Cuestión de talla

Está muy de moda el apelativo “de talla mundial”, con gran parecido a “excelente”, pero tan frecuente que pareciera que lo de world-class es, pese la grandilocuencia, menos exigente. Más barato. Es lo que pasa con las cosas que no tienen definición clara. “De talla mundial”, que queda bien y al carallo.

Excelente suena rancio, casi fascista, pues proviene del latín, donde significaba que algo sobresalía, que estaba “por encima del cielo”. Qué fácil utilizarlo, sabiendo exactamente a qué se refiere. Para los términos tibios hace falta aplicar calor, como hace por ejemplo Sir Alex Ferguson en su último libro. ¿Que qué es world-class? Pues Cristiano Ronaldo, Lionel Messi y nadie más. De entre los miles de jugadores que pueblan el planeta fútbol, sólo dos son intachables en actitud, habilidades y rendimiento. Por si queda alguna duda de lo difícil que es llegar a la cima, el propio Ferguson reduce a cuatro los jugadores excelentes que entrenó en sus veintiséis años como gestor del Manchester United: Cantona, Giggs, Scholes y el de Madeira.

Así se aclaran las dudas. Lo fácil hubiese sido mencionar sus estadios favoritos, los esquemas de juego que mejor fútbol generan, los entrenadores que más problemas le han causado… Algo vacío, que no moleste a nadie. Pero ejemplifica con los cientos de empleados que ha tenido, los tipos que le han dado decenas de títulos durante su carrera. Y destaca únicamente a cuatro. Ser justo tiene una dosis de crudeza que, a ojos del ciudadano moderno, resulta antipático.

Resulta, así, que lo de “talla mundial”, mirado con detenimiento, no anda tan lejos de lo excelente. Que sobresale, que se puede apreciar su brillo desde cualquier del rincón del planeta (sea éste plano o tirando a huevo, que es una cosa con una poesía que no se puede aguantar, dicho en meridional). De hecho, globaliza lo excelente, elevando su listón. No basta que algo destaque en su entorno, tiene que asombrar mucho más allá. Plus ultra.

Máis alá, que tituló su manifiesto vanguardista el mejor poeta gallego de la primera mitad del siglo XX, aun muriendo a los treinta con sólo un libro publicado. Ojo a lo de la talla, que se nos complica. No basta con elevarse entre contemporáneos, nos metemos en la complicada tarea de dejar huellas que perduren. Va a resultar, al final, que lo de world-class no era ninguna carallada.

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Manuel Antonio, poeta galaico (valga la redundancia)

Actitud, habilidades y rendimiento, mencionaba arriba. Querer, saber, poder. Se me hace imposible pensar, por eso, que mis cogeneracionarios -o como carallo se llame a los compañeros de época de uno- no rompamos el molde. Voluntad no puede faltar, con el panorama que nos hemos topado para empezar nuestras vidas profesionales. Una crisis que aún no ha terminado de colear, bastante menos pasta que nuestros predecesores y cierto resquemor de los mayores -que nos ven disolutos, menos disciplinados que en sus tiempos-. La generación de Seseña, Lehman Brothers y otros ingenios. Unos santos. (También la de Apple, Google y el euro, todo sea dicho.)

De saber, aunque no nos sepamos los reyes godos de memoria ni hayamos pasado por cuartel en el que aprender otras materias, nuestra élite ha gastado en aprender más que nadie antes. Nosotros no hemos invertido lo que no teníamos en ladrillos, sino en másteres, maestrías y otros posgrados. Nos hemos endeudado hasta las cejas para despuntar, ahora sólo queda hacerlo. Esos cojones, en Despeñaperros, que dijera el torero a la locomotora que bramaba en el confort de la estación.

El poder se gana echando el balón al pasto, que diría Di Stéfano, don Alfredo. Ahí estará nuestra gran batalla. Los que somos punta de lanza de la generación de la tontería podemita, la idolatría vacía al obama, la queja por la emigración obligada (hay que ser asno), nos hemos topado un mundo nuevo. No sólo la famosa crisis, también maravillas. Toca demostrar que no todos somos tontos. Un folio en blanco: aparatos por todas partes, políglotas por todas las esquinas, billetes de avión a dos duros, compañeros de todos los colores en trabajo, casa y cama.

