de que puedan utilizar las palabras como arma de libre opinión. Donde se mutila a machetazos hombres y mujeres. Donde se asesina a los homosexuales, lanzándolos hasta la muerte desde cualquier precipicio improvisado.

Esta es la historia de decenas de países en los que hace tiempo vivir es, sencillamente, una misión  imposible y, por ello, millones de personas se han convertido en nómadas involuntarios, porteadores de visados con nombre de Refugiados y apellidos de perseguidos en país de origen y nada bien recibidos en países de ¿acogida?

Esta es la historia, en definitiva, de una película tan cruel como real que desborda desesperación, sangre y llanto por parte de los involuntarios e inocentes figurantes. Una película no apta para menores de dieciocho años cuyo único guión está basado en la más burda, soez y execrable brutalidad de los que pretenden seguir produciéndola, dirigiéndola e, incluso, protagonizándola.

Si me han hecho caso, los menores que ahora les acompañen en sus hogares, no se habrán visto afectados por esta historia que excede, con mucho, al género más ‘gore’ o pornografico que podamos imaginar. Pero, mucho me temo que, aunque tapemos los ojos y oídos de niños y jóvenes de esta parte del mundo que protege la Libertad, tarde o temprano, también a ellos, como a nosotros, les acabará encontrando la brutalidad de los que siguen empeñados en enterrar los valores de la Democracia, sembrando el terror a su paso.

Para seguir viviendo en paz, necesitamos abrir los ojos, todos los posibles, incluyendo a niños, mujeres y hombres. A los de aquí y, mejor aún, primero, a los de allá.

Como sucede en toda representación, siempre hay tres instantes viene marcados: Inicio, nudo y desenlace. Parece que ya no estamos a tiempo de modificar el inicio de esta macabra película basada en unos hechos tan crueles como reales.

Para ello, tendríamos que haber quitado nuestro propio velo. Si Occidente, si cada una de los países desarrollados de la vieja Europa, si otros países de Oriente no hubieran cerrado los ojos de sus teóricas Democracias, si el mundo libre no hubiera mirado para otro lado, es probable que ahora no tuviéramos que pensar cómo resolver este nudo gordiano que supone la encrucijada del chantaje y el terror.

Abramos pues los ojos y animemos a todos los demócratas del mundo a actuar desde el origen para prevenir y frenar cualquier violación de los derechos humanos.

Hace unos meses, escribí un artículo titulado: “Gracias Malala” http://theobjective.com/elsubjetivo/gracias-malala/ para mostrar mis respetos y aplaudir la actitud y la acción de una menor de 18 años. Se llama Malala, recientemente galardonada con el Premio Nobel de La Paz, ella jamás cerró sus ojos ante la tiranía del terror y, probablemente, ella solita, haya conseguido cambiar el destino de muchos otros niños y jóvenes que estaban abocados a un nudo y a un desenlace mucho más dramático del que ahora les contempla. Malala denunció desde niña los abusos y las violaciones cometidas por los terroristas y, utilizando su única arma, la palabra, gritó al mundo entero para que respetasen los derechos civiles de su comunidad.

Unamos nuestra fuerzas y hagamos como Malala. Al fin y al cabo, aún estamos a tiempo de cambiar el guión de esta película escrita por los asesinos y volver a recodar alto y claro, que “la Democracia lleva el más bello nombre que existe…, Igualdad” y que, como aseveraba Albert Einstein: “Nuestro ideal político es el democrático. Cada uno debe ser respetado como persona y nadie debe ser divinizado”

Autor: Carlos D. Lacaci

@Lacaciabogado