Hoy han encendido las luces

A los quince años había leído un libro que teorizaba sobre el desapego. Mejor tener poco —dinero, amigos, amor— que perder, afirmaba. Demasiado inmadura todavía para comprenderlo a fondo, interiorizó mal esa teoría y decidió que no se iba a entregar del todo en ninguna relación, por si acaso.

Así, se había acostumbrado a conocer gente a menudo sin estrechar apenas ningún lazo. Muchos conocidos, pocos amigos. Le costaba demasiado esfuerzo el cuidado que requiere una amistad como para que le valiera la pena.

El trabajo le había llevado, hacía unos meses, a otro país. Le encantaba. Notaba que estaba en el mejor momento de su vida. Fascinada por la nueva ciudad, el trabajo y la gente, ese nuevo día a día tan maravilloso acrecentaba su tendencia a no echar nunca de menos nada ni a nadie.

Sin embargo, hoy han encendido las luces de las calles, los escaparates cargados de nieve felicitan las fiestas, suenan villancicos y ya se empiezan a llenar demasiado las tiendas. No va a ir a casa hasta mediados de enero. De golpe, le invade una nostalgia que no esperaba.

En el colegio, la profesora de religión les aconsejaba que se metieran en la piel de alguna de las figuras del belén con tal de acercarse un poco más al misterio. No le gustaba. En su cabecita de niña, lo lógico era imaginarse ella misma en el portal, haciendo reír al Niño directamente, sin intermediarios.

Y el portal, la Sagrada Familia, los pastorcillos, los Reyes Magos que se imaginaba eran siempre los del pesebre de casa. Sencillo, no muy grande. Las figurillas de barro mutiladas, mal pegadas. Ella y sus hermanos se negaban a sustituirlas frente a la insistencia de su madre que quería comprar otras. —No queremos nuevas, queremos las nuestras.

Le encantaba llenar de besos al niño Jesús sintiendo la mirada tierna de María, el rostro sereno de José, el aliento del buey y la mula.

Canta i balla amb el Nen Jesús
que és un nen petit com tu
Canta i balla amb el Fill de Déu
I es possarà content

Desde que se independizó, ya no pone el belén; ni siquiera tiene tiempo de pensar en esas cosas. No obstante, durante la cena de Nochebuena en casa de sus padres, cada año, cuando ya ha corrido el vino y está atiborrada de polvorón y turrones, se le escapa inevitablemente una mirada a la casita vieja y ve al Pequeño y se le dibuja una media sonrisa.

london-christmas

El día 25 se vació hace tiempo de contenido. Poco a poco, había ido dejando de rezar las oraciones aprendidas de boca de sus padres. Ya no iba a misa ni se le ocurría pedir o agradecer nada a ese Dios, ahora lejano, con el que había llegado a intimar tanto.

Pero maldita sea. Navidad sigue siendo su época preferida del año. Quizá, el consumismo exacerbado ha ganado un poco el terreno. No del todo: el cariño, la alegría, los detalles, el calor se cuelan concentrados durante unos días en las familias. Es una tradición bonita.

Un bocinazo la devuelve a la realidad. Sonríe. Va a echar de menos a los suyos estos días. Como remedio para acortar la distancia, siente ganas de comprar algunas figuritas y montar su propio pesebre. Tal vez, haya llegado el momento de sentarse de nuevo a contemplarlo con calma  y meterse en la escena, poco a poco, como un personaje más.

Beatriz Jiménez

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