Vivir sin amor, no es vivir

“El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece,

no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido,

no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.

El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

He querido comenzar este artículo recordando un bello poema del apóstol San Pablo, recogido en la primera epístola a los corintios (Corintios 13:4-7), en el cual, se glorifica el amor como la mayor de las virtudes.

Hoy es 14 de febrero, una fecha marcada en el calendario para celebrar la festividad de San Valentín. Aunque muchos de los que ahora celebran este día, recordado de forma insistente por los reclamos publicitarios de marcas y centros comerciales, no saben del verdadero origen de esta efeméride que encuentra en la antigua Roma sus primeras raíces.

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La festividad del 14 de febrero empezó a ser asociada con el amor, a raíz de la historia de San Valentín, quien al no querer renunciar al cristianismo y haber casado a soldados en secreto después de que el matrimonio de soldados profesionales fuera prohibido por el emperador Claudio II, habría sido ejecutado, precisamente, un 14 de febrero. De esta forma, el papa Gelasio I, declaró la festividad de San Valentín, a partir del año 498

Pero sobre lo que hoy escribo, más allá de la festividad o la tradición que se viene realizando en torno a este día, también conocido como “Día de los enamorados”, no está relacionado, únicamente, con un concepto de amor de pareja.

En estas líneas, me gustaría reflejar un concepto amplio de amor, universal. Creo, firmemente, en la necesidad de vivir la vida con amor. Vivir sin amor es una manera muy triste y difícil de vivir.

Cuando nacemos, por lo general, venimos al mundo fruto del amor de nuestros padres. Este amor, es visto como creador del bien en el mundo; es el modo en el que se ve a Dios amar a la humanidad, y es la clase de amor que los cristianos aspiran a tener por sus semejantes. A partir de este momento, transitaremos por la vida, optando entre diferentes formas y maneras de caminar.

Resulta muy ilustrativa la definición que hace la Real Academia sobre el concepto amor, dentro de su primera acepción: “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser” Es evidente que los seres humanos necesitamos de la interacción y del afecto de nuestros semejantes.

Lo que no se define en ningún diccionario académico, ni en ningún otro tratado de filosofía o de humanidades es cómo se consigue mantener ese afecto, el amor que ofrecemos o que nos es ofrecido. Esta cuestión, quizá, es más complicada de responder que el hecho de enamorarse por primera vez.

Hace poco leí una frase que expresa bien la importancia de cuidar y mantener vivo el amor, más allá del hecho de haber llegado por primera vez a él. Decía: “En el amor no se trata de quien diga primero Te Amo, sino de quien sostiene este Te Amo hasta el final”

A mi modo de ver, una de las claves para caminar por la vida de forma más completa, cubriendo los propios vacíos de nuestro interior es, sin duda, viviendo con amor y, sobre todo, tratando de mantener ese amor.

Y, aquí, vuelvo a reflejar el concepto amplio de amor al que vengo refiriéndome. No hablo solo del amor de pareja, habló también del amor a nuestra madre, a nuestro padre, a nuestros hermanos, a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestra profesión, a nuestros proyectos, a nuestro mundo y entorno en el que vivimos, a nosotros mismos…

Cuando una persona se encuentra con el amor, casi todo lo demás se relativiza. Viviendo con la pasión que el amor produce en nuestro interior, pocas cosas, muy pocas, son capaces de frenar nuestra ilusión por la vida. Ahora bien, lo difícil, no es enamorarse. Encontrar razones que nos produzcan intensos y apasionados sentimientos por haber encontrado a una persona o por la ilusión de un proyecto de vida, es relativamente sencillo que suceda. Lo más difícil es saber cuidar bien de ese amor que la vida puso en nuestro camino para intentar que se mantenga en el tiempo.

Si logramos vivir con amor, con pasión, con ilusión, conseguiremos una vida más plena y más feliz. Nos haremos un bien a nosotros mismos y, también, a nuestros semejantes. En definitiva, el amor, significa también la virtud que representa todo el afecto, la bondad y la compasión del ser humano.

Pruébenlo, vivan con amor…, verán cómo se van llenando todos los vacíos. Como dijo el poeta “Ni la ausencia ni el tiempo son nada cuando se ama”

Carlos D. Lacaci

@Lacaciabogado

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Brindar sobre las cicatrices

Me parece que es la primera vez que lo veo antes que él a mí. O puede que no. A veces le gusta simular que no ha detectado mi presencia, quizá para no hacerme sentir mal. El caso es que camino entre los setos que delimitan la urbanización en la que vive y allí está él, sobre la silla, con un pantalón de chándal y camiseta sin mangas, recortada su cabeza afeitada sobre el perfil de la Harley que aguarda a su espalda, en el garaje. Observa a su hijo jugar en la plaza, junto a otros niños; su postura es característica: manos descansando sobre las rodillas, expresión tranquila. Me basta un segundo para comprender que está bien. Esperaba encontrarle peor cuando le llamé esta mañana para decirle que me gustaría verle antes de marchar a casa por Navidad. Para ti siempre tengo tiempo, me miente con su voz grave y canalla. Y luego sonríe, tras el auricular.