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Nacidos con todas las comodidades, crecidos con cierta hostilidad, nos ha llegado el momento de llegar más allá. Al mundo, universalizando a Alfonso Guerra, no lo va a reconocer ni la madre que lo parió.

 

Luís Teira
Becario, madridista y millennial

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Canarias, capital Caldas de Reyes

En la novela cunqueiriana Si o vello Sinbad volvese ás illas…, protagonizada por la versión morriñenta del viejo marinero de Las mil y una noches, se deslizan las páginas entre planes de volver a visitar todas aquellas islas que navegó, o soñó, Simbad.

Ninguna similitud con el ilustre Luis Abeledo, jurista, tuitero y persona, en su disfrute de la vida desde su particular ínsula Barataria. Desde su cercana distancia canaria, él pensó un día en reclutar a siete cabos sueltos, tan prestigiosos y disolutos juristas (valga la redundancia), para romper algún que otro esquema. Y da la impresión de que el tal Abeledo consigue todo lo que se le pasa por la cabeza.

En ésas hemos llegado al primer cumpleaños de El Calzador. Más de ciento cuarenta textos después, incluyendo los de multitud de colaboradores que han dado color y lustre al lugar, las entregas del incierto Abeledo han venido divirtiendo sin excepción a la fiel parroquia calzadoreña. El abeledismo es un movimiento que lleva tiempo sacudiendo tuiter, y en campo grande no ha decepcionado. Su visión irónica de las cosas, de su genética galaica, junto con su aparente parsimonia, adquisición islera, nos han regalado piezas cargadas de retranca, con un ritmo que parece pausado pero lleva una velocidad endiablada. De eso trata el abeledismo.

Para muestra, su crónica de la divertida fiesta benéfica organizada un caluroso sábado del pasado julio, en ese Madrid que Abeledo gobierna desde su ínsula.

Crónica de la Fiesta de El Calzador. Crónica de un éxito anunciado, por Luis Abeledo Iglesias.

Luís M. Teira
Becario (renovado)

Crónicas felipinas

Ningún hombre es una isla, dijo John Donne, Filipinas son siete mil ciento siete, dice Wikipedia. Islas, que no hombres. Hombres hay muchos más, y mujeres, y otros que no son ni una cosa ni otra. Algo así como un depende, un término medio, un galleguismo sexual, dijérase, de no ser porque los gallegos somos más conservadores que la sal. Y así nos va (de bien, quiero decir).

Pronto se cumplirán cinco siglos desde que Fernão de Magalhães circunnavegase el globo, contrariando a su Rey de Portugal, y dando lustre a nuestro Imperio. Tal vez un hijo de puta, pero nuestro hijo de puta, que diría Roosevelt. El mismo viaje, tras partir de Sevilla un diez de agosto, dio al luso gloria eterna bautizando el estrecho entre Chile y Argentina, a Elcano la leyenda por haber completado el viaje y a España las Indias Orientales: Cebú, Manila y todas las islas alrededor. De Magalhães se disputan diversas villas y freguesías portuguesas su nacimiento. Sea cual sea la correcta, no cabe duda de que era gallego. ¿El primer gallego emigrante? Lo hubiera sido, de no haber nacido después de Cristobal Colón, originario de Cespón, Boiro, La Coruña, como todo el mundo sabe. De Cespón, hermoso enclave del Barbanza, península y joya de las rías bajas coruñesas, venimos también los Teira.

Tan difícil debe ser contentar a 7.107 islas, que tiramos por la calle del medio. Año 1542, Felipe II era aún Príncipe de Asturias -de cuando aquello era la cantera para ser antesala de encabezar un imperio, y no el preludio a ganarte la vida con reportajes en el Hola y soportando a políticos de medio pelo- y a un explorador que no citaré, se ve que ya había pelotas en la patria, se le dio por bautizar como “Felipinas” a dos islotes nuevos que se topó. La historia la escriben los aduladores.

Por el afán tan nuestro de generalizar, lo que fue nombre de dos islas se aplicó al archipiélago, y hasta hoy. Total, que qué mejor plaza para terminar un gran año y empezar otro mayor, que el que una vez fue sitio de nuestro recreo.

