Ya sólo falta empezar

En pleno junio del cuarenta y seis, con un calor casi tan atroz como el que nos ocupa estos días, un gallego hasta las narices coje la mochila, se coge el tren a Guadalajara y se pega diez días vagando por la Meseta. Nota del autor: el hartazgo no era por Manuela -quien por entonces ya vivía, por esas cosas que tiene la regeneración-.

El Quijote y Rocinante, Cela y su mochila.

El Quijote y Rocinante, Cela y su mochila.

Tiene que ser jodido llamarte Marco Polo, viajar en pleno siglo XIII por todo Asia, dictar tus aventuras mientras estás en la cárcel de Génova -no confundir con Soto del Real-, alcanzar éxito internacional antes de la imprenta, marcarte el título rimbobante de Livres des marveilles du monde… para que llegue Cela y te la clave con un paseo por la Alcarria.

¿Es Viaje a la Alcarria el mejor libro de viajes jamás escrito? Quienes lo han leído encuentran la pregunta absurda, por evidente. Quienes no lo han degustado, que en su mayoría no saben qué es un libro de viajes -y, con dificultad, diferenciar un libro de un aguacate-, encuentran la pregunta también absurda, porque cómo va a ser un paseo de un desgarbado gallego por la Alcarria, en sus treinta y pocos, en la España famélica de la posguerra, vencedor sobre el veneciano y sus imitadores -los Hemingway, Kapuzcinsky, Theroux, Byron y compañía-. El propio Cela, no obstante, discutiría el honor. Por incordiar, y porque se cascó varias décadas discutiendo la naturaleza de sus libros de viajes. ¿Poesía, novela, ensayo? “Honesta narración de andar y ver”, dejó dicho el Marqués de Iria Flavia, con una de esas frases que ni abren ni cierran debates. El paraíso del jurista.

Entiendo las reticencias a plantarse ante las trescientas páginas de un gallego narrando sus peripecias por Chinchón, Sacedón o Guadalajara. No es fácil explicar, cuando alguien te pregunte que de qué va el libro que estás leyendo, que ahora mismo estás con el capítulo de Alcocer, provincia de Guadalajara. Es una obra muy recomendable para gente con la vida sentimental resuelta, porque hoy por hoy no veo muchos frutos en Tinder, o en el garito de turno, a contar anécdotas del paso de Cela por Córcoles. Mucho mejor contar un programa de pesca extrema en televisión, o un documental de viajes sobre la última esquina de Egipto, que ya me diréis qué carallo se nos pierde por esos lares.

Es una narración de un hombre que, cansado de la ciudad, se larga unos días al campo. A la deriva. Un viaje que empieza como empiezan todas las aventuras, con una planificación que se sabe que no se va a cumplir. Es fundamental estudiar los mapas, marcar etapas, definir los lugares más interesantes, para que todos estos proyectos se conviertan en papel mojado en cuanto arranca la marcha. Los planes, al final, salen por donde pueden, y a veces ni eso. Aunque suelen salir por mejores derroteros cuando se han madurado suficientemente.

Disfruta mucho Cela de su plan, antes de arrancar, sabedor de que nadie le va a marcar por dónde pasar, dónde meterse, qué monte subir. Cuando uno diseña su camino, suele llenar la bolsa de hipotecas. Cualquier sorpresa supondrá incumplir el plan. Cuando nada hay obligado, cualquier sorpresa es una nueva vía posible. Recomiendo -si se cumple con el requisito de la vida familiar ordenada- la urgente lectura a aquéllos que no hayan disfrutado de la pieza que nos ocupa. A quienes ya la conocen, sólo regalarles esta maravilla y recordar que nunca se ha leído suficiente al de Iria Flavia. Un texto que nos enseña que no hace falta irse a la India para contar historias maravillosas, ni hace falta trazar al milímetro una aventura para que sea el mayor de los viajes jamás contados.

“-No. Éstas son las cuentas de la lechera; lo mejor será coger el macuto y echarse a andar.”

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El silencio de después de ti

No creo en Dios tanto como en los milagros desde ese día en que me hiciste creer que yo era el tuyo. Aquel primer beso en Madrid – en un Madrid que ya sabes que para mí no ha vuelto a ser lo mismo – cuando tu amor me apretaba tanto la garganta que llegaba a asfixiarme. Tus pies descalzos que besaba con timidez, tus pequeñas manos apretando las mías, tus arrugas, tus canciones, tus labios, cada detalle insignificante. Supongo que el refugio que mis manos encontraron agarradas a las tuyas es lo que más echo de menos desde que dejé de imaginar lugares donde tú y yo existíamos y despertarse no dolía.

esquina solitariaMe llené tanto de tu callado ruido que ahora me siento vacía. Añoro los días en los que no terminaba de creerme que completabas mi mundo. Aquel no mirar a nadie más cuando te tenía delante porque solo tú equilibrabas toda mi realidad. Y cómo me gustaba sentir esa impaciencia por verte, por cogerte del brazo y susurrarte al oído las ansias de ti que callaba en cada uno de tus abrazos, por escribirte y dejar esos trocitos de mí en cada esquina en la que me besabas. Tus certezas y tus descuidos, tu serena sonrisa que siempre vestías solo para mí, consciente, quizás, de mis ganas por cerrarte la boca de todas las formas posibles, rezando para que nunca terminara ese momento, mientras cerraba mis ojos sabiendo que, después de todo, seguirías sosteniéndome como un pentagrama a sus notas, ajena a cualquier cosa que no fuera el azar de que al día siguiente me siguieras queriendo de la misma manera.