ooPor fin estamos sentados, a las puertas de su casa. Dos tipos que, como Quijote y Sancho, con los años se han ido intercambiando los roles. Ahora, cuando estamos juntos, él habla algo más y yo prefiero escuchar. Pone dos vasos sobre una mesita y saca su mejor whisky. No recuerdo la marca, pero por el octanaje intuyo que bastarían tres dedos para tumbarme, así que me lo tomo con calma. Entretanto, cada pocos minutos algún vecino se acerca, haciéndose el encontradizo. No falla. Dos o tres frases de cortesía antes de entrar a matar. Pero no quiere hablar del tema, así que murmura alguna excusa y despide al intruso como mejor sabe hacerlo: agarrando su whisky y mirándome sostener el mío, como si todo lo que apreciara cupiese en la distancia que media entre vaso y vaso.

Sin ánimo de ponerme moñas, con el tiempo he aprendido que es un deber no escatimar ciertos abrazos. Por lo que pueda pasar. Como el que nos dimos hace varias semanas, cuando nos citamos en una cafetería de Valencia, yo camino de Almería para una presentación, él a punto de partir otra vez a Kabul para seguir prestando servicio en la embajada española, sin saber que en pocas semanas su destino sería el que fue. Se presentó como siempre: vestido con ese estilo de montañero huraño cuya mirada marca distancias con el mundo que le rodea. Con su rictus severo y esa forma de ser tan auténtica, a los que me acostumbré durante los años que compartimos destino y furgoneta uipera, y que me inspiraron el personaje del oficial de policía Hugo Bográn en mi novela Hadas con tacones afilados, de la cual, por cierto, trajo dos ejemplares para que se los firmara. Y como dos putas, cuando se juntan, terminan por hablar de putadas, los quince minutos prometidos de café se convirtieron en una hora de anécdotas, recuerdos del pasado y comentarios acerca de lo que es aquello y de lo que nunca llegará a ser.

Luego pasaron los días y, tras una tensa noche, llegó la mañana, que no fue sino la triste resaca de unas horas podridas por la incertidumbre y los peores presagios; donde los mensajes de whatsapp pulverizaban las versiones edulcoradas ofrecidas por los organismos oficiales que a los que conocemos el percal nos costaba tragar. Algo más tarde se derramaron las cifras. Dos muertos en el atentado. O lo que es lo mismo: volvieron a caer los de siempre. Esos cuyo oficio consiste en asumir que un día recibirán la bala o la puñalada que iban destinadas a cualquier ciudadano, esto es, a toda la sociedad, ya sea dentro o fuera de nuestras fronteras. Esos que deciden vivir conforme a un credo que va mucho más allá de las condiciones laborales. Porque ninguna nómina, medalla o punto en el baremo pueden compensar jamás la pérdida de la propia vida.

olPero que nadie se engañe. En esta profesión, el que va a un sitio así sabe a lo que se expone, aunque acabe llegando el momento de tener que prestar su rostro y su nombre a una siniestra lista que para otros no pasará de ser más que una cifra oficial más. Y ahí radica el deber de la corporación, de los sindicatos, de los ciudadanos mismos, de exigir mejores condiciones para que la muerte, si llega, sea algo inevitable, y no una azarosa balanza en la que la desidia, los complejos o la falta de presupuesto pesen más que el valor y la abnegación por el servicio.

En ello pienso cuando vuelvo a caer en la cuenta de que, por suerte, tengo delante a mi amigo. Un tipo que siempre ha estado en la sombra por todos nosotros. Que es alguien precisamente porque su vida es un continuo esfuerzo por aparentar ser nadie. El mismo que, junto a los demás supervivientes, está herido en el alma por la pérdida de los dos compañeros. Triste portador de una cicatriz que solo le aportará dolor cuantas veces intente llenar el hueco de su ausencia. Por delante le queda la difícil tarea de asumir la tristeza salpicada de rabia por haberlos visto morir mientras respira aliviado por poder seguir junto a su familia. Me pregunto cómo demonios se digiere eso.

Los colores de los jardines y las fachadas han ido disminuyendo a la misma velocidad que lo ha hecho el sol tras las montañas. Hora de despedirse, le digo. Al hacer el amago de levantarse le detengo con un gesto y se me queda mirando fijamente. ¿No vas a preguntarme qué pasó?, me suelta. No. Solo vine a ver cómo estabas. Entonces dirige un último vistazo a su hijo, que ahora anda enfrascado en una pelota, luego a su vaso y por fin lo levanta, dudoso. Cuando lo choca con el mío, el gesto parece dolerle. Como solo le duele a quien sabe que desde aquel día siempre faltarán los vasos de dos compañeros con los que nunca podremos volver a brindar.