Tras una Navidad en el aire, tres aviones y un surrealista taxi cruzando de cabo a rabo la primera isla española, Cebú, empezó la aventura. Era ya la segunda del viaje, tras escalar en el aeropuerto de Manila. “Filipino hospitality”, dicen los locales. Y un huevo. Hospitalidad son los cuatro entrantes, cinco platos y tres postres que sirve mi abuela cada vez que subo a Santiago. Lo que los filipinos nos tenían guardados a los cinco colegas que conformábamos la expedición era una mezcla entre simpatía, zoco y número de los Monty Python. Tan desordenado como divertido. Vivir en un cambalache.

Primer día, en un pueblecito llamado Oslob, primer número circense para turistas. Antiguamente pueblo pescador, se percataron de que si daban de comer a los tiburones ballena, en su tránsito migratorio, se quedarían a comer en su orilla… Y con ellos atraerían a aquellos occidentales embutidos en neopreno que se dejaban un dinerillo en ir a ver mar adentro al bicho. Dicho, y hecho. Como quien tiene un oso panda en una jaula madrileña, los oslobitas -voy a inventar no sólo éste, sino todos los gentilicios del presente, siguiendo la tendencia a la improvisación tan filipina- tienen cinco o seis tiburones ballena zampando pacíficamente en su playa. Y con ella, hondonadas de turistas haciendo cola para nadar y bucear a su vera. A la verita suya.

Ferri a la tercera, Negros Oriental. Capital, Dumaguete. Mariscadas y trayectos en barca, llegamos a la cuarta, isla Apo. Si algún día dejo de contestar a la puerta, teléfono, whatsapp, correo electrónico, tuiter, instagram, telegram, facebook, linkedin o al correo profesional -por estricto orden de cariño-, estaré allí. Tortugas de todas las tallas y colores, multitud de peces -encontré a Nemo, de nada-, un jardín de corales. Cuatro horas de electricidad diaria, ciento y pocas familias del lugar, un monte en cada esquina, un puñado de playas hermosísimas. Apenas una milla de largo, que no pude resistirme a correr pese a estar claramente mermado, repleta de rincones en los que perderse durante las trece horas de luz solar que en pleno invierno, doran la ínsula.

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Encontrando a Nemo.

Por si era poco asombro dos días de buceo entre las tortugas y su eternidad, vi una mantarraya planear. No hay letras en el teclado para narrar su aleve vuelo, su elegante equilibrio, el orden de su compás. Como un partido de Karim, una canción de Julio o un poema de Rubén.

Vuelta al mundo, qué error. Otro ferri a Dumaguete, pelea de gallos, a por la quinta. Bohol. De ahí a Panglao, la sexta. La fiesta de playa Alona, nochevieja en bañador incluída, paseo en barca a diminutos lugares. Balikasag, la ansiada séptima, con su extraordinaria fosa repleta de corales, y la octava, cien metros de largo de arena blanca y absoluto reposo: isla Virgen. Virgin Island, como rezaba el tablón de bienvenida, apoyado en una estaca. Era la única construcción del lugar. Pronto tendrán una segunda, si los locales siguen tirando los cascos de cerveza y latas de refresco en la arena. La conciencia medioambiental les pilla muy lejos.

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Al contrario que el gallo de la canción de Heredeiros da Crus, éstos sí eran de pelea.

Vuelta a tierra, y viaje en el coche de un nostálgico de los españoles. Teniendo en cuenta que llevamos siglo y pico sin que Hacienda meta mano allí, supongo que el amable caballero tendría la edad de las tortugas con las que buceábamos unos párrafos antes. Motos de alquiler y atruena la razón en marcha. Cosas distintas, cada jornada. Bordeando un río turquesa, de película sobre las guerras vietnamitas, para llegar a Carmen, cabeza de las célebres colinas de chocolate. Como atestiguaban los escasos treinta grados -que en la noche descendían hasta los veinticinco-, el intenso invierno del pacífico significó que las colinas estuviesen verdes, y no marrones. La palabra chocolate no me generaba tanto desconcierto desde que aquellos tiempos en que los más descarriados del colegio lo ofrecían a “cinco pavos el gramo”. Según Bloomberg, el gramo de cacao nunca ha llegado al céntimo, alguien debiera aclarar aquélla burbuja de los patios de colegio compostelanos. Culpa de la desregulación, imagino.