Ahora me cuesta mucho distinguir la imaginación de los sentimientos. Ya no sé si lo imagino o lo siento. Pero sé que te echo de menos. Mucho. Me duele no poderte tocar, no poder salir a la calle y presentarme allá donde estés. No saber qué hacer, cuándo ni dónde, pero saber que sin ti.

Hace frío. Siempre lo hace desde que no estoy contigo. Ni te imaginas la de bajoceros que se han instalado en mi piel desde que tú no la habitas. Nada me consuela, ni siquiera escribirte estos versos tristes que llenan de pañuelos usados mis bolsillos, mientras te beso en voz baja en el desorden de mis días y desgasto la cuenta atrás de las fechas que ya no nos separan.

Me acostumbré a vivir en tu palidez y apagué el color del resto de los vivos. Y ahora me abrazo a la nostalgia, sentada al borde de mi cama, y la acaricio mientras me cuenta que no solamente conmigo desististe de usar tus alas, que ya antes habías sufrido con otro amor al que tampoco querías arrastrar en tu caída, que siempre te costó decir te quiero, que viviste otros milagros antes que el mío, que ya alisabas otras cejas antes de tener las mías, que ya entonces se te adelantaba Neruda al hablar de amor, y que también en el amor siempre era demasiado tarde antes de conocerme.

Aún así, aquí y ahora, allí y siempre, sigo sin tener nada más hermoso que decir que tu nombre. Lo deletreo, lo grito, lo susurro, y pongo la boca de mil maneras para que suene de mil maneras. Me sorprende la noche muchas veces pensando en ti, estableciendo pactos y alianzas con tu ausencia. Porque ni te imaginas de qué forma te busco ni el precio que estoy pagando por un poco de olvido. Lo que me cuesta abandonarte en la cuneta de mi vida y seguir el camino al margen de ti. Lo que deseo que una noche el desconsuelo de tu nombre me lleve otra vez a nuestro mal camino que, sin duda, ha sido el más hermoso de todos los posibles. Y cómo alimento la hoguera de mi corazón por si una noche de fríos y de ausencias decides volver a habitarlo.

Si algún día ordeno mi cabeza, seguramente encontraré todo lo que me faltas. Lo que me falta este amor que está hecho solo de ti. Lo que me falta hasta el rastro que dejabas en las motas de polvo al extender tu mano buscando la mía, y esa forma de hablar tan tuya, un poco calma, un poco cansancio y el resto, una mezcla de resignación y desesperanza que en ti siempre mejoraba el tono del comentario menos pretencioso.

No sé si está todo perdido porque nunca nos propusimos ganarlo y porque, aunque ya no te escribo, me sigues tirando botellas con mi nombre cerrado en tu puño, mandando mensajes hasta mi playa con tus coordenadas para que sepa volver a ti, aunque cada vez te quede más llanto y menos caricias, como siempre me dices.

“Busco náufrago”.

descargaEso ponía el cartel con el que una vez llegué a ti. Entonces pensaba que no podía haber un después después de aquel ahora, y que nunca nos separaríamos porque lo nuestro no dependía de la distancia.

Hoy te escribo esto mientras la luz de la lámpara bosteza junto a mi insomnio todos esos recuerdos, ansiando nuevas oportunidades y algún sueño de más en este horizonte sin horas en el que crecen los besos que al amanecer ya no nos daremos.

He doblado la esquina de nuestra historia, como si fuera la de una página que no se quiere olvidar. No me acostumbro al silencio de después de ti.

Eva Cañizares

@evacanizares

No lo creáis todo.

I

MIRANDO ATRÁS

Cuando se tiene tiempo se piensa mucho, quizá demasiado. Es mejor la locura del día a día que tener tiempo para echar la vista atrás… Y ver el legado que vas dejando. Así de momento te encuentras con cositas interesantes. Hoy leía a un malagueño diciendo que su hija le había pedido una máscara de Darth Vader por haber aprobado todo. “Algo he debido hacer bien” se decía en voz alta.

La contestación me salió del alma:

“La mía me ha pedido unos guantes Everlast rosas. ¿Algo he debido hacer bien? O no.”

EverlastPara los que no lo sepan estos son unos Everlast de ocho onzas… rosas. A la vez esa misma niña llega a mi casa, abre mi ordenador en donde tiene una carpeta con su nombre y, cuando le apetece, cuando menos te lo esperas, escribe. Igual hoy dos párrafos y no lo toca hasta dentro de un mes. O igual no para durante dos horas.

Algo deberé estar haciendo bien. O no.

Por su parte el hermano ha pedido un chaleco táctico (esta vez las botas de fútbol dice que se las compra él con su dinero, que yo ya le he comprado muchas). Chaleco táctico, máscara, gafas, guantes tácticos, mochila, botas… Y subfusil. El airsoft y el fútbol. Está en la edad.

Están en la edad en la que la gente ha abandonado por fin el estrujón de mejillas, la caricia exagerada en el pelo, el ¡Qué guapos son! el ¡Son iguales que su madre! y todos esos lugares comunes que todos hemos padecido en primera y en tercera persona.

Ahora estamos en ese otro lugar común de ¡Por favor, qué alto! del ¡Qué guapa, es toda una mujer! del ¡Pero si eres más alto que tu padre… Y con más músculos! y, sobre todo del inefable ¿Qué queréis ser de mayores?

