Los años dorados del cine de verano.

Los días y las noches eran bastante iguales entre sí los días de verano en un pueblo cualquiera de España en la segunda mitad de los ´80.

Acababa de fallecer el abuelo y, distintos hechos hicieron que los meses de julio los pasáramos acompañando a mi abuela. Era un lugar y unas gentes con unas costumbres diferentes al día a día en la ciudad. Veranos en los que el soberano sol hacía que se saliera a comprar a primera hora de la mañana o a última de la tarde. Tardes en las que se respetaba la siesta, que podría durar lo que uno quisiera, pero no se molestaba a nadie antes de las siete de la tarde.

Era a partir de esa hora aproximadamente, al caer un poco las temperaturas, cuando uno podía recibir o hacer visitas. Visitas aburridas para mí, todo hay que decirlo. Siempre eran personas mayores contando cosas del pasado, hablando de familiares lejanos, de hijos o nietos que no iban a verles, y ahí estaba yo como un niño bueno. Aburrido. Sentado en la silla sin moverme. Claro que tenía su parte positiva: mi buen comportamiento hacia que a veces, no siempre, me diesen algunas monedillas para comprarme algo. Pero no conocía a nadie y las horas se podían hacer eternas.

Durante el día teníamos una piscina espectacular, majestuosa, inmensa… bueno, hasta que empezamos a crecer y la realidad nos demostró que no era tan grande ni majestuosa como creíamos de pequeños.

20110818113203-vv Las noches eran principalmente de conversación con mayores. Por alguna razón, la casa de mi  abuela era el punto neurálgico de una de las calles principales del pueblo, y cada noche vecinos de distintos puntos de esa calle se desplazaban con sus sillas para aumentar el corrillo y hablar de unos y de otros. Cotilleos, vamos. Es decir, la típica costumbre española de “sentarse al fresco”, que no es que hiciera fresco. De hecho, cuando aparecía “el fresco”, cada uno recogía sus trastos y se iban a sus casas. Grupos de personas aglomeradas invadiendo la calzada, que no se levantaban ni aunque pasaran coches, con mi abuela en el centro como moderadora.

Cuando llegaba el fin de semana la cosa cambiaba. Una de las primeras cosas que se hacían era bajar corriendo a la plaza del pueblo a ver el cartel. ¿Qué cartel? ¿Cuál va a ser? ¡El cartel del cine de verano!

Lo ponían a un lado de la entrada al Ayuntamiento, citándonos a las 22:15 hs –aunque nunca empezaba a esa hora, ahora os explico la razón- y con grandes fotos y titulares intentando atraer a la mayor cantidad de personas posible.

Los días que se anunciaba una buena película sentía nervios durante toda la tarde, a pesar de la tranquilidad que siempre mostraba mi madre. Había que estar sentado dentro del cine antes de las 22:15 hs y eso suponía adelantar la hora de volver de darse un baño, cenar antes, prepararse antes, bajar al cine, hacer cola para comprar la entrada, y coger un buen sitio. La verdad es que siempre daba tiempo, pero para un niño al que todos los días se le hacían iguales, que hubiese un evento con hora prefijada le llenaba de emoción y nerviosismo, no sea que llegásemos tarde y hubiera que volver a pasar otra noche tomando el fresco.

A pesar de estar el cine relativamente cerca dando un paseo, el trayecto duraba lo suyo teniendo en cuenta que se pasaba por distintos corrillos y normalmente mi madre saludaba a todos: “Hola tío Fulanito, ¿cómo está usted?”, “Hola señora Tal, ¿cómo le va?”. Si no les conocía, bastaba un “buenas noches” que era correspondido con un “andad con Dios”. Tras salir del cine, íbamos por otro lado, pero las paradas también sucedían.

cine-de-veranoLlegar pronto tenía su importancia ¡ya lo creo! El cine en sí era un solar inmenso con gradas. El suelo de arena había sido regado unas horas antes para refrescar el ambiente en la medida de lo posible, y sobre todo, para que no se levantase arena con el trasiego de los espectadores.

