La sinrazon de una ruptura

“La televisión nos proporciona temas sobre los que pensar, pero no nos deja tiempo para hacerlo”

Gilbert Cesbron.

LA SINRAZON DE UNA RUPTURA

-Pero, ¿ no tienes?

– No.

– Entonces… ¿ no la ves?…

No, no la veo. No veo la televisión. No es una declaración de principios. Ni siquiera me enorgullezco de ello. Es mas, lo oculto siempre que puedo. Y no siempre es fácil. Lo porto como un estigma sin mácula, al menos visible que intento disimular con mayor o menor fortuna, según en que círculos, para ocultar mi ignorancia.

A veces hasta sueño que alguien me señala con un dedo inquisitorial: “no la ve, no la ve, nola ve, nolave, nolavenolavenolave”…

Esto, no siempre fue así. Hubo un tiempo en que fui “normal”. De una normalidad abrumadora me atrevería a decir.

22183490_0.jpgSoy una niña de mi tiempo, y por supuesto que crecí a los pies de una televisión “Inter” en blanco y negro elevada sobre un mueble de dudosa estética setentera, una televisión de dimensiones desproporcionadas para aquel mueblecito endeble, con su carta de ajuste, sus bandas VHF/UHF, su niebla gris y su canesú.

IMG_20150704_101648Y allí estaban todos: los de el “¿cómo están ustedes?”, los de el “vamos a la cama”, Locomotoro, Valentina, la Ruperta fantasma, la niña pelirroja de las trenzas que tenía una cama voladora , un padre pirata, un caballo y un mono. Un mono más mono que el de aquel otro que se fue a los Andes en busca de su mamá, que vaya sufrimiento innecesario (entre nosotros), y la niña Clara que era paralítica, y se curó subiendo montañas, o por subir a ellas, que nunca me quedo claro…

No, no la veo, pero tampoco reniego de ella. Presidió mi infancia. La vi, la vi y la requetevi hasta hartarme y después de hartarme. Y es que los niños de los setenta crecimos a golpe de imaginación a fuerza de carecer de todo que era tanto como no tener nada. Mientras tanto esa televisión, homogénea y homologada, era nuestro referente. Aun no entiendo por qué, viendo todos lo mismo, cada uno de nosotros conservábamos nuestra propia originalidad.

Lo mío con ella siempre fue una relación ambivalente y hasta heterodoxa. Confieso que en muchas ocasiones la utilicé, de la forma mas espuria en que se puede utilizar algo. Pero también es cierto que cuando la arrinconaron en el cuarto de los trastos, reemplazada sin miramientos por una Thompson “a todo color” , yo, ya adolescente, la encendía de noche a escondidas, y allí, a oscuras y pasando un frío siberiano, me saltaba todos los “controles parentales” habidos y por haber. Mi especialidad: las pelis de dos rombos. Y las de terror. O sea, todo lo prohibido en aquella España en tránsito del blanco y negro al color. Ella, en cierto modo, se convirtió en un vehículo para satisfacer mi morbo. Bueno, ella, y un libro que eufemísticamente se titulaba “ Escuela del amor y del matrimonio”, un torpe manual sobre sexo casero que mis padres guardaban bajo siete llaves pero sin cerradura, aunque eso es otra historia.

Tampoco he caído nunca en el tópico pseudointelectualoide de decir : – no, no la veo porque juzgo mucho mas interesante leer un libro ( diría “juzgo mucho mas interesante”, que es una horterada capital, si dijera tal cosa… quiero decir), y no he caído en ello porque siempre he pensado que la lucha tele versus libros es estéril. Sencillamente, son conceptos heterogéneos y por tanto imposibles de contraponer, algo así como aquello que nos decían de pequeños: “no puedes sumar peras y lechugas”.

Creo que lo único mentalmente sano de mi decisión es precisamente que no lo fue, decisión meditada digo, y por ende no requirió de grandes esfuerzos de voluntad por mi parte. Mas bien fue un alejamiento sin orden, no físico del aparato, no al menos al principio, sino mental. Metafísico, me atrevería a decir, como el de aquellos matrimonios a los que el tiempo va consumiendo y un día de repente se sienten extraños habitando las mismas cuatro paredes…

Lo nuestro no fue una ruptura con letra de tango, ni al estilo 19 días y 500 noches…No. Fue mucho peor. Fue fruto de la indiferencia. Ni siquiera fue un divorcio formal. No pasó de una vulgar separación de hecho. La utilicé y la abandoné. La abandoné en mi nueva casa para mudarme a mi vieja buhardilla. La abandoné pero no la traicioné. Mi tiempo ya era mío antes de ella. Y ella lo sabía.

Así que nadie me juzgue y me condene por ser pretenciosa, ni soberbia, ni tan siquiera sobrada, si acaso únicamente desleal a mi compañera de infancia.

IMG_20150703_211556Confieso que en su momento quise ser un Angel de Charlie, no diré cual, que me enamoré de Starsky, el feo, sí : “el feo” ( el guapo, Hutch, no estaba libre. Se lo “había pedido” Marta, mi compañera de pupitre), que me encantaban las historias de vacaciones en el mar y que quería ser Lucy Ann, la sobrinita rebelde de JR. Vamos, que me tragué toda la telebasura de entonces, que también la había, pero que, como muchas veces sucede con los amigos o con las parejas, y sin saber por qué, de ahí la “sinrazón de la ruptura”, dejamos de reconocernos, y me fui alejando progresivamente, sin hacer ruido, hasta que terminé por apartarla de mi vida.

Si alguien me preguntara hoy aquello de : ¿ volverías a hacerlo?, honestamente no sabría qué contestar. De hecho, con la perspectiva que me ofrecen mas de veinticinco años de “notele” casi me atrevería a decir que , en términos estrictos de aportación televisiva, me he convertido en una ciega en el país de los tuertos.

Quizá al final de mis días, consumida por algún tipo de enfermedad del olvido, alguien compasivo y conciliador me coloque frente a ella para que, desde algún rincón donde habite ese olvido, consiga recuperar algún fragmento de memoria y completando el circulo de la vida pueda, desde la desmemoria, rendirle el merecido homenaje a esa compañera de viaje de la infancia.

Mientras tanto nuestras vidas seguirán transcurriendo en paralelo, juntasperonorevueltas.

Carola

@sembriunangelo

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