– Pues yo quiero entrar en la Academia Militar. Y si puedo, en el EZAPAC o en la BRILAT.

– Yo quiero entrar en la Academia de Policía. Ingresar en la escala ejecutiva y, cuando pueda, entrar en Científica, en Análisis de Comportamiento o en Investigación Tecnológica.

Y las caras se mudan. Se vuelven una mezcla de asombro, media risa y acaban girándose hacia mí.

– A mí no me mires. Sólo soy abogado.

Me divierte ver esas caras. Me divierte escuchar las conversaciones entre los hermanos sobre lo que “quieren ser” y sobre cómo lo van a hacer. Yo con su edad creo que seguía queriendo ser Paco Buyo.

Y entonces, como tienes tiempo, demasiado tiempo, maldito tiempo, echas la vista atrás y piensas que igual estás haciendo algo bien. O no.

II

MIENTRAS, EL TIEMPO PASA

Pasa despacio de forma relativa, pero muy rápido para poder seguir echando la vista atrás si no quieres que, lo que has hecho o lo que no has hecho te coma.

Hace meses estaba sentado y casi pego un grito:

– ¡Mamen!

– Holaaaaa, niño.

– Es increíble, no me puedo creer que seas tú. Estás guapísima.

– Calla, calla. No seas tonto. Estás igual que siempre. Hace cuánto que no nos veíamos…

– ¿Igual que siempre? No lo creo la verdad. Es increíble. ¿Sabes las veces que me he acordado de ti? ¿Sabes cuántas veces me hubiera gustado decirte todo lo que tenía que haberte dicho hace mucho?

– Jajajajaja pero qué dices… ¿Vives aquí?

– Sí, desde hace tiempo. ¡Qué ganas tenía de volver a verte!

– Ha pasado muchísimo tiempo.

– Bueno, en realidad te vi una vez. Andando por la calle Goya con tu madre y tu hermano y…

– ¿Qué? ¿Y no me dijiste nada?

– Bueno…

– Eres increíble…

Habría sido una bonita conversación y habría sido maravilloso poder acariciarle ese pelo rubio que desde que tenía dieciséis años me había vuelto loco… Pero ni siquiera di ese grito, así que nunca lo podré saber. Lo que sí era verdad era la misma melena rubia, el mismo acento y la novedad de un tatuaje en la espalda, a la altura de las lumbares, así que lo único que me pude preguntar a mí mismo fue si habrían podido ponerle la epidural cuando dio a luz a la niña que tenía sentada junto a ella.

El caso es que mientras echas la vista atrás. Mientras piensas lo que no hiciste y sueñas con lo que hacer… El tiempo se va amigo. Y en nada una andará en Ávila y otro en Alcantarilla.

III

DÍAS DE TREINTA HORAS

Si valoras el sueño eres un afortunado y, a la vez, pierdes, al menos, seis horas de tu vida al día. Hace tiempo que me he dado cuenta que una cosa es no dormir, dormir poco y otra diferente dar vueltas en la cama. Días de más de veinticuatro horas. Tenía un amigo que experimentó durante un par de meses con el sueño. Estudiaba Caminos y, para un tío de veinte años que estudiaba Derecho, un Ingeniero, per se, ya era un tío raro.

Se hizo eso que, en muchos casos tirando de pedantería, llaman hoja de ruta y que antes simplemente decíamos planning o planificación. Pero bueno, antes también se hablaba de centrismo y ahora se dice centralidad. Antes decías “todos” y ahora hay que decir de manera impenitente “todos y todas”… Y el resto de la frase, por supuesto, debe seguir por ese camino. El absurdo camino de los “os y as” o de las @.

Al lío que me pierdo. Este personaje, ahora uno de los grandes directivos del departamento inmobiliario de un gran banco, comenzó a reducir voluntariamente y de forma planificada las horas de sueño. Acabó durmiendo una hora al día durante un mes… Agotado, malhumorado, con ojeras que debían estar esperando la oportunidad de florecer porque ya no le han abandonado… E ingresado. Y con sus amigos cachondeándonos juvenilmente de él. Hizo bastantes otros experimentos curiosos…

duermo pocoDesde hace tiempo me acuerdo de él. Parece que estoy emulando sus experimentos sobre el sueño… jejeje Ya hable una vez de lo familiar que se hacen las voces de la radio. Cómo sabes la hora que es en función del programa que, entre vuelta y vuelta, se escucha de fondo. Me acuerdo también de la frase que a modo de presentación tiene uno de mis mejores amigos en su WhatsApp:

“Mientras tú duermes, yo sueño”.

Bueno, en este punto, creo que yo sueño por los dos… O por todos ustedes.

Y mientras estoy despierto sigo con la mente puesta en ese pelo rubio y ese acento granadino. Como si no haber gritado su nombre cuando hubo oportunidad me hubiera despojado de un viaje en el tiempo. Pero con cuidado, sin darte cuenta puede ser que te creas despojado de algo y, en realidad, tú no hayas dado nada. En realidad, quizá, tienes deseos de no haber dado nada o, incluso, de poder quitar lo que cualquiera se piense que has dado.

Por momentos, incluso llego a la conclusión que hay que coger impulso y ponerte al otro lado. Con un micrófono acompañando a los que viven días de treinta horas pero sin tener que decir estupidez tras estupidez. Sin ser humorista… O intentarlo. Habrá que coger un micrófono y meterte en cada casa con un lenguaje duro, sin sustituir lo que has dicho toda la vida por lo políticamente correcto y, puede ser, sólo puede ser que quien está dando vueltas en la cama sin saber si no duerme por el calor o porque tiene el cuello torcido ya de mirar tanto atrás, cierre los ojos con una media sonrisa.