Rubén Sánchez Fernández

@RudoSafer

Buenos Días y Buena Suerte

La “libertad de expresión” está muy manida. Sobre todo, para quienes no lucharon por obtenerla y se la encontraron ahí puesta, como la sevillana de encima del piano. Tanto como “progresista”, por lo menos. Ambas parecen servir para todo, son como el bálsamo de Fierabrás, que todo lo justifica y lo tapa.

– Oye, que me has llamado gilipollas
– Ya, pero es libertad de expresión.
– ¡Ah, bueno!. ¡Haber empezado por ahí!. Entonces, nada

– Hay que ver lo idiota, sin sustancia y vacío que es ese político.
– Ya, pero es progresista.
– ¡Ah, bueno!. ¡Haber empezado por ahí!. Entonces, nada

Vivimos tiempos turbios y no, no voy a entrar caso por caso, ni en su utilización, ni en las evidentes exageraciones, ni en lo ideal que es que pasen cosas nefastas, para que todos extrememos nuestras posiciones al máximo, con lo que nos gusta eso, para echar unos ratitos en las redes sociales. O escribir columnas, los suertudos que pueden hacerlo.
No. En realidad, a lo que voy es a comentar las múltiples ocasiones en que todo se justifica en base a la palabra-comodín que encaje según el caso, sea libertad de expresión, sea en lo muy, pero que muy progresista que es el autor de la barbarie de turno. ¡Ah, bueno!. Así que, si son progresistas y utilizan la libertad de expresión, hace falta ser fascista (que es otra de esas palabras-comodín) para criticarlo. En fin …
Ahora, que es justo cuando mis compañeros de aventura en El Calzador están a punto de darme collejas pasillo arriba, pasillo abajo, porque ya saben los lectores más expertos que aquí no se habla ni de política ni de Derecho, es cuando aprovecho para comentarles que hubo otro tiempo, sin embargo, en el que la Libertad de Expresión se escribía en mayúsculas, era un logro a veces soñado y tenía otro significado, bastante diferente al de servir de parapeto para ofender, insultar, atacar gratuitamente.
Y para ilustrarlo, como ya me gustaría a mí ver a tanto abrazafarolas enfrentándose a alguien como el Senador McCarthy, se me ha ocurrido el ejemplo de Edward R. “Ed” Murrow, un periodista estadounidense que se hizo famoso como locutor de radio, ni más ni menos que durante (y en) la Segunda Guerra Mundial, retransmitiendo en onda corta desde Europa, para millones de norteamericanos, conectando en directo desde el frente.
Murrow había entrado en la CBS en 1935, dos años después fue nombrado director de la oficina europea en Londres, donde formó un equipo a su medida que, como queda dicho, el estallido de la Guerra convirtió en legendario.
Tras la Paz, volvió a los Estados Unidos y, aunque fue nombrado vicepresidente de la CBS, prefirió retornar a la radio hasta que, en 1951, tras el éxito aplastante de uno de sus programas, lo adaptó para la televisión, medio que entonces aún estaba en sus inicios, y creó el programa ‘See It Now’, que simultaneó con otro de entrevistas, ‘Person To Person’, creando en ambos casos unos nuevos formatos que rompieron moldes en la historia de la televisión.
Murrow aprovechó su enorme prestigio, ganado a pulso, para exigir plena libertad a la CBS, sin interferencias de ningún tipo.NVG9714-03
Y entonces, surgió McCarthy, ese senador republicano y matón que pretendió labrar su fama y fortuna a costa de los demás, y del odio que fue capaz de generar en base a su tristemente famosa lista negra y caza de brujas, elaborada gracias al miedo, a los chivatos, a los delatores y a los cobardes que supo crear a su alrededor, desde el “Comité de Actividades Antiamericanas”, con la excusa de la “lucha frente al Comunismo”.
Eran muy pocos quienes se atrevían contra él. Como pocos años antes había hecho el Nazismo, y como desgraciadamente seguimos viendo en nuestros días, puede cambiar el entorno, las víctimas y la dimensión, pero la teoría es siempre la misma: “O conmigo o contra mí”.250px-Joseph_McCarthy
