Recuerdos

Los recuerdos se agolpan en mi mente cuando pienso en mi madre. Revivo momentos y sensaciones. Algunos se han quedado tan grabados, que vuelvo a ellos como si fueran una tabla salvavidas en los momentos difíciles. También sentimientos, que por mucho tiempo que pase, no se apagan nunca. La tengo tan presente que, de forma inconsciente, a veces me sorprendo hablando con ella.

Miro viejas fotos, y desde ellas me mira con su sonrisa cálida y esa dulzura tan suya. Pienso en mil detalles que la hacían especial, en mil pequeños gestos, a veces hasta me reconozco en alguno de ellos, y pienso si quizá me parezco a ella más de lo que creo.

En ocasiones no puedo evitar volver al día que se fue. Por algún extraño motivo es como si necesitara volver a empaparme de toda aquella tristeza, y volver a llorar y desesperarme, quizá de tanto en tanto necesito el desahogo. Necesito volver a enfadarme con el mundo, reivindicar mi derecho a estar triste, decir que no es justo y preguntar mil porqués que no tienen respuesta.

Suelo  hablar de ella con naturalidad. Comentar cosas que hacía, que decía. En mi familia hemos conseguido recordarla sin dramatizar, hablamos de ella abiertamente, lo que dijo aquel día y lo que hizo tal otro, y a veces hasta con humor, lo que haría o diría ahora. Aún así hay algunos momentos, fechas señaladas, o algún acontecimiento familiar, en que tengo la sensación de que está presente y cada uno necesitamos sentirlo en silencio.

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Unidos  a mi madre están los sabores y los olores. Era una excelente cocinera y allí donde estaba ella había cosas ricas para comer. Y café. Siempre había café, que era su único vicio, y que tomaba solo y sin azúcar. Tenía una mano especial para los postres. Aún no he probado una tarta que supere a la suya de chocolate. La hacía siempre en mi cumpleaños, porque era mi preferida, y ya de mayores, mis amigas seguían yendo a mi casa ese día con la excusa de felicitarme. Luego confesaban, delante de mi madre, que en realidad iban para comer un trozo de tarta. Ella  se reía tomándoselo a broma, pero estoy segura de que en el fondo le encantaba escucharlo. No  he heredado su habilidad, pero aún así, de vez en cuando me meto en la cocina con la esperanza de que me mande un poco de inspiración.

Mi madre es la mejor persona que he conocido. Se fue demasiado pronto y yo me perdí seguir aprendiendo de ella, seguir teniendo su ejemplo, lo que sin duda me hubiera convertido en mejor persona. Me perdí el lujo de seguir disfrutando de ella, la oportunidad de haber llegado a conocerla mejor, de otra manera, de establecer la relación que se establece ya siendo adulto, esa relación distinta que hubiéramos creado con el tiempo. Me perdí conocer a la mujer que era, la que estaba detrás de la madre que fue.

Era el momento en que la vida le había librado ya de obligaciones, en que podía dedicarse a sí misma, a disfrutar todo lo que no pudo disfrutar antes. El momento del merecido descanso. Era el momento de todo lo bueno, y no pudo ser.

Tantas veces, estos años, me faltó su apoyo, su consejo, su consuelo, su abrazo, en los momentos duros que vinieron después. Me faltó que me reconfortara, que me abrigara, que me mimara. Me faltó compartir y celebrar con ella las alegrías y los momentos buenos, que también vinieron.

Me faltó y me falta cada día.

Con el tiempo se va quedando una especie de tristeza serena, tranquila… Un vacío que no se va, pero que a fuerza de conocerlo, te vas acostumbrando a él. Queda la ausencia. La silla vacía. Quedan los recuerdos. Y queda también presente y futuro, porque, de alguna manera, siempre estará conmigo.

M. Paz Diego

@Pax951

Yo también soy “Pedete Lúcido”

Entre tres genios de la talla de Antonio Mercero, Manolo Matji y Horacio Valcárcel montaron, a mediados de los oTurno de oficio 1986chenta, la magistral serie Turno de Oficio, que se emitió mientras unos cuantos  estudiábamos Derecho y nos sirvió como inspiración.