IV

CUANDO TOCA… TOCA

Y queridos amigos… Hoy no toca ya. Son las…

Disfruten. Pero sólo si creen que han hecho las cosas bien.

 

Nacho San Martín

@SMNacho

La “Famiglia”

Suena esa maravilla compuesta por Henry Mancini como es “Moon River”, mientras el Sol muestra sus primeros rayos al fondo de la Quinta Avenida. Las tempranas horas del día justifican que nadie camine por ella, salvo aquellos a quienes la noche se les hizo larga. O corta, según se mire.

Un taxi de color amarillo y techo rojo se para a la altura del número 727 y de él baja una joven con un vestido negro, guantes largos, delgados hombros desnudos, gafas de sol, pelo recogido y varias joyas. Mira hacia arriba, ve el brillo de las letras que señalan que está ante la tienda de Tiffany & Co, y gira hacia su derecha para ver lo que ofrece el escaparate. Se para, saca un bollito y un café de una bolsa de papel, y desayuna mientras disfruta de ese momento. La ciudad parece estar vacía, sólo se escucha el silencio.

tiffany

Tras ver el contenido de ese escaparate, va hacia su izquierda y se para delante de otro. Gira a la derecha bordeando la tienda y sigue ahora la calle 57 hacia el este parándose ante otro ventanal de su tienda preferida antes de seguir su paseo de camino a casa. El conjunto ofrece una gran paz y belleza. Paz por ver dormido al gran monstruo que es Nueva York. Perdón. Perdón, dormido no, descansando, que ya nos dijo Sinatra que es la ciudad que nunca duerme, y nunca quisimos llevar la contraria al tío Franky. Y belleza porque sí, porque no hay mejor definición de belleza que contemplar a Audrey Hepburn cuando amanece.

Volví a ver esa escena en mi último viaje de vuelta a casa. Sí, no soy neoyorkino pero todos lo somos más de lo que creemos, hasta el punto que difícilmente puede uno sentirse extraño o fuera de lugar allí. Y decía que vi esa escena y no la película entera, porque esa imagen de Audrey es insuperable. La quise recordar una y otra vez en la cabeza hasta que llegara el día de poder compartirlo con vosotros.

¿Qué pintaba yo en Nueva York? Ver a la familia, bueno, a la “famiglia”. En realidad, iba a ver a todos y no iba a ver a nadie. Me explico. Cuando yo nací hubo una típica discusión entre mi padre y mi madre sobre qué nombre ponerme. Ahora es muy fácil y desde los primeros meses de embarazo ya se sabe el sexo y puedes adelantar la discusión. Antes no era así y hasta el día del nacimiento había peleas entre quienes querían un niño y quienes querían una niña. Llegado el día, se abría el melón y lo que saliera: niño o niña, guapo o feo, o llorón.

En mi caso, lógicamente salí yo, y ya desde ese momento podía notar que había algunos/as que no se alegraban mucho –“Otro niño…”, “buah, ya podría haber sido niña para jugar con ella…”-, pero el roce hizo el cariño y ya nos queremos, aunque a veces no puedo olvidar que preferían una niña. El caso, que había que ponerme un nombre y bautizarme cuanto antes para dejar claro que renunciaba a Satanás. Mi padre sugirió “Juan Pedro”. Mi madre, rápida al corte dijo que “Juan Leches”, vamos, que ni de coña. Y añadió: “Se llamará Enzo”. Cara de estupor entre los presentes… recordemos que estamos en Madrid, años 70… “¿De dónde has sacado ese nombre?”, preguntó mi padre.

Mi madre explicó algo, pero claro está que no basta con dar explicaciones sino que sean creíbles. Y la de mi madre no lo fue. Alegó qnyc workersue un antiguo familiar se llamaba así, y que se había ido a Nueva York a trabajar en la construcción de rascacielos, que había hecho algo de fortuna y volvió a España, más concretamente a Asturias con su mujer italiana que conoció en NYC, y tuvieron un hijo que se llamaba Enzo. La excusa era buena pero tenía un problema: nadie en la extensa familia de mi madre podía verificar tal cosa, salvo una tía abuela suya de cerca de noventa años que hablaba de “ese señor que vino de Asturias al pueblo con una gran fortuna que hizo en las Américas”. Pero si le preguntabas a la buena mujer por el supuesto nombre del hijo, ella, con su pañuelo negro en la cabeza y negando con vehemencia, respondía que no sabía ni como se llamaba “el hombre asturiano”.

La realidad de por qué mi madre se podría haber inventado esa explicación era mucho más simple: un año antes una hermana suya –por tanto, una tía mía-, había puesto a su hijo –por tanto, mi primo- el nombre de un vaquero del Oeste que había leído en una de aquellas novelas de bolsillo que tanto se estilaban en aquellos años. Las risas aún continúan y sigue siendo complejo explicar la historia cuando su nombre aparece en algún documento oficial. Mi madre quería salirse con la suya, esto es, ponerme el nombre de Enzo, y no estaba dispuesta a que hubiese risas a mi costa. Para reírnos de alguien ya estaba mi primo.

Sin embargo, mi madre sigue manteniendo su opinión y yo la creo porque es mi madre, y porque tiene una forma de decir las cosas que o te las crees o te las crees. No vacila aunque por dentro se puede estar muriendo de risa.