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1.268 conos de chocolate. La grada joven del Bernabéu enloquecería de gusto.

Si es bonito contemplar sus más de mil conos, y de mil doscientos, más lo es recorrer sus proximidades a toda velocidad. En moto y manga corta, un dos de enero. Un bellísimo viaje, Bohol. En una tarde, que sobra para atravesarla a la carrera, pueden verse esos monos tarsier que dan mucho mejor en peluche que al natural, imponentes puentes colgantes de bambú como el de Sevilla –sic-, el cuchillo llamado Sierra Bullones, decenas de pueblos de madera, infinitos arrozales, playas de póster y una puesta de sol a la carrera.

¿Y después? Ya menos de siete mil cien islas que visitar, y la tristeza que sigue a todos los grandes momentos, que con el tiempo se convierte en alegría. Regreso en moto, último ferri, primer avión. Visita a Manila, con su desorden, su asiática polución y su pequeño legado colonial: Intramuros. Cuatro cosas, incluyendo el Fuerte de Santiago que mandó construir Legazpi, para dar inicio a nuestro paso por las Felipinas, y en que, bajo el Apóstol matamoros que lo preside, fue ejecutado el líder filipino José Rizal. Una torpeza, tan españolamente poética, que marcó el final de nuestra estancia en tan singular país.

Y ahí terminó la aventura. De ahí, una sarta de vuelos de vuelta a este invierno madrileño tan poco gélido. De vuelta a la rutina, que tras una aventura nunca vuelve a ser la misma. De un viaje no sólo se traen fotografías (tenéis, calidad y cantidad, en este instagram y su facebook correspondiente, propiedad de uno de los expedicionarios), sino momentos. Algunos, para descojonarse hasta el fin de los tiempos, otros que marcan por su inmensidad. Entre éstos, no me importaría acordarme aquel galope en moto por Bohol antes del último suspiro. Las gafas de sol contra el viento, el océano silente, el rugido de la moto, todo el camino esquivando camiones. It’s the real thing.

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Luís Teira
Becario viajero

A la carrera

Mierda, se ha hecho tardísimo. Bueno, no es tan tarde… ¡qué razón tiene la abuela con eso de que ya se van notando los días! (Sonríe) “Así e todo, xa se van notando os días…” ¡Desde julio lo recita la tía, cada año! (Se ríen los dos)

No vamos a llegar. Dijiste que saldrías temprano, que de las dos no pasaba, que después nos comemos el atasco de todos los años, y son más de las cinco… Otro año más a las carreras. Con este tiempo de perros. Un día vamos a tener un susto. Mejor no digo nada, por tener la fiesta en paz.

Ey, ¿qué te pasa? ¿Qué cuentas?

Nada. (Sube la radio)
No estarás enfadadada, ¿no? (Baja la radio)

Que nada, ya está.

Vale, muchas gracias. Sabes que quería arrancar pronto, joder, no he podido escaquearme antes.

No me toques las narices… Que ya está, no pasa nada.

Joder… Empezamos bien, y lo peor es que tiene razón. Todo el mundo ha dejado el curro colgado y yo, otro año que me caen los marrones.
Vale, lo que tú digas, empezamos bien el viaje.
“Hola mamá, estamos saliendo ahora (…) Sí… Ya… Tuvimos un par de imprevistos y no pudimos salir antes, xa sabes… (…) ¿Me oyes bien? Ah, nada, es que estábamos pasando un túnel. ¿Qué decías? (…) No sé, de tráfico pinta bien pero está un día de perros… Llegaremos tarde eh (…) No, no, empezad sin nosotros, de verdad, llegaremos tardísimo. ¿Mamá?” Joder, se ha cortado… ¿Puedes escribirle a mi madre y decirle eso, que no nos esperen, que avisamos cuando estemos a una hora o así?

¿Cómo no nos van a esperar hoy? (Escribe en el móvil) Ya se lo he dicho.