Sí, porque sin desdeñar en absoluto a personajes legendarios como aquellos que interpretaron actores americanos como Al Pacino, James Stewart o Gregory Peck, yo nunca he dejado de sentirme muy cerca de aquél Cosme (Fernández Arregui) que bordó Juan Echanove y que, aparte de inmortalizar el “pedete lúcido”, nos enseñó a todos el interior de los juzgados, la vida de un abogado que empieza, y lo que puede conseguir una persona por vocación, y por firme voluntad, incluso si lo que estaba en el guión era preparar oposiciones a Notarías.

Pero fue precisamente aquél Pedete Lúcido el que lo impidió.

Andaba aquél Cosme atribulado, encerrado en su casa de Alfonso XII bajo un retrato al óleo de su fallecido padre, que acojonaba un montón, abocado a Preparar Notarías y, encima, con una novia borde. Guapa, pero borde. Con la cara de Adriana Ozores, telita, pero todo el tiempo poniendo caritas y protestando, la Tere de las narices.

Y luego estaba la madre posesiva. Dª Irene Gutiérrez Caba. Palabras mayores. La que le traía la merienda y le recordaba que su padre –el del cuadro al óleo- no salía más que una tarde a la semana y gracias, en maquiavélica alianza con el preparador, quien no dejaba de subrayar su lentitud, mientras que “su padre era un torrente cantando temas”.

Y así, herniado, cariacontecido, hecho una castaña, con un retrato al óleo vigilante, una madre posesiva, una novia guapa pero borde, muy, muy borde, y un preparador con gafas de concha gordas y un cronómetro, todo ello en la insoportable mochila, llegó el bueno de Cosme a un pub de la calle Orense.

Era cuestión de tomarse veintisiete copas en fila india, y se las tomó. Y a pesar de todo, Cosme no estaba para tonterías. No estaba el horno para bollos, ni la magdalena para tafetanes, como diría el doblador de Danny De Vito. Total, que vino un gracioso, y se dieron de leches, y nuestro héroe, que normalmente gastaba jerséis de rombos y pantalón de franela, pero aquella noche se había puesto traje, por una parte para recitarle temas al del cronómetro, por la otra para echarle un polvo a Tere, antipática, sí, pero tirando a tía buena, y había estado lento en lo primero, quedándose inédito en lo segundo … Acabó hecho una piltrafa en el cuartelillo, prestando declaración.

Fue en ese momento cuando lo dijo, que no estaba borracho, que “yo lo que tenía, era un pedete lúcido” … Y entonces aparecieron Eva (La Princesa), Juan Luis Funes (El Chepa), y Cosme vio la luz.

descarga (1)De un plumazo, menos a su madre, posesiva pero una santa y al cuadro al óleo de su padre, a quien Dios tenga en su Gloria, el ya bautizado para los restos como Pedete Lúcido, mandó a hacer puñetas los jerséis de rombos, los temas, al preparador, a sus gafas de culo de vaso y a su cronómetro y, de camino, se libró también de Tere. Con un par. Y se hizo abogado. Concretamente, de Oficio.

El resto es historia, y la vivimos con él toda la banda de barbilampiños que estudiábamos Derecho durante aquellos días y querer, lo que se dice querer, queríamos ser como El Chepa, con la pintaza que tenía Juan Luis Galiardo, que se bebía piscinas olímpicas de espirituosos, se fumaba cosechas enteras, machacaba amigos en el póker de madrugada y luego, encima, no tenía rival en los juzgados, ni siquiera Eva, la Princesa, que acabó rendida con todo su feminismo y toda su mala leche, mientras se convertía en mito erótico de toda una generación.

Porque pone. Las cosas como son. Una mujer como Carme Elías, abogado de talento y personalidad, feminista y con mala leche. Casi nada.

Pero ya les digo que yo, que ni siquiera he llegado nunca a bordar el mus, porque se me ven las señas y además me pongo como una moto cuando junto un par de reyes, y se me nota, a quien he tenido siempre como referente, ha sido al Pedete Lúcido.

Soy hijo de abogado que además, gracias a Dios, vivía cuando terminé la carrera, pese a lo cual también trató de convencerme por todos los medios, para que preparase una Oposición, para que se me pusiera el culo así de grande, ya se lo decía El Chepa a Cosme, pero pinchó en hueso, porque mi decisión fue irrevocable y porque la vocación me la había traspasado él mismo, qué cosas tiene la vida, y me la habían reforzado las andanzas del opositor frustrado.