Ante esta situación, teniendo en cuenta que en NYC puedo tener familiares españoles e italianos descendientes del “hombre asturiano” y de Enzo I, me fui a las Américas a intentar encontrar algún familiar mío. No tenía ningún contacto previo, no sabía bien dónde mirar, pero estaba seguro que algo podría encontrar. Comencé el primer día a buscar en la Ellis Island, al ser la puerta de entrada de los inmigrantes desde finales del siglo XIX, pero el único dato descorazonador era que unos cien millones de personas de EEUU tienen antepasados de emigrantes que entraron por la Ellis Island.

Recorrí entera Lower Manhattan: el Distrito Financiero, el SoHo, Tribeca, Lower Manhattan… crucé a Brooklyn, volví a Manhattan, a seguir el camino por East Village, Greenwich Village, Chelsea y resto de Midtown, Upper East Side y Upper West Side, Central Park, Harlem… nadie me llamó especialmente la atención para poder ser familiar mío. E incluso subí a Top of the Rocks para intentar ver mejor desde ahí. Bajé a Little Italy a capturar cada instante de vida en Mulberry Street, y ahí sí me sentí como en casa. No obstante, la verdad es que me trataban igual que a los nórdicos o a cualquier otro turista, pero no vi a ninguna persona con quien notase que estaba ante alguien de mi familia, más allá de que hablasen español.

Cansado de tanto vagar, desperté en Dumbo con las maravillosas vistas del puente de Brooklyn, el skyline de Manhattan, y la luna reflejada en el East River. Tenía que volver al hotel para regresar a Madrid y decidí hacerlo recorriendo la Quinta Avenida imaginando que vería a Audrey Hepburn desayunando sola frente a los escaparates de Tiffany & Co. Tampoco la vi. Triste, por no haber encontrado a nadie de mi famiglia, abandoné la Gran Manzana, mientras silbaba las notas de “Moon River”…

dumbo

Enzo.

Tenía ganas de croquetas

– … Y entonces fue cuando decidí que tenía ganas de croquetas!!! Jajajajajaja
– Yayo, ¿qué dices? Que cómo estás?!!!
– ¡Pues cómo quieres que esté?! Estoy en un hospital!!! Jodido!
– ¿Qué te duele?
– Tú eres tonta, ¿no?
– No.
– ¿Has entendido algo de lo que te he explicado?
– No lo sé.
– Esta familia está llena de retrasados…
– ¡¡¡Papá!!! – intervino Pepe, con actitud cansada, resignada, como quién tras atravesar un desierto encuentra al llegar al oasis que es un espejismo y debe continuar un par o tres de miles de kilómetros más a pie. – Deja a la niña, no le hables así, tiene 9 años.
– Eso no me importa. – El abuelo continuó con su actitud desafiante y gritona, mientras se giraba estirado en la camilla de la habitación del hospital – Tengo más nietos y son más divertidos que ésta.
– Pues yo no veo a nadie más, resulta que Cata es la única que siempre quiere verte y está a tu lado y, sinceramente, no lo entiendo.
– Porque es imbécil, como su madre.
– ¡Yayo! ¡Yo te quiero mucho! – respondió la niña al insulto, era morena, desgarbada, con cierto aire inocente. Se encontraba sentada a la derecha del abuelo.
– Y la puta manía de llamarme yayo… – murmuró

Para calmar la situación, Pepe intervino:

– Papá, por favor, explícame cómo has acabado aquí.
– Ya te lo he dicho, tenía ganas de croquetas. Me entró hambre y me fui al bar de los alemanes, al Frankfurt, que a veces tienen croquetas caseras que hace esa guiri repeinada y gorda. Tenía ganas de comerme unas croquetas que no fuesen del jodido Mercadona, unas de esas que casi no tienen bechamel, que son contundentes, que si fuesen un poco más grandes parecerían un buen
– ¡Papá!!! ¡¡¡Por favor!!!!! ¡¡¡Está Cata delante!!!!
– ¿Y qué? Ya es hora de ir aprendiendo, casi tiene edad para abortar, que coño, no se va asustar porque su abuelo le enseñe un par de cosas.
– ¿De qué hablas, yayo? – comentó con curiosidad la niña.
– Dios, que niña más triste, eres como tu padre, de verdad. Bueno, dejar que siga
– Dejad. – Dijo Cata
– ¿Qué?
– Se dice dejad, no dejar, es un imperativo, nos lo enseñan en el cole, avi.
– Me cago en mi sangre… al final es la cría la que me va a dar lecciones…
– Sigue, papá, por favor. – Pepe quería acabar cuanto antes, tenía ganas de escapar de esa habitación, la relación con su padre siempre había sido difícil y si se añadía a la ecuación a su hija Cata, se convertía en un problema más complicado.
– Estoy aquí muriéndome y no paráis de presionarme….
– Papá, el médico ha dicho que no tienes nada aparte de un par de quemaduras en las piernas que tampoco son tan graves. Sigue, por favor.
– Pues eso, joder, quería croquetas y me fui al bar. Cuando llegué todo parecía normal, de hecho, todo era normal, entré y me senté en la barra, en el sitio de siempre. Carmen, la simpática encargada… que porte, que gracia, como habla y se contonea esa mujer…
– ¿Carmen? ¿La del bar de debajo de tu casa? Pero si es un ogro, papá.
– ¿Qué coño sabrás tú? Es mi historia, no? Déjame contarla a mi manera. Carmen me recibió con dos besos y un abrazo eterno, vamos, que me puso como
– Papá!!! No vuelvo a repetírtelo, de verdad, si sigues así, me voy.
– Pues vete, no necesito tu compasión, ¿qué te has creído? Después de todo lo que te he dado y he hecho por ti y por la desgraciada de tu mujer y la tonta de tu hija…
– Se acabó, me marcho. Cata, recoge tus cosas, voy al lavabo y nos vamos a casa.

