Ya sólo falta empezar

En pleno junio del cuarenta y seis, con un calor casi tan atroz como el que nos ocupa estos días, un gallego hasta las narices coje la mochila, se coge el tren a Guadalajara y se pega diez días vagando por la Meseta. Nota del autor: el hartazgo no era por Manuela -quien por entonces ya vivía, por esas cosas que tiene la regeneración-.

El Quijote y Rocinante, Cela y su mochila.

El Quijote y Rocinante, Cela y su mochila.

Tiene que ser jodido llamarte Marco Polo, viajar en pleno siglo XIII por todo Asia, dictar tus aventuras mientras estás en la cárcel de Génova -no confundir con Soto del Real-, alcanzar éxito internacional antes de la imprenta, marcarte el título rimbobante de Livres des marveilles du monde… para que llegue Cela y te la clave con un paseo por la Alcarria.

¿Es Viaje a la Alcarria el mejor libro de viajes jamás escrito? Quienes lo han leído encuentran la pregunta absurda, por evidente. Quienes no lo han degustado, que en su mayoría no saben qué es un libro de viajes -y, con dificultad, diferenciar un libro de un aguacate-, encuentran la pregunta también absurda, porque cómo va a ser un paseo de un desgarbado gallego por la Alcarria, en sus treinta y pocos, en la España famélica de la posguerra, vencedor sobre el veneciano y sus imitadores -los Hemingway, Kapuzcinsky, Theroux, Byron y compañía-. El propio Cela, no obstante, discutiría el honor. Por incordiar, y porque se cascó varias décadas discutiendo la naturaleza de sus libros de viajes. ¿Poesía, novela, ensayo? “Honesta narración de andar y ver”, dejó dicho el Marqués de Iria Flavia, con una de esas frases que ni abren ni cierran debates. El paraíso del jurista.

Entiendo las reticencias a plantarse ante las trescientas páginas de un gallego narrando sus peripecias por Chinchón, Sacedón o Guadalajara. No es fácil explicar, cuando alguien te pregunte que de qué va el libro que estás leyendo, que ahora mismo estás con el capítulo de Alcocer, provincia de Guadalajara. Es una obra muy recomendable para gente con la vida sentimental resuelta, porque hoy por hoy no veo muchos frutos en Tinder, o en el garito de turno, a contar anécdotas del paso de Cela por Córcoles. Mucho mejor contar un programa de pesca extrema en televisión, o un documental de viajes sobre la última esquina de Egipto, que ya me diréis qué carallo se nos pierde por esos lares.

Es una narración de un hombre que, cansado de la ciudad, se larga unos días al campo. A la deriva. Un viaje que empieza como empiezan todas las aventuras, con una planificación que se sabe que no se va a cumplir. Es fundamental estudiar los mapas, marcar etapas, definir los lugares más interesantes, para que todos estos proyectos se conviertan en papel mojado en cuanto arranca la marcha. Los planes, al final, salen por donde pueden, y a veces ni eso. Aunque suelen salir por mejores derroteros cuando se han madurado suficientemente.

Disfruta mucho Cela de su plan, antes de arrancar, sabedor de que nadie le va a marcar por dónde pasar, dónde meterse, qué monte subir. Cuando uno diseña su camino, suele llenar la bolsa de hipotecas. Cualquier sorpresa supondrá incumplir el plan. Cuando nada hay obligado, cualquier sorpresa es una nueva vía posible. Recomiendo -si se cumple con el requisito de la vida familiar ordenada- la urgente lectura a aquéllos que no hayan disfrutado de la pieza que nos ocupa. A quienes ya la conocen, sólo regalarles esta maravilla y recordar que nunca se ha leído suficiente al de Iria Flavia. Un texto que nos enseña que no hace falta irse a la India para contar historias maravillosas, ni hace falta trazar al milímetro una aventura para que sea el mayor de los viajes jamás contados.

“-No. Éstas son las cuentas de la lechera; lo mejor será coger el macuto y echarse a andar.”

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