Hay que saber utilizar el Derecho a la Libertad de Expresión y hay que tener mucho valor para enfrentarse a alguien así. Y Edward R. Murrow, que en realidad se llamaba Egbert Roscoe Murrow, lo tuvo.
Entre 1953 y 1954, pese a las presiones de los patrocinadores de su programa, y en consecuencia de la CBS, tras llegar indirectamente a él a través de la investigación de la historia de un soldado, Milo Radulovic, que había sido injustamente considerado culpable y expulsado del Ejército sin juicio alguno, Murrow dedicó una serie de programas a desacreditar a McCarthy, desenmascararle, ridiculizar todas y cada una de sus tácticas y convertirle en un clown peligroso para los seguidores del programa, que llegaron a ser muchos millones, por lo que se erigió oficialmente en enemigo del senador (in)justiciero.
A Dios gracias, calaron los discursos inmortales de Murrow: “No debemos confundir disenso con deslealtad. Debemos recordar siempre que una acusación no es una prueba y que una condena depende de la evidencia y del debido proceso de la ley. No caminaremos con miedo, el uno del otro. Este no es el tiempo para que los hombres que se oponen a los métodos del senador McCarthy se mantengan en silencio, o para aquellos que los aprueban”.
Por ello, preocupado McCarthy al fin, porque alguien osaba enfrentarse a él, llegó a aceptar el guante que le había tirado nuestro héroe, protagonizando un programa completo en el cual, al utilizar su derecho a réplica para tratar de desacreditar y acusar a Morrow, fracasó y comenzó a cavar su propia fosa, sumergido en el ridículo más absoluto.
Aquél programa marcó el punto de inflexión en la campaña del Senador contra quienes eran acusados de ser simpatizantes del comunismo y, además, lo marcó también en la historia de la televisión.
Había destrozado las vidas y las carreras de mucha gente, con especial saña dentro del mundo del cine y del espectáculo, pero Joseph McCarthy no salió vivo de su enfrentamiento con Murrow. Murió primero como líder influyente con ínfulas presidenciales, en 1954, al no superar una moción de censura … Y falleció sólo tres años más tarde, a la temprana edad de 48 años, víctima del alcoholismo.
Edward R. Murrow, en cambio, continuó impartiendo clases magistrales desde la CBS, con esa pose tan suya, reclinado y con un cigarrillo sostenido en alto, con su mano izquierda hasta que dejó la Cadena en 1961, cuando el presidente John F. Kennedy, al iniciar su ilusionante (y desgraciadamente corta) etapa como Presidente, le nombró jefe de la Agencia de Información de EEUU, un cargo que mantuvo hasta 1964. Murió meses después.
Uno de los grandes directores de cine de nuestra época, George Clooney, le ha inmortalizado con su magistral película “Buenas Noches y Buena Suerte”, aludiendo a la sempiterna fórmula de despedida de Murrow, ejemplarmente interpretado por David Strathairn, en el papel de su vida. Pudieron ganar hasta seis Oscars, de no haber sido 2005 un año especialmente brillante, en el que coincidieron con joyas como Crash, Capote o Memorias de una Geisha, y alguna otra de éxito puntual y legado corto, como Brokeback Mountain, siendo la única de todas ellas que se quedó en blanco.Oscar2016Buenasnochesybuenasuerte
Murrow ha pasado a la historia como un defensor de la libertad de expresión, entendida como un ejercicio de sinceridad, con uno mismo y con los demás, de profundidad en la investigación, de firmeza en las propias convicciones y de valor para enfrentarse a quien haga falta, con tal de que la verdad salga a la luz y las personas tengamos elementos a nuestra disposición, para abrir los ojos.
Cincuenta años después de su marcha, existe el Legado. Y el actual, tampoco es “tiempo para que los hombres se mantengan en silencio”. ¿Dónde están los legatarios?. ¿Existen? ¿Están escondidos?. ¿Es la libertad de expresión y el progresismo una cuestión ideológica o patrimonial de unos pocos, que pueden ejercitar a la ligera?. Yo opino que no. ¿Y ustedes?.
Buenos días … Y buena suerte, amigos.