En ese momento no entendí lo que ocurría, como se trataba esa familia, yo estaba en la cama de al lado, escuchándolo todo. Aquel hombre era un héroe, había puesto a salvo a tres personas cuando, por un escape de gas, la cocina del bar explotó y se provocó un incendio. Los vecinos consiguieron salvarle y sacarlo inconsciente cuando estaba intentando sacar a la última persona del local, un camarero que trabajaba allí. Desgraciadamente el pobre chico murió. Por eso, no podía comprender cómo trataba así a su hijo y a su nieta, no cuadraba con el tipo de persona que me pareció. Es más, comentaba en voz alta que tan solo lamentaba una cosa de lo sucedido, no haber sido más rápido. Ese hombre, tras salvar la vida a tres personas, aún se castigaba por no haber actuado más rápido y lograr poner a salvo a una cuarta.

Pepe entró en el lavabo mientras la niña se levantaba y se acercaba a su abuelo.

– Yayo, ¿por qué nos tratas así?
– Pequeña, estoy a punto de morir, no quiero que os encariñéis conmigo, si os trato así es para que me odiéis y así, cuando falte, no me echéis de menos. Que os quitéis un peso de encima.
– Pero si papá ha dicho que no tienes nada.
– Tu papá te miente para que no sufras, cielo, estoy muriéndome.
– Papá! ¡¡Joder!! Esto es demasiado, no le hagas eso a la niña! Cata, cariño, el abuelo no tiene nada, te está gastando una broma.
– ¿Qué coño broma? ¡¡¡¡Le estoy diciendo la verdad, me vais a matar de aburrimiento!!!! Que familia, por Dios. Anda, iros y mañana me traéis algo para desayunar que la mierda que sirven aquí no se la come ni el vegetal que está en la cama de al lado.
– No papá, mañana vendremos sólo si Cata quiere, es hora de que aprendas, no puedes tratar así a la niña y esperar que siga regalándote cariño.
– Eso no es decisión suya, soy su abuelo y te ordeno a ti, como padre, que me traigas a mi nieta. Los demás no tienen problemas en venir.
– Los demás no han venido desde que estás aquí y eso que viven en tu casa y a tu costa. Si Cata quiere, vendremos mañana, si no quiere, te quedarás solo. Adiós.
– Déu yayo!!! – gritó Cata mientras se recostaba en la cama para dar un beso en la mejilla a su abuelo, que éste despreció.

Ambos, padre e hija, salieron de la habitación juntos. No los volví a ver hasta mucho tiempo después.

Yo estuve ingresado 16 años, sin poder moverme, sin poder hablar, sin poder hacer nada. Él se fue a los pocos días, pero volvió. Varias veces. Durante ese tiempo coincidimos en el hospital, a veces, largas temporadas. De vez en cuando venían otros familiares a verle y siempre los trataba bien. Tenía conocidos extranjeros y era cortés con ellos. Aquella vez, aquel día, parecía desquiciado, lloró desconsoladamente toda la noche, sabía que algo en su interior se había roto.

Croquetas

Pasaron varios años y un domingo de septiembre ingresaron a aquel hombre, estaba muy desmejorado, cáncer de huesos, dijeron después. Apareció Cata, la identifiqué por el olor, olía como aquel primer día que escuché su voz, olía a libertad, a juventud, a viento, a mar… se había convertido en una joven hermosa, alta, segura y jovial. Se acercó a la cama de su abuelo. Él no la miró, no pude verlo pero lo intuí. Ella se agachó y le dio un beso en la mejilla, le cogió la mano y le dijo:

– Hola yayo, no te preocupes, vengo a despedirme, me iré pronto. Sé que me quieres y que lo haces de la única manera que sabes. Y a pesar de todo, te recuerdo con cariño. Vengo a decirte que todo va bien, que soy feliz. Y a decirte adiós. No creo que vuelva por aquí pero ya sabes dónde estoy y mi puerta siempre estará abierta.

Durante un rato, ella esperó una respuesta de su abuelo que no llegó. En silencio, como había llegado, se marchó. Fue la última vez que la vi.

Esa noche, el abuelo tuvo una crisis, gritó, se desesperó, lloró y al final, se calmó. Comenzó a hablar, supongo que esperara que yo escuchara. Lo hice, las piernas no me respondían para salir corriendo.

