El inspector Madariaga (II)

Atestado nº 21/1756. Panadería de la calle Madera

La mañana era fría pese a que la primavera parecía adelantarse a su tiempo. El inspector Madariaga prefirió caminar hasta la comisaría de la calle Cedaceros. A falta del informe del crimen de Sor Ana resultaba evidente la semejanza con el asesinato del doctor Villalobos. Había dejado el abrigo en casa dado que optó por un traje de lana pesada. Llevaba calado, como siempre, un “homburg”. La mayoría de los hombres usaba bombín; Madariaga prefería este tipo de sombrero propio de reyes. Lo llevaba echado hacia adelante de manera que la sombra corta del ala ocultase en ocasiones su mirada.

Dos frases. Los dos asesinatos habían sido titulados con sendas frases por parte del criminal. La frase que aparecía junto al cadáver del doctor Villalobos era: “El bien y el mal no son cosas ni acciones.” Todavía no había conseguido identificarla. Anotó mentalmente que debería visitar al profesor Gayarre para consultarle al respecto. No habían logrado dar explicación a la muerte del doctor Villalobos, ni apenas habían avanzado en la investigación. Madariaga no había estado desde el principio sobre este asunto. Le había correspondido al comisario Vergara, un viejo policía más avezado en cuestiones políticas contra los movimientos obreros y sindicales, que en crímenes de este estilo. Supuso que en la Dirección General al comprender que no se trataba de un crimen convencional por robo o incluso pasional, concluyó que quizá podría haber algún trasfondo político. Al fin y al cabo el doctor Villalobos se había erigido en voz de las clases obreras, y prestaba atención médica gratuita en un dispensario en el arrabal del Puente de Vallecas que mantenía gracias a sus importantes rentas familiares. La naturaleza del crimen recomendó que se mantuviesen en secreto las investigaciones, incluso dentro de Comisaría, en tanto en cuanto se descartaban las posibles implicaciones políticas, aunque no guardaban muchas esperanzas de que fuera una buena línea de investigación. Tras determinar que el crimen obedecía a otras motivaciones, el asunto pasó directamente a manos del comisario Javalolles, un valenciano a punto de retirarse con una merecida fama de policía eficaz. Había resuelto el crimen del panadero de la calle Madera, un caso que ocupó bastantes páginas en los periódicos por su extraña y macabra concepción. La mujer del panadero había comunicado la desaparición de su marido tras no hallarlo por la mañana en el obrador y no tener noticias de él en toda la jornada. Al principio, tras unas rápidas averiguaciones, la Policía aguardó varios días, ya que habían podido saber que no era la primera vez que el panadero se ausentaba por líos de faldas. Sin embargo, nunca antes su mujer había denunciado su desaparición. A la semana reanudaron las investigaciones ante la insistencia de la esposa. No se había llevado maleta alguna, su ropa estaba completa, no se le había visto tomando ningún tren y no era probable que hiciese el trayecto a pie. Se intensificaron las indagaciones, se extendieron a círculos más amplios, se comprobó si alguien había denunciado la desaparición de alguna mujer por si se hubiesen fugado y hasta se cruzaron cables con América por si habían desembarcado en alguno de los puertos importantes donde llegaban las principales líneas marítimas. Ninguna de las pesquisas dió fruto alguno.

imagesEl Comisario Javalolles se acercó hasta la panadería para comentarle a la esposa la falta de progresos. Durante el rato que estuvieron hablando en la casa, justo encima del despacho de pan, el comisario percibía un extraño olor y muchos maullidos de gatos. Se encontraba realmente incómodo y con ganas de salir de allí. Aun así cuando abandonó la panadería, giró a la derecha hacia una zona llena de aperos, maquinaria vieja, materiales, etc. Del fondo provenía un maullido constante. Miró y efectivamente había muchísimos gatos concentrados en el mismo punto. A medida que se acercaba a la zona, el hedor que había notado en la casa se hacía más fuerte y pestilente en ese lugar del patio. Tuvo que saltar un pequeño muro que no llegaba al metro de alto, un gran esfuerzo para su edad. En el suelo había un líquido blanquecino, que según se aproximaba se iba convirtiendo en un rosado tenue.  El olor se volvía más nauseabundo y el comisario Javalolles tuvo que ponerse un pañuelo en la nariz para combatir la pestilencia. El líquido se filtraba por un pequeño pero largo y estrecho agujero de ventilación con apariencia de haberse erosionado más de lo debido por las últimas lluvias ensanchándose justo donde un canalón goteaba continuamente. Javalolles se agachó y probó la sustancia blanquecina. Pronto identificó el sabor: harina. Mojó sus dedos en la pasta de color rosáceo y aparte de la espesura propia de la harina, le pareció reconocer un sabor dulzón. Rodeó el edificio buscando una entrada trasera. Aquello debía de ser el almacén de harina de la panadería. Tuvo que sortear otro muro algo más alto. En la esquina, ya al otro lado del patio, donde acababa el callejón que provenía de la calle, se veía el portón de acceso de mercancías. Forzó la cerradura con una pequeña navaja y entró. Apenas se veía. Busco velas y encendió una. La atmosfera era irrespirable. En principio nada resultaba extraño. Era imposible para él acceder a la pared del otro lado, desde donde se filtraba el líquido. Aguanto la náusea pero tuvo salir fuera a reponerse.