Desde entonces han transcurrido 25 años y mi Colegio me ha dado un diploma. Lógicamente, estoy presumiendo mucho y me acuerdo de aquellos juzgados que salían en Turno de Oficio, que son idénticos a los que conocí, cuando aún figuraba en los encabezamientos de las resoluciones “Juzgado de Primera Instancia nº 20, antiguo Juzgado de Distrito nº 64” y, es asombroso, máquina Olivetti arriba o abajo, se siguen pareciendo a los que pisamos hoy. Qué lenta es la Justicia y todas esas cosas que se dicen siempre.

Tampoco he dejado nunca de sentirme importante. Desde que me puse por primera vez la toga. Y eso que aquellas togas tenían vida propia, daban calor, olían de pena y prácticamente andaban solas. Pero pesaban, y mucho, y no habían perdido sus efectos mágicos, esos que te convierten en un tipo con una misión.

Luego, a Cosme le convirtieron en Juez. Me parece muy bien y me alegro mucho por él, pero a mí no me pillan. Son demasiados años diciéndole a mi cuñado que vive en el lado oscuro, como para pasarme yo como si tal cosa. Soy abogado, no he abandonado jamás las causas pobres, sobre todo no he abandonado las causas así, en general y, a falta de partidas interminables de póker, doy cuenta de corderos y cochinillos con compañeros.

Y soy del Atleti. No recuerdo si Cosme lo era pero, desde luego, Juan Echanove sí. Marcado estilo, que se dice.

Francisco José Estévez Hernández

@FranOmega

El viejo del acordeón

 “La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes” (Artur Schopenhauer).

Me levanto temprano y la ciudad parece que aún descansa. No hay nubes y el sol, aunque casi invernal, brilla con libertad. Es uno de esos primeros días de diciembre en los que el frío se presume, así que salgo abrigada y decido ir sola, con ganas de descubrir la ciudad. Según voy caminando y el reloj avanza, los turistas se multiplican, al mismo tiempo que mi bufanda empieza a molestarme. Llego adonde quería más tarde de lo deseado. Decenas de personas recorren el Puente Viejo al que sobrevuelan las aves de los Sotos de la Albolafia bajo las que fueran las aspas del Molino de San Antonio. El Puente Romano de Córdoba luce en todo su esplendor. He traído mi cuaderno porque quiero tomar unas notas  sobre una escena que he pensado escribir. Me llama la atención  desde hace tiempo la Puerta del Puente, me parece impresionante, con la Mezquita al fondo, creo que es una vista maravillosa, y que allí voy a conseguir lo que tengo en mente, aunque no voy con una idea demasiado predeterminada, pienso que es un error, y tampoco necesito algo en concreto.

a00350894 029Solo doy unos pasos y una focha con su pico blanco aletea por una de las charcas del río, veo un cuervo que levanta el vuelo de un ailanto para desaparecer en el horizonte cordobés buscando quizá una almena lejana en la ciudad, donde ha anidado. Me asomo un poco y creo distinguir un barbo que se ha acercado a una de las lagunas que se ha formado a los pies del puente. Imagino que en cualquier momento un bando de garzas saldrá volando de algún lugar, y entonces le veo. No sé muy bien por qué en ese paisaje único en el que me encuentro, mis ojos se fijan irremediablemente en él. Su pelo, descuidado, abundante pero blanco, apenas si es molestado por una ligera brisa otoñal. No es el primer día que está ahí, su rostro oscurecido por el sol le delata. Multitud de arrugas surcan su piel y me doy cuenta de que los años han caído sobre ella haciendo estragos. Sonríe, pero sus ojos muestran tristeza. Está de pie, y no puedo dejar de pensar que alguien debería cederle un asiento, no sé, se nota que está cansado. A sus espaldas, una vieja bicicleta tiene más suerte que él y reposa apoyada en el puente: su compañera de viajes. Lleva una cesta en su parte delantera repleta de fruta fresca que me llama la atención, ¿de dónde la habrá sacado? Y suena esa música de su acordeón. Sus dedos sucios y arrugados son sorprendentemente ágiles, como los de todo buen músico, y va cambiando de canción como si quisiera agradar a un público variopinto de vete tú a saber dónde, que finge que le acompaña  esa mañana en la ciudad, como yo. Suena Casatschok y su ritmo alegre le hace bailar sin mover los pies acompañando las notas con un grácil balanceo de tronco, brazos y cabeza. Francisco Alegre y olé, y sigue sonriendo, pero sonríe sin ganas, yo lo sé. Conozco esa sonrisa; la he esbozado alguna vez. Y me sorprende que él haga ese esfuerzo mientras todos caminan sin mirarle más de tres segundos y sin que sus oídos lleguen a escuchar una pieza entera de su acordeón. Unos metros más allá tiene a un compañero con un violín cuyas clásicas notas se acoplan a las de su pasodoble, pero no parece importarle.