– Amigo, llevas aquí mucho tiempo. Sabes, he intentado siempre en la vida hacer lo que creía correcto, por eso me sigo acordando de aquel fatídico día del bar. De aquella explosión. Estaba sentado en la barra con mi caña, al lado de la puerta, esperando que Carmen trajera las croquetas. Ella estaba en la cocina con su jefa, la alemana y Alberto, el gallego de la compraventa de coches sentado en una mesa leyendo el Marca. Wilson, el camarero, se me acercó a traerme unas olivas. Dios, como odiaba a aquel puñetero indio. No lo tragaba. Pero no quería ponerle malas caras porque siempre me invitaba a algo. De pronto vi correr a las mujeres que salían de la cocina y todo explotó. Caímos al suelo, casi en la puerta de salida, Wilson y yo, los oídos me pitaban y estaba muy asustado. Intenté incorporarme pero las piernas me temblaban. De pronto todo comenzó a arder, el bar tenía las paredes revestidas de madera, en plan taberna y eso provocó que el fuego se extendiera muy rápidamente. Wilson me ayudó a levantarme y, casi cargándome a cuestas, me sacó del bar y me apoyó en la columna de enfrente. Todo sucedió muy rápido, en pocos segundos volvió a entrar y sacó a rastras a Alberto. Me pidió ayuda, Alberto estaba inconsciente y por lo que entendí de sus palabras, Carmen y la alemana también. Me dijo que le ayudara con ese acento que siempre me ha sacado de quicio, con ese seseo impertinente y no me moví. Wilson no esperó y corriendo hacia dentro de nuevo sacó a ambas mujeres, a la alemana primero (la patrona manda, claro) y a Carmen después. Entonces vi mi oportunidad, vi la puerta del lavabo entreabierta y le grité que quedaba alguien, que mi nieta Cata había venido a verme y estaba en el servicio, que por favor me ayudase a sacarla, mientras le cogía del brazo y lo introducía en el bar de nuevo.

Aquí hizo una pausa. Supongo que recordando aquel momento.

– Debía haber sido más rápido, le golpee en la cabeza con el plato que estaba en la barra y le tiré encima la máquina tragaperras que aún estaba funcionando. El sonido de los vaqueros disparando gritando “Avances, Avances” fue casi poético para la situación. El problema fue que la cabeza de aquel tipo era demasiado dura, seguía consciente e intentaba salir y escapar, con sus movimientos me golpeó en las piernas y caí. Tenía que haberme dado más prisa y salir corriendo, por su culpa me quemé las piernas y acabé en este puto hospital. Por suerte me sacaron los vecinos a tiempo. Por suerte, a él no.

Fue un momento difícil. Yo solo podía escuchar. No dijo nada más. Puede que fuese una confesión. Puede que sintiese la necesidad de contárselo a alguien. Puede que tan solo fuese un delirio.

Murió 12 días después. Hoy hay una calle con su nombre.

Fran Bellido.

@franjbellido

El que tenga un Maestro que lo cuide

“Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros.”

Marco Tulio Cicerón. Siglo I A. d. C.

Será deformación profesional pero confieso al lector que trato de hacer un análisis de la realidad sociopolítica y económica que nos rodea desde la perspectiva de la educación. Muchos de los acontecimientos recientes que vivimos – sin entrar a valorarlos negativa o positivamente-, por no decir todos, guardan relación con la situación de nuestra educación escolar y universitaria; una educación que sacrificó ya hace mucho tiempo valores que no debieran ser identificados con una determinada opción política: el mérito la capacidad y el esfuerzo, para abrazarse a otros, ni mejores ni peores, pero sí muy alejados de aquéllos.

No es sin embargo el objeto de estas líneas entretenernos con el estado de nuestra educación, algo que daría para un debate mucho más profundo, pero no me resisto a detenerme, siquiera sucintamente, en una figura central en aquélla, ciertamente pasada de moda pero mollar. Me refiero al Maestro, sí, con mayúscula.

En el proceso educativo o de enseñanza – de aprendizaje en un vocabulario más “bolonio”- en el sentido más amplio posible, entendido como afirma MARINA, como aquél que persigue como fin aumentar la probabilidad de que suceda lo que queramos, ha gozado y todavía goza pese a los constantes ataques sufridos, de un papel de especial relevancia el Maestro.

Tiene sentido desde la perspectiva de la coherencia interna del discurso educativo imperante, aunque no pueda compartirlo, que, en un escenario en el que el profeso queda relegado a mero coordinador de los ritmos, materiales e información que el alumno recibe para gobernar ellos mismos su proceso de aprendizaje, autodidacta y autónomo, la figura del Maestro sea percibida como una rémora del pasado; como un incómodo obstáculo al discurso buenista de la plenitud del aprendizaje -que no enseñanza- simplemente guiado y orientado por el profesor, en una limitada, sesgada y banalizada interpretación del método socrático.

unnamedEl Maestro – pocos, pero haberlos, haylos- sobrevive a duras penas en un entorno en el que no es fácil su existencia. No lo es por su propio nombre, suena caduco, y no ayuda tampoco a ello el rechazo reinante a cualquier tipo de referencia de autoridad, aunque sea esta moral e intelectual; lo verdaderamente disruptivo y novedoso es el aprendizaje espontáneo sin guía alguna que pueda condicionar ese proceso.

Me refiero, por su puesto, al Maestro Universitario, pero no sólo a ese, sino a uno mucho más universal el Maestro en cualquier aspecto de la vida; aquél que sabe comunicar, encender entusiasmos y despertar vocaciones. El que bien sabe atraer, interesar e integrar en una sola obra común, sobre todo de espíritu y conducta (tomo la definición de RICO PÉREZ en “Los miércoles jurídicos de Don Federico de Castro”). El Maestro transmite con su ejemplo no sólo conocimientos, sino que orienta, sugiere, apoya e ilusiona, permitiendo crecer y ahondar en el desarrollo personal y profesional, todo ello generalmente a través de la conversación y su fuerza multiplicadora.

