Tenía ganas de croquetas

– … Y entonces fue cuando decidí que tenía ganas de croquetas!!! Jajajajajaja
– Yayo, ¿qué dices? Que cómo estás?!!!
– ¡Pues cómo quieres que esté?! Estoy en un hospital!!! Jodido!
– ¿Qué te duele?
– Tú eres tonta, ¿no?
– No.
– ¿Has entendido algo de lo que te he explicado?
– No lo sé.
– Esta familia está llena de retrasados…
– ¡¡¡Papá!!! – intervino Pepe, con actitud cansada, resignada, como quién tras atravesar un desierto encuentra al llegar al oasis que es un espejismo y debe continuar un par o tres de miles de kilómetros más a pie. – Deja a la niña, no le hables así, tiene 9 años.
– Eso no me importa. – El abuelo continuó con su actitud desafiante y gritona, mientras se giraba estirado en la camilla de la habitación del hospital – Tengo más nietos y son más divertidos que ésta.
– Pues yo no veo a nadie más, resulta que Cata es la única que siempre quiere verte y está a tu lado y, sinceramente, no lo entiendo.
– Porque es imbécil, como su madre.
– ¡Yayo! ¡Yo te quiero mucho! – respondió la niña al insulto, era morena, desgarbada, con cierto aire inocente. Se encontraba sentada a la derecha del abuelo.
– Y la puta manía de llamarme yayo… – murmuró

Para calmar la situación, Pepe intervino:

– Papá, por favor, explícame cómo has acabado aquí.
– Ya te lo he dicho, tenía ganas de croquetas. Me entró hambre y me fui al bar de los alemanes, al Frankfurt, que a veces tienen croquetas caseras que hace esa guiri repeinada y gorda. Tenía ganas de comerme unas croquetas que no fuesen del jodido Mercadona, unas de esas que casi no tienen bechamel, que son contundentes, que si fuesen un poco más grandes parecerían un buen
– ¡Papá!!! ¡¡¡Por favor!!!!! ¡¡¡Está Cata delante!!!!
– ¿Y qué? Ya es hora de ir aprendiendo, casi tiene edad para abortar, que coño, no se va asustar porque su abuelo le enseñe un par de cosas.
– ¿De qué hablas, yayo? – comentó con curiosidad la niña.
– Dios, que niña más triste, eres como tu padre, de verdad. Bueno, dejar que siga
– Dejad. – Dijo Cata
– ¿Qué?
– Se dice dejad, no dejar, es un imperativo, nos lo enseñan en el cole, avi.
– Me cago en mi sangre… al final es la cría la que me va a dar lecciones…
– Sigue, papá, por favor. – Pepe quería acabar cuanto antes, tenía ganas de escapar de esa habitación, la relación con su padre siempre había sido difícil y si se añadía a la ecuación a su hija Cata, se convertía en un problema más complicado.
– Estoy aquí muriéndome y no paráis de presionarme….
– Papá, el médico ha dicho que no tienes nada aparte de un par de quemaduras en las piernas que tampoco son tan graves. Sigue, por favor.
– Pues eso, joder, quería croquetas y me fui al bar. Cuando llegué todo parecía normal, de hecho, todo era normal, entré y me senté en la barra, en el sitio de siempre. Carmen, la simpática encargada… que porte, que gracia, como habla y se contonea esa mujer…
– ¿Carmen? ¿La del bar de debajo de tu casa? Pero si es un ogro, papá.
– ¿Qué coño sabrás tú? Es mi historia, no? Déjame contarla a mi manera. Carmen me recibió con dos besos y un abrazo eterno, vamos, que me puso como
– Papá!!! No vuelvo a repetírtelo, de verdad, si sigues así, me voy.
– Pues vete, no necesito tu compasión, ¿qué te has creído? Después de todo lo que te he dado y he hecho por ti y por la desgraciada de tu mujer y la tonta de tu hija…
– Se acabó, me marcho. Cata, recoge tus cosas, voy al lavabo y nos vamos a casa.

En ese momento no entendí lo que ocurría, como se trataba esa familia, yo estaba en la cama de al lado, escuchándolo todo. Aquel hombre era un héroe, había puesto a salvo a tres personas cuando, por un escape de gas, la cocina del bar explotó y se provocó un incendio. Los vecinos consiguieron salvarle y sacarlo inconsciente cuando estaba intentando sacar a la última persona del local, un camarero que trabajaba allí. Desgraciadamente el pobre chico murió. Por eso, no podía comprender cómo trataba así a su hijo y a su nieta, no cuadraba con el tipo de persona que me pareció. Es más, comentaba en voz alta que tan solo lamentaba una cosa de lo sucedido, no haber sido más rápido. Ese hombre, tras salvar la vida a tres personas, aún se castigaba por no haber actuado más rápido y lograr poner a salvo a una cuarta.

Pepe entró en el lavabo mientras la niña se levantaba y se acercaba a su abuelo.