pan191bEsa misma tarde, los miembros del Cuerpo de Vigilancia de la Policía encontraban la mitad del cadáver del panadero en una artesa pegada a la pared completamente desangrado y en avanzado estado de descomposición. La panadera había ido quemando el resto del cuerpo en pequeñas porciones para no impregnar de olor a carne el horno nuevo que el propio panadero había comprado en la casa Solá y Escayola, de Barcelona. Pacientemente había ido cortando pedazos que quemaba cada noche después de ocultarlo  entre la harina varios días sin saber qué hacer. En un violento ataque de celos había agarrado un cuchillo durante la cena y se lo clavó varias veces en la espalda. Trabajosamente  lo bajó al almacén y lo escondió entre la harina vieja de la esquina.

Cuando Madariaga llegó a la Comisaria se encontró con una actividad inusitada. El ayudante del Comisario Javalolles prácticamente lo agarró de un brazo y lo arrastró al Despacho. Apenas había podido quitarse el sombrero cuando se encontró sentado en la butaca de la derecha de la mesa del Comisario, al mismísimo Gobernador Civil, quien sin reparar en Madariaga dijo:

– Resulta fundamental atrapar al asesino de Sor Ana. Y al del doctor Villalobos. Sea el mismo como sospechan o sean cien distintos. Las noticias políticas que se reciben de Ultramar son absolutamente preocupantes, y arriba no quieren a que a todo eso se le sume un asesino de monjas perturbado. Atrápenlo. Como sea. Quiero resultados.

 Cogió el sombrero y el bastón, se detuvo junto a Madariaga y le preguntó en voz baja:

–  Qué tal tu padre, muchacho?

– Bien, señor

– Dale recuerdos de mi parte

– Así lo haré, señor

– Espero que seas tan listo como todos dicen que eres y que resuelvas estos malditos crímenes.

– Lo intentaré, señor. En cuanto a lo de listo…

 El Gobernador hizo con la mano un gesto de desaprobación: no deseaba oír más sobre el particular. Madariaga entendió perfectamente que la frase modesta estaba de más.

 – Así lo haré, señor.

El Gobernador Civil, D. Alberto Aguilera hizo un gesto de despedida al comisario, otro al inspector y se salió con grandes zancadas mientas un coro de subalternos se le iban uniendo.

CONTINUARÁ

Emilio Gude

@Emiliogude

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El inspector Madariaga

Atestado nº 52/1893. Real Fábrica de Tabacos y Rape

Ricardo Madariaga aprovechaba para mecerse en el traqueteo del coche de caballos. Volvía a casa con una mezcla de cansancio y frustración. La segunda víctima en menos de un mes. La investigación no resultaba concluyente pero todo parecía señalar al mismo asesino del Doctor Villalobos. Durante los sucesivos días completarían un detallado informe sobre el ritual del asesinato.

Había ascendido rápido dentro del Cuerpo de Vigilancia de la Policía. De hecho, era el inspector más joven de la Dirección General de Seguridad del Ministerio de Gobernación. Cierto es que su padre movió las influencias oportunas para dar el salto de Santiago de Compostela a la capital. Una vez aceptó que su hijo no seguiría sus pasos como notario y que tampoco tenía intención de ejercer como abogado tras terminar derecho, se cobró un par de favores de viejos amigos de la capital de cuando fue diputado de la Unión Liberal de Cánovas.

Una pareja de policías que hacía la ronda matinal por Embajadores advirtió que la puerta de la Real Fábrica de Tabacos y Rape, recién abandonada, había sido forzada.  Lo que encontraron en una de las salas principales se reveló  como una pesadilla difícil de imaginar.