viejoacordeón

Imagino su vida y no me viene a la cabeza nada bueno. Mi romanticismo innato me lleva a pensar que antaño fue un ilustre músico, o que conoció el amor y lo dejó marchar, ¿tocará para ella?, ¿por eso hay fugaces destellos de luz en sus pequeños ojos grises? Pero puede que sea lo de siempre: un hombre al que la vida golpeó de frente y se dejó vencer por la pena, la soledad y el alcohol, y al que abandonó hasta la suerte; alguien que acabará sus días rodeado de turistas extraños que nunca le recordarán. Si acaso le dejarán un par de monedas por pena.

Y allí pasará las horas, en lo que él considera su hogar, bajo las alas del Arcángel San Rafael, que parece que se olvidó de él tiempo atrás para cuidar de su despreocupado público, y a los pies de la Torre de Calahorra que ahora es su guardián, su fortaleza, que le observa sin juzgarle mientras coquetea e imagina un baile al compás de su música con la Puerta del Puente que se alza allá, a lo lejos, majestuosa, invitándole a decir adiós al río Guadalquivir, y abriéndole paso a una ciudad maravillosa a la que nunca supo hacer bailar bajo el sonido de sus notas.

 Guardo mi cuaderno y me dirijo hacia el barrio de la Catedral. No he encontrado lo que buscaba. O quizá sí…

 Rocío Durán

@rdbollo

No hay afán

En Galicia se admite el que uno sea original, pero no hasta el punto de irse a Madrid para no volver de ministro” dice Jabois que dijo Camba, que vaya usted a saber, de la sana costumbre gallega de plantarse al norte de la capital a poner orden. Antaño El Pardo, hoy La Moncloa, cualquier palacio es bueno para hacer y deshacer en los destinos de la patria. En simpar ataque de originalidad, yo no he aprovechado mi paseo bogotano para hacer lo que los gallegos solemos hacer en Colombia. Era mi primera vez en las Indias, y en mi casa siempre se ha dicho que la primera cita es para comportarse. Para dar disgustos sobra el tiempo.

Bogotá y sus cerros tutelares

Bogotá y sus cerros tutelares, Monserrate y Guadalupe.

Aquí no hay nada, sólo arena, decíamos ayer de Arabia. En lo que algún día fue nuestro -la emancipación es siempre tan dura como inevitable- nada les falta. Pocos lugares se pueden conocer en un par semanas, y Colombia claramente no es uno de ellos. El doble de amplia que España, igual de variopinta, incluso más parsimoniosa. De entre los muchos encantos de la fusión de lo lugareño y lo español, nada como la parsimonia con que se afronta el día a día.

“No hay afán”, nada urge. Particular pachorra que esconde que, al final, todo sale bien. La planificación es buena, saltársela es mejor. Nuestra vida es desfile, la de allí callejeo. No es necesario seguir el guión para disfrutar el camino, cuyo mayor peligro es la incertidumbre, más importante es estar libre para las oportunidades que constantemente se cruzan en nuestras rutas.

Como entonces aprovechamos aquellos lares para traernos oro, hoy hay que ir a contagiarse del optimismo. Son bastantes los problemas en los que vive el país, empezando por la falta de infraestructuras y terminando en los bandazos de la política antiterrorista. Zapatero y Santos, dos caras de la misma moneda.

Igual que el replicante Roy Batty -si alguien no ha visto Blade Runner, por favor que abandone el edificio- vio naves incendiarse más allá del hombro de Orión, yo he visto peajes en vías de un carril a las que los nativos denominan autopista. Sin pudor alguno. Sin apenas lugar para el adelantamiento, con largos tramos de apenas un carril compartido por ambos sentidos por un corrimiento de tierras que, a juzgar por la naturalidad de los conductores, podría lo mismo llevar dos días que un año. Y qué decir de Bogotá, el tráfico de Bogotá. Sus turnos de circulación en función de la matrícula par o impar, en determinadas franjas horarias. Los motoristas sin casco. Los conductores al teléfono. Los atascos infinitos. “Estamos en un trancón, llegamos ahorita“. Porque ahorita no es diminutivo de ahora. Significa que algo sucederá cuando tenga que suceder. La gran calma.