Fran Estévez
@FranOmega Ω

Del actor al mito.

Con frecuencia solemos fijarnos en aniversarios de nacimientos o fallecimientos de personas ilustres. En otras ocasiones, por mucha grandeza que hayan tenido en vida, los aniversarios pasan totalmente inadvertidos. Así ha pasado recientemente, el pasado 23 de enero, que se conmemoró nada menos que el quinto centenario del fallecimiento de Fernando el Católico, el monarca más grande que ha habido en este país –por cuanto Carlos V y Felipe II eran de otra liga, creada precisamente gracias a Fernando II de Aragón-, y que sirvió de inspiración a Maquiavelo para su obra “El príncipe”.

Mañana, 8 de febrero, también habrá un aniversario que para la mayoría pasará inadvertido. Obvio, se recuerdan más los años que han pasado desde un fallecimiento, no se trata de ninguna cifra redonda, y se recuerda menos aún a quien hace años que nos dejó hace ya más de sesenta años, aunque su imagen como mito de la cultura occidental no haya decaído desde entonces. Me refiero a James Dean quien mañana podría haber cumplido 85 años.

¿Por qué fue actor? James Dean nació en Indiana y se trasladó a California con su familia cuando sólo contaba con seis años. Tres años después, cuando él tenía nueve, su madre falleció de cáncer, y desde entonces podía observarse en él una sensación de pérdida y de continua búsqueda de su madre.

JD Fotografo

Fue precisamente su madre quien le introdujo en el arte, la literatura y fomentó sus sueños. De ahí le vino su pasión por la pintura, la escultura especialmente, la actuación y trabajar con la cámara, la fotografía. En efecto, hablar de James Dean desde el punto de vista artístico no es hacerlo sólo de un actor, sino de un artista en el sentido más amplio. Por ejemplo, no era un modelo que se limitara a posar, sino que le decía a los fotógrafos cómo tenían que hacer la fotografía desde el punto de vista creativo.JD jersey

Dean llegó a Manhattan en 1952 con la ilusión de transformar la vida real en arte, para lo cual tuvo dos grandes herramientas en su carácter extrovertido y observador. Eso, junto al hecho de ser un lector insaciable y un voraz espectador de películas, hizo que formase parte rápidamente de un grupo de intelectuales con las mismas inquietudes, que poco a poco le llevaron a la gran pantalla.

Empezó sus primeros trabajos como actor en el teatro, anuncios y series de televisión, antes de su primer largometraje “Al este del edén”, la adaptación cinematográfica realizada por Elia Kazan de la novela de John Steinbeck, en la que Dean interpreta a Cal, el hijo problemático de Adam Trask que le había criado junto a su hermano Aron, en ausencia de su madre, de la que siempre les dijo que había fallecido cuando eran pequeños. Cal y Aron representaban personas totalmente opuestas en personalidad, como se expresa cuando Cal conoce la verdad sobre su madre y Aron es incapaz de aceptar la mentira en la que ha vivido toda su vida. Pero el fondo de Cal es bueno, una vez que tiene la tranquilidad de conocer quien es su madre y donde está, quiere ayudar a su padre a ganar el dinero que había perdido previamente en un negocio de lechugas que pretendía llevarlas refrigeradas hasta la costa este norteamericana. Para ello entra en el negocio de las judías, para lo cual necesita una cantidad de dinero que le entrega su madre. Con el éxito del negocio, Cal quiere entregar a su padre el dinero perdido con el negocio anterior y el rechazo de éste acaba provocando el fatal desenlace, con la marcha de Aron a la guerra, la unión de Abra –la novia de Aron- y Cal, y el fallecimiento del padre.

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Al éxito de “Al este del edén” le siguió “Rebelde sin causa” de Nicholas Ray. Nuevamente nos encontramos a Dean interpretando a un personaje con problemas con sus padres, aunque de un modo distinto: mientras la madre es una figura autoritaria en la familia, el padre es un tipo pusilánime con temor a su mujer por, por ejemplo, haber manchado la moqueta. La película muestra sobre todo la inadecuación de los jóvenes con el mundo creado por los padres: Jim Stark (James Dean), Judy (Natalie Wood), que era la novia de Buzz Gunderson (Corey Allen) –el líder de la banda con la que se enfrenta Jim Stark-, “Platón” (Sal Mineo)… Una generación que no se encuentra cómoda con el modelo social vigente y llevan a cabo juegos peligrosos con cuchillos o carreras de coches frente a un acantilado para demostrar a los demás que uno no es un “gallina”.

Precisamente, la velocidad y los coches acabaron siendo la perdición de Dean. Se compró un Porsche, denominado “Little Bastard”, tras el éxito de “Al este del edén”, con el consiguiente temor de productores y directores, por cuanto también participó en varias carreras de velocidad en circuitos en California, y fue un accidente con su coche el 30 de septiembre de 1955 cuando la corta carrera de Dean terminó para dar vida al mito, con tan solo 24 años de edad.

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No obstante, antes de morir dejó grabada su participación en la que sería su tercera película “Gigante”, de George Stevens. Una obra donde las estrellas eran Liz Taylor (Leslie) y Rock Hudson (Bick Benedict), y Dean interpretaba a Jett Rink, un empleado conflictivo de Benedict que se hizo millonario por un terreno que heredó de la hermana de Benedict y del que sacó petróleo, pero que a pesar de tener toda la riqueza material no pudo obtener lo que más ansiaba: el amor de Leslie.

La continua búsqueda del amor está presente en la películas de Dean, mostrando a un joven atormentado, pero con un buen fondo (en “Rebelde sin causa” quiere denunciar los hechos que han provocado la muerte de Buzz; en “Gigante” muestra a Leslie la situación tan grave desde el punto de vista social y médico en la que se encuentran emigrantes que trabajan para un hombre tan rico como Benedict), y esa imagen expresada en sus tres películas acabó siendo un reflejo de la juventud de la época que se ha extendido a posteriores generaciones.

