El inspector Madariaga

Atestado nº 52/1893. Real Fábrica de Tabacos y Rape

Ricardo Madariaga aprovechaba para mecerse en el traqueteo del coche de caballos. Volvía a casa con una mezcla de cansancio y frustración. La segunda víctima en menos de un mes. La investigación no resultaba concluyente pero todo parecía señalar al mismo asesino del Doctor Villalobos. Durante los sucesivos días completarían un detallado informe sobre el ritual del asesinato.

Había ascendido rápido dentro del Cuerpo de Vigilancia de la Policía. De hecho, era el inspector más joven de la Dirección General de Seguridad del Ministerio de Gobernación. Cierto es que su padre movió las influencias oportunas para dar el salto de Santiago de Compostela a la capital. Una vez aceptó que su hijo no seguiría sus pasos como notario y que tampoco tenía intención de ejercer como abogado tras terminar derecho, se cobró un par de favores de viejos amigos de la capital de cuando fue diputado de la Unión Liberal de Cánovas.

Una pareja de policías que hacía la ronda matinal por Embajadores advirtió que la puerta de la Real Fábrica de Tabacos y Rape, recién abandonada, había sido forzada.  Lo que encontraron en una de las salas principales se reveló  como una pesadilla difícil de imaginar.

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Sobre un rancho (*) yacía una mujer con los brazos y piernas sujetas a los extremos. La cabeza quedaba volcada hacia el lado izquierdo y, según se fueron aproximando comprobaron que tenía los ojos abiertos. De la boca le salía un colgajo que tardaron en identificar como la lengua. Se sostenía tan sólo por una pequeña parte. El lateral de la cabeza estaba abierto.  En realidad le faltaba el hueso del cráneo en todo el lado derecho. Lo mismo ocurría al lado del esternón, encima del corazón. O mejor dicho, donde debería haber estado el corazón. De las venas de las muñecas salían sendas cánulas que iban a terminar en unas garrafas llenas de líquido rojizo. Al pie de la mesa, tirados sin orden, se veían unos hábitos de las Hijas de la Caridad con la inconfundible toca alada.

Cuando el Inspector Madariaga llegó a la fábrica de tabaco experimentó la misma sensación que los dos primeros policías que habían encontrado el cadáver. A su llegada la mujer muerta ya había sido identificada. El Comisario había enviado una dotación a la calle Hortaleza, a la Misericordia de Santa Isabel, para preguntar si faltaba alguna de las hermanas. Las noticias de vuelta no pudieron ser más desoladoras. Efectivamente no había regresado Sor Ana, la monja que dirigía por nombramiento directo de la madre superiora la Obra de Visita a los pobres y enfermos. Salió esa misma mañana para visitar a una niña que estaba gravemente enferma desde hace meses; había dejado a la novicia que hacía las veces de ayudante preparando todo lo necesario para las visitas de ese día. No había querido que le acompañase para ganar tiempo. Sor Ana era una monja a la que todo Madrid quería. Llevaba años en la capital; procedía del Hospital Santo en el Convento de San Francisco en Santo Domingo de la Calzada, y se había ganado a la gente por su cariño, cercanía y entrega. La noticia corrió como la pólvora por Madrid. Desde el Nuncio a las autoridades civiles ofrecieron sus condolencias y se pusieron al servicio de la Orden para cuanto fuese necesario.

Ricardo Madariaga contempló la escena con cuidado. Pintada con lo que luego se determinó que era sangre de la víctima, se leía una frase: “El universo es corpóreo”. Examinó detenidamente el boquete en el cráneo. Faltaba un cuadrado de diez por diez centímetros limpiamente cortado. Aproximó la lupa y pudo comprobar como también faltaba masa encefálica. Con mucha precisión habían extirpado los pliegues cerebrales hasta el tálamo. Rodeó la mesa y afrontó la cara de la monja. Los ojos permanecían abiertos. Las cánulas estaban insertadas en la vena: dos ligeros cortes, y una especie de aguja que hacía las veces de transfusor canalizaban la salida casi imperceptible pero constante de la sangre. El Inspector sabía lo que tenía que haber soportado aquella pobre mujer. Se iría desangrando poco a poco. Cuando la pérdida alcanzase el litro y medio sentiría sed y muy débil. Su respiración se aceleraría irremediablemente. No sería hasta haber perdido más de dos litros cuando los mareos y la confusión hubiesen dejado paso a la pérdida de consciencia. En ese momento, la pobre monja habría tenido la suerte de desmayarse de tal manera que dejaría de padecer el dolor tan horrible que hasta ese momento, plenamente consciente, había soportado.  El inspector sabía que el estrés de la situación habría acelerado el bombeo del corazón y precipitado el proceso. Sin embargo todo en aquel escenario sugería una muerte lenta. Anotó mentalmente que debían buscar sedantes o tranquilizantes al realizar la autopsia.

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Un ruido súbito le sobresaltó en el asiento del coche mientras recordaba los detalles de la escena del crimen. Asomó la cabeza por la ventana del carruaje y preguntó al cochero que iba en el pescante qué era aquel gentío y qué decía. No obtuvo respuesta: el cochero se encogió de hombros. Le indicó que continuase. Era tarde, había pasado el día inmerso en el asesinato y quería llegar a casa, cenar algo si podía y dormir. Sabía que no profundamente. Una y otra vez su mente dretrocedía  a las imágenes, a los detalles del horrendo escenario. Había que encontrar sentido a toda la escena. Y aquella frase que le sonaba familiar: “El universo es corpóreo”. Al pasar junto a la gente, escuchó nítidamente las conversaciones sobre los sucesos acaecidos mientras se preparaba para la vigilia en una pequeña capilla.

