El viejo del acordeón

 “La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes” (Artur Schopenhauer).

Me levanto temprano y la ciudad parece que aún descansa. No hay nubes y el sol, aunque casi invernal, brilla con libertad. Es uno de esos primeros días de diciembre en los que el frío se presume, así que salgo abrigada y decido ir sola, con ganas de descubrir la ciudad. Según voy caminando y el reloj avanza, los turistas se multiplican, al mismo tiempo que mi bufanda empieza a molestarme. Llego adonde quería más tarde de lo deseado. Decenas de personas recorren el Puente Viejo al que sobrevuelan las aves de los Sotos de la Albolafia bajo las que fueran las aspas del Molino de San Antonio. El Puente Romano de Córdoba luce en todo su esplendor. He traído mi cuaderno porque quiero tomar unas notas  sobre una escena que he pensado escribir. Me llama la atención  desde hace tiempo la Puerta del Puente, me parece impresionante, con la Mezquita al fondo, creo que es una vista maravillosa, y que allí voy a conseguir lo que tengo en mente, aunque no voy con una idea demasiado predeterminada, pienso que es un error, y tampoco necesito algo en concreto.

a00350894 029Solo doy unos pasos y una focha con su pico blanco aletea por una de las charcas del río, veo un cuervo que levanta el vuelo de un ailanto para desaparecer en el horizonte cordobés buscando quizá una almena lejana en la ciudad, donde ha anidado. Me asomo un poco y creo distinguir un barbo que se ha acercado a una de las lagunas que se ha formado a los pies del puente. Imagino que en cualquier momento un bando de garzas saldrá volando de algún lugar, y entonces le veo. No sé muy bien por qué en ese paisaje único en el que me encuentro, mis ojos se fijan irremediablemente en él. Su pelo, descuidado, abundante pero blanco, apenas si es molestado por una ligera brisa otoñal. No es el primer día que está ahí, su rostro oscurecido por el sol le delata. Multitud de arrugas surcan su piel y me doy cuenta de que los años han caído sobre ella haciendo estragos. Sonríe, pero sus ojos muestran tristeza. Está de pie, y no puedo dejar de pensar que alguien debería cederle un asiento, no sé, se nota que está cansado. A sus espaldas, una vieja bicicleta tiene más suerte que él y reposa apoyada en el puente: su compañera de viajes. Lleva una cesta en su parte delantera repleta de fruta fresca que me llama la atención, ¿de dónde la habrá sacado? Y suena esa música de su acordeón. Sus dedos sucios y arrugados son sorprendentemente ágiles, como los de todo buen músico, y va cambiando de canción como si quisiera agradar a un público variopinto de vete tú a saber dónde, que finge que le acompaña  esa mañana en la ciudad, como yo. Suena Casatschok y su ritmo alegre le hace bailar sin mover los pies acompañando las notas con un grácil balanceo de tronco, brazos y cabeza. Francisco Alegre y olé, y sigue sonriendo, pero sonríe sin ganas, yo lo sé. Conozco esa sonrisa; la he esbozado alguna vez. Y me sorprende que él haga ese esfuerzo mientras todos caminan sin mirarle más de tres segundos y sin que sus oídos lleguen a escuchar una pieza entera de su acordeón. Unos metros más allá tiene a un compañero con un violín cuyas clásicas notas se acoplan a las de su pasodoble, pero no parece importarle.

viejoacordeón

Imagino su vida y no me viene a la cabeza nada bueno. Mi romanticismo innato me lleva a pensar que antaño fue un ilustre músico, o que conoció el amor y lo dejó marchar, ¿tocará para ella?, ¿por eso hay fugaces destellos de luz en sus pequeños ojos grises? Pero puede que sea lo de siempre: un hombre al que la vida golpeó de frente y se dejó vencer por la pena, la soledad y el alcohol, y al que abandonó hasta la suerte; alguien que acabará sus días rodeado de turistas extraños que nunca le recordarán. Si acaso le dejarán un par de monedas por pena.

Y allí pasará las horas, en lo que él considera su hogar, bajo las alas del Arcángel San Rafael, que parece que se olvidó de él tiempo atrás para cuidar de su despreocupado público, y a los pies de la Torre de Calahorra que ahora es su guardián, su fortaleza, que le observa sin juzgarle mientras coquetea e imagina un baile al compás de su música con la Puerta del Puente que se alza allá, a lo lejos, majestuosa, invitándole a decir adiós al río Guadalquivir, y abriéndole paso a una ciudad maravillosa a la que nunca supo hacer bailar bajo el sonido de sus notas.

 Guardo mi cuaderno y me dirijo hacia el barrio de la Catedral. No he encontrado lo que buscaba. O quizá sí…

 Rocío Durán

@rdbollo

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