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Madre mía, aún no nos hemos puesto del todo en ruta y ya está durmiendo. Bueno, mejor. (Apaga la radio) Menudo año, y menudas semanas. Entre unas cosas y otras… Llevo semanas sin dormir hasta que me apetezca, sin pegarme una mañana de sábado en la bañera, sin… Joder, sin hacer nada. Menudo ritmo, normal que estemos siempre de uñas. (Sonríe) Qué manera de sobar, qué pena no poder sacarle una foto.
A ver si mañana está buen tiempo para ir a correr con papá. Ostras, creo que no he metido el chubasquero… No sé si ésta se habrá acordado. A ver si no qué hacemos allá estos días, que seguro que no hay nada abierto hasta el lunes. Qué coñazo…
Qué paliza de viaje, cada vez apetece menos, y a éstas horas vaya…
¡Buenos días! (Se ríe) Vaya siesta te has pegado, estamos a… ¡a setenta kilómetros!

¿Ya? Joder… ¿A qué velocidad has ido?

Qué va, si he ido súper tranquilo. No ha habido tanta nieve como esperaba, pero aún así es tardísimo.

Bueno, no pasa nada. ¿Escribo ya? ¿Qué tardamos? ¿Media hora? 

Sí, más o menos. ¿Qué tal has descansado?
Bueno, bien. ¿Cómo vas? ¿No has parado?

Una vez, pero poquito. ¿Ni te has enterado?

¿En serio has parado? (Estalla en carcajadas) Tus padres se van a pensar que soy una empanada…

No mujer, ya lo pensaban de antes.

(Ríen los dos. Él enciende la radio, pone a Lennon)

Menuda roña, pon la radio anda. (Pone la radio) Ha escrito tu madre, que no aceleres que han aprovechado para echar siesta, todavía acaban de llegar tus abuelos. Madre mía, vamos a acabar a las mil… No veo a mis padres hasta mañana. Voy a llamarlos para felicitarlos al menos. (Baja la radio) “¡Hola mamá! (…) ¿Estabas en cama? ¿¡¿Pero no habéis cenado?!? (…) Jo… Lo siento, es que hemos salido tardísimo, no imaginaba que os acostariais tan temprano hoy. (…) Bueno, entonces nos vemos ya mañana… (…) Vale, igualmente mami, un bico.” Joder, mis padres ya se habían acostado. Estoy flipando… Han cenado solos. ¿Qué? Hombre, ¡me da rabia que hayan cenado sólos hoy!

Vale, vale. No he dicho nada.

Mañana tenemos que ir temprano a dar una vuelta con ellos, no podemos ir directos a comer.

Joder, adiós plan de salir a trotar, llueva o no.

Ahora ya han cenado solos… Joder. (Un par de lágrimas)
(Él le posa la mano derecha en su muslo derecho, intentando calmarla)
(Llegan)
Joder. Qué pocas ganas de cenar, lo siento… Menuda está cayendo, coge tu chaqueta en el maletero que te vas a poner fino.

Vaya plan… ¿Qué chaqueta?

El chubasquero de correr, que te lo habías dejado en casa.

(Sonríe) Está en todo.
(Timbra) ¡Feliz Navidad, familia!
(Suena la llave, se abre la puerta y estalla en carcajadas) ¿¡¿Y ustedes?!?

(Rompe a llorar) ¡¡¡Mamá!!! ¡¡¡Papá!!! (Los abraza) ¡Sois imbéciles! (Sonríe) ¿Tú lo sabías?



Sabes de sobra que lo he montado todo… (Sonríe) ¡Qué va! Son impredecibles ustedes, eh… Bueno, vayamos adentro. Vamos, ¡que a este ritmo en vez de cenar desayunamos!

Entran al calor de la cocina, charlando. Es tarde pero están, un año más, todos alrededor de la mesa. Feliz Navidad.

Luís Teira
Becario navideño.