Así como los contratiempos no merecen lamentarse, todo lo demás se celebra. En muchos casos regado con aguardiente antioqueño, destilado de melaza con un sabor a anís que se conserva semanas en el paladar -todavía no se ha borrado-, para asegurar que la fiesta sea dura. El famoso guaro. Probablemente sea el único plan al que no se aceptan desvíos. Otro asunto en el que la mezcla ha dado grandes frutos, con el inconveniente de que los españoles debemos estar atentos y no prestarnos a bailar como los lugareños.

Se trata de una disciplina en la que, al lado de los nativos, quedamos tan en entredicho como puede quedar nuestra pronunciación del inglés frente a la suya. Colón, como marino, no importó las prácticas más amaneradas. No caigamos, por tanto, en el error de querer librar batallas innecesarias. Estamos mucho mejor preparados para batirnos en lo relativo a los tragos, y siempre es inteligente crear a partir de las fortalezas. Puestos a sufrir resaca, por cierto, tome nota el lector de dos recomendaciones. El que les escribe ha leído sobre el asunto.

La primera, echar la culpa al mal de altura, el soroche. Casi tres mil metros de altura, no hay ningún riesgo en intentar jugar esa carta. La segunda, vivir al menos una fiesta en el célebre Andrés Carne de Res. No hay en toda España lugar tan singular. Llegado este momento celebro la fortuna de haber regresado a la madre patria sin teléfono móvil. No conservo ninguna foto de mi paso por el lugar, lo cual me ahorra el difícil trago de intentar encontrar alguna imagen de apariencia digna.

Podría pasar páginas y páginas contando lugares imprescindibles de Bogotá y alrededores, porque hoy dan lluvia y no juega el Real, pero no creo que pueda hacer honor a todos los sabores que desprende cada rincón de la pujante capital colombiana. Hay que subir a Monserrate, por su teleférico. Hay que visitar el Museo Botero, por Terremoto en Popayán. Hay que adentrarse en la Catedral de Sal, por el trampantojo de su cruz central. Hay que pasear la Candelaria, por su sabor tan español y tan extraño. Hay que paladear el Museo del Oro, por la balsa muisca. Sobre todo la balsa. Una pequeña figura en la que se adivina la esencia del país. Fina tarea artesana, excepcional materia prima, devoción a lo ancestral. Lo bello impera sobre lo racional.

La leyenda de El Dorado hecha balsa.

La leyenda de El Dorado hecha balsa.

Me conformo con que quede al lector el regusto de que tenemos mucho que aprender de nuestra querida hispanoamérica. Allí  se conserva la capacidad de improvisación que un día nos hizo Imperio y al siguiente nos ha hecho perder el norte. Nunca es tarde para regresar a la deriva controlada en la que tan bien nos manejamos. Que se queden los alemanes con la agenda y el protocolo. Volvamos a ser amos de nuestro rumbo. A jugar, que dijera García Márquez, “a que el reloj de la torre no diera las doce a las doce sino a las dos para que la vida pareciera más larga.”

240 pasos más.

I

HORAS PERDIDAS

Han pasado 48 horas. Y 72. Y dos semanas más. Y aquí sigo. Era mentira. Han pasado 48 horas y parece que de momento sigo empatando.

– Lo mismo. Exactamente lo mismo que a mí. No pasarías de 48 horas. Sirve para que te tengan atado.

– A mí no me tienen atado. Me abrieron, me cerraron, me volvieron a abrir, me volvieron a cerrar y no les gustó lo que vieron.

– No te engañes. A mí me han abierto y cerrado más veces de las que recuerdo y siempre son 48 horas.

– ¿Nunca has salido de aquí?

– No en los últimos 8 años.

Sonó como un mazazo. Demasiado real para ser mentira y demasiado mentira viniendo de quien venía para ser real. Apenas unas horas antes estaba acurrucado gritando incongruencias fuera de sí y ahora, tan lúcido como para recordar sus últimos ocho años.

morfina– Ahora empezarás a ver cosas. Trágate las pastillas. Pon el brazo cuando te pinchen. Pórtate bien, no hagas como yo.

Más locuaz que nunca. Más vivo y a la vez más apagado. Más muerto en vida. Demasiado real para ser mentira. Demasiadas mentiras ya vividas como para ser verdad.

