Fin de año

Tal vez porque yo no soy gitano, a mí los malos principios me tocan bastante las narices. Y mi debut oficial en la noche de Fin de Año fue desastroso.

IMG_1241Hay un episodio legendario, en Cómo Conocí a Vuestra Madre, en el que el personaje principal, Barney Stinson (sí, sí, Barney, no pensaría usted que era Ted Mosby  alias “el duditas”, ¿verdad?), convence a sus amigos para solucionar el conflicto que les tiene atrapados, tratando de decidir si acudir a una o dos de las cinco fiestas para las que están invitados, proponiendo ir a todas … Para lo cual alquila una limusina, con el gran Ranjit al volante.

La noche es un desastre, como no podía ser de otra manera, entre idas y venidas de los personajes, que no acaban de decidirse entre una fiesta u otra, y se corona cuando creen reconocer al cantante Moby, le invitan a subir a la limusina y, mientras se dirigen a la que suponen “la fiesta de Moby”, este saca un arma,  demuestra que nada tiene que ver con el personaje real, les roba y, cuando tratan de recuperar el tiempo perdido, acaban celebrando el Año Nuevo en medio de un atasco.

A falta de limusina, algo así me sucedió en mi debut. Había dos fiestas, a una de ellas iba una niña que me gustaba y, a la otra, todos mis amigos. Es obvio a cuál fui, teniendo en cuenta el orden de prioridades que teníamos con aquellas edades.

El amigo que nos invitaba era un artista de la negociación. Sólo así se entiende que convenciera a su padre para que celebráramos una fiesta de Fin de Año … ¡De Fin de Año, por Dios!, en su despacho. Para que luego digan que los padres lelos y permisivos somos los de ahora. Yo ni siquiera me imagino que esa posibilidad exista, hoy que tengo uno de cada. Es decir, un hijo y un despacho.

Así que, con mi bigotito incipiente, mi abrigo heredado que me sobraba por todos los lados y por supuesto traje, fiel al espíritu de Barney, aunque entonces no sabía que existiría, me dirigí a la fiesta del siglo, con esa euforia que se siente ante la novedad, esa emoción indescriptible propia de la ignorancia y, también, ese cabreo soterrado porque, a cada paso que daba, me alejaba un poco más de la otra fiesta, donde el que iba a ser el amor de mi vida, cuyo nombre injustamente no recuerdo, me esperaba con los brazos abiertos. O así.

La dirección del despacho transformado en sala de fiestas, tuvo que haber sido suficiente. Tamaña broma del destino debería de haber sido valorada por mí en su justa medida, pero yo entonces era muy joven e inocente, y me uní de modo entusiasta a la comitiva que se dirigía a la calle Santiago Bernabeu de Madrid.

Como es natural, todo fue un desastre. Había una chica por cada seis chicos, jamás vi a tantos frikis peleándose por ser ellos quienes pusieran la música. Incluso yo estuve tentado a hacerlo. La coca cola para las mezclas estaba colocada en botellas de dos litros, entre grapadoras y bolis bic, jamás podría reconocer las marcas de las botellas de alcohol –como si me hicieran falta, cuando por aquellos entonces, a mí me bastaba con pisar un par de chapas de cerveza para emborracharme- y todo en general era como cualquier cosa que se celebrara en una calle con ese nombre: triste, desolador, pretencioso, decepcionante.

Aún no se había estrenado la película en la que, su protagonista, vive la mejor noche vieja de todos los tiempos, la quintaesencia, el santo grial de las fiestas de año nuevo.

Seguro que lo recuerdan. Es Fin de Año, pero Harry no se ha vestido para la ocasión, porque está convencido de que no hay ocasión que valga. Quiere quedarse en casa, beber mil copas y ver doscientas películas, solo en la madrugada que diría Garci, pero siente el deseo de salir, y le vemos paseando por calles solitarias –quien no está ya en una fiesta, es porque se ha quedado en casa- con unos vaqueros, unas zapatillas, la primera cazadora cutre que ha encontrado y toda su tristeza. Se para ante los escaparates, cruza las calles sin tener que detenerse porque apenas circulan coches, se sienta en un banco, se levanta, vuelve a sentarse un poco más allá … Hasta que de pronto, algo en su interior explota, primero empieza a caminar muy rápido, enseguida se pone a correr al trote y, algo más tarde, ya lo hace en velocidad. Le ha costado más de una década, pero por fin se ha dado cuenta de que ese es el día-D, la hora-H, y que toda su vida se vendrá abajo si no llega antes de las doce a la fiesta en la que está ella.