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Sobre un rancho (*) yacía una mujer con los brazos y piernas sujetas a los extremos. La cabeza quedaba volcada hacia el lado izquierdo y, según se fueron aproximando comprobaron que tenía los ojos abiertos. De la boca le salía un colgajo que tardaron en identificar como la lengua. Se sostenía tan sólo por una pequeña parte. El lateral de la cabeza estaba abierto.  En realidad le faltaba el hueso del cráneo en todo el lado derecho. Lo mismo ocurría al lado del esternón, encima del corazón. O mejor dicho, donde debería haber estado el corazón. De las venas de las muñecas salían sendas cánulas que iban a terminar en unas garrafas llenas de líquido rojizo. Al pie de la mesa, tirados sin orden, se veían unos hábitos de las Hijas de la Caridad con la inconfundible toca alada.

Cuando el Inspector Madariaga llegó a la fábrica de tabaco experimentó la misma sensación que los dos primeros policías que habían encontrado el cadáver. A su llegada la mujer muerta ya había sido identificada. El Comisario había enviado una dotación a la calle Hortaleza, a la Misericordia de Santa Isabel, para preguntar si faltaba alguna de las hermanas. Las noticias de vuelta no pudieron ser más desoladoras. Efectivamente no había regresado Sor Ana, la monja que dirigía por nombramiento directo de la madre superiora la Obra de Visita a los pobres y enfermos. Salió esa misma mañana para visitar a una niña que estaba gravemente enferma desde hace meses; había dejado a la novicia que hacía las veces de ayudante preparando todo lo necesario para las visitas de ese día. No había querido que le acompañase para ganar tiempo. Sor Ana era una monja a la que todo Madrid quería. Llevaba años en la capital; procedía del Hospital Santo en el Convento de San Francisco en Santo Domingo de la Calzada, y se había ganado a la gente por su cariño, cercanía y entrega. La noticia corrió como la pólvora por Madrid. Desde el Nuncio a las autoridades civiles ofrecieron sus condolencias y se pusieron al servicio de la Orden para cuanto fuese necesario.

Ricardo Madariaga contempló la escena con cuidado. Pintada con lo que luego se determinó que era sangre de la víctima, se leía una frase: “El universo es corpóreo”. Examinó detenidamente el boquete en el cráneo. Faltaba un cuadrado de diez por diez centímetros limpiamente cortado. Aproximó la lupa y pudo comprobar como también faltaba masa encefálica. Con mucha precisión habían extirpado los pliegues cerebrales hasta el tálamo. Rodeó la mesa y afrontó la cara de la monja. Los ojos permanecían abiertos. Las cánulas estaban insertadas en la vena: dos ligeros cortes, y una especie de aguja que hacía las veces de transfusor canalizaban la salida casi imperceptible pero constante de la sangre. El Inspector sabía lo que tenía que haber soportado aquella pobre mujer. Se iría desangrando poco a poco. Cuando la pérdida alcanzase el litro y medio sentiría sed y muy débil. Su respiración se aceleraría irremediablemente. No sería hasta haber perdido más de dos litros cuando los mareos y la confusión hubiesen dejado paso a la pérdida de consciencia. En ese momento, la pobre monja habría tenido la suerte de desmayarse de tal manera que dejaría de padecer el dolor tan horrible que hasta ese momento, plenamente consciente, había soportado.  El inspector sabía que el estrés de la situación habría acelerado el bombeo del corazón y precipitado el proceso. Sin embargo todo en aquel escenario sugería una muerte lenta. Anotó mentalmente que debían buscar sedantes o tranquilizantes al realizar la autopsia.

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Un ruido súbito le sobresaltó en el asiento del coche mientras recordaba los detalles de la escena del crimen. Asomó la cabeza por la ventana del carruaje y preguntó al cochero que iba en el pescante qué era aquel gentío y qué decía. No obtuvo respuesta: el cochero se encogió de hombros. Le indicó que continuase. Era tarde, había pasado el día inmerso en el asesinato y quería llegar a casa, cenar algo si podía y dormir. Sabía que no profundamente. Una y otra vez su mente dretrocedía  a las imágenes, a los detalles del horrendo escenario. Había que encontrar sentido a toda la escena. Y aquella frase que le sonaba familiar: “El universo es corpóreo”. Al pasar junto a la gente, escuchó nítidamente las conversaciones sobre los sucesos acaecidos mientras se preparaba para la vigilia en una pequeña capilla.

De pronto, recordó el origen de la frase. Pertenecía al libro “Leviatán”, de Thomas Hobbes: “El universo es corpóreo. Todo lo que es real es material y lo que no es material, no es real.”

 CONTINUARÁ…

Emilio Gude

@EMiliogude

Rancho: mesa de labor del tabaco para seis operarios