II

SE MUEVEN DESPACIO

Vinieron por la mañana. Caras amables y atuendos claros. Nada parecido a lo vivido días atrás. Creo que era por la mañana porque ni siquiera sabía que había ventanas hasta que subieron las persianas con demasiado ruido. Todo se iluminó y aunque miraba nervioso hacia todos los lados no veía a nadie.

– ¿Se lo han llevado?

Los movimientos eran mecánicos pero lentos, como repetidos cientos de veces en ese mismo día que había amanecido. Y había sonrisas, aunque frías. Inexpresivas. Pero hasta los movimientos de sus caras eran demasiado lentos.

– ¿Se lo han llevado?

– ¿A quién? ¿A quién se han llevado salao?

Me hablaban alto. Demasiado fuerte. Me recordaba a cómo hablábamos a mi abuela cuando tenía los auriculares puestos para oír la televisión. Pero la diferencia de edad y la situación eran claras:

Ni yo tenía unos auriculares puestos ni tampoco los ochenta y cuatro años de mi abuela.

– A mi compañero. A mi compañero. ¿Se lo han llevado?

Noté que sonreían de una forma extraña y una de ellas se dio la vuelta airada y tocó algo cerca de una puerta. Sonaba como las teclas de un teléfono, aunque nunca hubiera tenido uno en mi mano. La puerta crujió y se abrió de golpe. Seguían moviéndose muy despacio, pero con la suficiente velocidad como para que, sin mirarme, saliera de la habitación.

– Mira salao, te han subido anoche y siempre os pasa lo mismo. Os hacen mal el destete y pagamos nosotras el pato.

– No te entiendo. ¿Qué quieres de…?

No me dio tiempo a terminar. Quizá porque, como su compañera, además de moverse despacio, yo hablaba aun más pausado. Pero no lo sabía.

– ¿Y Caulfield dónde está? ¿Y Salinger? Yo quiero ser Salinger.

Pero ya nadie me contestó. Creo que la última frase fue gritando.

III

GOTAS CAYENDO

La puerta chasqueaba muchas veces. Era un sonido sordo y antes de cada uno de ellos se escuchaban siempre esos cuatro pitidos de distintos tonos. Aunque cada vez con más lucidez iba recordando los muchos teléfonos que había tenido en mis manos. ¿Cómo no iba a haber tenido nunca un teléfono?

– No sé muy bien qué está pasando.

– Soy… No te preocupes, es todo normal. Al principio es lógico que no consigáis ubicaros. El lugar, los horarios. Todo es distinto.

No entendí quién era. Ni su nombre ni qué me estaba diciendo. Sólo escuché que todo era distinto. Pero no podía dejar de mirar su pelo. Su boca que se movía tan despacio. Sus manos que dejaban una estela en el aire dibujando el rastro que trazaban. Y empecé a seguir esos trazos intentando hacer los mismos dibujos en el aire.

EsperanzaLa puerta emitió otra vez esos cuatro tonos. El chasquido.

– Esperanza, te esperan fuera.

– Yo te conozco. Tú apretabas anoche el botón cada vez que yo gritaba.

Creo que lo dije mientras miraba hacia arriba sin que ya pudiera ver a nadie. Sólo gotas que caían despacio al ritmo de unas luces verdes que se movían rítmicamente por debajo. Una gota… Otra… Otra más… Despacio. Y cada una de ellas era parte del elixir de la felicidad. Una parte de tchaï, otra de leche, otra de vainilla.

– Mierda, ya me acuerdo. Era eso lo que dije anoche. Hablé de tchaï. Coño le dije algo de un tchaï.

Como siempre me lo decía a mí mismo. Mirando las gotas caer muy despacio y sintiéndome cada vez mejor. Demasiado bien.

– Esto no puede ser bueno…

IV

ESPERANZAS Y DEMONIOS

Y al cerrar los ojos desaparecía el ángel y volvía a sonar la voz hueca a través de unos pequeños agujeros en la pared. No había ni tonos en la puerta ni ese chasquido sordo al que me estaba acostumbrando. Ni gotas cayendo ni dibujos con las manos en el aire. Aunque todo seguía moviéndose despacio había perdido todo su encanto. Esa especie de aire de “El lago de los cisnes”. Sin ruido de persianas subiendo ni luz entrando. Colores oscuros que habían sustituido ese otro aspecto amable envueltos en sedas pastel.

– Creías que me había ido ¿Verdad?

– Pensé que te habían llevado.

