Segunda vida.

I. Punto de ruptura.

Aquella reunión se estaba alargando más de lo debido para cualquier persona con el mayor aguante posible. No era el caso de Miguel, y menos en la situación en que se encontraba. La mesa en la que estaban reunidos los principales representantes de los dos despachos que intervenían en la operación había perdido su habitual brillo tras varios días llena de documentos que eran una y otra vez revisados. El acuerdo estaba prácticamente cerrado, a falta de las firmas, desde hacía cuatro días. Sin embargo, seguían las reuniones revisando uno por uno los puntos que ya habían sido anteriormente leídos, negociados y aprobados. Las noches anteriores habían terminado más allá de las tres de la mañana. La evolución de la reunión durante el día no hacia presagiar que se fuera a terminar antes de medianoche. La sensación de ser un hámster dando vueltas en la rueda de su jaula, se unía a la consideración de que aquellos tipos no eran los más listos del mundo profesional, o bien, eran precisamente todo lo contrario. Sólo los millones que había en juego en la operación y su lealtad a la compañía le habían frenado a Miguel de decirles cuatro cosas y quedarse a gusto.

reunion-eficienteLa tarde avanzaba y la firma definitiva no terminaba de plasmarse. Parecían haber llegado a un punto de no retorno: el de dar vueltas una y otra vez a lo mismo. No era lógico. ¿Acaso esos tipos no tenían vida fuera del trabajo? ¿Qué les llevaba a esa locura que ni siquiera era perfeccionista? En un momento dado, pusieron por enésima vez el vídeo de presentación con los logros que habían obtenido en los últimos años. Miguel ya ni siquiera miraba. Tenía los codos apoyados en la mesa con las manos entrecruzadas, y la cabeza apoyada sobre ellas mirando hacia la mesa, cuando una frase le activó: “¿Acaso ustedes pueden sorprendernos de la manera en que nosotros lo hacemos en este vídeo?”. Miguel se levantó, cogió su móvil y su tablet y, sin mediar palabra, salió de la sala haciendo oídos sordos a las voces que le reclamaban su presencia en la reunión.

II. El trayecto a la ruptura.

Los últimos meses habían sido muy difíciles. En muy pocos meses, distintos problemas familiares le habían sumido en un marco de dolor que sobrellevaba como un autómata gracias al trabajo. Trabajo o esclavitud. Jornadas seguidas de catorce o quince horas, en los días más suaves, le habían permitido aguantar tanta tragedia familiar, pero a la vez le estaban anulando como individuo. El trabajo que tanto había amado, con el que había llegado a alcanzar la felicidad le había convertido ahora en una marioneta. El único ocio que estaba teniendo eran las copas que tomaba en soledad, en silencio, en un local cercano a su domicilio, donde los viejos éxitos del rock de los ´60 y ´70 le permitían desconectar de aquella vorágine en la que se había visto incluido. Algunos jueves se dejaba llevar un poco y filosofeaba con Jimmy, el camarero del local, sobre el sentido de la vida. Eran noches en las que, con el freno de mano echado, tomaba más copas de lo habitual y sugería qué música le apetecía escuchar, lo que aumentaba las posibilidades de tomar otra copa para seguir disfrutando el momento.

III. La apertura de fronteras.

Mientras seguían las voces reclamando su presencia en la mesa de negociación Miguel optó por bajar tranquilamente las escaleras a la calle. No quería hacerlo en ascensor. Había estado demasiado tiempo encerrado y un ascensor no era precisamente lo que necesitaba en ese momento. Al salir a la calle se acercó a la papelera que estaba a la derecha junto a la entrada al edificio, se palpó los bolsillos y de uno de ellos sacó un móvil, el de la empresa, lo apagó y lo tiró a la papelera.