IMG_1242Cuando Harry encontró a Sally marca un antes y un después, el encuentro entre ambos, en una fiesta de la que ella está a punto de irse, es la escena de amor por antonomasia, y que nadie me diga que es la de aquella del Empire State Building, simplemente porque no es lo mismo ser Cary Grant que Billy Crystal y, por lo tanto, el mérito es incomparable.

Lo curioso de mi caso, es que fue en el antes. Faltaban unos cuantos años para que la película se rodara, y Billy Crystal aún era sólo –o sea, ni más ni menos- el tipo que hacía de homosexual en Enredo. Pese a todo, me di cuenta de que no pintaba nada en el simulacro de fiesta de la calle innombrable y, junto a un amigo, salí a la calle dispuesto a llegar a tiempo a la otra.

La idea era buena, pero su ejecución no tanto. A falta de la limusina de Barney, recorrer andando algo más de dos kilómetros, de madrugada y con un frío de espanto, resultó ser una de mis peores ideas y, para cuando llegamos, ya no quedaba casi nadie en el otro lugar y ella, como se llamase, me miró con una mezcla de enfado y sorpresa y, cuando como premio a mi titánico esfuerzo, traté de iniciar ese amor para siempre, que había quedado aplazado unas horas por mi mala cabeza, su respuesta, para qué negarlo, fue original. No recuerdo su nombre, pero sí lo que me dijo, qué cosas:

  – Hace cuatro horas puede que sí, gilipollas.

Ante una calabaza tan descomunal, un caballero sólo puede cerrar los ojos, darse la vuelta y seguir su camino. Yo aún no lo era, no sé siquiera si lo soy ahora, pero mi instinto funcionó por una vez, y recorrimos otros dos kilómetros a bajo cero, hasta un bar que abría muy pronto y, a falta de fiesta, amor o lo que tocase, bebida y sentido común, al menos pudimos cumplir con el rito del chocolate con churros. Algo es algo.

Desde entonces, mis fiestas de fin de año mejoraron ostensiblemente. Era complicado que empeoraran. Las hay incluso memorables. Pero no, no, no han hecho de mí lo que se dice un entusiasta del fiesteo porque toca, del fiesteo porque sí.

Escribe Fernando Schwartz en la revista Gentleman que, lo que le gusta de los comienzos de año, es lo mismo que le fascina de los principios de las cosas, porque contienen un inmenso interrogante, una emoción incierta y la belleza de lo que puede ocurrir, bueno o malo.

Así que me encanta despedir cada año y darle una alegre bienvenida al nuevo. Esto es así y además, es curioso, según voy cumpliendo años, cada vez es más navideño el día, cada vez se parece más, por lo señalado, porque lo vivo junto a mi familia y porque lo comparto también con mis amigos, a la intensidad con la que siempre he esperado cada año la Nochebuena. Cuando ordeno las fotos, tengo dificultades para distinguir las de ambas noches, como si se tratase de las mismas escenas, rodadas dos veces. Es el placer de lo felizmente repetido.

IMG_1243Tal vez, algún día, me vea en medio de una fiesta monumental, con cualquier dictador de zarzuela escapándose por la puerta de atrás, mientras la música suena agarro por el cuello a ese hermano que no tengo, le beso en la boca y le susurro, luego le grito:

 – ¡Me partiste el corazón!. ¡¡ME PARTISTE EL CORAZÓN!!.

Mientras tanto, el encanto de cada Año Nuevo es el de mirar a mi alrededor, mirar a los ojos, dar gracias a Dios y desear que nada se rompa, que dentro de un año pueda volver a estar rodeado de la misma gente, mirando los mismos ojos, dando gracias.

 Francisco José Estévez Hernández

@FranOmega   Ω

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