En efecto, el mito de James Dean fue creado en parte por la gente que le conoció, pero sobre todo por su imagen como reflejo de una nueva generación, mezcla de artista, de poeta maldito, de delincuente juvenil, trabajador, o joven atormentado en continua búsqueda de sí mismo, reflejando así a la juventud americana en una misma persona. Dean muestra con naturalidad sus dudas, pero también sus sueños. En definitiva, la complejidad del ser humano representada como nadie en la pantalla.

JD lookSe trataba de una juventud que tenía la necesidad de romper con los valores y tradiciones establecidos tras la Segunda Guerra Mundial, que se cuestionaba el sentido de la vida de un modo distinto a sus padres y que necesitaban, por tanto, nuevas formas de manifestarse, de expresarse por medio de poses, rostros, imágenes que fuesen algo nuevo.
No había nada político en ello, al menos en los primeros tiempos, y James Dean fue uno de esos primeros iconos. Puede verse en la estética del rock n´roll que surge a la par que las películas y fallecimiento de Dean, e hizo de su imagen, pose y vestimenta (vaqueros, camiseta y cazadora) un icono de la juventud.

No sabemos si a Dean le habría gustado alcanzar tal estatus de mito. Nunca podremos saber si el talento derrochado en estas tres películas se habría mantenido en el tiempo, o como sería de haber llegado mañana a los 85 años. Pero lo que posiblemente sí alcanzó era lo que él consideraba la grandeza del ser humano: la inmortalidad.

@EnriqueMS_

Quizás todo fue un sueño

 

SueloQuizás todo fue un sueño… quizás nunca ocurrió de verdad… quizás sólo lo imaginó.

Porque el amor, cuando se hace real, es tan irreal, que parece un sueño.

Desde que la vio por primera vez se enamoró. Allí estaba, sentada, tras el cristal de aquél café, con esa dulce, mágica y cautivadora sonrisa.

¿De dónde había salido? Había pasado por allí un millón de veces y jamás la había visto.

Y no es que fuera enamoradizo. Venía de una vida turbulenta y un pasado que le había dejado marcado y aún lo seguía haciendo. No buscaba nada. Solo comenzar a vivir.

Pero el amor es así de imprevisible. Así de incontrolable. Aparece cuando menos te lo esperas. El amor de verdad puede estar esperándote dónde nunca imaginarías. Ese amor real, ese enamoramiento profundo, esa atracción verdadera, esa magia…

Basta un cruce de miradas y todo se desata. No dices nada, pero te lo dices todo. Un escalofrío te recorre, carne de gallina. La desazón que te invade te confirma que acabas de encontrar al verdadero amor. Al amor incondicional. Al amor en toda su maravillosa dimensión…

No era de allí. De serlo, se habría enamorado antes. ¿Estaría de paso? ¿Cómo había llegado a aquel minúsculo pueblo, perdido de la mano de Dios?

Mientras intentaba responder a todas esas preguntas, no dudó en entrar y sentarse en la barra.

MartiniElla estaba en una mesa con otro hombre. Supuso que sería su pareja aunque no pudo resistirse a pensar que eran como la noche y el día. Físicamente no encajaban, pero es que ni su actitud, ni su expresión, ni la vida que salía de sus miradas tenían nada que ver.

Ella desprendía pasión, alegría, emociones, sentimientos, vida… a pesar de un fondo de tristeza en esos ojos que no podía quitarse de la cabeza.

El no. Mirada huidiza, perdida, plana. Daba la sensación de estar aburrido de una vida que le había tratado demasiado bien para lo que seguramente se merecía.

Extraña pareja. ¿Cómo puede estar con él? Si no tienen nada que ver!... Seguía dándole vueltas a eso cuando se sorprendió pidiendo un vermut.

¿Qué haces? ¿Martini?

Aún tenía su mirada grabada en la mente y eso, seguramente, le confundía. Se habían mirado a los ojos cuando entró en el bar y se lo habían dicho todo. Quizás por eso, no reparó en que ella también bebía Martini y quizás, sin saberlo, era realmente ella quién había pedido el suyo…

El sonido de dos botellas encima de la barra le hizo levantar la vista de su bebida. Se encontró con dos Heineken. Heladas. Súper apetecibles.

Y a su lado, con la más adorable e irresistible de sus sonrisas, allí estaba ella invitándole a compartir esas dos cervezas y lo que les quedaba de vida.

De repente, ya no estaban en el bar. Su pareja tampoco estaba ya. Solos ella y él, juntos, mirándose a los ojos. Ni siquiera estaban ya en ese pueblo.