– Jajajajaja

La risa sonó tan fuerte que me desagradó. No me gustaban los ruidos. Ahora no. Ni los gemidos de dolor ni la esa luz tan artificial que ni siquiera era suficiente para borrar los colores oscuros. Ni las luces parpadeando allá donde miraras. Y esa otra luz roja que salía de mi mano.

– Me han metido en la piel eso que tenías tú. Me lo han hecho a mí también.

– ¿Y qué esperabas? ¿Te crees especial? Yo también conozco a Esperanza.

– No sabes de qué hablas.

– Sí lo sé. Y también sé que no la vas a volver a ver.

Y sonó un pitido agudo. El más agudo que había escuchado nunca. Y parecía que era el más agudo que nadie había escuchado porque el tiempo comenzó a correr deprisa. Y ya nadie parecía que estaba en una moviola.

Nacho San Martín

@SMNacho

No quiero ser una estrella de rock

Esta es mi triste realidad. No quiero desvelar mi identidad. Tengo miedo a represalias. Los representantes nos amenazan para que nos desvelemos nuestros secretos diarios. La gente cree que “molo”, que “soy guay”, “cool” y otra serie de chorradas y mamarrachadas que me importan una mierda. Es verdad. Me importan una mierda.

Tengo que ir vestido como un anormal todos los días de mi vida: que si el pantalón roto, que si esta camiseta, que si la otra; que si la chaqueta si, que si no. Coño, que cuando las Spicy Girls estaban de moda me hicieron dar una gira en chándal, ¡EN CHANDAL!

Lo del pelo es otro suplicio. Que si esta semana el pelo de punta, que si la que viene con cresta, mechas, gomina, rastas. Estoy hasta las narices. La culpa de toda esta historia del pelo es de Justin y de Ricky. Lo de Justin no tiene nombre. Menudo jeta. ¿no va y me dice?

– Mira, voy a dejarme un flequillo repeinado fetén. Voy a hundir a los señores de tu edad que casi no tenéis pelo salvo en las orejas.

– ¡Serás cabrón! Le dije. Vete y cepíllate a una estrella Disney que las mujeres de verdad no te hacen caso.

¡Y el tío va… y lo hace!

fortuEs que a mi me gusta el corte de pelo clásico de toda la vida. Tenía que decirlo. El que me hacía mi abuela cuando me preparaba para el colegio pero estas pseudoestrellitas dan la lata con los peinados a cada rato.

Otro problema es el “gruppy issue”. Vale, es verdad que lo de las grupis está bien. No niego que facilita la vida. Son chicas amables. Vienen, te dan cariño, les regalas amor y se van. Alguna acosa un poco pero… en fin, mientras estén buenas y la viagra exista no hay mucho problema.

Pero es duro y cansado estar el domingo en casa después de ver el futbol y no poder avanzar en mis lecturas de Kierdegaard cuestionándome si el ser humano es temporal o infinito porque tengo a cinco tías en pelotas en la piscina que se acaban de colar.

La verdad, es angustioso no sentir la libertad de poder hacer lo que me de la gana porque tengo que gustar a los “-liebers”. Esa es otra. Mis fans. ¡Menuda pandilla de gilipollas! Es que si soy su padre no sale de casa hasta que sea mayor de edad. Todo el día adorando a un tonto –yo- que, además, le da igual que canten mis canciones.

Tengo solo 46 años y me hacen parecen un adonis de veinte años. No voy a negar que me conservo bien pero es cansado hacer el imbécil.

Las entrevistas, ufff, ¿qué queréis que os diga.? En todos los sitios del mundo me preguntan lo mismo. ¿qué que te parece la gente? ¿Qué opinas de nuestra cultura? ¿qué te parecen nuestra comida, nuestros paisajes, nuestras mujeres? ¿De verdad? ¿Solo es eso lo que se os ocurre?

Pues no me gusta la gente. Si la cultura es la de este colaborador del programa la aborrezco y no me gusta comer serpiente asada, ¿qué quieres que te diga? Soy más de tortilla con chorizo.

Una vez estaba en el club de lectura con Hugh Grant y un poema y en la parte de:

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

Aparte de la broma de la rima de profeta -Hugh es un cachondo-, me decía que siempre había asociado este poema a la soledad del rockero. No digo yo que tenga su aquél pero a Hugh se le va la cabeza mucho. Nunca superó la cosa aquella que le pasó en un coche con una grupi –jijiji- (phsss, no era una grupi).

