La historia del móvil y el notario

La realidad es que he tenido problemas con la justicia.

Mis problemas con la justicia van más allá de lo razonable y poco tienen que ver con bandas organizadas como las de Danny Ocean que van delinquiendo por aquí y por allí con glamour, estilo, white collar o como lo queráis denominar. Bueno, la verdad es que si pero esa no es la historia de hoy.

La historia de hoy comienza en mi gimnasio. Mi gimnasio no es uno de esos gym zen con luz natural, miles de cintas de correr correctamente alineadas, señoras haciendo pilates y actrices y modelos estirando mientras nadie les presta atención porque allí son consideradas, bah, pues eso… titiriteras del estilo de la Bella Otero pero sin el mérito del espionaje.

A mi gimnasio se entra por un túnel, una galería de centro comercial donde por un lado hay una tienda de unos chinos ofreciendo tatoos a 10 euros y por el otro un cubículo de armenias que te arreglan los vueltos de los pantalones. También hay un local en donde hacen fotocopias baratas que siempre está abierto pero que allí nunca he visto una máquina de fotocopiar. Un sitio donde entran y salen señores con pintas algo extrañas y hay luces rojas.

gimnasiosComo podréis comprender en mi gimnasio el monitor mide 1,80 con 150 kg de puro músculo. Un monitor de esos que de jueves a domingo está pluriempleado como gorila en una discoteca de polígono. Una suerte de Stalone de joven, en feo y con mal humor.

Pues el otro día desapareció de mi taquilla mi nuevo y brillante iphone 6.

¿Cómo llevas un iphone 6 a un sitio así? La respuesta es sencilla, del mismo modo que Sicilia, en su esplendor, tenía mala fama pero era el sitio más seguro de la Tierra. En mi gimnasio hay gente de honor. No respetamos el código penal ni esa birria de norma administrativa sancionadora. Hay una norma superior: el honor. Silba al himno español y no te pasará nada pero tú critica a Poli Díaz y estás condenado.

Quise recuperar el teléfono. Monté en cólera. Llamé a Yasaman, la gerente. No le partí la cabeza con una pesa porque me agarró Ardakan, el monitor. Allí no andamos con delicadezas ni te aceptarían si lo hicieras. Había contratado a un chico nuevo para las toallas (somos escrupulosos con la higiene personal), un universitario que le hacía falta el dinero. ¡Un universitario!¿Estamos locos o qué? Esos no saben lo que es el honor. Me dijo que no podía hacer nada porque el teléfono estaba apagado, no daba señal.

-Mañana volveré. Si no está mi teléfono llamaré a un amigo de la infancia que es notario y levantará un acta. ¡Tú verás lo que haces!, dije a gritos, creo.

Volví al día siguiente con muy mal humor. No se vulnera el honor en aquel local. Había llamado por teléfono antes. No daba línea. No había sido un error. Me habían robado el iphone 6. Solo podía ser el universitario.

Llamé a mi amigo de la tierna infancia. El notario. Era notario no por profesión ni por estudios. Era notario porque si te daba un guantazo dabas fe de que Dios existía. Teníamos una amistad a prueba de todo. Yo le ayudé a acabar el EGB, lo libre tres veces de la cárcel. Una de ellas había sido un asunto muy feo que me obligó a tirar de trucos sucios. El notario se lo merecía. Nunca me había dejado tirado (ni yo a él). No preguntaba. Me ayudaba en mis cosillas.

Llegamos al gimnasio. Cogimos al de las toallas y levantamos acta. El notario dio fe. Aquello estaba tan feo que la tienda de las fotocopias tuvo que echar el cierre un pequeño rato. Nada importante. El universitario acabó su primer curso de la universidad de la vida con sobresaliente. No perdió ningún diente. Tuvo suerte. Le dejamos claro que primero el honor y luego el dinero. Creo que lo entendió. No dije nada. Las cosas que se arreglan así deben tener un halo de gloria que merece discreción.

Yasaman me llamó al día siguiente. Había llamado al teléfono y daba línea. ¿Línea?, línea mis cojones. El asunto se había solucionado. El iphone 6 apareció entre las toallas. No dije nada. El universitario ya ha vuelto de una pequeña baja. El pobre tuvo un accidente en moto. Lo arrolló un conductor desaprensivo que se dio a la fuga.

Buenas tardes.

Buenas tardes. Le veo mejor del accidente.

Si, muchas gracias. Mucho mejor.

Me alegro. Espero que sigas con la mejoría.

Gracias, señor.

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Un comentario en “La historia del móvil y el notario

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