En las primeras filas había unas mesas con sillas, luego unos sillones largos bastante cómodos que daban inicio al graderío y después estaban las sillas de madera que llegaban casi hasta el final, donde si uno se ponía de pie podía coger algunas pequeñas uvas de unas parras. El olor de otras plantas y flores también le daban un toque característico al cine, tras haber sobrevivido a la previa tala de hierbajos que habían ido creciendo desde que se cerró la temporada anterior. Enfrente, la gran pantalla encalada, y arriba las estrellas. Miles de estrellas que servían de distracción cuando la película no captaba todo el interés, o bien, mostraba alguna escena un poco subida de tono.

Además, había un bar –sí, “visite nuestro bar”- en el que poder comprar comida y bebida para ver la película, o al menos la mitad de la película ya que se hacía una parada más o menos a la mitad para poder ir al bar a comprar y, como efecto de la relajación con la que se toma la vida fuera de la gran ciudad, la película no volvía a comenzar hasta que no se había ido el último cliente. De hecho, la película tampoco empezaba puntual a las 22:15 hs si había gente en la cola esperando para sacar la entrada, o aún había personas comprando o esperando a comprar en el bar.

06g Cine de Verano 2007, foto mmergold

Aquellas sesiones de cine fueron alcanzando cada vez más fama dentro y fuera del pueblo. Las películas que ponían eran relativamente recientes, habían tenido éxito comercial en Madrid, las entradas eran bastante económicas y el cine en sí contribuyó a ser uno de los elementos de mayor atracción para ir al pueblo de vacaciones. De hecho, las sesiones ya no eran sólo los fines de semana, sino que llegó a haber películas durante todo el mes de julio y agosto.

Los años siguientes la compañía fue cambiando. Ya no era mi madre quien me llevaba a ver espectáculos como la primera de “Regreso al futuro”, sino que iba con los amigos a ver “Terminator 2”. También cambió la época en que iba al pueblo, ya no sólo podía ser en julio, sino que también iba en agosto. De hecho, pasadas las fiestas del 15 de agosto, el cine seguía siendo el principal incentivo para salir por las noches. Era en aquellas butacas cuando el verano empezaba a despedirse, ya que según avanzaba agosto, más fresco notábamos viendo las películas –inolvidable es el que pasamos viendo la película “¡Viven!”-, y era bastante usual bajar todas las noches de finales de mes con una chaquetita.

Poco tiempo después el cine fue quedando abandonado. No fue, como ocurrió en otros sitios, víctima de cines con aire acondicionado, intereses inmobiliarios reacios a que haya un gran solar sin actividad el resto del año, o la actual inmediatez en tener lo más actual contra la que no pueden luchar cines que no suelen emitir estrenos. Las razones fueron mucha más sencillas: para quienes no tenían el cine como actividad principal sino como un complemento de la economía familiar el precio por el alquiler del solar, el tiempo y dinero que conllevaba la búsqueda y selección de las películas, de la comida y bebida del bar, la limpieza diaria del solar y la falta de perspectiva del gobierno municipal hicieron que, al no haber nadie que tomase el testigo, el cine terminase cerrando y con él una bonita etapa de tránsito desde la niñez.

Ahora, tras unos años sin haber ningún tipo de actividad, se están poniendo películas en la plaza del pueblo. No es lo mismo: es gratis, ya que se hace por el Ayuntamiento en la plaza sin control alguno de acceso, y no se ven con la misma tranquilidad que en un recinto más cerrado, dado que coinciden los espectadores con quienes pasan por la plaza dando un paseo; las películas que emiten son pocas –por la razón anterior- y suelen estar orientadas a público más infantil; y se hacen cuando menos gente suele haber.

Sin embargo, aún se pueden ver en los más pequeños miradas de ilusión y ganas de llegar pronto para coger buen sitio, tirando de la ahora ya abuela para llegar cuanto antes. Seguramente ellos también tendrán buenos recuerdos cuando crezcan de estas actividades durante el verano.

Enzo

PD: Muchas gracias a todos los que acudisteis a la fiesta de El Calzador, a la que lamentablemente no pude acudir. Me han informado del exitazo tremendo de público que, añadido al imprevisto número de visitas que está teniendo el blog cuando decidí apuntarme a esta aventura, me llevan a plantearme varias cuestiones teniendo en cuenta la gran labor y promoción que realizan mis compañeros, e incluso personas y amigos que no están en el Consejo Asesor… reflexionaré durante el verano. Pasadlo bien.

 

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