Atravesó la Calle de Alcalá y bajó por el Paseo del Prado hacia la estación de Atocha, donde echó un ligero vistazo a los horarios de los trenes, pero sin el menor interés por comprar billete alguno. Atravesó la estación y cogió un taxi hacia su domicilio. El paseo le había ayudado a empezar a respirar. Una vez en su casa, volcó dos maletas sobre la cama y empezó a llenarlas de ropa. Cogió toda la documentación de su deportivo y bajó al garaje.

che1Al levantarse la puerta del garaje, la luz cegadora de esa calurosa tarde de junio le dio la energía necesaria para el viaje que iba a realizar en las horas siguientes. Se puso las gafas de sol, arrancó el vehículo, y mientras salía a la calle comenzaban a sonar los primeros acordes de “It´s a long way to the top (if you wanna rock n´roll)” de AC/DC.

En un primer momento se encaminó hacia el Sur. Hacia el Mediterráneo. Dudaba entre Almería, Granada, Málaga y Cádiz. El destino tenía que tener mar. Pero justo antes de tomar el último desvío hacia la A-IV cambió de idea y se dirigió hacia Valencia. El trayecto era más corto y geográficamente podría ser más interesante para las ideas que empezaban a dibujarse en su cabeza.

IV. El nuevo mundo.

Su deportivo apenas tenía cinco mil kilómetros. Comprado el año anterior, se pasaba muchos días encerrado en el garaje. El buen estado que presentaba le facilitaría, sin duda alguna, la venta. Así fue. Un jubilado irlandés se encaprichó de él en la Malvarrosa y Miguel, tirando del viejo truco de “no está en venta”, consiguió que le abonara una cifra cercana a la que él pagó al concesionario. Miguel lo había conseguido, se había quitado un lastre de encima y había obtenido una muy buena cantidad de dinero.

En cuanto el irlandés le realizó la transferencia, Miguel pagó el alquiler de una pequeña embarcación con patrón para navegar durante una semana por las Islas Baleares. Durante los primeros días, las vistas desde el barco de las playas de S´Alga, Ses Illetes, Cala Saona, Cala Bassa, Es Trenc, Son Saura o Cala en Turqueta, le ayudaron a terminar de perfilar su plan. Durante los tres días siguientes optó por disfrutar de la tranquilidad del mar; del sol aún no muy agresivo; de pescados y mariscos; de vinos viendo el atardecer; de las calas y playas vistas desde el barco; de los baños en vacías zonas nudistas sintiendo una mayor vinculación con la Naturaleza casi virgen; de las conversaciones con Fran –el patrón-, un hombre soltero y poco agraciado, que nació prácticamente en una barca y se ha pasado toda su vida en el mar, sin saber hacer otra cosa. Cuando terminó el alquiler, Miguel volvió a Valencia y cogió un billete de avión.

Ha pasado un año desde entonces. Miguel no ha vuelto por España. Tiene su vivienda alquilada y con lo que obtiene por ella puede hacer frente a los gastos que le genera la vivienda como propietario, así como a otros gastos que tiene en su nueva residencia. Podéis verle en Bahía Montego, más en concreto en la playa Doctor´s Cave. Ahí tiene un establecimiento del que es único propietario y en el que jamaica playaofrece aquello que siempre quiso hacer pero la vida que llevaba en la gran ciudad le impedía realizar. Tiene una cuidada carta con pescados y mariscos, y parrilladas de carne, y cuando cierran la cocina comienza a llenarse la terraza de personas que van a disfrutar de la música rock de los ´60 y ´70 –a veces en forma de concierto- y de la selección de cervezas de importación que va aumentando por semanas. Además, para aquellos que lo desean, ofrece excursiones durante el día en la embarcación de Fran, a quien convenció de seguirle en la aventura.

Ahora, Miguel, sentado en un taburete de su local con los pies descalzos sobre lasand-at-doctors-cave arena, saborea la última cerveza que le han enviado unos artesanos de Madrid mientras sonríe al ver su cambio de vida reflejado en un post de El Calzador, con la música de fondo de Creedence Clearwater Revival. Ha recuperado la sonrisa. Ha vuelto a ser feliz. Ha cumplido su sueño. Que te vaya bien, amigo.

E. Moreno

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Un comentario en “Segunda vida.

  1. Pingback: Primer año de vida de El Calzador | el calzador

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