Juntos, muy juntos. Solos muy solos. Sintiéndose respirar, esa piel que se eriza al sentir sus labios que se acercan, ese beso que revoluciona y da paso a la pasión más desenfrenada, esa humedad, ese deseo…

Esa conexión, ese acople perfecto, esa piel caliente, esos cuerpos hechos el uno para el otro, ese respeto, esa adoración, ese pensamiento en el otro antes que en uno mismo, esa necesidad de pasar el resto de la vida juntos…

Sin que ellos lo supieran (o sí… ) habían encontrado su mitad perfecta. Esa media naranja que, como lo hacen una llave y su cerradura, se acopla a cada uno de nosotros y hace que la vida sea un regalo, que todo fluya, que el amor nos guíe y la felicidad se instale en nuestro día a día.

Otra vez el sonido de dos botellas, le sobresalta. El camarero está abriendo dos cervezas para unos chicos al fondo del local.

Vuelta al mundo real… ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde estoy? ¿Cuánto tiempo ha pasado?

Ah, sí. El café. Ahí sigue, sentado en la barra, mirando ese Martini. Mientras continúa pensando en por qué lo ha pedido, le parece que el tiempo se hubiera detenido.

Mira a la mesa y ahí está ella. Igual de adorable. Igual de hermosa. Irresistiblemente dulce, sexy y encantadora.

Y ahí, a su lado, está él. Siguen sin tener nada que ver, siguen sin encajar, siguen siendo la noche y el día…

Pero ahora ambos sonríen. Y sí… Ahora son ellos quienes se besan…

¿Qué ha pasado? ¿Sólo ha sido un sueño? ¿Una mentira? ¿Un engaño?

¡No puede ser!, piensa.

¡He sentido!, se repite. Y lo que es peor… ¡sigo sintiendo!

¿Cómo puede ser que un simple sueño pueda dejarme así de agitado; así de triste; así de desasosegado?, se repite una y otra vez.

En su interior, en su mente, en su corazón, sigue enamorado. Ha sido tan real que se niega a pensar que no ha existido.

Convencido de que lo estará siempre, cada cierto tiempo vuelve a ese café de ese remoto pueblo donde, una vez, se permitió soñar. Pero ella ya no está y, seguramente, jamás volverá a estar.

Quizás, admite, ni siquiera estuvo nunca

Sin embargo, él la seguirá buscando y esperando toda su vida. Necesita comprobar que, pase el tiempo que pase, si un día se vuelven a encontrar, sus miradas les digan, sin decirlo, que todo fue verdad.

Y cada noche recordará esa mirada que un día, por un instante, nunca sabrá si hizo de la realidad un sueño o de un sueño, su realidad.

El más dulce y maravilloso de los sueños.

José Fernández

@JFS_1969

He vuelto…

I

Decíamos ayer…

Como una especie de Fray Luis de León al volver a dar clases en la universidad, pero a lo cutre, comenzaba el día hace un par de semanas sustituyendo el majestuoso “Decíamos ayer…” por un más directo pero igual de intenso “He vuelto”.

Un “He vuelto” con los compases de El Barrio para contar algo parecido a la llegada al lago Rosa de Senegal cuando el París – Dakar era de verdad lo que indica su nombre o esa sensación parecida a poner el último tornillo Allen en la estantería Kallax que compraste dos meses antes en Ikea.


Como dice el gaditano, “Se acabó este descansito, ahora toca caminito de guitarras y sombreros. He vuelto, he sacado de mis recuerdos el negro de mis camisas, mis pendientes y mis vaqueros” aunque en mi caso haya sacado los zapatos ingleses (aprendí hace poco que tenía unos zapatos ingleses…) los trajes y las corbatas. Eso sí, el tiempo ha hecho que siga yendo a trabajar con mi boina… Ya saben ustedes, hay costumbres que ya no te puedes quitar.

Esto del atuendo es algo curioso. Los que me conocen saben que me importa lo suficiente la ropa como para vestirme en “Me cago en la moda” si por cualquier circunstancia toca quitarse los Trango y las botas de montaña… Así que, a todos los que les preocupaba si me iba a acordar de cómo hacer el nudo de la corbata, les diré que sí. Y no sólo eso, les diré que cuando todos pensaban que al ponerme de nuevo un traje iba a necesitar un capote de torero para acompañar debidamente la imagen de apretura, puedo afirmar rotundamente que no.

II

He vuelto

Pero vamos, la cuestión es que “He vuelto”.

“He vuelto” al mundo más allá de las fronteras de mi comarca (que no quiero abandonar), “He vuelto” a un mundo que me gusta, que me apasiona, que me da la libertad de dar una palmada a quien se sienta conmigo en una reunión y decirle ¡Venga coño, vamos a sacar esto adelante!

“He vuelto” por cabezón. Por burro. “He vuelto” porque me salía de los güevos volver. Porque no hace falta que me lo diga nadie que ya me lo digo yo, porque “tengo las pelotas más grandes que el caballo del Espartaco” (como decía un amigo y lo decía en serio, no porque se equivocara con la frase de forma puntual).