De pronto, recordó el origen de la frase. Pertenecía al libro “Leviatán”, de Thomas Hobbes: “El universo es corpóreo. Todo lo que es real es material y lo que no es material, no es real.”

 CONTINUARÁ…

Emilio Gude

@EMiliogude

Rancho: mesa de labor del tabaco para seis operarios

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2 comentarios en “El inspector Madariaga

  1. Me gusta la intriga, bien escrito pero echo de menos más descripción. Me quedo con ganas de saber cómo es Madariaga, todavía no transmite, no cobra vida. Cuando dices “experimentó la misma sensación que los dos primeros policías que habían encontrado el cadáver”, no sé a qué sensación te refieres. Creo que dejas demasiado a la imaginación del lector y eso es bueno pero puede volverse en tu contra después. Sólo intuyo a un tipo enchufado que incluso me hace dudar de su profesionalidad. Quiero saber cómo se mueve, algún rasgo de sus gestos, algo que me dé pistas a que pueda resultar ser alguien fuerte, débil, capullo, admirable, odioso, lo que sea, aunque luego vaya cambiando de actitud.

    En cuanto a la monja, me hago una idea de la imagen del cadáver pero no sé cómo estaba atada, y el pelo me parece un detalle fundamental, al menos para saber la edad aproximada que tenía, si fuera canoso ya sabríamos que no era una mujer joven. La frase “Sor Ana era una monja a la que todo Madrid quería” personalmente me sobra, es muy Lola Flores 🙂

    En definitiva, buen relato y bien hilado. Habrá que seguir la pista…Enhorabuena

    Saludos

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    • Gracias por el comentario. Hay cosas que podré aclarar porque están en la idea general del relato y otras, simplemente no podré porque seguramente ni las haya contemplado porque estoy lejos de escribir bien y de lograr escribir un relato algo largo. Es la primera vez, así que vaya por delante una petición de indulgencia sobre lo que no pretende ser más que pasar un buen rato escribiendo.

      Intentaré contestar sin desvelar nada de la trama. Date cuenta que son las mil primeras palabras. Es decir apenas las dos primeras páginas por lo que muchas de las cuestiones que comentas, llegarán.

      Mi idea fue captar el interés al ser un relato por entregas. Pretendía captar el interés, ganas de seguir leyendo. Para ello es más importante la escena, el crimen, que me pregunte ¿que ha pasado? ¿Porque? Podría incluso haberse empezado por el crimen sin que apareciese Madariaga. Así la su presentación sólo ofrece pequeños indicios, que pone el acento en lo técnico más que en la impresión del crimen. Sabemos que es gallego, que es de buena familia, que está formado, que es joven, que no siguió el camino de su padre.

      Sabemos que es profesional,minucioso y tranquilo: “Ricardo Madariaga contempló la escena con cuidado”.

      Sabemos que tiene conocimientos de criminología y medicina: “El Inspector sabía lo que tenía que haber soportado aquella pobre mujer. Se iría desangrando poco a poco. Cuando la pérdida alcanzase el litro y medio sentiría sed y muy débil. Su respiración se aceleraría irremediablemente. No sería hasta haber perdido más de dos litros cuando los mareos y la confusión hubiesen dejado paso a la pérdida de consciencia. En ese momento, la pobre monja habría tenido la suerte de desmayarse de tal manera que dejaría de padecer el dolor tan horrible que hasta ese momento, plenamente consciente, había soportado. El inspector sabía que el estrés de la situación habría acelerado el bombeo del corazón y precipitado el proceso. Sin embargo todo en aquel escenario sugería una muerte lenta. Anotó mentalmente que debían buscar sedantes o tranquilizantes al realizar la autopsia.”

      Sabemos que su trabajo le importa: “Era tarde, había pasado el día inmerso en el asesinato y quería llegar a casa, cenar algo si podía y dormir. Sabía que no profundamente. Una y otra vez su mente retrocedía a las imágenes, a los detalles del horrendo escenario. Había que encontrar sentido a toda la escena.”

      Sabemos que es culto: “Recordó el origen de la frase. Pertenecía al libro “Leviatán”, de Thomas Hobbes: “El universo es corpóreo. Todo lo que es real es material y lo que no es material, no es real.”

      En cuanto a la monja, no preciso la edad y debería haberlo hecho. Si que se entiende que desde luego no es joven. Por otro lado, falta el informe, la autopsia. Lo contado hasta ahora sólo ofrece las primeras impresiones de la propia escena del crimen. Además, sin desvelar nada, ya se dice que hay un primer asesinato del que debe completarse el informe : “La segunda víctima en menos de un mes. La investigación no resultaba concluyente pero todo parecía señalar al mismo asesino del Doctor Villalobos. Durante los sucesivos días completarían un detallado informe sobre el ritual del asesinato.”

      En cuanto a la frase de “todo el mundo la quería”, quédate con ella, es fundamental (por muy Lola flores que parezca.

      Gracias por tu tiempo, por tu colaboración y sobre todo por tu comprensión.

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