En fin, siempre explico a los amigos que las estrellas de rock , al final, estamos solas. Por eso no me gusta ser estrella. La verdad, hubiera preferido cura en un pueblo. Vaya usted a saber porqué. Supongo que los caminos del señor son insospechados.

 

Luis Abeledo

@luisabeledo

Porque yo lo valgo

Porque yo lo valgo. Una frase que me gusta, aunque no sea mía. Una frase que repetimos muchas veces, emulando el anuncio de cosméticos. Y que me lleva a pensar lo que afecta la publicidad a nuestras vidas. Más de lo que pensamos. Porque nuestro lenguaje está lleno de ese acervo común que son los slogans de los anuncios, o esas partes de ellos que se nos quedan impresos a fuego en nuestros cerebros desde que somos capaces de recordar.

¿Qué sería de la Navidad sin burbujas Freixenet? ¿Quién no ha dicho alguna vez eso de “vuelvo a casa por Navidad”, como El Almendro, o ha comparado cualquier marcha con la de las muñecas de Famosa cuando se dirigen al portal?.¿Y quién no ha afirmado que ya es primavera, aunque caigan chuzos de punta, emulando el cambio de estación que anuncian unos conocidos grandes almacenes año tras año?

unnamedPero esto no es de ahora. Desde pequeños nos metieron en vena eso de que “Soberano es cosa de hombres”, que condensaba como pocas cosas la sociedad machista de la época, no tan superada como creemos a la vista de que todos sabemos lo que es la famosa prueba del algodón de Míster Proper –que ahora se llama Don Limpio, como nos repitieron machaconamente-, o de la odiosa señora del futuro que no encuentra nada mejor que traernos de su viaje en el tiempo que un frasco de lejía. Algo incomprensible, por cierto, porque hace tiempo que nos dijeron que el frotar se va acabar, así que maldita la falta que hacía

¿Qué no es para tanto? Vale, aceptamos pulpo como animal de compañía. No será para tanto entonces. Pero busque, compare, y si encuentra algo mejor, cómprelo. Aunque usted sea de ésas que su Ariel no lo cambian por nada, y use el desodorante que nunca la abandona. Porque ya se sabe, hay cosas que no tienen precio, y para todas las demás, Mastercard. O preguntémonos si no a qué huelen las nubes, una de las grandes cuestiones de la humanidad, como es bien conocido. Y si no encontramos respuesta, ya sabemos, a gritar eso de “una solución quiero”. O también podemos buscar a Jacques, que igual la tiene él, o ese papá que lo arregla todo, todo, todo. O el calvo de la lotería, que decía que la suerte estaba conmigo, aunque aún no haya dado con ella. Vaya usted a saber.

unnamed (1)¿Seguro que no es para tanto? Habrá que preguntárselo a aquel negrito del Africa tropical, a ver si nos lo aclara, el pobre, si encuentra tiempo entre cultivar y cantar. O esa chica que saltaba entre los limones salvajes del Caribe, icono de la liberación de una época, o al niño de Actimel, que se queda gris, el pobrecito, si no le daban su dosis. Sencilla, eso sí,  no como al del Petit Suise, que le daban dos. O al pobre Gutiérrez, al que veía en profesor por el rabillo del ojo mientras hablaba de las rocas metamórficas, mientras él pensaba en comprarle su primera colonia, Chispas, a la chica de sus sueños O quizás a aquella otra profesora que se empeñaba en que supusiéramos que la tiza era un diente, o a la madre destrozada porque la niña derramó el chocolate en el traje de Comunión, que igual estaba enfadada porque le habían dado un solo Danonino y ni unas tristes natillas, por más que estuvieran listas para tomar, y todo el mundo dispuesto a repetir. O aquel pobre al que probablemente publicitar que desde pequeño siempre ha llevado en su interior Abanderado le haya cambiado la vida. Porque ya se sabe, no pesan los años, pesan los kilos.

Porque yo no soy tonta o, al menos, no tan tonta como el décimo dentista, el que no recomienda el chicle sin azúcar como hacen uno de cada diez. Y, por supuesto, quiero que la mía sea una de esas barrigas felices, faltaría más. Como decía, porque yo lo valgo. Y vosotros también.

¿Estáis de acuerdo conmigo? Pues en cualquier caso, no me contestéis ahora… Hacedlo después de la publicidad.

Susana Gisbert

Twitter @gisb_sus