Una rosa en un rosal

El vivir que es perdurable lo ganan los caballeros famosos con trabajos y afliciones contra los moros, Jorge Manrique escribió cinco siglos antes que Bush, Aznar o un servidor pensasen. No hay muchos modos, por tanto, de llevar vida de provecho. “¡Ay, pobre Yorick! Yo le conocí…”, se quejaba Hamlet. Y ni con aparición en Shakespeare, Jorge Javier de la época, serán muchos  los que sepan que Yorick fue él, alegre calavera que paseó el príncipe más triste.

Calavera, ceniza, huellas se deshacen en suavidad.
Finitas como abrazo, mangas unidas para separar,
Sin tiempo, viejo y olvidado antes de comenzar.
¿Qué recuerda un abrazo? Aparte su levedad,
El fuego de su ceniza, el humo de su frialdad.
Fuerte y frágil, fantasía, como rosa en un rosal,
No venga viento que la deshoje, el reloj bastará.
Bastará. Para dejar su huella en ningún lugar.

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Son muchas las ocupaciones, los intereses. Cualquiera podría, sin utilidad, entretener veinticinco horas si los días las tuviesen. Con tanta prisa, actualidad, a nadie se le da por echar el pie a tierra. Y pensar, ¿estoy yendo por donde querría ir? No conviene obsesionarse con el final. Es la ruta, disfrutado esfuerzo, la que se ha de controlar. La última estación, cualquiera que sea el lugar, pinta para todos igual:

Ceniza en la manga de un viejo
Es toda la ceniza que las rosas quemadas dejan”.

 

Luís M. Teira
Becario y persona

Plan

Me siento ante el folio. Qué contar que no se sepa, que no haya salido antes en tanta red social, tanta gaita, tanto mensaje instantáneo. Como las peores sopas. Presentación, nudo y desenlace, así se hace todo. Se debe comenzar con algo breve pero atractivo, la primera impresión es la que cuenta. Como regla general, no debe ocupar más de un quinto. Tres son para el cuerpo, el último para echar la llave.

Hecha la presentación, poco se puede arreglar. “No va usted a hacer nada, ya”, dijera Fraga al asesor que insinuaba que la chaqueta estaba torcida. Sin haber empezado la entrevista, ya no había tiempo para cambios. Pasa a menudo. Claro que estaba mal puesta, ¡pero era ya inútil!

Esa mañana que a la corbata no le cae impecable el nudo, no importa cuántas veces se intente. Y salimos a la calle empeñados en remontar, creyéndonos el Real. Lo que mal empieza, ahí debería quedar. Hay que mitigar riesgos, llamar a la oficina y hoy no voy, por el bien de todos.

Después el cuerpo. El nudo, el desarrollo, la historia. Porque para contar algo es bastante importante tener algo que contar. Y entramarlo. Y dice la gente que no basta con eso, que también se debe planear qué hacer con ello, que es poner a nivel de tierra. La gente debe ser inteligentísima, porque tiene opiniones sobre todas las cosas. En el planear intervienen las intenciones más puras y los deseos más limpios. Nada tiene más peligro que las buenas intenciones.

Para contar se parte de un germen, y sobre él se ponen cosas. Se edifica para llegar a alguna parte. Normalmente llegando a otra. “-Hola, venía por lo de… -No es aquí. -Ah, perdone usted.” Una de las partes más difíciles de todo plan es ensayar la cara que mostraremos cuando veamos que los últimos objetivos no eran los que habíamos pensado. La decepción, por dentro, como la camisa y la procesión. “Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento.” El mejor diseño llega a idéntico puerto, sólo dejando hacer al tiempo. El ordenado desconcierto.

Conviene, por tanto, soltar lastre y dejarse llevar. Fluir a la deriva, que es un rumbo como cualquier otro. Ya dijo Rajoy, pontevedrés errante, que no tomar una postura es una postura en sí. Y muy firme. Deriva que es que a uno lo desvíe, por ejemplo, el viento. No siempre de forma casual. A Kerouac le criticaron que escribía sus libros en días, sus mayores obras en apenas semanas, con su escritura beat, de perpétuo contraataque. Semanas, sí, recuperando años en el desierto, buscando un estilo. Si uno llega a estudiar los vientos, un día puede ser capaz de coger el bueno y que parezca que todo ha sido suerte. La deriva planeada.