– Yayo, ¿por qué nos tratas así?
– Pequeña, estoy a punto de morir, no quiero que os encariñéis conmigo, si os trato así es para que me odiéis y así, cuando falte, no me echéis de menos. Que os quitéis un peso de encima.
– Pero si papá ha dicho que no tienes nada.
– Tu papá te miente para que no sufras, cielo, estoy muriéndome.
– Papá! ¡¡Joder!! Esto es demasiado, no le hagas eso a la niña! Cata, cariño, el abuelo no tiene nada, te está gastando una broma.
– ¿Qué coño broma? ¡¡¡¡Le estoy diciendo la verdad, me vais a matar de aburrimiento!!!! Que familia, por Dios. Anda, iros y mañana me traéis algo para desayunar que la mierda que sirven aquí no se la come ni el vegetal que está en la cama de al lado.
– No papá, mañana vendremos sólo si Cata quiere, es hora de que aprendas, no puedes tratar así a la niña y esperar que siga regalándote cariño.
– Eso no es decisión suya, soy su abuelo y te ordeno a ti, como padre, que me traigas a mi nieta. Los demás no tienen problemas en venir.
– Los demás no han venido desde que estás aquí y eso que viven en tu casa y a tu costa. Si Cata quiere, vendremos mañana, si no quiere, te quedarás solo. Adiós.
– Déu yayo!!! – gritó Cata mientras se recostaba en la cama para dar un beso en la mejilla a su abuelo, que éste despreció.

Ambos, padre e hija, salieron de la habitación juntos. No los volví a ver hasta mucho tiempo después.

Yo estuve ingresado 16 años, sin poder moverme, sin poder hablar, sin poder hacer nada. Él se fue a los pocos días, pero volvió. Varias veces. Durante ese tiempo coincidimos en el hospital, a veces, largas temporadas. De vez en cuando venían otros familiares a verle y siempre los trataba bien. Tenía conocidos extranjeros y era cortés con ellos. Aquella vez, aquel día, parecía desquiciado, lloró desconsoladamente toda la noche, sabía que algo en su interior se había roto.

Croquetas

Pasaron varios años y un domingo de septiembre ingresaron a aquel hombre, estaba muy desmejorado, cáncer de huesos, dijeron después. Apareció Cata, la identifiqué por el olor, olía como aquel primer día que escuché su voz, olía a libertad, a juventud, a viento, a mar… se había convertido en una joven hermosa, alta, segura y jovial. Se acercó a la cama de su abuelo. Él no la miró, no pude verlo pero lo intuí. Ella se agachó y le dio un beso en la mejilla, le cogió la mano y le dijo:

– Hola yayo, no te preocupes, vengo a despedirme, me iré pronto. Sé que me quieres y que lo haces de la única manera que sabes. Y a pesar de todo, te recuerdo con cariño. Vengo a decirte que todo va bien, que soy feliz. Y a decirte adiós. No creo que vuelva por aquí pero ya sabes dónde estoy y mi puerta siempre estará abierta.

Durante un rato, ella esperó una respuesta de su abuelo que no llegó. En silencio, como había llegado, se marchó. Fue la última vez que la vi.

Esa noche, el abuelo tuvo una crisis, gritó, se desesperó, lloró y al final, se calmó. Comenzó a hablar, supongo que esperara que yo escuchara. Lo hice, las piernas no me respondían para salir corriendo.

– Amigo, llevas aquí mucho tiempo. Sabes, he intentado siempre en la vida hacer lo que creía correcto, por eso me sigo acordando de aquel fatídico día del bar. De aquella explosión. Estaba sentado en la barra con mi caña, al lado de la puerta, esperando que Carmen trajera las croquetas. Ella estaba en la cocina con su jefa, la alemana y Alberto, el gallego de la compraventa de coches sentado en una mesa leyendo el Marca. Wilson, el camarero, se me acercó a traerme unas olivas. Dios, como odiaba a aquel puñetero indio. No lo tragaba. Pero no quería ponerle malas caras porque siempre me invitaba a algo. De pronto vi correr a las mujeres que salían de la cocina y todo explotó. Caímos al suelo, casi en la puerta de salida, Wilson y yo, los oídos me pitaban y estaba muy asustado. Intenté incorporarme pero las piernas me temblaban. De pronto todo comenzó a arder, el bar tenía las paredes revestidas de madera, en plan taberna y eso provocó que el fuego se extendiera muy rápidamente. Wilson me ayudó a levantarme y, casi cargándome a cuestas, me sacó del bar y me apoyó en la columna de enfrente. Todo sucedió muy rápido, en pocos segundos volvió a entrar y sacó a rastras a Alberto. Me pidió ayuda, Alberto estaba inconsciente y por lo que entendí de sus palabras, Carmen y la alemana también. Me dijo que le ayudara con ese acento que siempre me ha sacado de quicio, con ese seseo impertinente y no me moví. Wilson no esperó y corriendo hacia dentro de nuevo sacó a ambas mujeres, a la alemana primero (la patrona manda, claro) y a Carmen después. Entonces vi mi oportunidad, vi la puerta del lavabo entreabierta y le grité que quedaba alguien, que mi nieta Cata había venido a verme y estaba en el servicio, que por favor me ayudase a sacarla, mientras le cogía del brazo y lo introducía en el bar de nuevo.

Aquí hizo una pausa. Supongo que recordando aquel momento.

– Debía haber sido más rápido, le golpee en la cabeza con el plato que estaba en la barra y le tiré encima la máquina tragaperras que aún estaba funcionando. El sonido de los vaqueros disparando gritando “Avances, Avances” fue casi poético para la situación. El problema fue que la cabeza de aquel tipo era demasiado dura, seguía consciente e intentaba salir y escapar, con sus movimientos me golpeó en las piernas y caí. Tenía que haberme dado más prisa y salir corriendo, por su culpa me quemé las piernas y acabé en este puto hospital. Por suerte me sacaron los vecinos a tiempo. Por suerte, a él no.

Fue un momento difícil. Yo solo podía escuchar. No dijo nada más. Puede que fuese una confesión. Puede que sintiese la necesidad de contárselo a alguien. Puede que tan solo fuese un delirio.

Murió 12 días después. Hoy hay una calle con su nombre.

Fran Bellido.

@franjbellido

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