Es ésta una época de palabras y lugares comunes, de atajos; de discursos simples directos, rápidos y poco elaborados; de mensajes “virales”, de etiquetas, de ausencia de matices, de extremos, de superioridades morales, de masas y agitaciones, de lo rápido, de lo fácil, de lo apetecible, de corrupción, de “lo mío frente a lo tuyo”, de pérdida de valores, de planteamientos buenistas, de piperío, y hasta de “humor negro”. Es en esta época en la que no encaja muy bien la figura del Maestro, pero se me antoja más necesaria que nunca: el de cada uno, como categoría conceptual, sin importar en qué ámbito y el sentido u orientación de sus enseñanzas; pero que sea Maestro y que ejerza. No los perdamos, y no dejemos que marchen hastiados lejos, buscando su retiro en Stamford Bridge.

Soy un privilegiado, disfruto de inmejorables Maestros, en lo profesional, en lo académico y en la vida y a ese sentimiento responden estas líneas a modo de obras en las que se concrete el agradecimiento para que no sea “cosa muerta”, tal y como afirmaba don Miguel de Cervantes del agradecimiento que se quedaba en el simple deseo.

Lo dicho, el que tenga un Maestro, que lo cuide.

Luis Cazorla

@LuisCazorlaGS

El Arte del más joven pianista

Llueve. Llueve sin cesar. Una incesante lluvia empapa de la cabeza a los pies la indómita ciudad. Y desde su ventana un viejo pianista observa el indomable repicar, un creciente y húmedo tañido que desea absorber su fiero pesar.

Él fue el más joven pianista de todos los tiempos. Con una sola nota cautivó a compañeros y extraños… Se olvidó de dormir por trabajar para ser respetado por todos, y sobre ello cuentan las peores lenguas que hizo un trato con el mismísimo diablo: ‘Serás entre todos los genios el más joven artista, pero nunca habrá tiempos mejores que aquellos’.

Y lo fueron; él fue el más intrépido pianista que pudieron nunca escuchar. Viejos y casposos músicos se rindieron a sus pies, todos querían compartir sus partituras o sus secretos encontrar…Y aquel joven adulado brilló como nadie, a sus pies los más consagrados se postraban. Él era su nuevo rey, el eterno señor de un mundo hueco y lleno de delicadas apariencias de musicalidad.

Cayeron las primaveras y aquel joven pianista continuó regalando pedacitos de su alma en cada canción, en cada letra escrita. No lo hacía por la vanidad, no por los falsos aplausos de cordialidad… Su sincera alma sólo podía ofrecer tributo al mismísimo Arte. Rehuyó ser una marioneta de los aparatosos y enraizados teatros: ‘No lo hago por el dinero.’ Abría siempre la ventana de su estudio y acompañando las primeras gotas se le podía escuchar tocar. ‘El verdadero artista sólo le rinde cuentas al Arte; Y el Arte no se esconde detrás del rojo terciopelo teatral’, solía decir aquel niño.

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Empezaron a contar las malas lenguas que no podía alejarse de la bebida, que su eterna juventud le superaba y por eso se escondía detrás de su ventana a tocar… Decían que hacía meses que no se le veía en público, que quien tocaba su piano no era ya él. Cayeron los veranos, incluso algunos otoños, y aquellos casposos y viejos pianistas le dedicaban ya con sorna un alegre réquiem. ¡Ah, pero, en ninguna de sus notas había tributo alguno al Arte, únicamente a su carcomido y podrido ego!

Bajo los palcos dorados y las aterciopeladas cortinas, aquellos ancianos arlequines celebraron que el genio no era ya más que un mito; Sonaban y sonaban melodías compuestas para enaltecerse a sí mismos, de tan aduladoras que eran que el público empezó a pensar que aquel era el verdadero Arte.

Y en una barra del teatro de aquella olvidada ciudad, había un viejo hombre bebiendo escocés toda la noche, sus ojos contaban que hacía décadas que conocía de aquellos viciados círculos. El viejo se levantó, pues no podía escuchar más aquel sacrilegio al Arte. Pero no desapareció entre el fastuoso gentío, subió al escenario y apartó con rabia al bufón que se vendía podridamente al auditorio. Miró al público e hizo estallar su copa con inmensa furia contra el suelo. Se encendió un duro Marlboro y detrás de una bocanada de humo sentenció: “El verdadero artista no vende su arte, crea Arte”.

Y con rabia palpó aquellas castigadas teclas de aquel piano mancillado y se dejó llevar ante el público. Ya no era él quien tocaba, pues creó como nunca antes imaginó, en las yemas de sus dedos ardía la furia por la mentira vendida a la ciudad de los artistas. Sus notas se elevaron hasta resonar con cada verdad oculta y ocultada, con cada imperceptible latido del público. Y entre partituras y acordes, cuentan en la ciudad de los artistas, que un joven con la mirada de un anciano se ganó su propia leyenda.

Dicen las buenas lenguas que aquella noche llovió y que su melodía resonó hasta con la mismísima lluvia. Pocos o ninguno de los arlequines se atrevieron ya a salir bajo la lluvia, pues dicen todas las lenguas que sus maquilladas caretas se deshacen y dejan entrever la podredumbre de sus almas.

Y llueve, caen pequeñas e incesantes gotas. No hubo tiempos mejores que aquellos en que un joven artista hizo de su piano un instrumento del mismísimo Arte. Y ahora suena una nueva melodía a través de la lluvia; Muerto el diablo que lo encumbró, un no tan joven artista sigue demostrando que él será siempre el indomable genio que una vez, y quizás siempre, reinó entre todos ellos.

Nicolas Brel

@NickBrel