Bebedor, deportista, pose chulesca y flequillo poderoso. Kerouac, el primer becario

Bebedor, deportista, desafiante, flequillado. Kerouac, el becario original.

Y queda un quinto, que vaya si los hay malos. Conclusión, despedida. Concluir es, poniéndonos estupendos, cerrar completamente un asunto. No hay peor cierre que aquél que no deja dudas en el aire. Hay que buscar la peonza danzando en la escena última, la intervención del morisco Cide Hamete Benengeli para despedir al Quijote.

Cuando se llega al final, nada se debe añadir. Los errores y los aciertos ya se han cometido, toca dar la mano al lector, mirarle a los ojos, ofrecerle un sorbo del mejor vino. El sabor de la última hora marcará el recuerdo, y siendo aquélla buena parecerá que han quedado grandes cosas en el camino. O que están por llegar. No importa que no se haya previsto nada más, la ilusión podrá crearlo.

Luís Teira
Plan de becario

Fin de partida

El embarazo humano dura unas cuarenta semanas desde la última menstruación, treinta y ocho desde la fecundación. Cuarenta exactas han transcurrido desde el pequeño resbalón que me tuvo un par de meses encorsetado, una desde el último intento por retirarme de una carrera de ultra-distancia. Yendo más allá del espacio y  fracasando, con la habitual parsimonia, en tan sencillo objetivo.

Allá por los finales del año pasado, los comienzos del presente, aproveché mi temporada entre corchetes para buscar metas absurdas. Intentaba a un tiempo encontrar límites y probar si los arañazos nos hacen más frágiles o más fuertes. Sin mucha idea, guiado por la inconsciencia que hay detrás de todas las grandes gestas, diseñé un verano larguísimo. Un verano tendido, un verano de muchos kilómetros.

Cuanto mayor es el plan, menor su certeza. Así, pocas carreras tienen muchas metas. Algunas que coexisten, otras que son enemigas, incluso las hay que se hermanan. Es importante conocerlas de antemano, situar cada cual. Cuando los objetivos se transforman, nada se crea y mucho se destruye por el camino. Puede uno saborear un fracaso, por haber trazado todo demasiado perfecto, pues más fuerte es la circunstancia que la idea. No erraba Ortega y Gasset poniendo la tilde en aquélla, y no en ésta, que lo mismo crea monstruos que fantasías difícilmente realizables.

Yendo todo el camino por detrás de lo esperado, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. Y sin embargo, la guerra no ha terminado. Jódase el concepto de final feliz, diría David Gistau. Nueve meses, nueve, hace que enumeraba las semanas para, una vez sano, llegar por pelos a los ochenta y ocho kilómetros vascos de julio. Entonces, la preocupación pasó a ser cómo entrenar y descansar, al mismo tiempo, los ochenta y seis asturianos de agosto. Pasado el susto, quedaba pasar por los ciento y diez (en mano, que no volando) catalanes de septiembre. Ahí, tras muchos éxitos pequeños, pocos grandes fracasos, hemos llegado a la meta de un camino que no es uno, sino momentos en extrañas formaciones.

Malos, los que más se disfrutan; brillantes, otros. Qué bello volver a apretar, cuando la fuerza parecía haberse consumido. Volver a encender la luz, después que todo parecía apagado, para que el calor regrese. Qué bello mantener, en los tiempos felices, los miedos en la mano. Cuando vuelven, no hay sorpresa. Quien intenta ahogarlos suele ver, en cambio, cómo emergen, descontrolados en su potencia.

Anochece.

Brillante oscuridad.

Superados todos, unos y otros, vestidos con diversas formas y accesorios, llega el examen. El breve descanso, tras el que se debe asumir, de forma ordenada, que no hay obstáculo que justifique tomar asiento. Lo que ayer parecía lejano ha quedado ya superado. Lo que hoy no parezca coherente debe ser el nuevo final. Tocará prestar atención a lo más inútil, preparar lo imprevisible. No es fácil, conquistar lo inútil. Tampoco complicado.

Por saber qué es imposible, desconocemos qué hay posible. Y ahí, en este final, está el comienzo. Y sin embargo, según aviso de Beckett, continuamos.

Luís M. Teira
Becario y persona