“He vuelto” porque es lo que me gusta. “He vuelto” porque hay que volver. Porque todos tenemos la obligación de hacer el ejercicio de ganar. Porque todos podemos perder pero no podemos permitirnos de no ganar, ni siquiera de intentar ganar. De hacerlo (Ya se lo decía Yoda a Luke Skywalker en el planeta Dagobah:

“Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes”

“He vuelto” porque intentarlo no vale de nada, hay que hacerlo y punto.

“He vuelto” porque eres lo que haces, vales lo que te demuestras a ti mismo y sueñas lo que realmente vives cada día.

“He vuelto” porque hay dos tías que se han encargado de que volviera. Que se han empeñado en apretarme la mano cuando era imposible dar un puto paso más. Dos tías que han dejado todo lo que tuvieran entre manos para dar por saco en los momentos en los que sólo te apetece estar mirando al infinito, en esos momentos que te crees Rutger Hauer, que te crees Roy Batty y te apetece decir eso de:

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais (…) Todos esos momentos se perderán en el tiempo… Como lágrimas en la lluvia”

Así que “He vuelto” por burro, por cabezón, porque me gusta ganar… Y “He vuelto” porque estaban esas dos tías a mi lado para que, si yo fuera El Barrio, pudiera subirme al escenario y escupir ese “He vuelto”.

Pero no es un “He vuelto” a hacer esto, “He vuelto” a ir a tal sitio, “He vuelto” a… No. Es un “He vuelto” al mundo. Un “He vuelto” a tener ganas. A tener ganas de tener ganas.

Un “He vuelto” a que me importe un cojón lo que tú, que te dedicas a narrarnos tu día a día y a pretender darnos lecciones de responsabilidad, opines. “He vuelto” a reírme de ti, de ti y de ti. Y a esperar que tú, tú y tú lo hagáis también de mí porque esas son las reglas del juego… Aunque tú, tú y tú no sepáis jugarlo.

“He vuelto” y me siento agradecido.

Agradecido a siete tíos que de una u otra forma siempre han tenido unas palabras de ánimo. Palabras “centristas” unos y obscenidades del estilo de “Échale cojones” otros.

“He vuelto” porque cuando te metes en la dinámica de la pelea, chico, o vuelves o te vas definitivamente y a mí eso de “Exhausto en el campo de batalla… Victorioso” siempre me ha puesto mucho.

“He vuelto” porque la educación y el ejemplo no es poner frasecitas en un papel, en Twitter o en una vida que ni tú te crees y porque un par de enanos de vez en cuando van y te dicen que están orgullosos y eso ¿Qué quieren que les diga? También me pone mucho.

“He vuelto” porque queda camino de andar “Con un toque de locura, con remedio y con la cura pa’ los males de un te quiero” y para empezar a andarlo es mejor haber vuelto ¿Verdad?

Ya saben. “He vuelto” aunque para muchos no signifique nada. Aunque me joda desnudarme y aunque, quizá, nunca me haya ido ¿No creen?

“He vuelto,

buenas noches, bienvenidos.

Gracias, porque me he sentido

como si todo este tiempo

estuviera en la boca,

y en la mente

de todos mis barrieros.”

@SMNacho

Canarias, capital Caldas de Reyes

En la novela cunqueiriana Si o vello Sinbad volvese ás illas…, protagonizada por la versión morriñenta del viejo marinero de Las mil y una noches, se deslizan las páginas entre planes de volver a visitar todas aquellas islas que navegó, o soñó, Simbad.

Ninguna similitud con el ilustre Luis Abeledo, jurista, tuitero y persona, en su disfrute de la vida desde su particular ínsula Barataria. Desde su cercana distancia canaria, él pensó un día en reclutar a siete cabos sueltos, tan prestigiosos y disolutos juristas (valga la redundancia), para romper algún que otro esquema. Y da la impresión de que el tal Abeledo consigue todo lo que se le pasa por la cabeza.

En ésas hemos llegado al primer cumpleaños de El Calzador. Más de ciento cuarenta textos después, incluyendo los de multitud de colaboradores que han dado color y lustre al lugar, las entregas del incierto Abeledo han venido divirtiendo sin excepción a la fiel parroquia calzadoreña. El abeledismo es un movimiento que lleva tiempo sacudiendo tuiter, y en campo grande no ha decepcionado. Su visión irónica de las cosas, de su genética galaica, junto con su aparente parsimonia, adquisición islera, nos han regalado piezas cargadas de retranca, con un ritmo que parece pausado pero lleva una velocidad endiablada. De eso trata el abeledismo.

Para muestra, su crónica de la divertida fiesta benéfica organizada un caluroso sábado del pasado julio, en ese Madrid que Abeledo gobierna desde su ínsula.

Crónica de la Fiesta de El Calzador. Crónica de un éxito anunciado, por Luis Abeledo Iglesias.

Luís M. Teira
Becario (renovado)