240 pasos más.

I

HORAS PERDIDAS

Han pasado 48 horas. Y 72. Y dos semanas más. Y aquí sigo. Era mentira. Han pasado 48 horas y parece que de momento sigo empatando.

– Lo mismo. Exactamente lo mismo que a mí. No pasarías de 48 horas. Sirve para que te tengan atado.

– A mí no me tienen atado. Me abrieron, me cerraron, me volvieron a abrir, me volvieron a cerrar y no les gustó lo que vieron.

– No te engañes. A mí me han abierto y cerrado más veces de las que recuerdo y siempre son 48 horas.

– ¿Nunca has salido de aquí?

– No en los últimos 8 años.

Sonó como un mazazo. Demasiado real para ser mentira y demasiado mentira viniendo de quien venía para ser real. Apenas unas horas antes estaba acurrucado gritando incongruencias fuera de sí y ahora, tan lúcido como para recordar sus últimos ocho años.

morfina– Ahora empezarás a ver cosas. Trágate las pastillas. Pon el brazo cuando te pinchen. Pórtate bien, no hagas como yo.

Más locuaz que nunca. Más vivo y a la vez más apagado. Más muerto en vida. Demasiado real para ser mentira. Demasiadas mentiras ya vividas como para ser verdad.

II

SE MUEVEN DESPACIO

Vinieron por la mañana. Caras amables y atuendos claros. Nada parecido a lo vivido días atrás. Creo que era por la mañana porque ni siquiera sabía que había ventanas hasta que subieron las persianas con demasiado ruido. Todo se iluminó y aunque miraba nervioso hacia todos los lados no veía a nadie.

– ¿Se lo han llevado?

Los movimientos eran mecánicos pero lentos, como repetidos cientos de veces en ese mismo día que había amanecido. Y había sonrisas, aunque frías. Inexpresivas. Pero hasta los movimientos de sus caras eran demasiado lentos.

– ¿Se lo han llevado?

– ¿A quién? ¿A quién se han llevado salao?

Me hablaban alto. Demasiado fuerte. Me recordaba a cómo hablábamos a mi abuela cuando tenía los auriculares puestos para oír la televisión. Pero la diferencia de edad y la situación eran claras:

Ni yo tenía unos auriculares puestos ni tampoco los ochenta y cuatro años de mi abuela.

– A mi compañero. A mi compañero. ¿Se lo han llevado?

Noté que sonreían de una forma extraña y una de ellas se dio la vuelta airada y tocó algo cerca de una puerta. Sonaba como las teclas de un teléfono, aunque nunca hubiera tenido uno en mi mano. La puerta crujió y se abrió de golpe. Seguían moviéndose muy despacio, pero con la suficiente velocidad como para que, sin mirarme, saliera de la habitación.

– Mira salao, te han subido anoche y siempre os pasa lo mismo. Os hacen mal el destete y pagamos nosotras el pato.

– No te entiendo. ¿Qué quieres de…?

No me dio tiempo a terminar. Quizá porque, como su compañera, además de moverse despacio, yo hablaba aun más pausado. Pero no lo sabía.

– ¿Y Caulfield dónde está? ¿Y Salinger? Yo quiero ser Salinger.

Pero ya nadie me contestó. Creo que la última frase fue gritando.

III

GOTAS CAYENDO

La puerta chasqueaba muchas veces. Era un sonido sordo y antes de cada uno de ellos se escuchaban siempre esos cuatro pitidos de distintos tonos. Aunque cada vez con más lucidez iba recordando los muchos teléfonos que había tenido en mis manos. ¿Cómo no iba a haber tenido nunca un teléfono?

– No sé muy bien qué está pasando.

– Soy… No te preocupes, es todo normal. Al principio es lógico que no consigáis ubicaros. El lugar, los horarios. Todo es distinto.

No entendí quién era. Ni su nombre ni qué me estaba diciendo. Sólo escuché que todo era distinto. Pero no podía dejar de mirar su pelo. Su boca que se movía tan despacio. Sus manos que dejaban una estela en el aire dibujando el rastro que trazaban. Y empecé a seguir esos trazos intentando hacer los mismos dibujos en el aire.

EsperanzaLa puerta emitió otra vez esos cuatro tonos. El chasquido.

– Esperanza, te esperan fuera.

– Yo te conozco. Tú apretabas anoche el botón cada vez que yo gritaba.

Creo que lo dije mientras miraba hacia arriba sin que ya pudiera ver a nadie. Sólo gotas que caían despacio al ritmo de unas luces verdes que se movían rítmicamente por debajo. Una gota… Otra… Otra más… Despacio. Y cada una de ellas era parte del elixir de la felicidad. Una parte de tchaï, otra de leche, otra de vainilla.

– Mierda, ya me acuerdo. Era eso lo que dije anoche. Hablé de tchaï. Coño le dije algo de un tchaï.

Como siempre me lo decía a mí mismo. Mirando las gotas caer muy despacio y sintiéndome cada vez mejor. Demasiado bien.

– Esto no puede ser bueno…

IV

ESPERANZAS Y DEMONIOS

Y al cerrar los ojos desaparecía el ángel y volvía a sonar la voz hueca a través de unos pequeños agujeros en la pared. No había ni tonos en la puerta ni ese chasquido sordo al que me estaba acostumbrando. Ni gotas cayendo ni dibujos con las manos en el aire. Aunque todo seguía moviéndose despacio había perdido todo su encanto. Esa especie de aire de “El lago de los cisnes”. Sin ruido de persianas subiendo ni luz entrando. Colores oscuros que habían sustituido ese otro aspecto amable envueltos en sedas pastel.

– Creías que me había ido ¿Verdad?

– Pensé que te habían llevado.

– Jajajajaja

La risa sonó tan fuerte que me desagradó. No me gustaban los ruidos. Ahora no. Ni los gemidos de dolor ni la esa luz tan artificial que ni siquiera era suficiente para borrar los colores oscuros. Ni las luces parpadeando allá donde miraras. Y esa otra luz roja que salía de mi mano.

– Me han metido en la piel eso que tenías tú. Me lo han hecho a mí también.

– ¿Y qué esperabas? ¿Te crees especial? Yo también conozco a Esperanza.

– No sabes de qué hablas.

– Sí lo sé. Y también sé que no la vas a volver a ver.

Y sonó un pitido agudo. El más agudo que había escuchado nunca. Y parecía que era el más agudo que nadie había escuchado porque el tiempo comenzó a correr deprisa. Y ya nadie parecía que estaba en una moviola.

Nacho San Martín

@SMNacho

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Un comentario en “240 pasos más.

  1. Pingback: Añorando los pasos | el calzador

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